Por Nicolás Sánchez
Tercera y última entrega exclusiva de un diario de viaje desde Bogotá a la selva del Vichada, en el sureste de Colombia, para ver con ojos propios la magnificencia de un arte rupestre que data del fin del último périodo glaciar en una zona hasta hace poco, y aún hoy día, vedada para la mayoría de colombianos
Cuando uno mira en Google Maps con el filtro “satélite”, y comienza a sobrevolar el suroriente de Colombia se da cuenta de que, aunque desde el suelo se ve mucho verdor, y se intuye la selva cercana, la realidad es que los alrededores de San José del Guaviare van camino a convertirse en una gran colcha de retazos, con grandes parches de granjas ganaderas y cultivos de palmas depredadoras que producen aceite y salpican los grandes espacios de bosque tupido que, a principios del siglo xx, permitían que una gran manada de monos saltando de rama en rama anduviera desde Leticia, en la frontera con Brasil, hasta la cordillera oriental, esa misma que atravesamos para ir desde Bogotá hasta Villavicencio. Esa es la dimensión del cambio que los humanos hemos hecho a la selva; Sin embargo, sin rasgarnos las vestiduras y empezar a decir que todos los cambios drásticos son por acciones humanas, baste recordar que esas mismas tierras, en un pasado remoto, estaban el fondo de un mar, con Brasil como una isla y con un canal al oeste que iba desde el Lago Maracaibo hasta el Mar del Plata. Eran como unas venas abiertas de
América Latina, con la Cordillera de los Andes haciendo de barrera para que pudieran existir ciudades como Bogotá, Santiago o Lima; aunque, gracias a diversas hecatombes, cambios climáticos extremos, glaciaciones mortales, terremotos, volcanes explotando al norte y al sur, etc., ese mar quedó solo como un recuerdo lejano, grabado en los depósitos de fósiles de hace 50 millones de años, cubierto por un manto de árboles que ha durado los últimos 12 millones de años; con un Río Amazonas que ha estado inalterado los últimos 2 millones de años, y con unos bosques primarios que los humanos hemos arrasado en menos de un siglo. Los cambios geológicos son inconmensurablemente más drásticos que el poder de contaminación y destrucción humanos.

Ese antiguo fondo marino muy posiblemente es de basalto ígneo, roca fundida que sale de las bocas de volcanes submarinos, que van construyendo, junto con los sedimentos que se hunden, esa cama sólida que tiene una textura muy particular y a la que se sujetan montones de bichos acuáticos en busca de refugio. Ahora caminamos sobre ese fondo, 50 millones de años después somos testigos del tiempo convertido en erosión, ríos, cascadas y formas como venidas del espacio.
Cruzamos un río en la parte alta de la sierra, que muy pronto se convierte en cascada. Esta cima de sierra es una propiedad privada que contiene ese tesoro de agua, con unos pozos que se forman por la fractura poderosísima de la roca antigua. ¿Cómo es posible que alguien pueda haber pagado la suma que fuera para poseer esa exclusividad de la naturaleza? Sobre el basalto desnudo va fluyendo el agua que se cruza con otras aguas, de otros nacederos, y van formando toboganes, piscinas, trampolines, todos de piedra y con una calidad de millones de años de duración; caminamos por el basalto y vemos unas formas de
erosión que parecen modelos en miniatura de la sierra en la que estamos. Y continuamos subiendo porque aún no hemos visto la primera piedra con pinturas.
A Carlos Mario, el dueño de la finca lo habíamos conocido en Puerto Lleras, cuando paramos a admirar El Puente de la Libertad y tomarnos un refresco en el malecón. Nos dijo, con ese típico acento cantado y
encantado de Medellín, que había cambiado su vida de empresario paisa de la textilería en Bogotá
por el de explorador paisa del cultivo de limones en el Guaviare. En cualquier parte de Colombia siempre hay un paisa haciendo negocio.
– ¿Que quieren ver las pinturas rupestres de la zona? ¡Se le tiene!; ¿Quieren un paseo por el Río Guayabero a precio especial para familias? ¡Seeee leeee tieeneee!
– Carlos Mario, pero ¿en la finca de ustedes sí tienen todo eso, además del cultivo de limones?
– Claro hombre, no ve que son como 300 hectáreas que compré con lo que me pagaron por el taller de costura. En ese taller se hacían muchos pantalones “levanta cola”. A esas viejas se les ven las nalgas como las de Sofía Vergara. Todo un éxito.
