Por Enrique Zattara

Los ingleses lo construyeron en los 1880s y le permitió a la Argentina conectarse y atravesar esa dilatada y repetitiva llanura que es La Pampa. Este relato describe cómo la monotonía del paisaje y las horas se interrrumpe con el arribo de un pájaro metálico sobre rieles


Por la ancha calle polvorienta, entre la doble hilera de maitenes, la mancha difusa se fue
abriendo paso, creciendo con lentitud, al principio desdibujada por el espejismo de la
resolana rebotando contra los guijarros, tomando forma despacio, hacia arriba, como
surgiendo del calor de la tierra. Hasta que llegó el momento en que cualquiera que hubiese
estado observando desde la desvencijada pérgola de piedra que daba acceso al playón de la
estación, mirando atentamente en la dirección de la calle interminable, sin curvas hasta
perderse en una masa confusa de la que participaban el cielo, el polvo, las colinas secas del
fondo y la propia resolana, hubiera podido ver la bicicleta ascendiendo trabajosamente, el
hombre haciendo fuerza sobre los pedales, las manos firmes y cerradas sobre el manillar, y el
chico encaramado sobre el caño horizontal del cuadro.

Pero no había nadie, ni en la calle ni en la pérgola de piedra. Ni siquiera en la vieja estación
de madera, despintada por los años, los vientos despiadados del invierno y el sol inclemente
de los veranos patagónicos. Nadie, hasta que después de un tiempo que pareció interminable,
el chico y el padre llegaron por fin al playón, descendieron de la bicicleta, la empujaron por
encima del cordón empedrado y se dirigieron a la entrada cerrada con un grueso candado.
El niño permaneció un poco atrás, frotándose las nalgas con energía. El padre apoyó la
bicicleta en un palenque de acero puesto allí para que –mucho antes de ese tiempo- los
paisanos amarraran por la brida el caballo de los sulkys. Si ahora fuese un pájaro quien
observara la escena desde lo alto, vería a las dos figuras –el hombre y el chico- a punto de
entrar en un edificio de planta rectangular, muros pintados de un tono ocre y ventanas
biseladas protegidas por postigos que se cerraban por dentro. Un gran portalón de madera
pesada ocupaba el frente, y cuatro ventanas menores permitían adivinar igual número de
habitaciones. Del otro lado, un ancho porche de madera entablonada ocultaba el presumible
andén por cuya orilla una doble hilera de rieles atravesaban el sitio viniendo de la nada y
dirigiéndose a la nada, perdiéndose a izquierda y derecha en las estribaciones de la meseta a
través de una monótona sucesión de lomas amarillas apenas salpicadas por un pasto ralo. Más
allá de las vías, el presunto pájaro podría haber visto un pequeño monte de maitenes, apenas
un manchón irrisorio; y hacia el lado por donde habían llegado padre e hijo, la larga fila de
árboles enmarcando el camino de polvo que terminaba en una carretera secundaria: mucho
más allá, donde ni siquiera la vista del ave llegaría.

Cuando el padre abrió de par en par la doble hoja chirriante del portalón, el sol iluminó
furiosamente un vestíbulo alargado que partía la estación al medio y terminaba en una abertura igual a la de la entrada. Las paredes estaban pintadas de un verde paliducho, y a los lados de la taquilla enrejada donde se expendían los pasajes colgaban algunos carteles de propaganda turística. Uno promocionaba las cataratas del Iguazú, en un regodeo fotográfico de verde y espuma. “Iguazú. Argentina. Conozca el corazón de la naturaleza”, decía. Agua y verde por doquier, quizás para disimular lo que faltaba por allí. Al entrar, el chico tropezó con un zócalo. El hijo tenía el rostro seco y coloradote de los niños criados en el aire cuchillero de los inviernos.

Salieron al andén, una pasarela embaldosada de unos tres metros de ancho cerrada por
columnas de hierro labrado que sostenían el porche, como todos los andenes de todas las
estaciones de tren construidas por los ingleses en miles de pueblos de todo el mundo. Sobre la
puerta de una oficina contigua el cartelito era categórico y escueto: “Jefe”. El hombre entró,
encendió la luz y echó una ojeada para cerciorarse de que todo estaba en orden. A un lado, la
gorra de tela colgaba de una percha de tres brazos. Grabada a fuego en una chapita de bronce,
la misma inscripción brillaba en su parte frontal: “Jefe”.

