Por Nicolás Sánchez
Segunda entrega de esta trilogía que narra el viaje desde la capital colombiana al sitio donde se encuentra una asombrosa muestra de arte rupestre que se remonta al período paleolítico. Estamos en San José del Guaviare, una ciudad de la selva colombiana con un presente incierto y un pasado ignominioso
Tuvimos que detenernos en la carretera para apreciar el espectáculo: Un caricari o carancho que llaman en Colombia, ave rapaz también conocida como el halcón brasilero, se había encontrado todo un tesoro; una iguana sin suerte y pocos reflejos yacía destrozada en medio de la carretera; justo antes de terminar de cruzar el asfalto que luego se convierte en el puente sobre el poderoso Río Guaviare, había quedado atrapada entre dos derivados del petróleo: El asfalto mismo y el caucho de la llanta de algún vehículo que, también impulsado por petróleo, había terminado con su existencia. Es uno de los grandes problemas para los animales terrestres; todas esas cicatrices que ya son la piel de tierra, vías que van penetrando en la naturaleza, paralelas al rio y transversales a la vida.

El ave se estaba dando un festín, y no había tenido que matar a la iguana a picotazos, como suele hacer. Sus vuelos de prospección, bajo esa luz que compartíamos, aún en un sol llanero pero ya con olor a selva, eran ágiles pero cercanos; se retiraba unos 30 metros para vigilar el lugar y regresaba a reclamar partes del botín para llevarlas a su nido de ave monógama junto a su pareja y crías. Una versión de ave rapaz muy de acuerdo con los valores cristianos que muchos nos quieren vender hoy en día, aparte del mandamiento “No matarás”.
Quizás podríamos traer a uno de esos halcones a predicar en alguna sesión dedicada a la familia.
En fin, la sorpresa no fue poca justo cuando dejábamos el departamento del Meta para entrar en el del Guaviare. La escena del caricari mostraba justamente ese cambio entre lo salvaje que son los llanos colombo-venezolanos y lo aún más salvaje que vendría a las puertas del Amazonas. El puente que cruza el Río Guaviare es de un nivel estratégico superior; cualquier interrupción de esa vía significaría el aislamiento de miles de personas y de recursos que, sin duda justifican la presencia permanente de personal militar, lo que recuerda ese pasado reciente de Colombia en donde, para poder moverse entre algunas ciudades era necesario pedir permiso al grupo armado de turno.
Desde finales del siglo XIX el mercado del caucho atrajo a la rivera del Guaviare a hombres inescrupulosos, y con ellos todos sus excesos y desmanes. Eran misiones arriesgadas, pero con la
rentabilidad de ese oro blanco que era extraído con heridas al árbol, habían establecido cadenas
de extracción con la explotación de los indios que hacían valer el riesgo. En Colombia, a partir de 1880 ya se habían establecido puestos para el acopio del caucho; hubo disputas territoriales y se establecieron cadenas de extracción de látex mediante la esclavitud forzosa, la masacre y el etnocidio de poblaciones enteras de indígenas. Por ejemplo, «El Barón del Caucho» Julio César Arana y su nefaria Peruvian Amazon Company, con sede en Londres, fueron los principales perpetradores del llamado Genocidio del Putumayo. Se exterminaron poblaciones enteras y aunque en el Guaviare nunca se llegó a los niveles de explotación de la Casa Arana en el Putumayo, sí hubo un nivel de abuso humano muy notable.
Tal vez porque los accesos terrestres que se venían desarrollando desde Villavicencio permitieron una diversificación económica mayor, hubo migraciones de colonos y mano de obra campesina de otras regiones. Hacia 1960 la población de San José fue cambiando aún más por una nueva colonización agrícola que vivió un auge importante en los años 80 del siglo xx por la proliferación de cultivos de hoja de coca, aunque siempre a la sombra del atropello, lo cual ha llevado a los habitantes de la región, desde el inicio de la violencia de los años 50 en Colombia, a alinearse con grupos armados que a la postre eran la única ilusión de orden. La historia del Guaviare está marcada por la explotación de las personas y la naturaleza; más recientemente el deseo de apropiarse de la riqueza de la tierra se ha transformado en grandes plantaciones de palma de aceite que viene siendo el nuevo petróleo del mundo, que se cultivan casi como cosechas ilícitas en el espesor del monte. Y, obviamente, esas tierras fértiles también son muy apetecidas porque la productividad de la hoja de coca es demasiado alta. La tierra es rica en nutrientes y agua, y la selva es el refugio perfecto para una pista clandestina de aterrizaje para avionetas que pueden venir de Miami. Definitivamente ese puente debe estar bajo vigilancia.