– Me imagino que ni siquiera debe conocer toda la finca.
Carlos Mario – ¿Qué no?, Mirá hombre, si vos no tenés el tiempo y la cabeza para ocuparte de lo que comprás, no te metás. ¡Claro que la conozco toda!
Me pareció que lo ofendí un poco con la pregunta, aunque ese espíritu comercial del paisa siempre
lo pone en su sitio y no permite que se vaya la cosa a mayores cuando se trata de un posible
cliente.
Nos invitó a recorrer una pequeña parte de esas 300 hectáreas en compañía de su hijo. Sin duda un entorno hermoso de ver. La casa principal, con un diseño sobredimensionado, pero elegante, a 200 metros de la entrada por la carretera, aún a medio construir, pero con señales de que el proyecto está en riesgo de abandono; un claro de bosque recién despejado para más pastoreo, por un lado, una quebrada por el otro; el esqueleto de una vaca un poco más allá.
El joven nos llevó por esos ríos con fondo de basalto, en esa pequeña sierra en medio de la propiedad, seguíamos subiendo con el calor húmedo y sofocante cuando, de repente, nos encontramos una formación de roca tratada por el tiempo con extrema
delicadeza, es tan delicada la erosión que la rodea que las paredes parecen tener la
decoración más exquisita que se puede ver en la Alhambra de Granada, con esos canales y formas como letras árabes modeladas en yeso, pero sin la pintura de los artesanos de los Palacios Nazaríes.

Es el sutil poder de la naturaleza en una pared de piedra. Sobre ese mosaico, como a unos 4 metros de altura, una gran roca hace de techo, formando un ágora perfecta para reunirse, encender un fuego y poder ver la lluvia desde el calor de la hoguera. Todo conspiraba para que, en ese mismo lugar, posiblemente hace 13 mil años, seres bastante parecidos a nosotros quisieran dejar sus huellas, tal vez por diversión, tal vez por curiosidad, o quizás simplemente por el efecto de alguna planta con efectos psicoactivos que los llevaba a hacer cosas aparentemente sin un fin inmediato. En efecto, en esa ágora de paredes nazaríes se pueden ver unos trazos rojos, aunque bastante desteñidos, en lo que parecen ser diseños de trenzas o alineaciones de algún tipo, pero que dejaban ver poco más que unas manchas. El entusiasmo de Carlos Mario al hablar de las pinturas rupestres dentro de su propiedad nos hizo pensar que veríamos algún animal ya extinto, rondas rituales de figuras humanas danzando alrededor de un supuesto fuego, o alguna lagartija con formas geométricas que nos evocaría algún ser de otra galaxia; al final lo que disfrutamos fue una gran talla en piedra de la madre naturaleza, hermosas vistas, corrientes de agua dulce y brillante sobre una roca marina y un cráneo de vaca que podría ser un buen adorno en un estudio de grabación de Nashville, pero las pinturas realmente impactantes se iban a hacer esperar.
Al día siguiente salíamos muy temprano, y, aunque parezca extraño, muy poca gente en San José conocía la ubicación de las pinturas, como si la nueva atracción les resultase tan exótica y sofisticada que no tenían derecho a ella, incluso podrían llegar a verla como una amenaza parecida a la de la riqueza del caucho. En cualquier caso, la oleada de turistas en los últimos 3 años preguntando por lo mismo los había mantenido mínimamente informados y sabíamos que alguien nos sabría decir cómo llegar; Al fin, una empleada del hotel que me escuchó preguntando en la recepción nos indicó como iniciar la ruta.
– Deben ir hasta el puente sobre Guaviare, pero no lo cruzan. Cuando lleguen, se van
por debajo del puente y ahí tienen unas lanchas. Ahí siempre hay un poco de gente tomando
cerveza, seguro que alguno les dice como llegar.
– Pero imagino que ese punto de información no es tan fiable. ¿Ellos si saben bien dónde es?
¿No tendremos luego que devolvernos porque sea la ruta equivocada?
– No señor, esa gente del embarcadero se la pasa todo el día por ahí y seguro que le
indica bien.
– Bueno, señora – le dije con cierta resignación- espero que esta cadena de informantes no sea
como un teléfono roto. Muchas gracias
– De nada, patrón. Que Dios lo bendiga.
