Por Isabel Bussy

Ignoramos qué pueda haber en el agua de grifo en los Estados Unidos pero lo que recibimos de nuestros colaboradores del otro lado del Atlántico tienden a ser meditaciones personales tan líricas como poéticas que agradecidamente publicamos. Esta es la segunda entrega de nuestra nueva colaboradora desde Ponte Vedra Beach en Florida


Hace mucho que no escribía tan seguido en español. Hace mucho que solo escribía como un Sajón de aquellos. Creyéndome McCarthy y T.S Elliot todo en uno. Moviendo mi lápiz más que mi lengua. De hecho, ese fue uno de mis temores de venir a estudiar en Buenos Aires. ¿Podré entender lo que realmente me quieren decir? No hablo de la compresión de las oraciones, si al final uno puede entender todo con solo la suma de cada definición. No sabía que un espejo te podía rechazar. No es la negación de algo. ¿De qué? Del saber. ¿Qué es el saber? Es conocer. Y así sucesivamente. A mí no me preocupaba eso. Yo lo último que quería perder era ese ardor que cuelga entre letras que dibujas con toda inocencia. Tenía miedo de olvidarme que las palabras son arbitrarias por naturaleza. Son tan arbitrarias que podrías entender lo que te quiere decir un pájaro o un gato solo con tus entrañas. Son tan arbitrarias que mis cejas te cuentan más que todos mis acentos escritos a fuego. Y aún así me duelen más que algo que existe por sí mismo.

¿Por qué? Un árbol no me hace sollozar. Una silla no me hace resonar las tripas. Si son arbitrarias entonces no existen en sí mismas. Necesitan pieles y pelos y ojos y labios que las elijan. Y así es cómo llevamos siglos de idiomas como una democracia mal hecha que cuando quieres votar te escupen en la cara. Qué bueno que cuando escribo no quiero llegar a ningún lado, pero al mismo tiempo espero que algún día termine de balbucear. Y así es como llevo siglos de idiomas como un infinito mal hecho.

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Hoy no tengo ganas de escribir nada poético, nada que se pueda versar con belleza, nada que puedas decir que haya valido la pena. Hoy no hice mi cama, no me duché, no me lavé los dientes, no me miré al espejo. Hoy me puse ropa sucia porque me sentí incómoda en mi camisa aseada. Hoy me hablaron hasta los muertos, porque los que le temen a la muerte no saben que también le temen a la vida. Y los que le temen a la vida no saben que ya están muertos. Yo me morí ayer. Eso lo escribí en mi diario también.

¿Me amarías si fuese solo temor, trueno y libros? ¿Me amarías si fuese solo alma y huesos? Son preguntas que nadie me quiere contestar. Hoy siento que me queda poco, no digo que me queda nada porque la nada es la muerte y el cielo, pero si me queda poco. Hoy me queda poco corazón, poco pellejo, porque el que tenía se lo repartí a la gente como una bandera quemada en la guerra. Hay pocas cosas que delatan mi corazón podrido. Es un corazón de más de un tipo de músculo, y de más de un tipo de sangre. Vaciado y vuelto a llenar con arsénico y cenizas, con agua de mar y fósiles de mariposas. Parcheado con suturas mal hechas de mi mamá y murales caseros de la antigüedad. ¿No lo viste caminando por la cuadra el otro día? Tenía botas de cuero con la suela despegada y un pantalón de lino negro mojado. ¿Tendrá ojos todavía? Me pregunto. ¿Ya habrá visto su septo desviado? Se está muriendo, encharcado y cianótico mientras la muerte se muere de risa. Hoy me queda poco coraje, poca furia y saliva, porque me la pasé gritando hacia arriba, hacia abajo, hacia adentro pero nunca a tu cara. Hoy me queda poca piel desconocida, pocos paisajes y lunares que no he peinado. Hoy tengo más memorias que ganas de vivirlas. Un poco me entristece, si voy a ser sensata. Hasta se me cayeron un par de lágrimas escribiendo esta mierda. Pero como dicen varios en la calle, mañana es un nuevo día. Qué agradable debe ser para la gente que cree en el tiempo lineal. Es cómo estimar que entre el 0 y el 1 hay algo más que espacio muerto.


Isabel Bussy es una joven escritora argentina residente en Florida, Estados Unidos. En este momento disfruta de un año sabático. Esta es su segunda entrega para Perro Negro y actualmente está trabajando en la traducción de un ensayo del filósofo Estanislao Zuleta que publicaremos a su debido tiempo.

Imagen principal: Fósil de Lithopsyche antiqua (en inglés, Gossamer-winged butterfly) de 34 millones de años. National History Museum, Londres.