Por Pablo Manzano
En ochenta años las victimas se han convertido en victimarias y expansionistas en la región más recalcitrantemente dividida del mundo. A tres años de la masacre que ha justificado lo que ahora es imposible no llamar genocidio, nuestro colaborador vienés nos recuerda varios antecedentes y las insospechadas colaboraciónes que el gobierno de Israel ha recibido de más de una nación occiental y hasta árabe. Igualmente desmenuza algunas de las respuestas que el vox populi ha tenido y sigue teniendo con especto a esta mal llamada guerra
Hay un consenso, al menos en uno de los polos, sobre lo que es un genocidio. Es lo que lleva tiempo haciendo Israel en Gaza. Quién se haya informado conocerá los actos y datos que para la ONU están suficientemente acreditados. Puede que a la ONU los poderes militares del mundo no le hagan mucho caso, pero no por eso sus conclusiones deben ser menos fiables. Por otra parte, el 75 % de expertos estadounidenses en Oriente Medio hablan de crímenes similares al genocidio. Cabe recordar también la orden internacional de arresto contra Netanyahu dictada por la Corte Penal Internacional (CPI), independiente de la ONU, por «Crímenes de Guerra y Lesa Humanidad». ¿Es acaso demasiado larga esta última acusación? Sin duda no cabe en una pancarta. Mejor genocidio.
Hace unos años, Sudáfrica, país muy comprometido con la causa palestina, denunció a Israel por genocidio ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ, perteneciente a la ONU). Sudáfrica, que de estas cosas entiende, sostiene también que existe un apartheid en la región, desde 1948, es decir desde la Nakba. En ese entonces, curiosamente, los llamados territorios ocupados palestinos fueron ocupados por países árabes. Gaza, por Egipto; Cisjordania y Jerusalén Este, por Jordania (en esa época Transjordania). Si bien ambos países apoyaban la causa palestina, en casi veinte años de control y ocupación árabe no se creó un estado palestino.
Egipto y Jordania mantuvieron relaciones muy diferentes con Palestina. Egipto nunca se anexó Gaza (como hizo Jordania con Cisjordania), y después de perderla construyó muros fronterizos y una buffer zone en el Sinaí. El Cairo argumentaba que un éxodo palestino hacia tierras egipcias dejaría a Gaza vacía y acabaría con la posibilidad de un estado soberano. Jordania, por su parte, siguió ligada a Cisjordania tras la pérdida de su control militar. Llegado el momento de la desconexión definitiva, Jordania era uno de los varios países árabes que habían entendido que hacerle la guerra a Israel era para perder y que por ende financiaban a Arafat. Según el rey Hussein, ahora les tocaba a los propios palestinos luchar por su liberación.
Volviendo a Sudáfrica en la Corte, el país consideró que podía inferirse el propósito de Israel a partir de declaraciones hechas por altos funcionarios. El ejemplo citado fue un posteo de un miembro del parlamento israelí, según el cual el objetivo en Gaza era otra Nakba, «una Nakba que eclipsará a la de 1948». Esto se interpretó como una clara señal de intención genocida, aunque apunta más a una limpieza étnica: la expulsión antes que la destrucción de los palestinos. De hecho, recuerda a la propuesta inicial de Trump de reubicar a los desplazados en otro país y reconstruir Gaza para convertirla en un destino turístico.
A pesar de ignorar casi siempre a los tribunales internacionales, Israel esta vez decidió comparecer. Lo hizo en enero de 2024, alegando ante la Corte que no debían tenerse en cuenta comentarios de políticos que no toman decisiones. El otro argumento disuasorio de Israel sobre sus presuntas intenciones fue el militar (la guerra contra Hamás), el cual podría leerse como mera excusa o narrativa, si no fuera porque por momentos suena como una fría explicación bélica. Según el medio +972 Magazine, un oficial de campo israelí explicó que en esta guerra lo más eficaz es bombardear las casas de familias, ya que allí es más fácil matar a operativos de Hamás que en un edificio militar. Si se trata de militantes sin importancia, se usan las bombas tontas, que son menos costosas y pueden destruir edificios de viviendas enteros.
