Por Juan Toledo
Toda memoria es una forma de mito y entre mitos, los de los escritores -por razones obvias- tienden a ocupar un lugar preponderante. Ellos se automitologizan como una manera de preservar sus obras y su legado. Este es el caso de Vargas Llosa con su propia versión del desencanto que sufrió con el socialismo ruso y cubano. Un desencanto mucho más paulatino y destructivo de lo que él dijo o aceptó
Una de las caracteristicas que no se menciona cuando se habla de Mario Vargas Llosa es su desmesura. Siempre tuvo una inclinación de escribir y afirmar más de lo que el sentido común consideraría apropiado. Entre los escritores latinoamericanos que cambiaron su envoltura política con el desengaño de la invasión a Checoslovaquia de tanques rusos en agosto de 1968 y el subsecuente Caso Padilla en la Cuba de 1971, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa ocupan un lugar único en los anales de esas transformaciones. Pero el caso de Vargas Llosa es mucho más prominente no solo por su extenso curriculum extraliterario, sino porque también quiso ser presidente de su país y por la cantidad de pronunciamientos y apoyos políticos que con el paso de los años -no es exageración decirlo- se tornaron cada vez más reaccionarios.
La desmesura es ya notable en la cantidad que publicó: 20 novelas, 29 libros de ensayos, por lo menos siete libros autobiográficos, incluyendo algunas de sus primeras novelas; nueve obras de teatro y literalmente cientos y cientos de artículos periodísticos. Octavio Paz acusó a Sartre, no sin razón, de ser un filósofo deslenguado cuando el francés dijo que el problema de México era su legado colonial español. Lo mismo se podría decir de su acólito literario quien escribió sobre Irak y hasta de la situación en Palestina. La prolijidad literaria no es necesariamente un pecado, Proust y Joyce lo convirtieron en arte. Y entre nosotros, sí es cierto que autores como Mario Benedetti -quien comenzó costeando sus propias ediciones- publicaron mucho más, pero el uruguayo solo se circunscribió a lo estrictamente literario y no tuvo ni el éxito ni la proyección global del peruano. Vargas Llosa con el paso del tiempo y hacia el final de sus días apareció en la portada de Hola, se convirtió en un “marquesado” español y en padrastro de Enrique Iglesias, entre otras cosas.
En los convulsionados años 60, La Revolución Cubana no había cumplido dos décadas y tres de los futuros nobelados de América Latina ya habían hecho su perenigraje político a Moscú. Pablo Neruda visitó la Unión Sovietica varias veces y escribió odas entusiastas a Stalin, a Lenin y a Moscú. García Márquez fue en tres oportunidades, la primera en 1957 y la última en 1987 para atender el Festival Internacional de Cine en Moscú; mientras que Vargas Llosa estuvo en la capital rusa en dos oportunidades, 1968 y 1977. Las fechas importan si deseamos rastrear el momento en que el color político de Mario realmente se alcalinizó.

En su autobiogafía intelectual, La llamada de la tribu, Vargas Llosa escribe que su primera visita a Moscú le había dejado “un mal sabor en la boca” pues lo que había presenciado fue “pobreza, borrachos por la calle y un apatía general”. No así, al parecer lo que más le afectó fue el clima de claustrofobia intelectual y cultural. “Si hubiese sido ruso, hubiera sido disidente, un paria y posiblemente estaría languideciendo en un gulag” declaró. Fue una visita, que según él “lo dejó poco menos que traumatizado”. Al parecer no fue su primer desencanto con el socialismo ruso. El caso es ya para 1968 muchos escritores habían rechazado la invitación de La Comisión Extranjera de Escritores Soviéticos a raíz de los juicios y encarcelamientos de Andrei Sinyavsky y Yuli Daniel, en 1966, por ‘agitación y propaganda anti-soviética.’ Entonces ¿por qué Vargas Llosa, a diferencia de otros, aceptó visitar un país dónde él ya sabía que se censuraba (y aún se sigue censurando) escritores?
Antes de su visita, Vargas Llosa había formado parte del coro internacional de protesta contra el juicio de Sinyavsky y Daniel, argumentando que «o el socialismo decide suprimir para siempre esa facultad humana que es la creación artística y eliminar de una vez por todas ese espécimen social llamado escritor, o admite la literatura en su seno y, en ese caso, no le queda otra alternativa que aceptar un torrente perpetuo de ironías, sátiras y críticas». A pesar de estos primeros casos de intolerancia y estatización de la cultura pos-Revolución Cubana, para muchos artístas y pensadores latinoamericanos, las simpatías y afinidades con la causa castrista hacía que, por extensión, el socialismo soviético -y en menor grado el chino- fuesen vistos como una alternativa preferible en un contiente como Latinoamérica, con su pletora de repúblicas mestizas subornidadas a los intereses y caprichos de Washington, sus multinacionales y la pentagonización de su política internacional.
