Como muchas otras cosas, la modernidad se engendra a partir de una crisis. En este caso una crisis epistemológica en el cual las nociones de verdad, realidad y el mismo concepto del “yo” parecen desintegrarse. Este brillante y breve ensayo localiza el ojo de la tormenta, las ideas, el lenguaje y los autores que la mapearon
Nietzsche, Mach, Freud y el silencio de Lord Chandos
A finales del siglo XIX, Viena se convierte en una extraña encrucijada: capital de un imperio multicultural que ya no cree en sí mismo, laboratorio de todas las crisis que marcarán la modernidad. Ciencia, filosofía, arte, política: todo parece derrumbarse y transformarse al mismo tiempo. Y en el centro de esa tormenta, algo aún más profundo comienza a resquebrajarse: el lenguaje.
¿Cómo representar una realidad que ya no ofrece garantías? ¿Cómo hablar de un yo que se deshace? ¿Cómo seguir escribiendo —y creyendo— cuando las palabras pierden su peso, cuando ya no nombran, sino que apenas rozan, disimulan, ocultan?
En ese abismo se sitúa la crisis del lenguaje, una fractura entre palabra y mundo, entre sujeto y sentido, que impregna la cultura vienesa de fin de siglo. Nietzsche, Mach y Freud no solo la diagnostican desde sus disciplinas; la encarnan. Cada uno, desde su lugar, contribuye a desmontar la vieja arquitectura del yo racional y del lenguaje transparente.
Friedrich Nietzsche, en su célebre texto Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, lanza una bomba epistemológica: lo que llamamos “verdad” no es más que “un ejército de metáforas, metonimias, antropomorfismos”, una construcción arbitraria que hemos olvidado que es tal. Las palabras, lejos de reflejar fielmente la realidad, la encubren, la simplifican, la falsifican. “¿Es el lenguaje una expresión adecuada de todas las realidades?”, se pregunta irónicamente. Su respuesta es clara: no. La verdad no es un descubrimiento, sino una convención; no hay correspondencia entre las palabras y las cosas, sino un pacto olvidado.
Esta desconfianza se extiende al sujeto. ¿Qué derecho tenemos —se pregunta Nietzsche— a hablar de un “yo” como causa de nuestros pensamientos? Lo que llamamos “yo” no es más que una ficción gramatical. El pensamiento, en realidad, no tiene un centro, no brota de una identidad estable, sino de una multiplicidad anónima, fisiológica, caótica.
“… lo que llamamos “verdad” no es más que “un ejército de metáforas, metonimias, antropomorfismos”, una construcción arbitraria que hemos olvidado que es tal. Las palabras, lejos de reflejar fielmente la realidad, la encubren, la simplifican, la falsifican.”

Ernst Mach, físico y filósofo austríaco, lleva esta crítica al extremo. Para él, el yo no es una sustancia, ni una unidad metafísica, sino un conjunto de sensaciones momentáneamente coherente. No somos más que un flujo de elementos sensibles, una continuidad precaria de recuerdos, estados de ánimo y percepciones. No hay un “yo” permanente, ni un núcleo que garantice la identidad: solo asociaciones funcionales que nos permiten orientarnos, sobrevivir. “El yo no es algo absoluto ni constante”, escribe. “Al igual que los cuerpos, cambia, se modifica, se disuelve.”
Esta visión profundamente anticartesiana tiene consecuencias directas para la literatura: si el mundo y el sujeto son construcciones inestables, el lenguaje ya no puede aspirar a representarlos. Se convierte en otro artificio más, frágil, sospechoso.
Y entonces aparece Freud.
Con él, el yo sufre su golpe definitivo. Ya no se trata solo de cuestionar su estabilidad o su origen, sino de aceptar que ni siquiera somos dueños de nosotros mismos. Bajo la conciencia se agita el inconsciente, una región oscura, regida por el deseo, el conflicto, la represión. El yo no es el amo en su propia casa, sino un mediador frágil entre fuerzas que no comprende ni controla. El aparato psíquico, tal como lo imagina Freud, no es dual, sino triple: el ello, el yo y el superyó luchan en un teatro interno donde la verdad se desliza entre símbolos, sueños, lapsus y síntomas.
Y el lenguaje, claro, ya no puede decir la verdad de ese sujeto. Las palabras no revelan, sino que enmascaran. No expresan una interioridad coherente, sino que delatan su fractura. Freud lo dice con claridad: la realidad psíquica no es una copia del mundo exterior, sino una maraña de deseos, fantasías y recuerdos.
En este contexto, no sorprende que la literatura se vuelva el lugar por excelencia donde se encarne esta crisis. Hugo von Hofmannsthal lo comprendió como pocos. En Ein Brief, también conocido como La carta de Lord Chandos, da forma literaria a esta experiencia de disolución.
