Por Claudia Jaramillo
Continuando la serie sobre el "efecto vienés" de cómo usamos, pensamos y reflexionamos el lenguaje, aquí una breve y aguda exégesis de una mítica obra teatral escrita, hace medio siglo, por un polifacético inconformista quien en 2019 recibió el Premio Nobel de Literatura por su "ingenio lingüístico"
“No se representará ninguna historia. No se escenificará ningún conflicto. No habrá personajes.” Así comienza Publikumsbeschimpfung (Insultos al público), la obra que Peter Handke escribió en 1966 y que desde entonces ha dejado una estela de desconcierto, rabia y admiración. No es, en sentido estricto, una obra de teatro. Es un acto lingüístico. O más aún: una pieza de pensamiento encarnado.
El teatro de Handke, como el lenguaje en Wittgenstein, no explica: actúa. Y lo que hace Insultos al público es dinamitar el pacto escénico desde dentro, como si alguien se levantara en mitad de una representación y dijera: “Nada de esto es real, y ustedes tampoco lo son”. Handke escribió esta obra en la Viena de los años 60, un momento en que la filosofía del lenguaje —y en particular la figura de Ludwig Wittgenstein— circulaba como un virus entre escritores, artistas y dramaturgos.
La pieza de Handke rompe con todo, como lo hicieron los escritores de principio de siglo: no hay personajes, ni conflicto, ni escenografía. Solo cuatro actores —o mejor, hablantes— que se dirigen directamente al público, sin cuarta pared, sin coartadas narrativas. Lo único que ocurre es que se habla. Pero eso no es poca cosa. Porque, como diría J.L. Austin, uno de los padres de la teoría de los actos de habla, decir algo es hacer algo. Y cuando en la obra los actores insultan al público, no describen un insulto: lo ejecutan. El lenguaje no es contenido; es acto. Y el teatro se convierte en un campo de experimentación de esa violencia verbal convertida en verdad escénica.
La obra empieza acusando un usted, en medio, habla de vosotros y al final, muy al final, antes del cierre habla en nosotros, pero un nosotros absolutamente destruido. “Usted es el tema. Usted está en el centro del interés.” Así lo dicen los actores. Y no es metáfora. Es literal. El público ya no puede esconderse en la oscuridad de la platea. Ya no puede “ver sin ser visto”. Es desenmascarado. Convertido en objeto, en sujeto, en blanco. El teatro le devuelve la mirada.
Este procedimiento recuerda al Verfremdungseffekt de Bertolt Brecht, ese efecto de distanciamiento que busca romper la ilusión escénica para hacer pensar al espectador. Pero donde Brecht todavía construía ficciones que interrumpía para generar conciencia crítica, Handke directamente niega la ficción. No hay ilusión que desmontar. Solo discurso. Pura presencia.
“El lenguaje no es contenido; es acto. Y el teatro se convierte en un campo de experimentación de esa violencia verbal convertida en verdad escénica.”
Lo que produce esto no es catarsis, ni identificación, ni emoción estética. Es otra cosa: una mezcla incómoda de vergüenza, rabia y revelación.
El insulto como acto de habla
Un filósofo que me gusta mucho y me parece interesante traer de invitado es Austin y su teoría de “Actos de habla”, en la que distingue entre el acto locutivo (lo que se dice), el ilocutivo (la intención con la que se dice) y el perlocutivo (el efecto que produce en el otro). Pues bien, Insultos al público funciona casi exclusivamente en el registro ilocutivo.
Cuando los actores insultan, interpelan o describen al público, están haciendo cosas con palabras: lo agreden, lo ridiculizan, lo desnudan simbólicamente. Pero también lo invitan —aunque a la fuerza— a pensar en su rol, en su presencia, en su pasividad.
El teatro se convierte así en una zona de fricción, donde el lenguaje ya no embellece ni representa, sino que hiere, provoca, incomoda. Es Wittgenstein con botas de combate. Filosofía a gritos.
Pero, cabe preguntarse: ¿qué significa ser espectador?
La paradoja de la obra es brillante: el espectador es el verdadero protagonista, pero no tiene voz. Es el centro del discurso, pero solo para ser interpelado, acusado, expuesto. No hay “empatía” posible. Solo confrontación.
Este cambio de eje trastoca toda la gramática del teatro tradicional. Porque si el lenguaje no “refleja” la realidad sino que la produce en acto —como quería Wittgenstein—, entonces poner al espectador en el centro es convertirlo en escena. En acontecimiento. En enunciado.
Y eso implica una gran incomodidad: ya no se puede mirar desde fuera. El teatro te habla. Te apunta. Te nombra. Te implica.
Wittgenstein propuso pensar el lenguaje no como un sistema de signos que representan cosas, sino como una serie de “juegos de lenguaje” regidos por reglas sociales y contextuales. Pero ¿qué pasa cuando las reglas se rompen? Eso es lo que hace Handke. Toma el juego teatral —ese acuerdo tácito entre actores y público— y lo sabotea desde dentro. No hay historia, no hay personajes, no hay ficción: solo el lenguaje actuando a la intemperie.
La obra, entonces, no es un relato, sino un evento lingüístico. Una especie de performance filosófica donde se dramatiza el uso del lenguaje sin ornamento. Es la escena como laboratorio del decir.
Cuando Publikumsbeschimpfung se estrenó, las reacciones fueron explosivas. Gente que se reía nerviosamente. Otros que abandonaban la sala indignados. Algunos que intentaron subir al escenario para increpar a los actores. La obra no solo cuestionaba la forma: cuestionaba al espectador. Y eso era inadmisible. Este gesto convirtió a Handke en una figura mítica dentro de la cultura alemana. No solo por su audacia formal, sino por capturar un malestar generacional: la necesidad de romper con las formas heredadas, con los relatos cómodos, con las ficciones anestesiadas.
Curiosamente, el propio Handke prohibió la representación de la obra en 1969, prefiriendo que se leyera en lugar de montarse en escena. Pero eso no impidió que se convirtiera en un texto de culto, un clásico incómodo, una obra que aún hoy conserva su filo.
El teatro de Handke no busca conmover. Busca hacer pensar con el cuerpo. Mostrar que el lenguaje no es solo comunicación o representación, sino también una forma de poder, de violencia, de transformación.
“Eso es lo que hace Handke. Toma el juego teatral —ese acuerdo tácito entre actores y público— y lo sabotea desde dentro. No hay historia, no hay personajes, no hay ficción: solo el lenguaje actuando a la intemperie.”
Y eso lo conecta profundamente con Wittgenstein. Porque si “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, entonces expandir o romper esos límites —como hace Handke— es un acto radicalmente filosófico.
Insultos al público no es una obra en sentido convencional. Es una forma de pensamiento hecha carne. Una puesta en escena del lenguaje en su dimensión más cruda y más lúcida. Un intento de llevar las palabras al límite, de mostrar lo que ocurre cuando el lenguaje deja de mentir y se vuelve acción pura.
Handke no teoriza: dramatiza
Claudia Jaramillo es cofundadora y Editora Adjunta de Revista Perro Negro en Madrid. No sabemos si ella esté de acuerdo con su descripción, de madre, poeta, cronista y diseñadora. Y en ese orden. Sus poemarios Todo lo que cabe en un puño y Al margen de las cosas pueden adquirirse ya en Amazon
No Comment! Be the first one.