Por Juan Toledo
Toda generación precedente ha tenido años infaustos. La nuestra, sin ser la excepción, no ha enfrentado conflictos bélicos de orden mundial ni bombardeos atómicos ni hambrunas genocidas, pero sí incontables conflictos regionales, una acelerada degradación ambiental y un fatalismo político que se ha traducido en un denso nihilismo cívico. De ahí que remedos de políticos como Trump, Putin, Milei, Farage y sus clones antidemocráticos pululen. Ellos nos convierten en reacios espectadores de un cruel y bárbaro espectáculo.
El poeta y patrón de las letras mexicanas, Octavio Paz, acusó en una ocasión, y con razón, a Jean-Paul Sartre de ser un filósofo deslenguado. La ignorancia de Sartre con respecto a la cultura hispanohablante fue legendaria, quizá porque la tarea de convertir la libertad en un problema existencialista justo después de la Segunda Guerra Mundial, y tras la ocupación nazi de Francia, era una tarea que requería tiempo y páginas como para distraerse con la cultura de países que no hablaban francés o alemán; el inglés era otra cosa. Sartre llegó a sugerir que lo mejor que México podía hacer como nación era deshacerse de su pasado colonial español, como si el colonialismo inglés o francés hubiesen sido mucho más compasivos e inclusivos que el catolicismo español. Sartre no está solo; por ello, el mote de «filósofo deslenguado» es aplicable, con toda ecuanimidad, a más de un pensador notable, particularmente a aquellos de las escuelas estructuralistas y posestructuralistas francesas.
Slavoj Žižek es un pensador «público» esloveno hecho muy en el molde de los intelectuales franceses. Él es un estructuralista marxista influido por Jacques Lacan —otro estructuralista, pero freudiano—, quien, a sus 77 años, conserva suficiente vitalidad para seguir produciendo, según sus detractores, retóricas absurdas impregnadas de una tupida jerga lacano-hegeliana con poco o nada de sustancia o rigor académico; en otras palabras: «un filósofo deslenguado». Sus admiradores, en cambio, hablan de un teórico cultural original y perceptivo. Tal vez tratar de decidir si Žižek es un charlatán o no sea una actitud equívoca. Si no tenemos ningún remilgo en otorgarle ocasionalmente una pizca de veracidad —así sea esporádica— a las inacabables estupideces de Trump, ¿por qué entonces no aceptar que ciertas cosas que ha dicho o escrito Žižek no son ni incoherentes ni oportunistas? Esto último, el oportunismo, es el ineludible problema que enfrenta todo intelectual o filósofo que, a la vez, es figura pública y estrella mediática. Žižek lo es.
Uno de sus temas recurrentes, y uno en el cual su persistente método dialéctico sí genera ideas fecundas y originales, es la barbarie en nuestro actual modus politicus. Para Žižek, esta es el resultado inevitable de las contradicciones irresueltas del capitalismo, en especial, el de las economías avanzadas en las democracias liberales, cuyos malestares propios se han ido generalizando y propagando hasta el punto de que hoy enfrentamos un nihilismo cívico. Nos percibimos viviendo versiones gangrenosas de un proyecto democrático capitalista y neoliberal que, en 1989, tras la caída del Muro de Berlín, Francis Fukuyama calificó como «fin de la historia». En otras palabras: para Fukuyama, el neoliberalismo era ya el único modelo social viable de nuestro futuro. Durante el resto de su vida intelectual y mediática, Fukuyama la ha pasado explicando «qué quiso decir en realidad». Bastante ha sucedido desde 1989. Las doctrinas de «El Estado es el enemigo» de Ronald Reagan y «La sociedad no existe, solo los individuos» de Margaret Thatcher, han desembocado en un fatalismo ecológico y un modelo económico que presagia la mutilación de la clase media tanto en países afluentes como en las economías emergentes.

Žižek ha reinterpretado la «nueva barbarie» en la política contemporánea como una regresión generalizada desde los valores universales de la Ilustración hacia un ardoroso tribalismo, una crueldad supervivencialista edulcorada y una desvergonzada violencia ideológica. Entre algunas de las nuevas formas de barbarie que Žižek identifica —las modalidades de crueldad actuales son innumerables— están las siguientes:
La barbarie humanizada, o Barbarism with a Human Face, es un ensayo publicado en la London Review of Books en mayo de 2014. Habían transcurrido tan solo dos meses desde que Putin anexionara Crimea. En ese texto, Žižek comenta el resurgimiento de Stalin como uno de los rusos más importantes de la historia, según una encuesta realizada por Rossiya TV, así como la resistencia ucraniana a permitir que Moscú detuviera la asimilación de Ucrania en la Unión Europea. Añade que las protestas y ese esfuerzo ucraniano por alejarse de sus primos hermanos soviéticos son vistos por Europa como un reflejo de «lo mejor y lo peor de sí misma: un movimiento emancipatorio universal a la vez que un reflejo de su nefaria xenofobia».