-Empecemos ya –dijo el Jefe con un ademán hacia su hijo-. Andamos un poco atrasados, y a
las cuatro llega El Pájaro del Sur.

Las dos mujeres habían llegado cerca de la una de la tarde, a la hora en que el sol reverberaba
más violentamente sobre las colinas. La mayor, la madre, traía el termo que llamaban “la
vianda”, enlozado en tonos perlados, donde llevaba el almuerzo para todos. La hija, una chica
de gesto tímido y pechos tibios que adelantaban la adolescencia, sirvió la comida en el
escritorio de la Jefatura, haciendo a un lado el receptor del telégrafo y distribuyendo los
cuatro platos sobre un mantel bordado.
La mujer del Jefe dijo:

-Hablé con el director de la escuela.
El alzó la vista y estiró el mentón dibujando una pregunta silenciosa.

-Dijo que podrá conseguir un sitio para Lydia en la secundaria de Santisteban –siguió ella- .
Habrá que llevarla todos los días en la camioneta, eso sí.
Un destello cruzó fugazmente la mirada de la chiquilla. Santisteban era la cabecera del
distrito, un pueblo enorme: casi cinco mil habitantes. Los domingos por la tarde, los chicos de
Santisteban iban al cine, a la función de matiné, con dos películas. Algunas veces, iba
también toda la familia del Jefe. Alguna otra vez llegaba un parque de diversiones: apenas
dos o tres carromatos arrastrados por camiones quejosos de donde unos peones desanimados
descargaban y armaban una calesita, una noria minúscula, unas hamacas voladoras y una
hilera de barracas coloridas donde se jugaba al tiro al blanco con rifles de aire comprimido o a voltear muñecos con una pelota. Lydia ganaba casi siempre, tenía un don especial para los
muñecos.

-Decile que sí, entonces –dijo el Jefe a su mujer-. Que la inscriba, yo la llevo y la traigo si
hace falta.

Se limpió la boca con la servilleta y se levantó de la silla, lo que significaba sin palabras una
orden que de inmediato cumplieron los demás. Había que terminar de limpiar antes de que
llegara El Pájaro del Sur. Antes de comer, habían estado yendo y viniendo de punta a punta
de la estación, pasando la escoba y el lampazo sobre los pisos embaldosados, repasando los
vidrios de cada puerta (las puertas tenían cuatro vidrios dispuestos de modo simétrico,
separados por un marco en forma de cruz), regando de amoníaco los urinarios, quitando el
polvo de los muebles y anaqueles.

Ahora llegaba el turno de los bronces: pomos, grifos, los adornos innumerables que
decoraban la taquilla y los detalles de cada dintel. Y muy especialmente, la campana que
colgaba junto a la puerta de la Jefatura. Era la tarea preferida del chico: su mayor orgullo era
hacerla brillar hasta que su rostro se reflejaba en ella por delante de confusos y distorsionados
detalles del andén.

Antes de eso los chicos y la mujer lavaron y guardaron los platos, barrieron las migas
alrededor del escritorio y volvieron a colocar en su sitio el aparato del telégrafo. La madre
mantenía en su cabeza la conversación con el director sobre el futuro de su hija, y en un
momento la abrazó como precipitando el momento en que ella se iría, ya no solo a
Santisteban sino quizás mucho más lejos. Estaba seguro de que ocurriría, como había
ocurrido cuando ella misma dejó a sus padres para casarse con el Jefe, que no era todavía
Jefe. Lidya, la chica, la miró sin entender el motivo del abrazo repentino.