Lord Chandos, noble isabelino, explica a Francis Bacon por qué ya no puede escribir. No es que haya perdido el talento o la inspiración. Es algo más radical: las palabras se le deshacen en la boca “como hongos podridos”. Las abstracciones le resultan vacías, y hasta los objetos más cotidianos —una jarra de estaño, una rana en el jardín— lo sobrecogen con un sentido tan intenso como inefable. La experiencia se vuelve muda, excesiva, imposible de traducir.
Chandos sufre el lenguaje como una enfermedad, como le pasa a Montano en el libro de Vila-Matas. Y la solución que encuentra no es la retórica, ni el análisis, ni la rebelión, sino el silencio. Dejar de escribir para curarse, como si no pensar en el dolor lo hiciera desaparecer.
Chandos no denuncia simplemente una crisis personal. Su carta da cuenta de un fenómeno más amplio: la descomposición del lenguaje como vehículo del yo y del mundo. La identidad se ha vuelto porosa, el sentido se escapa, y el escritor —convertido en espectro— ya no sabe si puede seguir hablando.
Hofmannsthal lo formula también en su ensayo El poeta y esta época. En él, describe una Viena saturada de signos sin sentido. Los objetos ya no representan nada; las palabras han perdido su fuerza. Todo es apariencia, superficie. Y el poeta moderno, reducido a una figura espectral, se mueve “como un muerto bajo la escalera”, apenas sostenido por el eco del misterio que aún late en el lenguaje poético.
“El yo no es el amo en su propia casa, sino un mediador frágil entre fuerzas que no comprende ni controla. El aparato psíquico, tal como lo imagina Freud, no es dual, sino triple: el ello, el yo y el superyó luchan en un teatro interno donde la verdad se desliza entre símbolos, sueños, lapsus y síntomas.”
No es casual que esta desconfianza radical hacia el lenguaje, hacia el yo y hacia el mundo, marque toda la literatura austríaca del fin de siglo. Musil, Rilke, Altenberg, Broch, Canetti: todos, a su modo, dan testimonio de esta imposibilidad de nombrar, de esta fractura entre experiencia y palabra. El sujeto moderno, desbordado por el caos de la vida y desprovisto de certezas, ya no puede sostenerse en el lenguaje. Lo habita, sí, pero como un náufrago en un mar de representaciones inestables.
En la Viena fin-de-siècle, el silencio se vuelve más elocuente que cualquier discurso. Entre la descomposición del yo y la impotencia del lenguaje, queda solo la poesía —o su fracaso— como último refugio.
Reseñas de libros que te pueden interesar:

Guerra y Lenguaje es un ensayo de Adan Kovacsics en el que narra el proceso de descomposición del imperio Austrohúngaro tomando como eje el uso que hizo el ejército en crear un departamento de propaganda bélica. El primer capítulo aborda la crisis del lenguaje y narra sus consecuencias.
“Viena era entonces el auténtico centro intelectual de Occidente, y también el epicentro de la enorme sacudida que supuso la modernidad. En Viena, como en ningún otro lugar, se experimentaron los cambios que la técnica y la información introducían en los modos de hablar, de informar, de vivir y de morir. En Guerra y lenguaje, Adan Kovacsics se adentra en esa metamorfosis lingüística, presidida por la duda sobre la capacidad de la lengua de representar el mundo, y combina elementos narrativos y ensayísticos para analizar el papel de la prensa en las contiendas bélicas, el impacto de la guerra sobre la literatura y los efectos de la modernidad sobre el habla de las personas.”

Afinidades vienesas de Josep Casals se centra en la Viena fin-de-siècle como escenario no solo de la modernidad, sino también como ruptura y eje del cambio de paradigma. “Viena es el escenario de una pérdida de inocencia que se muestra en ese descenso a lo ínfimo. Se trata de un momento terminal y de apertura a dos mundos posibles, a otras formas de ser hombre o mujer. Lo que antes era esencia racional –y masculina- se hace movimiento, punto liminar donde toda apropiación se ve sustituida por una mirada que bascula entre polos opuestos. Y según la cual el lenguaje reclama la contigüidad del silencio en modo análogo a como la tensión utópica oscila hacia lo cotidiano.” Un libro ameno y divertido para viajar entre dos siglos.