Normalmente, aunque en Colombia una gran mayoría de personas se despiden con las bendiciones, yo procuro no ser antagonista en cuestiones de fe y lo único que hago es asentir con la cabeza, no sin antes dejar claro que no soy patrón de nadie.
Salimos del hotel a las 7:00 de la mañana, siguiendo las indicaciones, rumbo al Río Guaviare. Cuando estamos por llegar al puente hay una señal de desvío que nos lleva al embarcadero. Unos metros más adelante, como si hubieran estado ahí por siglos esperando exploradores de todo el mundo, nos encontramos con una colección de piraguas listas para zarpar, pero los exploradores no llegan, y los que buscan la aventura ya no viajan con cofres de antaño ni grandes cajas con aparatos de medición o defensa que requerirían un séquito de sirvientes para su desplazamiento; la tecnología acabó con la épica de los más curiosos y temerarios. Ahora la exploración opera con Uber y AirBnB.
Vemos un grupo de gente que nos mira con extrañeza. Parce que hace tiempo nadie hace parada debajo del puente, quizás los grupos de turistas ya tienen la ruta comprada y no se detienen en un lugar como este. Antes de comenzar las averiguaciones veo que el embarcadero tiene un aspecto bastante cinematográfico, hasta me parece estar viendo la escena de Once Upon a Time in America en la que, en una carrera contra el destino, los chicos de la pandilla de Robert de Niro van corriendo bajo los arcos de piedra del puente de Brooklyn huyendo de las balas que, al final, en la escena más triste de todas, terminan alcanzando a uno de los niños. No sé porque este puente selvático me da esa misma sensación de nostalgia ajena, de un pasado romantizado que, al final tiene muchos más riesgos de lo que se ve en la pantalla. Con ese atractivo de pasado peligroso me dispongo a filmar un pequeño clip de autobuses cruzando hacia la civilización cuando, de repente, comienza una cacería despiadada que hace la escena del puente sobre el rio se convierta en un baño de sangre: miles de mosquitos, atraídos por el calor de humanos desconocidos y alimentados con café, cereales y huevo frito, comienzan a devorarnos las piernas, el cuello, las manos y el más allá; hay que salir corriendo de la orilla para no estar el resto de nuestro camino con pinchazos por todo el cuerpo. Los peligros por esta zona vienen en todos los tamaños.
Entre las personas que estaban en el embarcadero había un hombre con un aspecto más de local que
los demás, con una piel suave y brillante color arcilla, como si recién se la hubieran cambiado. Con ese aspecto tribal e inocente me pareció que él es el más indicado para preguntarle sobre nuestra ruta. Cuando lo escucho hablar noto un acento extraño, como de una lengua perdida con sonidos guturales y con dificultad para pronunciar las “erres”; sin duda es el que tiene la mejor información, es un miembro del grupo indígena que está encargado de gestionar y proteger los sitios arqueológicos de la zona. Nos indica que debemos tomar la trocha que sale de donde estamos en sentido “río arriba”, remontando la corriente del Río Guaviare, mientras entramos a la Serranía de la Lindosa, que viene a ser una suerte de barrera de piedra done el Río Ariari llega a su destino y se encuentra con el Río Guayabero, Por ese camino vamos a encontrar un aviso que indica la salida para un caserío que le llaman Raudal de Guayabero.
Trocha difícil, hasta para un 4×4. Vamos remontando; llegamos al aviso de “Raudal del Guayabero”
y tomamos el desvío. Llegamos al caserío y parece que los vecinos ya sabían que veníamos, tienen
listos los botes con suficientes chalecos salvavidas que, aunque bastante usados, espero que no se rompan en caso de naufragio. El Guayabero en esta parte de la sierra se ve confinado entre dos paredes de roca sólida; es un punto en el que la serranía hace una garganta y permite que el río se bifurque; en la margen sur, donde estamos, se tiene la sensación de que es la última oportunidad para arrepentirse de los pecados, y en caso de no ser perdonado, la naturaleza te manda a la orilla norte, donde solo se ve una base de roca, encima de ella vegetación amenazante y varios carteles que avisan de caimanes y culebras en los alrededores.