Después salieron a terminar la tarea de todos los días. Quienes usaran el andén un rato más
tarde tenían que encontrar todo reluciente y siempre quedaba algún detalle olvidado, algún
rincón sin barrer, alguna silla sin sacudir. El repaso final era de gran importancia.
Cuando salió al andén, su marido se encaramaba a la escalera apoyada sobre la puerta abierta
del vestíbulo para abrir la tapa de vidrio del reloj. Había tres relojes de pared en la estación y
había que ponerlos en funcionamiento cada día porque eran máquinas antiguas, de cuerda
muy corta. Los dos más pequeños estaban en la Sala de Espera y en la Jefatura, pero el más
importante era el enorme reloj que presidía el andén, destinado a que los viajeros controlasen
los minutos que faltaban para la llegada o salida de los trenes. Estaba por encima del acceso
al vestíbulo, con sus agujas finamente trabajadas señalando un cuadrante con números
romanos. Sobre el fondo de un blanco ya patinado por la humedad, destacaba la marca de una
famosa casa de Londres, y como todo el mundo tiene sus fantasías, al Jefe el reloj se le
ocurría emparentado con el Big Ben, cuya torre estirada había visto ilustrando muchas
historias de libros leídos hacía mucho tiempo, como Peter Pan o Sherlock Holmes.

Bajó de la escalera después de dar cuerda al reloj y fue hacia la salita de la Jefatura. Abrió un
cajón del escritorio y guardó la llave con forma de mariposa que servía para poner en marcha
la máquina que todos los días, con sus agujas insistentes y repetidas, lo ponía frente a la
evidencia de su rutina. Había llegado a Cerro Pinto con mucha ilusión, luego se habían
sucedido los años y ahora las cosas eran así, ni más ni menos. Muchas veces había pensado
en ello y algo le decía ahora que la adolescencia de Lydia, señalada por el comienzo de su
educación secundaria en Santisteban, marcaría un cambio, aunque no terminaba de ver cuál
podría ser.

Fue hasta el perchero y recogió la chaqueta del uniforme provisto por la empresa ya hacía
muchos años. Era un saco azul marino, con anchas solapas y botones dorados. La insignia de
los ferrocarriles nacionales estaba bordada sobre el bolsillo delantero. Se quitó el abrigo y se
puso el uniforme; después descolgó la gorra de reglamento y caminó hacia un espejo que
pendía al costado del mapa de itinerarios. La chapa con la inscripción “Jefe” brillaba en el
frontal. Se encasquetó la gorra, corrigió levemente su posición sobre la cabeza, sobó con
parsimonia las solapas del saco y salió.

Eran las cuatro menos cuarto. Ya casi llegaba El Pájaro del Sur.

Puntual, casi exactamente a las cuatro, llegó la combi. Desde unos cuantos minutos antes se
había visto la pequeña columna de polvo avanzando por las suaves laderas amarillas,
creciendo a medida que se acercaba al poblado, hasta que por fin su silueta se dibujó con
claridad al fondo de la calle. Llevaba pintado en el dorso, con letras multicolores, el nombre
de la agencia: “El Pájaro del Sur”. Nada se movió dentro del coche mientras la nube de polvo
terminó de disiparse, pero cuando el aire diáfano volvió a instalarse alrededor, se abrió la
portezuela lateral y salieron doce o trece personas instaladas casi todas ellas en la madurez,
con anoraks abrigados y máquinas fotográficas.

La mayoría mascullaba en idiomas extranjeros, pero el hombre que los guiaba, y que había
aparecido en último término, parecía entenderse sin problemas con todos, y hasta les contaba
chistes o anécdotas que los excursionistas festejaban algo forzados. Desde luego, pensó el
Jefe, no debía ser fácil crear un ambiente alegre en aquel paisaje tan poco propicio.
El Guía saludó ampulosamente a la familia que había interrumpido sus tareas de limpieza a la
llegada de los turistas y arrastró a su bullicioso público hasta el andén. Allí les explicó, con
algún asombroso despliegue de términos enciclopédicos, los detalles de aquella típica
estación de ferrocarril de fines del siglo anterior, cuando las pioneras compañías inglesas
trazaron sobre la piel curtida de la Patagonia una geografía de rieles cuyo vértice acababa en
el puerto de Buenos Aires, sitio hasta el que llegaban interminables convoyes de vagones
cargados con el fruto del trabajo de los estancieros del lugar, cueros, lanas y otras producciones de aquella tierra inhóspita domeñada por el sereno pero viril trabajo de una raza
laboriosa que etcétera, etcétera.

