Se trata de lecturas latinoamericanas en castellano y en “formato comunidad”. Se hacen de manera presencial y virtual a través de ese vasto territorio cuasi-bilingüe que son los Estados Unidos. Es idea de dos porteñas dispuestas a desmontar tópicos y clichés sobre la América hispanohablante usando lo más selecto de sus bibliotecas personales. Ellas hablaron con nuestro editor asociado en Massachusetts
Libro a libro, lectura a lectura, al socaire de una pasión por la tinta impresa y una sensibilidad y un gusto que los algoritmos más sofisticados no son capaces de emular, al menos no de momento, las porteñas Mariana Gutheim y Gabriela Adamo llevan dos años largos componiéndose —compartiéndola; que ahí vamos…— una biblioteca muy personal. Escogidísima.
En ella caben estilos y temas tan variados como la lengua y el imaginario que conforman ese orbe lingüístico que, a falta de una mejor palabra, llamamos español. O mejor dicho, el español de América Latina. Un orbe que quizá tenga cada vez menos sentido adscribir a geografías y fronteras concretas, en realidad, por más reales, o no, que sean estas.
Bolivia, Chile, México, Ecuador, Uruguay, la República Dominicana…
De cada una de esos países hay un título en Líneas del Sur, la deliberada colección con la que Gutheim y Adamo se han propuesto enriquecer la escuálida y discreta oferta de literatura en español disponible en el, curiosamente, colosal mercado editorial de Estados Unidos.
Enriquecerla al tiempo que con sus lecturas “curadas” contribuyen, humildemente, aunque con criterio y deliberación, a desmontar tópicos y clichés sobre el continente. A combatir lo que ellas caracterizan como la “aplanadora de la globalización a la americana”.
“Nos gusta trabajar con editoriales chicas”… “No es el cien por ciento de los libros que elegimos, pero sí queremos dar prioridad a las editoras independientes, porque creemos que esas son las historias que están menos tergiversadas por el status quo…”.
La iniciativa, que juntas han tramado bajo el esquema de un club de libros por suscripción, le empezó a rondar a Gutheim después de algunos viajes a su Argentina natal. Trayectos de ida y vuelta de los que la arquitecta bonaerense, residente en Seattle, regresaba con la maleta cargada de novelas. Su “stock de libros para el año”, dice a Perro Negro en una charla vía Skype.
Más tarde, ya en plena pandemia de covid y ante la imposibilidad de desplazarse a tierras australes, Gutheim se lanzaría a importar por su cuenta y riesgo unos pocos volúmenes que, para testear la idea, distribuía con envíos postales puntuales entre las personas interesadas. Todo ello en un remedo digital del boca a boca, sin otro recurso de marketing que las socorridas redes sociales.
La providencia, o la casualidad, hicieron que un coloquio en una librería Gutheim se cruzase con Adamo, para que ahora comandita, las dos refinaran aquel deseo original de “hacer viajar el sur al norte”. Fue así como el proyecto de Líneas del Sur mutó en un club de funcionamiento más o menos convencional, aunque todo deliberación.
“No hemos descubierto la pólvora”, explica Gutheim. “Ya conocía de varios clubes similares que estaban funcionando muy bien en Argentina y Brasil”.
Desde marzo de 2023, mediante el abono de una cuota de veinticinco dólares mensuales, los suscriptores reciben en su casa –aunque en meses alternos– un libro sorpresa. Además de esto, la membresía brinda a los socios del club acceso a una agenda de encuentros digitales y off line, como los que se celebran en casi una decena de ciudades, de Boston a Miami, de Washington a Los Ángeles… Y entre ellos, invitaciones a charlas exclusivas con los autores y autoras de la colección.

“El desafío es encontrar esa mezcla de buena literatura que, a la vez, sea accesible para la mayor cantidad posible de lectores”, apunta Adamo, una profesional del sector del libro vinculada durante décadas a la industria y la promoción editorial.
Identificar lo que la dupla de prescriptoras caracteriza como “literatura exigente”, que es lo que repiten les interesa promocionar, quizá tenga su punto equívoco. Su compromiso con la literatura latinoamericana de calidad se entiende mejor, en cualquier caso, inventariando simplemente algunos de los nombres que integran la colección de Líneas del Sur.
Una nómina en la se alternan “notables” y “consagrados” –el mexicano Juan Villorro o la dominicana Rita Indiana, por ejemplo–, con creadoras de éxito más aparente, o difuso… Voces rompedoras y definitivas, superrecomendables, en cualquier caso, como la boliviana Liliana Colanzi, o la uruguaya Fernanda Trías.
Tanto como la apuesta por obras que contribuyan a aclarar la mirada miope que desde Estados Unidos se tiene sobre las realidades sociales o políticas de Latinoamérica, en Líneas del Sur pesa el deseo de hacer visible el trabajo singular y discreto de un nutrido grupo de editores y editoras independientes. La relación de nombres es, otra vez, elocuente. Almadía. Eterna Cadencia. Laguna Libros…
“Nos gusta trabajar con editoriales chicas”, explica Gutheim. “No es el cien por ciento de los libros que elegimos, pero sí queremos dar prioridad a las editoras independientes, porque creemos que esas son las historias que están menos tergiversadas por el status quo…”.
Hasta la fecha, la biblioteca de Líneas del Sur suma catorce títulos, entre los que tienen cabida propuestas dispares como el “gótico andino” de la ecuatoriana Mónica Ojeda, el humor negro de la argentina Ana Negri, una “primeras novela” obra de la colombiana María del Mar Escobedo, o el relato coral lleno de intrigas firmado por una autora parapetada bajo el pseudónimo Yuri V… Gutheim y Adamo no sueltan prenda sobre qué novedad traerá el 2025, pero sí dicen que andan detrás de algo “de Paraguay”. Su motivación es sorprender a sus socios y socias y seguir apostando por “un formato que sirve para armar comunidad”.
Para mayor información sobre esta iniciativa de lectura comunitaria, títulos y métodos de subscripción, visiten la página electrónica de Líneas del Sur
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