Por último, la representación israelí ante la Corte alegó que si hubo actos de genocidio fueron los cometidos contra Israel el 7 de octubre.
Es evidente que lo que ocurre en la guerra se asemeja más a un genocidio que lo del 7 de octubre. Como es evidente que lo sucedido en esa fecha es tabú en uno de los polos. Pero sobre todo, el 7 de octubre parece ser detonante y por ende el justificante, al menos para quienes subrayan la asimetría en la cantidad de víctimas (aunque esto no define un genocidio) y los daños causados en ambos lados del conflicto. Hay incluso quienes afirman que el genocidio -más soterrado pero igual de insidioso- ya había comenzado mucho antes que el 7 de octubre; de hecho desde hace ya varias décadas. El 7 de octubre de 2023 Hamás justificó públicamente su operación, sin necesitar de las sutilezas de Diario Público. Quien consuma los contenidos de ese medio español habrá aprendido que también hubo terrorismo israelí en 1946, habrá oído o leído que Gaza era una cárcel a cielo abierto debido al bloqueo. Lo que sugieren medios como este es que lo del 7 de octubre fue algo no inesperado sino la consecuencia de décadas de opresión israelí.
Por cierto, dos datos sobre el bloqueo de Gaza. Uno, que durante casi veinte años fue posible gracias a la cooperación activa de Egipto. Debido al rechazo de El Cairo hacia Hamás (que mantiene un estrecho vínculo con los Hermanos Musulmanes egipcios), el país árabe siempre mantuvo cerrado o estrictamente regulado el acceso de Rafah. Otro dato es que cuando el bloqueo de Gaza se institucionalizó de forma indefinida en 2007, el gobierno de Israel no estaba liderado por la derecha dura, sino por una coalición de centro-izquierda.
Todo indica, al menos para mi limitado cinismo, que Hamás logró sus objetivos. Uno de ellos, que un estado muestre su peor cara (en el caso de Israel parece ser la única), propósito común de todas las organizaciones terroristas. Y otro, que (al menos en uno de los polos) no se hable de Hamás, no tener que asumir jamás ninguna responsabilidad por sus acciones. Sin embargo, dentro de toda esta irracionalidad, las acciones de Hamás y las de Israel merecen ser comentadas, incluso estudiadas a la luz de la racional Teoría de Juegos. ¿Qué piensa el otro que haré? ¿Qué pienso yo que hará? ¿Qué me está haciendo creer que piensa sobre lo que le hago creer que haré? ¿Qué cree que creo que hará? ¿Qué cree sobre lo que le hago creer que hago? ¿Qué creo yo que hará si hago lo que pienso hacer? ¿Qué cree que haré yo si lo dejo hacer?
Volviendo una vez más a la acusación de Sudáfrica, la CIJ dictó contra Israel medidas que exigían (con comillas como albatros) prevenir y castigar todo acto genocida o de incitación al genocidio entre soldados, colonos y políticos. Semanas más tarde, en vista de la ofensiva en Rafah, Sudáfrica presentó nuevas solicitudes. Diversos analistas coincidieron en que, si Israel no cumplía la orden, la corte de la ONU poco más podía hacer. Ahora les correspondía actuar a los gobiernos del mundo y, principalmente, al de Estados Unidos.
Voces académicas señalan que la denuncia de Sudáfrica está legitimada por una doctrina jurídica y un precedente de genocidio que la revolucionó (budistas contra musulmanes en Birmania, 2017). Advierten, sin embargo, que establecer la intención genocida es sumamente difícil. Puede que en las secciones de comentarios de un posteo o un vídeo se llegue incluso a hablar del genocidio venezolano. Pero lo cierto es que las cortes internacionales han dictaminado genocidio en muy pocos casos, como el de Ruanda. En el caso de la antigua Yugoslavia se consideró que solo hubo genocidio en Srebrenica, pero no en el resto de las masacres y crímenes de guerra que sucedieron en ese conflicto. En el caso de Camboya solo dos personas fueron condenadas. Y es probable que lo que pasó con los kurdos a manos de Sadam o con los yazidíes a manos del ISIS no sea considerado nunca como genocidio. Tampoco los hechos de Darfur (Sudán), que, aunque menos iluminados por el algoritmo de las redes sociales, ocurren al mismo tiempo que lo que sucede en Gaza.
