Por Juan Manuel Roca

Este título fue acuñado por Walter Benjamin y aquí el conocido poeta colombiano explora la idea del humor en la literatura y en la poesía no solo como una gesto contra la pomposidad y la hipocresía sino también como talismán contra los crueles y oscuros embates de la realidad. En Occidente es una tradición tan centenaria como variada y enlista nombres tan diversos como Rabelais, Cervantes, Rimbaud o Kafka, entre tantos otros


Dentro de la literatura y la poesía, como ocurre con todo lo que es refractario a la solemnidad y a la chatura del mundo, el humor resulta una suerte de talismán, una especie de trinchera para soportar los embates de la oscura y circundante realidad del mundo.

Entre tantas vertientes como tiene el humor literario, ese escudo que nos legó, por ejemplo, el malicioso Miguel de Cervantes, ese espejo que nos ayuda a reír de nuestra propia desgracia a pesar de un caballero tan trascendente como don Quijote de la Mancha; entre tantas visiones del humor literario como la hiriente y escatológica de François Rabelais, un libelista que hace del grotesco un carnaval de espejos deformes a través de sus aplastantes personajes de Gargantúa y Pantagruel, hay un humorismo de estirpe cruel y disolvente: el humor negro que ha acompañado a muchos notables escritores de los tres últimos siglos.

Me centraré en algunos de ellos. El humor negro es una poderosa herramienta para defenderse de la medianía, de la mediocridad y de los aires cómicos de grandeza que han acompañado a los hombres desde el período glaciar hasta la época del calentamiento global.

Podríamos decir, a manera de ejemplo, que Rimbaud nos legó desde un humor lacerante y negro su temor a la patria pero también su fobia a la posteridad. Cuando le manifestaron que le pensaban hacer una estatua en bronce, respondió que aceptaba si luego la dejaban fundir para hacer pertrechos y dispararles a sus compatriotas. Cualquier hombre sensato que haya leído ese pasaje –hay quienes afirman que es real y otros ficticio- de la vida del autor de Una Temporada en el Infierno, tendrá en él un arma para defenderse de cualquier entrada en la edad de bronce, en la gloria que al decir de un viejo filósofo es el sol de los muertos. Y para defenderse, también, de los ritos sociales acaballados en los honores y el reconocimiento.

El humor negro es siempre la vuelta de tuerca de la realidad, la mirada feroz del que no se conforma con lo ya visto. Ese placer humorístico es llamado por André Breton “el único comercio intelectual de gran lujo que nos queda”.

En ese comercio uno de los tiros al blanco preferidos por quienes se niegan al lugar común, es el de la solemnidad poética.

Cuando Alfonso Reyes dice que hasta los perros sienten la necesidad de ladrarle a la luna llena, pero que eso no es poesía, crea una contra-heráldica que nos permite reír inclusive de algo tan sacralizado y frío como la luna de algunos pálidos románticos tardíos. Esa frase va en contravía también de los temas que se suponen dignos del poema, nobles y sacros y expresados con palabras de la misma naturaleza sublimada, o con los ripios sentimentales del lugar común. El verdadero humor produce no pocas veces muecas de desafecto porque corroe las poses de la estatuaria, la aspiración divina y por lo tanto cómica del hombre.

De todas sus formas, el humor negro es el anarquista de los humores, algo o alguien que no admite sobre sí ningún gobierno. Por eso casi siempre entra en combustión con los grandes ademanes religiosos, morales, legalistas, patrióticos o estatales. Que nada es más despreciable que un ingenio triste, afirmaba Frierdich Schlegel

Habría que recordar a Franz Kafka y las extraordinarias parábolas sobre estos tópicos tratados con un humor lacerante y universal. El auténtico humor es universal, un idioma rearmado por todos los hombres y es lo que hace que los rusos vean a don Quijote como suyo y que Chaplin sea un paria de todos los países y que nunca podrá ser, la expresión es de Herbert Read, un simple “jarabe sedativo”. Es una forma de planear sobre las ruinas del pensamiento apelmazado. “La risa y el aleteo son parientes”, decía Walter Benjamin.

