Por Enrique Zattara
Solo ingenuos o cínicos afirmarían que la relación entre el arte y las grandes fortunas capitalistas es ambigua o paradójica. No lo es, el arte y las grandes instituciones que dicen protegerlo y promoverlo están totalmente subordinadas a los intereses de quienes pagan por él. Y mucha de esa producción oscila entre la puerilidad de lo superfluo y la irrelevancia de lo banal y lo autoreferente. El resultado es otra forma de censura según lo explica uno de nuestros colaborados más asiduos
El multibillonario Sir Leonard Valentinovich Blavatnik está considerado el poseedor de la segunda fortuna en importancia dentro del Reino Unido, equivalente a 31 mil millones de dólares. Fuera del mundo de los negocios, posiblemente con lo que más podamos relacionar su nombre es por haber sido el financista del nuevo edificio agregado en la última década a la Tate Modern, edificio que lleva, por supuesto, la denominación de Blavatnik Building. Además, también es donnor ―solo en Londres― del Art Courtauld Institute, el Museo Victoria & Albert y la National Portrait Gallery entre otras instituciones del mundo del arte. Un verdadero filántropo.
Dentro del mundo de los negocios, Blavatnik sí es más conocido: es el propietario, entre otras corporaciones, de Warner Music, de la compañía de streaming DAZN y del London’s Theatre Royal Haymarket. Un buen desmentido para los que dicen que con la cultura no se gana dinero.
El caballero Blavatnik, nacido en Ucrania y de origen judío, es además de protector de las artes, un firme defensor de la causa judía en el mundo, y quizás por ello una de sus principales inversiones es la propiedad del canal de televisión Chanel 13 News, el más importante de Israel.

Militantes de organizaciones judías independientes (¿serán judìos antisemitas?) han denunciado en estos días (The Guardian, Sat 20 Jul 2024) que tras la designación de Yulia Shamalov-Berkovich, una política aliada al primer ministro Netanyahu, como nueva directora de la emisora, han sido suprimidos todos los programas que implicaban investigaciones sobre la corrupción de que se acusa al gobernante que ―para evitar que esa corrupción probada por la justicia lo afecte― ha lanzado el atroz exterminio del pueblo palestino que estamos viviendo en este momento. Al mismo tiempo, nos enteramos de que otra prestigiosa institución artística, la Royal Academy, ha decidido retirar del Salón de Verano (el acontecimiento que cada año muestra la obra de nuevos creadores) todas las obras relacionadas con la denuncia de la masacre palestina por parte del gobierno del señor Netanyahu. No sabemos si Sir Blavatnik también aporta allí, pero no cabe duda de que habrá algún otro millonario judío que ha hecho valer su imposición.
Esta “cancelación” del arte que denuncia el genocidio de los palestinos se ha vuelto moneda corriente en todos los países “democráticos” de occidente. Pero también son noticia a diario las protestas contra la financiación de grandes acontecimientos culturales (recientemente el literario Hay Festival entre otros) por parte de empresas multinacionales que sacan ese dinero (con el que además evaden impuestos, no vayan a creer que todo es filantropía) de la contaminación del planeta y la explotación salvaje de sus recursos naturales.
A lo que quería llegar: la inmensa mayoría de los grandes eventos e instituciones culturales del mundo, están financiados ―directamente o a través de fundaciones ad hoc― con el dinero de empresas o empresarios multimillonarios, que mientras apoyan el arte explotan inescrupulosamente a la sociedad y al medio ambiente. Sin mencionar el hecho de que, sobre todo en el mundo de la plástica, son los grandes millonarios o fondos de inversión los que especulan con la compra de obras de arte y posibilitan así que algunos artistas elegidos recojan las jugosas migajas de ese mercado especulativo, no solo en moneda corriente, sino especialmente en capital simbólico y canonizaciones que ―naturalmente― posibilitan que su próxima obra ya sea un negocio asegurado. Nunca dejaré de contar la anécdota que me ocurrió al poco de llegar a Londres, cubriendo eventos culturales para un medio de prensa latino, cuando me tocó asistir la misma noche a una galería de New Bond Street con champagne y canapés de diseño, donde un artista colombiano exponía una serie de obras (más o menos la misma veinte veces con pequeñas variaciones) que valían una media de 250.000 libras; y a una muestra de nuevos artistas en un centro comunitario de Islington, con jugo de naranja del Tesco y a 60 libras la obra más cara.