Para el uso popular del término genocidio, obviamente, el rigor jurídico es prescindible. Nadie necesita esperar la sentencia de una corte o ponerse a estudiar evidencias para emplearlo. La palabra genocidio, al menos en uno de los polos, cuenta con una preferencia casi fetichista. Se presta a una comunicación (demonización) más eficaz. En pocas sílabas, y sin el riesgo de perder la atención de poquísimos segundos durante un scroll (como sucedería con «Crímenes de Guerra y Lesa Humanidad»), la palabra genocidio contiene una gran carga moral y la máxima acusación. Expresa el colmo de la criminalidad. Y la comprensión del concepto está fuertemente influenciada por el Holocausto.
Sí un legado dejó el nazismo, fue su etiqueta. Suele ser muy práctica y recurrente entre bandos opositores, que uno se la ponga al otro y lo señale, que el otro haga lo mismo. ¿Quién no ha oído o leído que Netanyahu es el nuevo Fuhrer, que el pueblo víctima del Holocausto se ha convertido en victimario y está haciendo lo mismo que le hicieron? Comparaciones tentadoras, pero sobre todo efectistas.
Algunos usuarios activos de redes sociales saben que el algoritmo premia la indignación performativa marca Gaza. Un escritor, para dar un ejemplo, empieza un posteo con el titular HARWICZ: así en mayúsculas (solo le faltó ponerle luces de neón). No tengo a esta persona entre mis contactos, pero el algoritmo de Facebook insiste en mostrar a los posteadores seriales con mayor interacción. El post apoyaba la decisión tomada respecto a Ariana Harwicz, la escritora argentina que primero fue invitada a un festival cultural en Granada, justamente por polémica, pero luego «desinvitada» por ser demasiado polémica para el mundo actual de la Cultura (hay que decir que fue el estudiantado universitario que solicitó el veto de la autora –da para pensar que con cada cancelación obtienen créditos para alguna asignatura, o para lo que sea). El post del español rezaba: «No al negacionismo. Tolerancia cero. Repudiar el genocidio no es una cuestión política, sino moral».
«El genocidio»
No estoy seguro de que no sea una cuestión política (o al menos de coquetería política). Y no solo es una cuestión moral. También de consumismo moral. Entretenimiento moral. Hedonismo moral. No debo ser el único que ha visto en Instagram una story de atrocidades en Gaza, seguida de otra story, compartida por la misma persona, en la playa, en un evento gastronómico o en un concierto de Catriel y Paco Amoroso. Solo dos cosas importan en estos tiempos (es hora de asumirlo): pasarlo bien y tener buena conciencia.
Con respecto a Ariana Harwicz, en la controvertida entrevista para El Confidencial parece poseída por su identidad, no ideológica sino cultural. Elige el polo opuesto, niega su propio negacionismo, habla de un «genocidio deseado, imaginado», el de Gaza. Sin embargo, mientras el posteador repudiaba «el genocidio», Harwicz mencionaba en la nota otro genocidio actual, el de Sudán, y también el del norte de Irak en 2014. El post del escritor concluía así: «Me parece una insignificancia el veto a una escritora en un festival al lado de lo que está ocurriendo en Gaza». Lo que me recordó, a la luz de Harwicz, que lo que está ocurriendo en Darfur también nos parece una insignificancia al lado de lo de Gaza.
“Solo dos cosas importan en estos tiempos (es hora de asumirlo): pasarlo bien y tener buena conciencia.”
Si Harwicz hubiera negado el genocidio de Darfur, el estudiantado no se habría enterado. Sudán está fuera de nuestro kilómetro sentimental (de nuestro ombliguismo occidental). ¿Acaso le prestamos más atención a un genocidio que a otros dependiendo de quién sea el perpetrador y qué relación ideológica-emocional tengamos con él? Hay factores que podrían explicar por qué las atrocidades de Israel se viralizan más y se convierten en «El Genocidio de Gaza», una marca líder en el mercado de la emoción y la indignación mediáticas occidentales.