Karl Kraus no solo era el terror de los escritores y los chismes de la Viena de fin-de-siècle, también ejerció de antítesis a Hermann Bahr, uno era el crítico tranquilo, el constructor de un proyecto de modernidad en el que impulsaba escritores jóvenes, mientras Kraus era la pluma afilada y la lengua biperina que arremetió contra todo y todos “Su propósito era criticar de modo radical la corrupción de un lenguaje mercantilizado que se degradaba hacia la banalidad.” Dice la reseña de la editorial Taurus. Un libro de aforismos muy entretendido, divertido y muy ligado a la lengua y la actualidad: «Los periodistas escriben porque no tienen nada que decir, y tienen algo que decir porque escriben»
Claudia Jaramillo es cofundadora y Editora Adjunta de Revista Perro Negro en Madrid. No sabemos si ella esté de acuerdo con su descripción, de madre, poeta, cronista y diseñadora. Y en ese orden. Sus poemarios Otro mundo colgado de promesas y Al margen de las cosas pueden adquirirse ya en Amazon
Imagen principal Teena Lalawat en Unsplash. En el artículo, Enrst Mach (1838-1916)
Yo no soy músico, ni escritor, ni filsofo, sin embargo creo que la crisis del lenguaje ha estado siempre presente desde que el ser humano trata de definir la esencia de las cosas o de los fenomenos como el ser y la realidad, desde la metafísica aristotélica y quizás antes de los presocraticos o más allá desde el invento del lenguaje hace 70.000 años atras. En el arte rupestre, por ejemplo, las figuras pintadas “extendian la realidad a través de estas formas” a las que se les atribuian vida propia y poderes mágicos. Con el tiempo estas formas se transformaron en símbolos o signos que representan la realidad culturalmente y contienen una (símbolos) o multiples lecturas en el caso de los signos (lenguage). Hablando de Viena, Arnold Schoenberg, también con su dodecafonismo, deja al compositor la “libertad” de reordenar las 12 notas sin un centro tonal que domine la serie y obliga a que esta no se repita, entregando una variedad de técnicas posibles para que esto suceda, o sea si bien habrá innumerables maneras inéditas de construir la música a la vez no hay infinitas combinaciones para representar la realidad. Pero creo que es Inmanuel Kant quien mejor ejemplifica el subjetivismo y la crisis de las verdades absolutas derivadas de la fe biblica antes que Nietzsche, al establecer el tiempo y el espacio como categorias a priori, propias de la experiencia humana, quizás este equivocado y hayan otros antes de Kant que vieron nuestra realidad líquida y fluida como es el universo a nivel cuántico mucho antes que los posmodernistas franceses.
Felicito a Claudia Jaramillo y a la revista Perro Negro por este ensayo especialmente por hablar de dos personajes desconocidos por la mayoría como son el físico y filósofo Ernst Mach, ligado a la sicofísica, hoy muy en voga con la filosofía experimental aunque yo no creo en esta y, especialmente, por escribir sobre Hugo von Hofmannsthal cuyo trabajo admiro enormente como libretista de Richard Strauss. Ojalá vengan muchos ensayos como este que aporten con otros nombres dignos de ser explorados.
Muchas gracias Javier por tu comentario. Te amplío un poco más el tema, cuando Hofmannsthal renuncia a la poesía, sufrió una especie de crisis literaria, aunque no renunció del todo a la escritura, de hecho colaboró estrechamente en obras teatrales de Hermann Bahr y escribió algunos libretos de las óperas de Richard Strauss: Elektra (1909), Der Rosenkavalier (El caballero de la rosa, 1911), Ariadne auf Naxos (Ariadna en Naxos, 1912/1916), Die Frau ohne Schatten (La mujer sin sombra, 1919), Die ägyptische Helena (La Helena egipcia, 1928) y Arabella (1933). Me gustaría añadirte otro de los protagonistas de esta crisis fue Gustav Mahler, del que precisamente es Arnold Schönberg quien escribe sobre los vínculos directos de Mahler con esta crisis de las ideas, texto recopilado en el libro Die Wiener Moderne: Literatur, Kunst und Musik.
Hola Claudia,
Muchas gracias por tu respuesta. Lamentablemente aquel libro de Shoenberg ha pasado varias decadas pendiente en mi wish list, no asi su musica que me acompaña desde mi juventud. La musica de Mahler, especialmente en sus sinfonias, es una especie de collage de las distintas tradiciones que lo antecedieron, este “lenguaje” que de alguna manera ha influenciado mucho a los musicos postmodernos, especialnente en el area de la vanguardia rockera desde los Beatles y Frank Zappa en los 60s hasta los newyorkinos como John Zorn en los 80s y 90s, entre muchos otros musicos contemporaneos incluidos los de hip hop que hoy samplean sonidos tomados de otras musicas, usando los nuevos softwares de audio editing. Yo siempre he creido que el lenguaje esta en constante crisis y transformacion y esto se debe a varias influencias que varian desde los grupos que lo usan a los contextos sociales, politicos, historicos y tecnologicos. Por ejemplo, palabras o conceptos como democracia o derechos humanos pasaron de ser conceptos ideales a ser ampliamente cuestionados por la piblacion. Sustantivos como hombre, mujer, niño, etc ya no significan mas los mismo que hace tan solo diez años atras. Ahora tal como dije estoy seguro que mis argumentos carecen de la rigurisidad academica necesaria y solo son opinioniones personales que las estoy haciendo publicas. Espero que sigas indagando en este fascinante mundo de las ideas que nos ayuda a “llenar” el vacio existencial cada dia mas evidente para la mayoria de las personas.
[…] alguna manera sería el ideal. Enrique Vila-Matas ya lo imaginó en su novela El mal de Montano y mucho antes que él Walter Benjamin intentó escribir su Libros de los pasajes […]