«El populismo antiinmigrante actual ha sustituido la barbarie directa por una barbarie con rostro humano. Supone una regresión desde la ética cristiana del “ama a tu prójimo” hacia la priorización pagana de la propia tribu frente al “otro” —el bárbaro—. Aunque se presente a sí mismo como una defensa de los valores cristianos, constituye, en realidad, la mayor amenaza para el legado cristiano. “Los hombres que empiezan a combatir a la Iglesia en nombre de la libertad y la humanidad —escribió G. K. Chesterton hace cien años— terminan por desechar la libertad y la humanidad, con tal de poder seguir combatiendo a la Iglesia… Los secularistas no han destruido las cosas divinas; pero sí han destruido las cosas seculares; por si eso les sirve de consuelo”».
Aquí la advertencia es contra medidas de supervivencia brutales y utilitarias. Verbigracia, las observadas durante la pandemia en el gobierno del populista Boris Johnson y su política estatal de inmunidad colectiva (cuando aún no existían vacunas contra la COVID-19), así como, años antes, su postura favorable al Brexit, basada primordialmente en medidas contra la inmigración. Todo ello ocurrió justo en los meses en que Angela Merkel, por razones de supervivencia demográfica, había acordado aceptar un millón de refugiados sirios en Alemania para combatir una de las tasas de natalidad más bajas del mundo industrializado. Ese éxodo de norteafricanos resaltó la xenofobia de Viktor Orbán y fortaleció su futuro político. Esas imágenes fueron las que usaron los responsables de la campaña pro-Brexit.
La inmigración es la patata caliente de la política y el bastión de los partidos de ultraderecha europeos, estadounidenses y, ahora, latinoamericanos, con la crisis venezolana. Todos los partidos populistas de derecha europeos, al igual que Donald Trump, recibieron directa o indirectamente ayuda financiera de Putin hasta su fallida invasión de Ucrania. La escena, con esa cacofonía xenófoba, está acompañada de estadísticas incompletas y falsas promesas, así como de un esfuerzo burocrático y estatal en defensa de una supuesta identidad nacional y una ‘destrozada’ cohesión social. El guion es, por lo general, recitado en un tono de compasión cortés por un consenso de expertos, tecnócratas y respetables representantes de la opinión pública. Se trata de una amalgama del vox populi, sin malicia manifiesta, a no ser por los portavoces ultranacionalistas o las furibundas figuras religiosas.
En ese mismo ensayo, Žižek arguye que la extrema derecha europea, al igual que el Partido Republicano estadounidense, está ejecutando, a través de su populismo y su demonización de los inmigrantes, un retorno a un imaginario ancestral y puro —el mito fundacional del susodicho tribalismo— que jamás ha existido. De este modo, ha abandonado esa ética universalista cristiana a la que ella misma tanto jura adherirse y que afirma defender. No obstante, lo singular de esta forma de barbarie es el popurrí de ideologías violentas envueltas en la poesía del mito, la crasa historiografía y, cómo no, las referencias bíblicas. Son estrategias paternalistas, demagógicas, belicosas y revanchistas —el discurso de purgar a sus enemigos es común a todas ellas— y representan un ensombrecimiento de las ideas sociodemocráticas elucidadas por la Ilustración. Rusia, Israel, China, Estados Unidos, India y otros tantos gobiernos las usan con el propósito de alimentar tendencias sádicas, legitimar limpiezas étnicas y practicar la tortura en defensa del Estado o de la susodicha seguridad nacional.
Diez años más tarde, y con toda la rimbombancia de un texto estructuralista que se espera sea «canónico», Žižek publicó Una teoría cuántica de la historia (A Quantum Theory of History) en la revista Noema. En él, señala el auge de un capitalismo gestionado por el Estado, combinado con ideologías tradicionalistas —citando ejemplos como China, la India y varios otros conflictos regionales perennes por su duración e inestabilidad—, en el que los órdenes jurídicos tradicionales se sostienen mediante una violencia ilegal y generalizada, así como a través de la erosión del discurso político y una desvergüenza pública que ya raya en algo que bien se podría denominar, tautológicamente, cinismo nihilista.