Hace poco circulaba por Facebook un meme muy gracioso que decía más o menos esto: “Un millonario apoya a un artista pagándole 25.000 dólares por un cuadro. El artista pinta una raya en el lienzo y se lo entrega. El millonario busca a un tasador de arte amigo para que valúe la obra, que este valora en 2 millones. El millonario dona la obra ―valorada en dos millones de dólares― a un museo, lo que le permite una deducción fiscal de dos millones sobre sus ganancias. Yo voy al museo, miro el cuadro, y no puedo evitar decir: vaya estupidez, esto es solo una raya. Y un hípster que está al lado me corrige: no, lo que pasa es que tú eres un inculto”. No se me oculta que el chiste simplifica hasta la caricatura el proceso de consagración de una obra artística en el mercado moderno, que es mucho más complejo (y ya hay analistas como Pierre Bourdieu que lo explican mejor que yo). Pero en el fondo, algo de razón tiene.

Esta realidad incontestable y a la vez indignante, nos hace levantar voces airadas contra la mercantilización del arte y su dependencia del dinero. Con las que, sin ningún atisbo de duda, coincido de punta a punta. Y sin embargo, a pesar de toda mi justificada indignación, seguirá subsistiendo otra pregunta que solemos obviar por lo incómoda que resulta: ¿alguna vez fue de otro modo? Retrocedamos, salgamos del fenómeno artístico contemporáneo contaminado por el poder del dinero, y pensemos en todas las obras de arte históricas. Al menos, las que conocemos. ¿Hubiera sido posible el Partenón sin la voluntad de justificar el imperialismo ateniense? ¿Y el Taj Mahal si un soberano sin límites de gasto no hubiese querido inmortalizar a su amada muerta? ¿Y las catedrales góticas sin el dominio del mundo por parte del Papado medieval? ¿Y los frescos de la Capilla Sixtina, y el Moisés y la Piedad sin el oro del Vaticano pagando a Miguel Ángel? ¿Y el Renacimiento sin el dinero de la familia Médici, comerciantes y dictadores de Florencia? ¿Y El Escorial sin el imperialismo católico de Felipe II? Incluso a partir del período en que el arte fue creando su propio espacio autónomo ―digamos desde el Romanticismo en adelante― toda obra de arte que haya trascendido (a través de los múltiples mecanismos de consagración que se generaron históricamente) implica la intervención del dinero, ya sea a través de patronazgos o del moderno dios mercado.
Ni la National Gallery ni la Tate Modern en Londres, ni el MOMA de New York, El Prado y el Thyssen de Madrid, los diversos Guggenheims y otros tantos centenares de grandes museos se financian, desde luego, con las cinco libras que cada tanto depositamos en las alcancías que hay a la entrada. Y como no se trate de música de difusión masiva, sea Shakira o Pink Floyd, es surrealista pedirles a los grandes eventos culturales que se paguen solo con la entrada de los asistentes.
Si pretendemos que sigan existiendo los Hay Festival, los Art Kassel, los museos gratuitos o al menos al alcance de bolsillos discretos, será necesario admitir que alguien debe financiarlos. Y eso solo tiene dos respuestas conocidas: o se financian con donaciones de empresarios millonarios y empresas multinacionales; o los financia el Estado. Para la mayoría de los empresarios, ya lo sabemos de sobra, apoyar el arte no es éticamente contradictorio con la explotación (ni antes con la esclavitud), la injusticia, ni la destrucción del planeta. Y las financiaciones oficiales, más allá de la obviedad de que el dinero del Estado también tiene que salir de alguna parte, demuestran en la práctica la generación de un campo cultural donde la competencia cruda e inescrupulosa por las subvenciones disponibles se convierte en una batalla extra-artística (con predominio de cuestiones ideológicas, oportunismos políticos y mediáticos, y clientelismos de todo tipo) que distorsiona los criterios artísticos tanto como el dinero de los millonarios.
Me dirán que no sirve de nada plantear preguntas si no se tienen respuesta para dar. Yo, al menos, no la tengo. Pero estoy convencido de que hacer preguntas que cuestionen y pongan en tela de juicio las respuestas fáciles que no responden nada más que a tranquilizar las conciencias, es el papel fundamental que debemos asumir ―antes, ahora y siempre― los que todavía sentimos orgullo de llamarnos (aunque el término hoy esté tan desprestigiado por derecha y por izquierda) intelectuales.
Enrique D. Zattara es escritor, crítico literario y ensayista nacido en la Argentina y residente en Londres. Autor de más de veinte libros publicados. Director del proyecto cultural multimedia El Ojo de la Cultura Hispanoamericana (https://edzattara.wixsite.com/elojodelacultura) y de Ediciones Equidistancias
En la foto La Torre Blavatnik construida en 2017 al lado de la Tate Modern a un costo de 2 mil millones de libras esterlinas. Suficiente para subsidiar 20 grandes museos regionales por más de dos décadas.
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