El Guía era joven, de cabellos bien recortados y gesto firme. Los dos chicos sentían por él
una vaga admiración, y Lydia quizás alguna fantasía todavía imprecisa. Sus palabras
celebraban, con discreción pero con seguridad, su amor por aquella tierra argentina que tenía
el privilegio de mostrar a sus viajeros. Agregó anécdotas probablemente apócrifas sobre los
primeros trenes y sus arriesgados pasajeros e invitó a sus oyentes a recorrer las módicas
instalaciones. La docena de turistas, contagiados de su entusiasmo, levantaban la vista hacia
un artesonado o la bajaban hasta un pequeño mural de cerámica pintada que representaba una
locomotora de vapor atravesando el desierto. El Jefe y su familia, que asistían
silenciosamente a todo el desplazamiento, sonrieron cada uno a su turno cuando el Guía llegó
a sus objetos preferidos. El chico era el más satisfecho porque sabía que, inevitablemente,
alguien no podría vencer la tentación de tañir tímidamente la campana de bronce.
Unos minutos después, el Guía reunió al grupo en el centro del andén y les pidió un momento
especial de atención. Se colocó frente a ellos y comenzó a contarles una historia en forma
emotiva.

-Ustedes se preguntarán cuál es el motivo de nuestra visita a esta estación de trenes en un
sitio que, a pesar de estar a pocos kilómetros de los habituales itinerarios, sólo nuestra
empresa incluye. Pues bien, amigos, es que “El Pájaro del Sur” no solo les brinda los
sobrecogedores paisajes de nuestra hermosa tierra, sino que pretende también hacerles
compartir algo de su paisaje humano. Tomó aire, mientras la pausa permitía a su público alentar la curiosidad. Los turistas que no hablaban español, acostumbrados al sistema, se dispusieron a esperar en silencio que llegara el momento de la traducción, sin apartarse del grupo.

-Hace veinte años –continuó el Guía-, un joven y laborioso funcionario de los ferrocarriles
nacionales fue ascendido a un puesto que constituye el honor máximo a que podía aspirar:
Jefe de Estación. Claro que el sitio asignado significaba un pequeño sacrificio, pero el joven,
recién casado con una digna compañera que comprendió y compartió su esfuerzo, aceptó
abandonar las comodidades de la ciudad y asumir su responsabilidad en este alejado sitio del
sur argentino. Recién compenetrados de su nuevo destino, formaron aquí su familia y criaron
a sus hijos en el amor a la tierra. Pero he aquí que el constante devenir del progreso, que corre
por canales imprevisibles, hizo que un día, por las lógicas reestructuraciones que sufre a
través del tiempo un servicio que está hecho para contribuir al desenvolvimiento de la
economía, hizo que, como decía, la empresa nacional de ferrocarriles clausurara el ramal
cuyo corazón vital era esta estación. Cualquier otro hubiera hecho las maletas y se hubiera
marchado buscando continuar su carrera en otra parte, pero este Jefe ejemplar decidió que su
deber era seguir cumpliendo el servicio que un día le habían encomendado, hasta que un día
seguramente no lejano un nuevo desarrollo de la zona hiciese que otra vez el resoplar
rechinante y la bocina estentórea de las locomotoras volviera a oírse en la estación de Cerro
Pinto. Y así, desde hace siete años, este hombre de los que hacen Patria, al que sin rubor podríamos simbolizar como el ejemplo del trabajador argentino, continúa con la inapreciable
ayuda de su familia y de forma totalmente voluntaria y altruista, manteniendo todos los días
del año en regla y buen estado esta estación para que no se eche a perder el patrimonio que un
día los ferrocarriles pueden volver a necesitar. Esta, que he querido que ustedes compartieran,
es una de las muchas pequeñas y anónimas historias heroicas que esconde nuestro pueblo y
que sólo conocemos aquellos que vivimos nuestra tierra con intensidad y cariño.
El Jefe, rodeado de su familia, había permanecido en respetuoso silencio a un lado, y ahora
algunos turistas descubrieron su presencia y les dirigieron miradas no exentas de admiración;
pero el grueso del grupo tuvo que esperar hasta que la historia fuera repetida en inglés.
Entonces un visitante prorrumpió en un débil aplauso que a poco se hizo masivo. El Jefe, al
llegar ese preciso momento, había adoptado la costumbre un poco estatuaria de apoyar la
mano sobre la cabeza de su niño, pero hoy su brazo rodeó los hombros de Lydia. Mientras,
algunos tomaron fotos de la escena.