El Río Guayabero toma ese nombre al pasar por la vecindad de la Sierra de la Macarena, pero sus aguas vienen desde más lejos, desde la cordillera oriental en las cercanías de un pueblo que se llama La Uribe. Ese lugar se hizo tristemente célebre por ser el sitio donde los guerrilleros de las FARC tenían su comando central. Viendo los mapas de ríos y montañas se entiende porque esa ubicación es tan estratégica; desde La Uribe se pueden vadear ríos y llegar navegando a casi cualquier parte de los llanos orientales y, a la vez, es un punto desde el que es relativamente fácil internarse en los bosques fríos de la Cordillera Oriental para esconderse en el valle del alto Río Magdalena. Desde allí se pueden controlar amplias zonas de territorio con grandes riquezas naturales; tierras fértiles, agua por doquier, petróleo, oro y hasta coltán.
El Guayabero está crecido, se ve la corriente bastante fuerte, pero nada que intimide a los lugareños. Nos dicen que ya podemos subir al bote, comenzamos a abordar y, de la nada, nos llega una hermosa sorpresa que guardaba el caserío. A unos 50 metros vemos algo que ondula con el agua, me fijo bien y veo el dorso de algo nadando río arriba, se ve una aleta gris brillante y a medida que emerge deja ver un cuerpo rosado y terso, se mueve con gracia, parece que tuviera ganas de saltar, aunque no lo hace y nos deja con las ganas de ver más. Como buen animal fantástico, el delfín rosado, igual que los unicornios y
esciopodos, no desvela todo su misterio, se esconde de nuevo en el raudal y sigue su camino, suponemos que hacia un reino fantástico y salvaje donde se siente más seguro que cerca de estos descendientes de homo sapiens. Según dice el guía, ver un delfín rosado es el mejor augurio para comenzar nuestro recorrido, esperemos que así sea porque la corriente es fuerte y las rocas a lado y lado de la garganta no parecen que quieran recibir de buena gana un golpe de la embarcación.
El bote debe remontar navegando lo más cerca posible de la orilla. Se forman remolinos y unos rápidos hacen parecer que perdemos estabilidad. Se ven cuevas en las
dos orillas con paredes que son un rompecabezas liso y brillante; todo parece una confabulación entre la piedra y los árboles para evitar que nadie entre en los secretos de la serranía, con muros altos coronados por esa capa verde que esconde a los caimanes y serpientes que nos advertió el cartel del pueblo.

Llegamos a una especie de playa; bajamos a tierra y lo que parecía arena es un lodo que nos atrapa los pies; tenemos que caminar como si estuviéramos sobre huevos. Una vez superadas las arenas movedizas está ya todo listo para comenzar a subir. Hace bastante calor y la humedad no ayuda. Entramos en el bosque; comenzamos a caminar y vemos unos árboles con raíces muy particulares que se van extendiendo como dedos huesudos intentando alcanzar nuevos horizontes; nos dicen que se llaman árboles caminadores, por si faltaba dar más sensación de misterio a todo el recorrido.
Estamos a punto de llegar; comienzo a sentir la emoción como de encontrarme con algo sobrenatural y de alguna manera lo es. Es sobrenatural que después de 13 mil años, con todo lo que ha cambiado en la tierra, un pedazo de roca pueda ser una ventana a lo que fuimos cuando no existían gobernadores ni gobernados, es sobrenatural que esas personas hayan podido sobrevivir sin pensiones, ni vacaciones ni servicio de salud y solo con unas cuantas historias antiguas de cuando ni siquiera la tierra se había secado y de lo cual los únicos testigos serían la luna, las estrellas y la vegetación, para explicar el origen del mundo, para entender cómo es posible que unos animales tan poderosos como el jaguar o la danta hayan llegado hasta este rincón del mundo, para dar un sentido a la existencia en una jungla agreste e indiferente en la que la idea de justicia no es subjetiva, sino que es la justicia de las leyes físicas más puras y de las leyes del hambre más rigurosas. En esta especie de juicio final en los confines de la civilización no hay buenos ni malos, solo hay sobrevivientes.