Para empezar, Israel tiene una relación estrecha con Estados Unidos y Europa (también con algunos países de Latinoamérica), donde siempre ha habido una gran movilización social y política en torno al conflicto con Palestina. Es decir, Gaza podría tener algún peso electoral. La antipatía histórica hacia Israel, al menos en un sector de convencidos, no está tan ligada al antisemitismo como al antiimperialismo. Se evoca el lobby sionista en EE. UU. para la partición del territorio y la creación del Estado, lo cual está documentado. Y existe, a su vez, la convicción de que la gran potencia capitalista (Tío Sam) quería un aliado en la zona. Lo que se pasa por alto es que la URSS, con la esperanza de que el nuevo estado judío fuera favorable a Moscú, también apoyó la partición, y que Checoslovaquia, con aprobación soviética, suministró armas fundamentales a Israel para la guerra del 48. Otros convencidos, por su parte, llevan décadas haciendo circular aquel mapa que ilustra con mucha fantasía la reducción de tierras palestinas frente al crecimiento de Israel, presentando como un Estado Palestino lo que siempre fueron regiones bajo dominio imperial u ocupaciones extranjeras.
Es decir, alguna gente en Occidente tiene mucho más en común con los gazatíes que con los yazidíes, o con la población no árabe de Darfur: la identificación de Israel como el único mal. Otra gente, sin embargo, no tiene al estado hebreo entre ceja y ceja, su empatía y su sensibilidad selectivas para con Gaza están más determinadas por el foco mediático y las voces que consumen, con capacidad para imponer una interpretación de ciertos horrores, ignorando otros que no compensan. La diferencia entre el primer grupo y el segundo es que el primero entiende (y condena) el esfuerzo de complejizar como síntoma de equidistancia, nihilismo, duda inmoral, negacionismo y complicidad. Lo que une a ambos grupos es que Gaza les ofrece visibilidad. Es un genocidio que, a diferencia de otros, invita a la intervención y la interacción de eso que llaman comunidad: que nos lean, que nos comenten, que compartan (espero que suceda lo propio con este texto). Gaza es sin duda parte (y esto es lo más importante a la hora de consumir) de aquello que se comparte.
No puedo finalizar este artículo sin evocar la intervención de Rita Segato ante las cámaras. Pues quienes hasta ahora hayan exhibido su dolor y condenado el genocidio en Gaza no son más que gente tibia y aficionada en comparación con ella. Lo de la antropóloga argentina es de otra liga. Lo ocurrido en Gaza, según explicó Segato en una entrevista, marcó un punto de quiebre absoluto en su confianza hacia la humanidad. «Es por eso que me defino ex humana, porque no quiero pertenecer a esta especie siniestra, genocida». Imposible imaginarse a Beatriz Sarlo (cómo se la extraña) en semejante escenificación. Sin embargo, en su manera de autopercibirse, Rita, acaso sin quererlo, deja asomar una esperanza, pues sugiere que el posthumanismo que en ella se manifiesta podría ser una utopía deseable. El divulgador israelí Yuval Noah Harari sostiene que el humanismo fue beneficioso para el mundo, y se pregunta por qué el fin de nuestra especie no habría de serlo también.
Pablo Manzano es cuentista y escritor argentino quien reside actualmente en Viena. Es autor de los siguientes libros de ficción: Spoiler ((Batata Libros, Argentina, 2025), Celebración (Equidistancias, Londres-Buenos Aires, 2022), El rencor de los bufones, El puente de la jirafa (Barataria,. España, 2006 y 2008), El asesino de canciones (Tandaia, España, 2017). En 2008 tradujo cuentos de O’Henry, publicados con el rótulo de Esto no es un cuento y otros cuentos (Barataria). En 2009 participó en la antología argentina La erótica del relato (Adriana Hidalgo Editora). Ha colabroado con diversas publicaciones literarias, como Quimera, Hermano Cerdo y Boca de sapo, e igual y más recientemente en la publicación digital Revista Polvo
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