La invitación a Moscú, en 1968, tenía como telón de fondo la celebración del centenario del nacimiento de Máximo Gorki. Una invitación que, incidentalmente, García Márquez declinó. El colombiano ya había viajado por el bloque soviético en 1957 y no tenía intenciones de volver -lo haría por última vez tres décadas después- declarándole luego a un amigo suyo “prefiero perder el dinero que ir allá” agregando “Moscú es el pueblo más aburrido del mundo y el marxismo solo puede llegar hasta cierto punto”. El dinero al cual se refería Márquez era las regalías de las ventas de las novelas de los autores latinoamericanos entre los lectores de la Unión Soviética. Márquez acababa de publicar Cien años de soledad un año antes y todavía no había sido traducida al ruso. Vargas Llosa por otra parte ya gozaba de cierta notoriedad. La Ciudad y los perros y La casa verde ambas habían sido vertidas al ruso por Tamara Zlochevskaia. La primera con un tiraje de 115 mil ejemplares lo cual era normal para una novela en traducción rusa en esa época. No solo fue la primera novela del Boom, anticipó a Rayuela, sino que también fue la primera en ser mudada al ruso. Las traducciones de los libros de Vargas Llosa, Cortázar. Márquez y Fuentes ayudaron a consolidar al Boom como un fenomeno global. En comparación, La ciudad y los perros había sido un éxito rotundo de ventas en la España franquista con 25 mil copias vendidas tras seis ediciones publicadas por Seis Barral, una casa la editorial catalana que hizo su dinero publicando autores latinoamericanos en castellano durante los última década del generalísimo. Y aunque las regalías eran modestas, se pagaban en rublos, Vargas Llosa antes de su visita recibió de parte de sus editores, y en pago por adelantado, la mitad del dinero en dólares.
El beneficio de estas visitas era mutuo. Tras la muerte de Stalin, Nikita Khrushchev promovió una apertura hacía el mundo occidental y los escritores latinoamericanos, críticos de la hegemonía estadounidense y simpatizantes de La Revolución Cubana, eran vistos como “amigos ideológicos” por los apparatchiks culturales soviéticos. Neruda, Márquez, Vargas Llosa y -por supuesto- Guillén recibían un tratamiento deferente y especial mientras que a los escritores comunistas «leales» por lo general no se les daba un trato particularmente bueno ya que su compromiso con la causa se daba por sentado. Por eso burócratas literarios soviéticos consideraban a Vargas Llosa en una categoría diferente: era un simpatizante burgués de La Revolución Cubana. Estaban deseosos de ganarse el apoyo de estos intelectuales en medio de las tensiones entre Moscú y La Habana particularmente después de que muchos cubanos consideraran que la retirada de los misiles nucleares por parte de Khrushchev en 1962 había sido, simple y llanamente, una traición.
El libro que mapea de forma verídica el viraje político de Vargas Llosa, y que difiere más que un poco de la propia versión del peruano, es Cinco díás en Moscú. Una investigación de Carlos Aguirre y Kristina Buynova, un historiador peruano y una latinoamericanista rusa, quienes logran reconstruir lo que sí pasó durante esa visita “traúmatica”. Es una pesquisa breve pero precisa para la cual sus autores consultaron archivos tanto en Moscú como en Estados Unidos y el libro incluye varios de los documentos originales. Es producto de un tipo de investigación que afortunadamente ya empieza a verse más en nuestras letras y que dista de meras recolecciones de testimonios orales. Es así como, verbigracia, Aguirre y Buynova detallan la censura y de cómo ciertos pasajes habían sido cambiados y hasta mutilados, aunque la mayoría de ellos no eran más que mojigaterías y eufemismos de partes corporales, atenuación de palabrotas o la eliminación de pasajes homoéroticos. La misma suerte correría luego Cien años de Soledad, Rayuela y La muerte de Artemio Cruz donde el verbo “chingar” fue eliminado por completo de la versión rusa.

Vargas Llosa sabía del caso aún ante de poner pies en Moscú y durante su visita confrontó a sus editores rusos. Ellos respondieron que eso pasajes “podían haber ofendido a los lectores.” Cuando el novelista preguntó cómo podían estar tan seguros de eso, le replicaron que “la gente que llevaba la casas editoriales eran individuos muy educados que amaban la literatura y no había manera de que cometieran esos errores”. El ataque a su prosa no solo era, como dijo Vargas Llosa, «profundamente deprimente para cualquier escritor», sino que también tenía serías implicaciones políticas. «No quiero un socialismo que, para eliminar la injusticia social, elimine la literatura. Porque para mí, la literatura es tan importante como la justicia social». Esa elevación del arte sobre la realidad política sí fue una primera muestra de su desengaño. Es difícil imaginar que Vargas Llosa ignorara la suerte que había corrido la propia novela rusa después del triunfo de la Revolución Bolchevique. No así, y a pesar de su importancia, ese hecho distó de ser la epifanía política tal y como él la presentó en La llamada de la tribu.