Seguimos avanzando entre la espesura del bosque mientras vemos que de las piedras van saliendo
sorpresas; lagartija de colores entre dos piedras, nacimiento de agua un poco más allá, un claro con
árboles de plátano y, al fondo. Antes de llegar al sitio de las pinturas debemos cruzar una cueva que tiene
una galería de entrada que bien podría ser la recepción de alguno de los lujosos edificios que, desde la Fifth Avenue, flanquean a Central Park en Nueva York. Un espacio de gran altura, con esa decoración que solo se logra con miles de años de experiencia, con raíces, lianas, troncos, hojas y flores cual adornos modernistas que rodean la piedra tallada, rocas marinas encajadas a la perfección, hojas gigantes que parecen sombrillas y las estalactitas que nos dicen que el agua en este lugar es abundante y dura. Entramos en la cueva y los adornos de la entrada dan paso a una oscuridad total, nos recibe un sonido agudo pero familiar; encendemos nuestras linternas y logramos ver esa gran cantidad de mamíferos voladores que el cine se ha empeñado en demonizar; todos los techos están colmados con los cuerpos colgantes de murciélagos que, engañados con nuestra luz artificial, creen que es hora de levantarse. Seguimos nuestro camino, pero la recomendación de la guía es muy clara: No toquen nada de la cueva, ni paredes ni suelo ni nada, y no quitarnos los guantes de protección; estos animales pueden transmitir enfermedades bastante pandémicas. Estos animales casi pueden entrar, también, en la categoría de lo
sobrenatural.
Cuando salimos de la cueva comenzamos a ver el verdadero espectáculo del lugar. El suelo ya nos dice que por aquí han pasado muchos visitantes, y ahora más desde que en 2020 la BBC, más por publicidad que por historia, señaló a este lugar como la “Capilla Sixtina de la Arqueología”, contando como, desde 1986, gracias a una tormenta, Carlos Castaño, antropólogo y director del sistema de parques naturales de Colombia de la época se encontró con esta maravilla de la evolución humana y se iniciaron los primeros estudios al respecto, sin embargo, gracias a la actividad delictiva de la guerrilla y otros grupos armados en todo Colombia la visita a esa región era una garantía de secuestro o algo peor, y por eso no era posible este tipo de visitas sino hasta bien entrado el siglo xxi, lo cual paradójicamente ha contrbuido a su conservación. Seguimos caminando cuando vemos, entre el verde intenso, por entre las ramas de los árboles el color amarillento de la roca, nos vamos acercando y la guía nos indica que debemos esperar un poco antes de disfrutar del espectáculo; con el pretexto de que los sudores nuestros pueden perjudicar las tintas en la piedra, se hace un pequeño ritual antes del acceso. Efectivamente se siente una energía diferente y hay que estar un momento en silencio para sentirla; es importante acercarse con todo el respeto a estas obras que nos hablan desde lo más ancestral de nuestra historia.

El pabellón principal está atiborrado de dibujos, en colores rojos, en los que se ven dantas,
jaguares, murciélagos, formaciones de aves, figuras geométricas, personas en aparente ritual, tortugas, ondulaciones que suponemos son ríos, serpientes y lagartijas, muchas lagartijas. Es una pared hipnótica; tal vez es que los ritos lisérgicos que hicieron los habitantes del lugar hace 12, 13 o 20 mil años, y que dejaron un sinnúmero de formas indescifrables, tienen efecto hasta el día de hoy, es como si el tiempo y el espacio estuvieran en un agujero negro de sustancias psicoactivas que nos dejan extasiados con toda esta belleza aún ahora. Hay dibujos sobre dibujos, hay figuras muy claras, hay marcas de manos en sitios de muy difícil acceso (¿Será que construyeron algún tipo de escalera antediluviana?) y, sobre todo, hay más preguntas que respuestas, empezando porque la fecha de 13 mil años puede que sean 20 mil, y los animales gigantes al lado de figuras humanas muy pequeñas puede que sean, o no, animales gigantes o algún tipo de perspectiva. No se sabe a ciencia cierta cuándo ni porqué se hicieron estas obras, pero la realidad es que indican que en toda la selva del Amazonas hubo mucha más civilización de lo que inicialmente se creía, y la cantidad de cuevas y formaciones rocosas de la región hacen pensar en una extensión de los hallazgos mucho más vasta de lo que se ve hoy. ¿Hay algún explorador atrevido que quiera hacer la investigación? Dicen que lo que se ha descubierto solo es el 30% de lo que puede haber. Difícil saberlo y hasta peligroso intentarlo.