En última instancia, hay ejemplos harto recientes de barbarie medieval, como los casos siguientes. Primero, la orden, luego derogada, de transmitir la ejecución por pelotón de fusilamiento del militar estadounidense Nidal Hasan en Texas. Segundo, está Christa Pike, quien, luego de sobrevivir a dos intentos de ejecución en Tennessee, tuvo que ser llevada de urgencia al hospital para salvarle la vida. Aquí lo bárbaro es sinónimo de inepto.

Y una situación que no pasaría desapercibida para un situacionista es la manera en que los capos y mandamases de los medios de comunicación se benefician del deplorable espectáculo y lo promueven, muy a pesar de que en privado desprecian a muchos de los candidatos a quienes abierta o soterradamente apoyan en público, solo para seguir manteniendo a sus lectores tradicionales —aquellos que todavía leen— o sus altos niveles de sintonía.
Finalmente, Žižek plantea nuestro estancamiento histórico como un dilema tajante: o bien continuamos tolerando estas y otras formas de gobierno y caemos de forma permanente en esta versión de darwinismo capitalista, o bien reinventamos un proyecto político radical, igualitario y universalista.
Lo que el pensador esloveno ha omitido, aunque seguro ya se ha pronunciado o está por pronunciarse al respecto, es la barbarie laboral y ecológica propiciada por los nuevos oligarcas de las tecnologías digitales y los apóstoles de la inteligencia artificial. Ambos son clérigos seculares y antidemocráticos con ínfulas nietzscheanas de Übermenschen prometeicos que abogan por la desaparición del Estado, pero usufructúan —término empleado por Marx— su infraestructura con insostenibles cantidades de agua y electricidad, mientras anhelan operar sin ningún tipo de límites y menos aún de auditorías éticas, financieras o ambientales.
Lo otro es que, a pesar de su incesante empleo de la dialéctica y la jerigonza hegeliana, Žižek olvida mencionar, entre sus ilustraciones de la barbarie, cómo los oligarcas del capitalismo estatal y los billonarios tecnológicos californianos representan un punto de encuentro —llamémoslo síntesis hegeliana— entre los nuevos modelos de fascismo y comunismo. La metamorfosis ha sido más radical dentro del comunismo que dentro del fascismo. La razón es que este siempre se ha adherido, desde sus inicios, a la producción industrial capitalista, mientras que aquel, con su industrialización tardía, ha aprendido de los principios bélicos que siempre acompañan a la apropiación de recursos y a la especulación del mercado, ayudando con ello al enriquecimiento de oportunistas de la vieja Nomenklatura. Dicho de otra forma: el capitalismo y el fascismo siempre han sido cercanos. Documentados están los lazos de Ford, General Motors, IBM, ITT, Chase Bank o JP Morgan con los nazis durante toda la Segunda Guerra Mundial. El comunismo, en cambio, ha logrado ese acercamiento solo mediante la traición y el alejamiento de sus ideales proletarios y de la población rural.
Entonces, ¿cómo hacer de la civilidad una herramienta política ante la disyuntiva entre la barbarie inherente a un capitalismo darwinista y la necesidad de modelos de sociedades sostenibles, pluralistas e inclusivas? La respuesta es cultural y política. Y en ese orden. Los embates contra las democracias liberales antes provenían de fuera, pero ahora forman parte de los discursos internos expresados estridentemente por todos aquellos que se quejan de que su gobierno de turno «no ha hecho nada por ellos». Hay demasiadas expectativas para tan pocas soluciones. Quizá debamos incitar, con no poco vigor, a la mancomunidad y al bien colectivo frente al individualismo insatisfecho de los políticamente injuriados, los ultraconservadores, los ultranacionalistas, los fanáticos religiosos, los conspiracionistas y hasta los desposeídos. Una lenta pero progresiva transformación cultural que se traduzca en sufragios por una nueva generación de representantes más empáticos y de palpables convicciones éticas, que aboguen por un Estado más activo y menos propenso a la corrupción fiscal y política. Estados internacionalistas dispuestos a implementar acuerdos tributarios mundiales que reconozcan la disparidad que existe, ya no tanto entre países como entre las élites u oligarquías y el resto de la fuerza laboral.
Tal vez el resultado de las ya inminentes elecciones de mitad de período estadounidenses sea el comienzo del fin de la barbarie promovida con tanto ahínco desde Washington y el comienzo, aunque sea incipiente, de un civismo no local ni nacional, sino transnacional.
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