Por Sergio Sotelo
Si disfrutan de las coincidencias, estas meditaciones nos llegaron desde Massachusetts la víspera del cambio de relojes marcando el fin del verano, retornándonos a la hora del meridiano de Greenwich. ¿Están los dos hechos relacionados? Por el paso de las estaciones, el constante devenir que es el vivir, nuestros callados placeres y todas esas mundanas e imperecederas decisiones; pensamos que sí
Me dormí ayer con un pensamiento último y tentativo antes de caer en la inconsciencia del sueño: después de las cosas que he hecho y disfrutado en esta vida, de esas caminatas y esas tardes de museos y películas y esas cervezas que me he tomado, de las mañanas y tardes de periódicos y revistas dominicales, mucho del placer y la satisfacción que me quedan —no pensé en los logros, o el dinero, que nunca me han movido tanto como el mero disfrute o la curiosidad—, la satisfacción y el placer que me quedan van a tener que ver con la experiencia vicaria de acompañar a otros en su vida. Es lo que más me ilusiona. No soy viejo, y aún así por primera vez, pienso en la muerte sin morbosidad o miedo, como algo que tiene su punto de deseable por ser el término natural de las cosas, algo que pasará y está bien que pase. No he leído a Montaigne más que episódicamente, aunque con recurrencia, pero esto que escribo antes de la aurora —¿o es el alba?— tiene algo de montaigniano, creo, lo que no importa por riguroso sino como un recordatorio para mí mismo de que quiero leer al clásico francés, porque no es ya justificable que no lo lea después de haber sido este autor una referencia constante en textos y escritores de los que he sacado provecho y entendimiento. El paralelismo evidente que existe entre escribir y vivir es algo en lo que pienso mucho, que —la verdad— no veo la razón de justificar por evidente, o tautológico, porque si la vida no es esto de juntar palabras, esto de vivir para significarla (lo que equivale a vivir para vivirla, como el escribir consiste en escribir), si la vida no esto, como no lo es respirar, o afligirse, o ilusionarse… ¿que coño es entonces? Bebo un café tibio con agua de coco y leche antes de salir al trabajo, sentado en una silla pöang de falso cuero, con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, imaginando que en realidad ya estoy pedaleando sobre mi bicicleta, en el frío de un invierno que está por rendirse al calendario y el cambio de estaciones, con la atención en mis tobillos y en el movimiento de mis pies impulsando mi canondale por Massachusetts Ave en dirección a Porter Square, y de ahí a la izquierda por Somerville Avenue, y luego a la derecha por Beacon Street. Me quedan unos veinticinco minutos antes de salir por la puerta, a lomos de mi bicicleta, qué expresión ésa de a lomos, como de cronista principiante que no sabe tachar, y dudo si hacerme un segundo café, con un apremio íntimo pero sin urgencias, resuelto a hacer lo que me había propuesto, que es leer el epílogo de un libro que me ha hecho compañía calidísima estas semanas de ida y vuelta de Tel Aviv a Boston. Un libro. Otro libro. Ya toca despedirse. Al iPad le queda un doce por ciento de batería, que es una coincidencia que me conforta, como otra medida cualquiera… Me gustan las medidas, los centímetros, las cucharadas de una receta, el dew point —¿“punto de rocío”?— del parte meteorológico. Abro la aplicación Maps y salgo de dudas, el trayecto al trabajo son 18 minutos, al menos sobre el papel, o la pantalla tersa de la tableta. Sé que si pedaleo con ganas, que lo haré para sacudirme el frío, me voy a plantar en Beacon y Washington Street en 13 o 15 minutos. Está bien saberlo. Tengo que comprar filtros de papel para el café pour over. Lo añado a la lista de supermercado.
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Me levanto un día más con buen espíritu, o lo que es lo mismo, con espíritu de celebración, deseo y enmienda, con ganas de hacer algo fecundo. Crecer supongo es la palabra. Son curiosos los automatismos de la mente, o del corazón, porque lo primero que me viene a la cabeza es una idea que ya viene gestándose años y años. La de aprender o reaprender euskera. Las palabras, el lenguaje, son mucho más que un dinero de bolsillo; son todo un capital. Sin las palabras es difícil hacer nada, aunque por sí solas, sin las acciones que les corresponden, casi todo lo que declaramos se torne inocuo. Vano. Con las palabras obramos claridad, deshacemos malentendidos, estrechamos vínculos y tramamos alianzas, aprendemos aquello que no sabemos y desaprendemos lo que nos impide progresar o tener éxito. Aún siendo ambiguas y leves como el aire, que ni se ve o se siente, las palabras, el lenguaje, anima nuestras vidas, nuestros gozos, los empeños en los que nos jugamos la dicha, la sensatez. No es extraño que uno —tan pobre en tantas cosas, tan magro su patrimonio— quiera entonces abrirse a una nueva lengua, sea el danés, el hebreo, o el euskera, que apenas chapurreo, pero cuyas fonética y gramática, son lo más cierto que conozco. Las pocas palabras que necesito para orientarte en la vida son palabras en euskera: no en castellano, o español, sino en vasco. Aita, ama, euria, etxea, itsasoa, lurra, jolastu, agur, haizea, inoiz… Mi elocuencia en la lengua de mi adorado Mikel Laboa, cuya voz en dos o tres canciones, me conmueve hasta las lágrimas, es burda, mi elocuencia, digo, pero con la sintaxis de tres o dos palabras soy capaz de nombrar casi todo lo que necesito para expresar mis anhelos y mis certidumbres. Como un niño que apenas sí se basta con usar el dedo índice para comunicar su asombro. Aún así, quiero aprender euskera en su prolijidad, para ser elocuente en ella como lo puedo ser en español, componer si acaso un día estos diarios en euskera. Berun egunkariak.
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En el fondo creo que esas sensaciones de euforia o de ahogo existencial que experimento no tienen que ver con una circunstancia concreta sino con la manera como siento y razono. La vida de una persona no es ni una cosa lograda ni una cosa fallida. Es una sucesión de hechos, decisiones y talantes que ni se resuelven en un desenlace particular ni conducen a un lugar preciso. Por supuesto, los obituarios de periódico a los que soy tan aficionado, tratan de convencerte de lo contrario. La vida es igual que un paisaje remoto que nadie ha proyectado; que nadie necesita tomar bajo su cuidado o protección—pues basta con no estropearlo. La vida es un paisaje salvaje, que se autoregula, que diría el poeta beatnik Gary Snyder… La vida es hermosa y eufónica como la palabra inglesa wild.
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Uno va juntando palabras en un cuaderno de tapas duras, las unas al lado de las otras. A veces quedan arracimadas, en una disposición orgánica; otras, el resultado recuerda algo que tiene una pulsión de geometría, o de cálculo. Hace tiempo que las palabras han dejado de ser para mí un reclamo o una seña o un símbolo. Afortunadamente. No hay dos palabras que sean iguales, aunque casi todas ellas se parecen a alguna otra. Como una inspiración y una expiración —u otra, y otra—, cada palabra tiene su cualidad. Su alma. Uno mira el mundo a través de las palabras, como si se asomara al trajín de la calle a través de la ventana de la cocina. Llueve una lluvia arrítmica, y las gotas de agua se deslizan por el vidrio; cada una siguiendo su sola estela, haciendo carreras unas contra las otras y contra ellas mismas, como niños en el patio de recreo.
Sergio Sotelo es Editor Asociado de Perro Negro. Ha tenido varias ocupaciones en la equívoca industria de los contenidos periodísticos, pero lo que de verdad le apasiona es hacer preguntas y hacérselas.
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