Después del baño de realidad que nos dio la naturaleza y la historia, haciéndonos caer en cuenta de que no somos más que un moco en el pañuelo del espacio-tiempo, seguimos avanzando en nuestro descubrimiento de las bellezas de la serranía. Pasamos por otra cueva con sus respectivos murciélagos; al otro lado vemos la luz que se cuela por una puerta verde; las plantas de la salida parece que quieren entrar pero la oscuridad no las deja, ellas se insisten, pero la luz es más poderosa que la voluntad y, al final, las hojas se quedan fuera cerrando el camino, tenemos que apartarlas para pasar y descubrir lo que hay al otro lado de la serranía, un gran espacio plano y alfombrado se extiende a ambos lados del Guayabero, que nos deja ver lo anciano que es el río, con sus curvas y caprichos; intuimos que la Sierra de La Macarena, esa gran referencia de nuestro viaje, debe estar allá, a lo lejos, en donde el azul y el blanco del cielo se juntan con el verde de ese mar vegetal. Fantaseo pensando que, si esperamos suficiente tiempo, vendrá una carabela a “civilizarnos” desde el otro lado del mundo con nuevos Colóns, Pizarros y Corteces.

Está lloviendo al oeste, tal vez a unos 5 kilómetros de La Lindosa. Desde esta magnífica atalaya veo esas nubes negras que se acercan y entiendo toda la maravilla del lugar para un grupo de personas que necesitaban tener la mejor información posible. Tener un pronóstico del clima, así fuera con algunas horas de antelación, resultaba ser una ventaja muy útil, además de tener una perspectiva total sobre el cauce del Guayabero, desde la garganta en la serranía hasta muy adentro en el horizonte, podría haberles permitido tener una buena estrategia en caso de necesitar una defensa. Las nubes se acercan y un aguacero nos amenza. Comenzamos el descenso para evitar caídas desde la roca húmeda. Tan pronto entramos en la primera cueva de murciélagos se descarga el cielo sobre el monte, comenzando una revolución de los sentidos; comienza a salir otro olor de la tierra, las raíces escurren agua y sueltan vapores nuevos, un tronco tiene una gota de resina, la toco y el aroma que queda en mis manos es de un perfume tan especial…. Nunca había olido nada parecido.
Seguimos bajando ya caminando sobre las raíces de los arboles y las hojas caídas. Estamos llegando a la playa de barro. Zarpamos río abajo rumbo a La Laguna del Amor. Si pudiéramos renombrar cada cosa importante de la tierra para que cada vez que la mencionáramos, su significado, su onomatopeya y el ritmo del acento encajaran perfecto como representación de la cosa nombrada, habría muchas que no se llamarían como las llamamos hoy, sin embargo, el caso de La Laguna del Amor es todo lo contrario. “Laguna” siempre será una palabra fluida y clara, y el amor siempre es conciso y firme. La Laguna del Amor es esa fluidez de un nacimiento de agua en una gruta perdida en medio de las paredes de roca concisa y firme de la Serranía de la Lindosa. Nos bañamos con la sensación de estar en un sitio sagrado, la bóveda que nos cubre hace un eco del agua cayendo que no dudo que este tipo de lugares fueron los que inspiraron a los arquitectos de las grandes catedrales. Hacía un momento estábamos especulando sobre las motivaciones que puede tener un pueblo para que, hace miles de años, hicieran lo que hicieron, y tal vez la explicación de eso y de todo lo que ha sido y será la para humanidad, esté condensado en este pequeño agujero en la piedra, donde lo sagrado fluye como agua para rodar por el amor que es sólido como roca.
Nicolás Sánchez no es jugador argentino de rugby, es un ingeniero químico de profesión quienes en sus ratos libres se dedica a la lectura y a la música. Reside en Bogotá y esta es su tercera colaboración para Perro Negro.
Imágenes en orden de aparición: imagen principal, detalle de roca con arte rupestre de pinturas de dantas o tapires; río sobre antiguo fondo marino; roca naturalmente erosionada; embarcadero en el Raudal del Guayabero. Mosaico de fotos en el sentido de las manecillas del reloj: lagartija al sol, hoja de plátano en el bosque tropical, primeras vistas de arte rupestre entre los árboles, talla en piedra y lagartija neolítica pintada sobre roca. De nuevo imagen principal y panorámica del Río Guayabero. Todas las fotos, cortesía exclusiva de Nicolás Sánchez
Estupenda crónica
Hola María Cristina. Me alegra que te haya gustado el relato. Si quieres ver algunas instantáneas más de este viaje y otros lugares, puedes buscarme en Instagram como @construsonica