por Juan Toledo
ilustraciones de Claudio Soto
Desconozco si es algo que le sucede a los argentinos, a los uruguayos, a los brasileros o inclusive hoy día a los vitupereados panas venezolanos. Es esa sensación de tener una pata de gato arañándole a uno las parades del estómago mientras se se está sentado en una vuelo intenacional con un pasaporte colombiano en el bolsillo. En términos inmigratorios eso equivale al pecado original. Y no hablo de la versión kafkesca de ser procesado sin saber cúal es el crimen. No, me refiero a la versión bíblica que cuenta la expulsión del paraíso. Para mis adentros yo pensaba, a mí que me procesen por un crimen que no he cometido y me dejen en un calabozo pero dentro de su reino. Y es que con un pasaporte del País del Sagrado Corazón sé es culpable porque sí, a pesar de tener un estomago más vacio que el de una monja en mañanas de cuarentena. Es como ser un María pero no llena de gracia sino de temor y ansiedad. Una ansiedad que fácilmente se transmuta en paranoía y hasta pánico: ¿Y qué sí la Coca-Cola que me tomé en el aeropuerto El Dorado de Bogotá en verdad contenía coca y los agentes de inmigración deciden hacerme un examen de sangre antes de dejarme ingresar a su maravilloso país?
Los días anteriores al viaje, me había lavado y cortado el cabello y también las uñas -no lo necesitaba pues ya tenía la costumbre de mordérmelas- me había comprado el traje más elegante que mi presupuesto me permitía y, más crucial aún, había practicado hasta la saciedad todo tipo de respuestas para el oficial de inmigración más desconfiado y antipático que por designio del destino sabía me iba a tocar. La fila para “Other Passports” era exponencialmente más larga que la de “EU Passports.” Y recuerdo hacer el esfuerzo de tratar de repasar mentalemnet todas las preguntas y las respuestas en mi inglés de pichón británico que de seguro sonaba peor de lo que yo mismo lo escuchaba. Al llegar a la ventanilla me topé con una joven rubia y hasta sonriente y sucedió algo totalemente inesperado e inexpicable: pasó que olvidé por completo las respuestas que había repetido y repasado docenas de veces y lo único que logré recordar fue la letra de Black Dog de Led Zeppelin. Así, con cara de yo-no-fui pero con una expresión de terror en mis ojos lacrimosos me dispuse a responder a las preguntas lo mejor que pude:

—¿Cuál es el motivo de su visita?
—I gotta roll, can’t stand still, got a flaming heart, can get my fill.
—¿Perdón? —dijo mirándome por encima de sus gafas.
—Ah, ah, ah, ah / ah, ah, ah, ah / ah, ah, ah, aahhh…
—¿Está usted bien? ¿Me puede decir qué medios económicos tiene para subsistir durante su estadía?

—It won’t be long before I find out what people mean by down and out.
—Pero, ¿cuál es el propósito específico de su visita?
—To spend my money and drive a car and start telling friends I’m gonna be star.
—Y, ¿cómo va a hacer eso?
—I don’t know but I’ve been told a big–legged woman ain’t got no soul.
—¿Está usted referiéndose a su majestad la reina?
—Oh, oh child, way you shake that thing, gonna make you burn, gonna make you sting.
—Difícil saber de que esta habalndo pero si es de Elizabeth II, concuerdo con usted que de joven ella no era nada fea y mire usted que se nos viene a casar con ese griego lenguaraz. No hay dercho, ¿no cree?
—Hey, baby. Oh baby, pretty baby, do me like you do me now.
—Cualquier persona que hable con tanto entusiasmo de la cabeza de nuestra iglesia anglicana lo más seguro es que termine pagando impuestos i siendo mas monarquista que los mismos Windsor. Aquí tiene su visa y buena suerte.
—Ah yeah, ah yeah, ah, ah, ah, aahh!!!


Me gusta como está ladrando la revista. Felicitaciones por publicar artículos tan variados.
Excelente y original relato.