«El humor negro es siempre la vuelta de tuerca de la realidad, la mirada feroz del que no se conforma con lo ya visto.»

En cada creador de humor negro hay un objetor de conciencia, alguien que no se resigna a mirar por el mismo lado del catalejo. A buscar la moneda de una sola cara. Por eso no se explica muy bien por qué se ha ido perdiendo en buena parte de la crítica social la posibilidad de usarlo como una eficaz herramienta política.

Quizá el hombre político, y entre ellos están algunos de nuestros historiadores y sociólogos, teman al humor por no parecer evasores, porque la seriedad es la madre de las supuestas grandes verdades. Verdades como el nazismo o el estalinismo crecieron como la verdolaga gracias a la cerrazón ideológica frente al humor. Los verdugos no ríen.

Por otra parte la sátira, como lo sabía el turbulento Quevedo, cumple con el precepto de rodear al objeto de la burla. Según palabras de Swift, “la sátira dirigida contra todos no es sentida como una ofensa por nadie, pues cada uno por su cuenta puede pensar audazmente que va dirigida contra otra persona”.

Tal vez por eso los dardos disparados contra sí mismo hacen a veces mejor diana en los otros, pero también es una forma de ser otro y por esa vía evadir lo que puede resultar ofensivo, lesivo y prepotente.

Uno de los gestos casi sacramentales con los que el pueblo se ríe del poder y de sus formas, de sus autos de fe y sus artilugios, se establece en la sátira. Esta se vuelve entonces una suerte de reivindicación popular a través de la imaginación. Como lo supieron bien Rabelais y Bajtin, y como ocurre con una contra-fábula de Gesualdo Bufalino donde muestra cómo se falsea la realidad sólo porque los oyentes han sido bien educados en la obediencia y en la conmiseración.

Dice la pequeña parábola de Bufalino: “¡El rey está desnudo!, gritó el niño. No era cierto, pero nadie entre la multitud tiene el valor de contradecir a un niño ciego”.

En honor y en gratitud al humor, trazo esta pequeña letanía:

Ángel de la guarda, el humor me ha salvado frente a los embates de un país donde no podría vivirse si no se contara con su extraña y gruesa coraza.

«Uno de los gestos casi sacramentales con los que el pueblo se ríe del poder y de sus formas, de sus autos de fe y sus artilugios, se establece en la sátira.»

El humor es lo que me ha permitido trabajar varios años en un periódico aún después de recordar una frase de Gino Ceronetti citada por Cioran en sus Ejercicios de Admiración: “¿cómo una mujer embarazada puede leer un periódico sin abortar inmediatamente?»

El humor me ha salvado del miedo en un país cruento, campo de guerra. Me ha resguardado de enemistades aunque también me las ha granjeado.

El humor me permite burlarme de mí mismo, espejo insumiso, cóncavo y esperpéntico.

El humor entra a saco contra un país de políticos llenos de vacío, anómalo guerrero.

El humor atempera mis torpes anhelos de trascendencia, guardián severo.

El humor me hace orar a un dios estrábico y casero para que su risa se ponga de mi parte.

El humor me hace pedirle a no sé quién, tal vez al fantasma de Charlot, tal vez al santo de los acosados por los dogmas, sin tregua pero también sin las mascaradas del drama, que a cada tanto aparezcan en casa tendiéndome la mano con el sencillo talismán de la duda. Y que se filtren, de ser posible, en los poemas que intento escribir, ¡Amén!


Juan Manuel Roca ha publicado más de treinta libros de poesía así como también narrativa y ensayo. Ha sido galardonado como periodista, pero es como poeta que ha ganado tres veces el Premio Nacional de Poesía en Colombia y también los Premios Internacionales de Poesía Casa de Las Américas, Lezama Lima, 2007 y Premio Casa de Las Américas de Poesía Americana, 2009. En el año 2014 recibió un Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional de Colombia. Esta es la página de Poetry International dedicada a Juan Manuel Roca. ESte texto pareció por primera vez en Asedios a la palabra. Editorial Siglo del Hombre. Bogotá, 2015.

Imagen principal: René Magritte, La Prophétie, 1937