Por Claudia Jaramillo
A veces vemos a las adictos como individuos en otra realidad. Son gigantes fuera de su elemento, como si fuesen ocelotes semi enterrados en las arenas de una playa. Ambos representan la magnitud de una tragedia que parece fuera de lugar en la sequedad de la cotidianidad
Todos hemos visto una ballena varada aunque no haya mar. Se pueden ver algunas en las plazas, en los parques, arrastradas en su contra por varios motivos o ninguno en concreto, no hay una norma específica. El alcohol, las drogas, alguna enfermedad, el desempleo continuado, cualquier cosa. Como a las ballenas de verdad, es complicado ayudarlas a volver al agua. Y al igual que con las ballenas, algo se nos remueve por dentro cuando vemos una en la playa, con los ojos perdidos.
Las ballenas van en manada, también hay algún animal solitario, pero es un muy raro en la naturaleza. En manada se ayudan y recaudan para la ronda de la noche, cerveza barata y vino de caja. Mi ballena se llama Camilo y hace varios años que no lo veo, de vez en cuando parece en Facebook para recordarme la poca cosa que soy en la Tierra.
Cuando Camilo tenía 15 años, en un ataque de lealtad consigo mismo, le dice a sus padres que es homosexual. Una semana después, sus padres lo ingresan en un centro de reordenamiento sexual. Tenía 15 años y salió destrozado, a los 16 ya era alcohólico y tenía algunos problemas con las drogas, sus padres lo volvieron a meter en la misma instituto al sur de la ciudad, porque también tenían un paquete de tratamientos para desintoxicar. Camilo volvió peor. Y fue arrastrado por las olas hasta quedar encallado en el Parque de El periodista. El mensaje que él recibió de sus padres es que estaba dañado, que algo andaba mal en él. Los había defraudado. Y empezó una condena de sí mismo. Camilo era un menor de edad abandonado por sus padres sin protección de nadie, consumía drogas y alcohol para curarse el dolor. Y ya no pudo salir de una espiral de autodestrucción. No hubo redención para Camilo. Y uno ve el torrente y el peligro y ve como se arrastra y no hay nada que se pueda hacer, tenderle la mano y que no se agarre. Y dejarlo ir.
La ballena de mi padre se llamaba Leonel Ospina. Era un músico profesional, autor de canciones populares que todos cantábamos en las fiestas. Muy de vez en cuando, cuando ya no le quedaba ni amor propio, venía a recargarse a casa. Mi mamá le regalaba ropa vieja de mi papá y le daba de comer. Después de comer hacía la siesta en el sofá. Yo no entendía nada y mis padres no me decían nada porque los niños éramos cosas que no entienden el mundo de los mayores y nos mantenían lejos de cualquier cosa que tuviera que ver con el mundo real. Ellos pensaban que nos protegían no hablándonos del mundo. Luego de la siesta, cogía la guitarra de mi papá y se ponía a cantar canciones que todos nos sabíamos porque las habíamos oído mil veces por la radio. Eran suyas y todo el dinero que le daban en derechos de autor se esfumaba en vicios. Mis padres no decían nada, pero notábamos que algo no andaba bien. Mi mamá lo trataba como si tuviera una enfermedad contagiosa y no se le acercaba mucho. Leonel aparecía de la nada, tocaba la puerta después de darle muchas vueltas, y llegaba con los ojos caídos. Mi padre lo hacía pasar, le daba café, le ofrecían comida, lo dejaban dormir y después de un rato de no atreverse a pedir, mi padre le preguntaba si quería un guarito y se tomaba un aguardiente y se le iluminaba la cara. Era como un motor de vida, como la jalea real de la abeja reina en los dibujos que veía de pequeña. Crecí con ese señor que aparecía de repente, yo solo sabía que era famoso hasta que un día lo vi en el televisor, un periodista lo había encontrado por la calle, su casa, y le hizo un reportaje. Supe que había tenido fama y que la gente lo había olvidado, porque antes la gente prefiere no mirar ante el espectáculo de miseria en la que se había convertido por el abuso de la vida.
Mi papá solía decir que la noche es el demonio y lo decía en parte porque mi papá es un sobreviviente del ataque del demonio. Mi papá había aparcado su carrera como músico, o algo parecido, en la que tocaba la guitarra y daba serenatas y bebía mucho. Dejó eso de lado. Pero no todo el mundo es capaz, porque el alcohol es un mal aliado para curarse las heridas y va cogiendo ventaja, y al principio todos contentos porque el músico invita, porque el músico necesita gasolina, su jalea, su fuerza. Y luego ya no hace gracia, y el alcohol no es suficiente y se prueba con otras cosas y se pierde el control y ya no hay manera de recuperarlo.
Hay personas más propensas a las adicciones que los demás. El alcohol, las drogas, el chocolate, el azúcar, el sexo, el juego pueden tomar ventaja sin apenas notarlo, porque total, lo puedo dejar cualquier día. Ahora bien, si se mezcla la propensión a la adicción con la automedicación de cualquiera de estas curas que no curan los males, las consecuencias pueden ser explosivas. Un tiempo no tuve buena relación con el alcohol, tenía una tristeza que me estaba curando mal. Luego se me quitó la tontería y me traté la tristeza como se debe. Es como si fuera uno de esos fumadores conversos que se vuelven radicales. Viendo series de televisión empecé a darme cuenta de que el alcohol está presente como sinónimo de alegría, el alcohol acompaña todos los acontecimientos de la vida, se celebra el nacimiento, el cumpleaños, cada logro y los fracasos, que estoy triste, que estoy feliz. El alcohol va y viene por todas partes como algo normal. Pero luego miras sobrio las series de adolescentes y ves la normalidad con la que se asume el uso y abuso, la aceptación social a las consecuencias. Los adolescentes de las series lo asumen como rito de iniciación a la edad adulta. Hay personas más propensas que otras a las adicciones y por ahí puede llegar un mundo tal vez no queremos conocer.
Hay un factor social, uno personal y otro de azar. La adicción al azúcar, al chocolate y la comida, la adicción al juego y al sexo, la adicción al alcohol y las drogas, cualquier adicción es un problema que exige ser tratado desde muchos ángulos y uno muy importante sigue siendo el psicológico, el que más tabú tiene. Detrás de cada adicto hay una historia y muchas veces empieza con algo que puede ser tratado tempranamente, pero para ello tenemos mucho camino como sociedad.
El alcohol es una droga social y en teoría solo hay que tener 18 años para tener acceso a ella, aunque al ser una droga aceptada en cualquier reunión no es difícil que niños y adolescentes crezcan viendo botellas que se vacían en las mesas de los adultos asociados a las reuniones y a los momentos de alegría. Vivimos en un sitio donde el alcohol está normalizado, pero no todo el mundo desarrolla una dependencia de este, para muchas personas su consumo es esporádico y se usa para divertirse, el problema es de ‘otros’ tendientes a las adicciones que pueden desarrollar problemas más serios.
Se me ocurren dos ironías casi invisibles por su cortidianidad: la palabra alcohol es de origen árabe; es decir, proviene una cultura que proscribe su consumo y la otra es que decimos salud cada vez que brindamos.
Claudia Jaramillo es cofundadora y Editora Adjunta de Revista Perro Negro en Madrid. No sabemos si ella esté de acuerdo con su descripción, de madre, poeta, cronista y diseñadora. Y en ese orden. Sus poemarios Todo lo que cabe en un puño y Al margen de las cosas pueden adquirirse ya en formato digital en nuestra tienda o en Google Books
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