Dos meses después de su sojourn moscovita, los tanques rusos rodaban por Checoslovaquia y días después Fidel Castro salía a justificar ese acto de represión, lo que ennegreció aún más el ánimo de Vargas Llosa. En noviembre de 1968 le escribió una carta a García Márquez enumerando todas sus dudas y desilusiones con el socialismo. Fue una misiva tan deprimente que según Márquez “tuvo que beberse medio litro de whiskey para pasarla.” A pesar de ello, es diciente que en enero de 1969 Vargas Llosa le haya comentado al escritor chileno José Donoso “uno todavía debe apoyar la revolución (cubana) así sea con los dientes apretados ya que el resto es una mierda.”
En 1976, en Ciudad de Mexico, Vargas Llosa le propinó a García Márquez el puñetazo más famoso de la literatura, durante la premier de Los sobrevivientes de los Andes y al año siguiente Vargas Llosa estaría de nuevo en Moscú como presidente del PEN Club, lo cual escatima, y mucho, su idea de que para esa entonces su alejamiento del socialismo era ya completo e irrevocable. Reagan y Thatcher ensombrecieron los 80 -pero no para Mario- y en 1990, después de consultar, o pedir permiso, a Octavio Paz, Vargas Llosa se postuló como candidato presidencial en su nativa Perú. Esos comicios los perdió contra Alberto Fujimori. Solo nos queda especular que tan efectivo hubiese sido el gobierno neoliberal de un escritor de novelas históricas. El producto literario de esa faena fue El pez en el agua, un libro voluminoso, mitad historia política personal mitad justificación de ese desproposito de querer pasar de novelista a estadista. Un libro que leí y reseñé cuando salió y cuyo recuerdo en la distancia es el de una crónica insincera, como al parecer es el destino final de toda memoría política.
Tras el colapso de la Unión Soviética en las navidades de 1991, el distanciamiento del socialismo de parte de Vargas Llosa y otros acólitos de menor calibre se pronunció cada vez más y fue ahí cuando la desmesura se hizo conspicua. Muchas de sus novelas, las buenas y las malas, pueden ser vistas como ejercicios de historiografía literaria. En los últimos años sus pronunciamientos se volvieron cada vez más reaccionarios. A pesar de que siempre gustó de describirse como liberal, la letania de sus declaraciones y pronunciamientos afirmaban todo lo contrario. Y con el resurgimiento de los nuevos movimientos de izquierda en Latinoamérica el ph de su alcalinidad política aumentó.
En 2018, celebró el encarcelamiento de Lula en Brasil por dudosos cargos de corrupción, y al año siguiente se regocijó con el golpe de Estado de la derecha que depuso a Evo Morales en Bolivia. Expresó su apoyo a candidatos de extrema derecha como José Antonio Kast en Chile y hasta a figuras políticas tan nefarias como Jair Bolsonaro en Brasil. Y no dio marcha atras. En 2023 formó parte de la galería de expresidentes y comentaristas de derecha que respaldaron a Javier Milei en Argentina. Pero tal vez el avale más sorprendente e irónico lo dio durante las elecciones peruanas de 2021, cuando describió a Keiko Fujimori como el mal menor comparado con el izquierdista Pedro Castillo. Aquí la contradicción y cambio de rumbo sí fue personal pues más de tres décadas antes él -como ya habíamos anotado- había perdido las elecciones presidenciales contra el padre de Fujimori, Alberto. Extraño entonces ver cómo había pasado años redactando miles y miles de palabras en una crítica el autoritarismo del padre para después prefirir no dejar de pronunciarse sino en cambio apoyar a la hija de su némesis electoral con tal de no ver ganar al candidato de izquierda.
Su legado político como paladín de la libertad está ya totalmente desdibujado por los fantasmas de la Guerra Fría que el mismo convocó con tanto ahínco. Hubiese hecho bien en escuchar a Borges y sus consejo a los escritores de mantenerse alejados de la política. La figura del Borges antiperonista, derechista y cuasi reaccionario es cada vez más distante. Ahora sobresale, sobretodo, su legado literario. Faltará ver qué sucede con la obra de Vargas Llosa que, a pesar de su indiscutible calidad en gran parte, no es lo suficientemente atemporal sino más bien una exploración de figuras históricas a través de la literatura. Eso también es un poco el caso con Fuentes pero menos con García Márquez o Julio Cortázar. El tiempo y los lectores juzgarán si su narrativa será suficiente para espantar los espectros políticos tan espeluznates con los que coqueteó y de esa manera permitir que generaciones futuras, más que las nuestras, lo lean sin prejuicio.
La llamada de la tribu, Mario Vargas Llosa, Español Santillana Universidad de Salamanca, 2018.
Cinco díás en Moscú, Vargas Llosa y el socialismo soviético, Carlos Aguirre y Kristina Buynova, Editorial Reino de Almagro, 2024.
Excelente ensayo, sólo un comentario breve: tal y como se escribe en Cinco días en Moscú, La Ciudad y los Perros fue traducido por Dionisio García y Natalia Trauberg, y La Casa Verde, por Naum Naumov. Tamara Zlochevskaia fue la traductora que acompañó a MVLL durante su estancia en Moscú.
Kris, Gracias por tu amable comentario. Revisaremos la información sobre los traductores al ruso de MVL y de ser necesario publicaremos una fe de erratas.