-Y ahora –culminó el Guía, después de unos instantes en los que pareció recobrarse de sus
palabras- les ruego que vayan regresando al transporte en el que continuaremos nuestro viaje
por esta tierra singular, guiados por la empresa de turismo que más sabe sobre el sur
argentino.

Una vez que el último turista dejó el vestíbulo y hubo salido a la abrupta claridad de la tarde,
el Guía se acercó al Jefe. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y luego
extendió el brazo hacia el otro hombre. Tenía el cheque en la mano. Encogió los hombros y
enarcó las cejas con un gesto de resignación compartida.
-Bueno, estos son los últimos de este año –dijo-. Cada vez la temporada termina antes. Cada
año vienen menos extranjeros, el país les resulta muy caro.
El Jefe guardó el cheque no sin antes cerciorarse, aunque con disimulo, de la cifra anotada en
la orilla superior derecha.

-¿Y usted qué hace en el invierno?- preguntó, advirtiendo que era la primera vez en todos
esos años que se interesaba por otros aspectos de la vida del Guía.

-Ahora, tomarme unas vacaciones en el mar –el hastío del otro se le notó en la voz-. Ya estoy
de polvo y ovejas hasta la coronilla. Si no fuera porque la agencia paga bastante bien, no
vendría a la Patagonia ni de paseo. ¡El Pájaro del Sur…!, vaya mierda.
Miró al Jefe y se arrepintió de lo dicho.

-Perdone, no quise ser tan duro. Después de todo, esto me da de comer igual que a usted.
Pero en fin, usted también tendrá un poco los huevos por el piso con esto, ¿no?

Salió a la intensa luz y la puerta se cerró lentamente por detrás. La línea de sombra de los
postigos avanzó hasta el Jefe. El pensó en las palabras del Guía: “Un hombre que sin rubor
podríamos simbolizar como ejemplo del trabajador argentino”. Las había oído a diario,
invariablemente, durante los veranos de los últimos siete años. Sacó mecánicamente el
cheque del bolsillo y volvió a asegurarse, esta vez con mayor atención, de que la cifra fuese
la correcta. Recién cuando el motor de la combi resonó primero en el playón, y se fue
apagando después hacia la carretera provincial, se volvió hacia el interior y regresó adonde su
mujer y los chicos lo esperaban. Lydia estaba asomada a uno de los ventanales, viendo como
la columna polvorienta que dejaba el coche se alejaba más y más en el horizonte irregular.

-Jueguen un rato más si quieren –dijo el Jefe en voz baja. Y después alzando un poco el tono,
agregó: – Pero después hay que guardar y ordenar todo con más cuidado que nunca. Hoy
terminamos.

-El último día ya… –murmuró la mujer.
El Jefe le repitió las explicaciones del Guía.

-Me dejó el cheque.

-Bueno, chicos –la mujer golpeó las manos dos o tres veces tratando de imprimir alegría a su
gesto –Basta de limpiar trastos inútiles hasta el año que viene.
El Jefe entró en su salita y se miró al espejo. Era el mismo rostro desde hacía muchos años,
incluso cuando los trenes aún llegaban a Cerro Pinto. Pero el año próximo será diferente,
pensó.

Miró cómo su hija continuaba todavía con la cara vuelta hacia la ventana por donde se había
alejado la excursión. El Jefe todavía tenía puesta la gorra en la cabeza. Y el cartelito de
bronce brillaba más que nunca.


Enrique Zattara es poeta, novelista, promotor cultural y Co-Director de la Ediciones Equidistancias y El Ojo de la Cultura. Ha escrito dos novelas: Sinfonía de la Patria, Lazos de tinta y Dos cuervos en la rama. Y dos de sus poemarios han sido ya reseñados en nuestra revista bajo el título La persistencia de la melancolía. Este relato es tomado del libro Ser feliz siempre es posible, Odeón, Málaga 2015