El caserío de San José comenzó a formarse a principios del siglo XX como un puerto fluvial en el camino hacia las explotaciones de caucho en Calamar y no fue sino hasta 1976 cuando se le reconoció como municipio; a partir de ahí se ha desarrollado, para bien y para mal, al ritmo de sus riquezas naturales. De ese pasado de explotación había algo en lo que no habíamos pensado y que, al llegar, nos causó cierto estupor y vergüenza, y es la forma en que malviven muchos de los indígenas de la región; pidiendo en las calles sin ningún recurso, viendo los brillos de una ciudad que a ellos no les corresponde, en una conformidad parecida a un estado de alteración psicoactiva. San José es la gran ciudad antes de entrar en la selva del Amazonas; desde allí ya no hay vías terrestres, salvo la antigua trocha del caucho que lleva a Calamar; todo lo demás se mueve al compás del río. Las comunidades que tienen contacto con la habitualmente llamada, “CIVILIZACIÓN” (y me rio de la ocurrencia mientras la escribo), saben que hay ciertas cosas que nosotros tenemos que en muchos casos les pueden resultar beneficiosas, como cierto nivel de atención médica; pero en muchísimos otros son adictivas, como el juego, el alcohol y el azar. Por eso no es raro ver tantos casinos que vienen a ser la rueda de la fortuna de este lugar: A la vez que mantienen esa mano de obra atada, son la fachada perfecta para justificar lo injustificable, fiscalmente hablando. Es el lugar donde se juntan las miserias de blancos, indios, negros y mestizos en todos los niveles, y todos jugándose lo poco que ganan en quien sabe qué tipo de jornales en la selva. ¿Será oro? ¿Será de raspar hoja de coca? Imagino que el aspecto de las manos sobre las máquinas tragamonedas debe dar muchos indicios de proveniencia de la plata. No es el mejor de los destinos, pero es lo que tiene la adicción, que es el único destino del adicto.
Todo eso, y mucho más, se ve en que las calles de San José donde ya hay tiendas de ropa como en
los centros comerciales de Bogotá, pero en sus calles se ve la periferia del mundo, la gente que vive en el límite de la existencia del tiempo y el espacio; son los que en algún momento se abandonaron a la intuición y crearon obras en piedras y maderas; pero que hoy están en las calles pidiendo cualquier ayuda en su idioma, porque ni siquiera nos hemos tomado la molestia de que nos entendamos; muchos de ellos se han entregado a fantasías del licor y el sosiego, cuando lo que estaban cavando era un pozo de mil demonios que parece que tiene brazos y piernas y no te deja escapar, mucha miseria indígena se ve por las calles de San José.
Ya es de mañana y hay que organizar la salida para el refugio de animales. Este refugio es un lugar del que escuchamos por casualidad y de cuyo nombre no logro acordarme, pero que es donde una pareja de enamorados de la vida compró un terreno que estaba destinado para ganadería, pero que, después de 30 años de recuperación de bosque primario y con el esfuerzo de ellos y sus hijos, hoy es un santuario para el cuidado de animales salvajes pero indefensos. En este lugar se han salvado cientos de animales y, según nos cuentan, hasta algunas guacamayas, que tienen muy buena memoria, han realizado viajes de regreso aparentemente para agradecer que ahora tengan una segunda oportunidad sobre la tierra. Entre los casos que llegan al refugio, por ejemplo, se ve la obscenidad de la vanidad humana que es capaz de mantener un ocelote como animal de compañía en una ciudad con centros comerciales. Por supuesto que algún vecino con gallinas o con la carne del almuerzo sobre la mesa puede sentirse amenazado con un animal así que lo mira desde la ventana. Demasiada irresponsabilidad con un ser que debería correr sin restricción alguna por sus dominios, y los dominios de un ocelote, aunque es solo un poco más grande que un gato doméstico, pueden llegar a ser de más de 10 kilómetros cuadrados. Muy a nuestro pesar, el que vimos nunca podrá regresar a donde pertenece, porque donde pertenece su especie es la selva, pero donde pertenecen sus costumbres es en la casa de una señora sin criterio, pero con dinero que, aunque lo tuvo desde muy cachorro, no pudo soportar las reclamaciones de vecinos y autoridades. Finalmente el ocelote terminó adicto a las “facilidades” de la comida para mascotas y si se dejara en medio de sus pares, sería presa fácil de otro carnívoro más grande, si es que no muere antes de inanición.
La terminal de autobuses de San José también es un gran centro de capturas de tráfico ilegal de animales exóticos, allí decomisan babillas, guacamayas, tucanes, cusumbos, varios tipos de primates, felinos casi desconocidos para la ciencia y hasta cachorros de puma, como los que pudimos ver en dos jaulas. Fue triste ver dos animales con esa belleza tan exuberante y rebosantes de poder, estar encerrados en un espacio tan injusto, con sus miradas serenas por no conocer lo que debería haber sido su vida en el monte.

Estos dos ejemplares fueron traídos al refugio desde recién nacidos y, parecido al caso del ocelote, es difícil su supervivencia en libertad. El cautiverio los ha llevado al borde de la domesticación y hasta parece que a uno de ellos le gusta tener visita; cuando se escucha su ronroneo al ambiente se transforma en un espacio nebuloso y completamente hipnótico, es un sonido profundo como el de troncos huecos de humedad que, en el fondo tienen una calidez engañosa, crees que es ternura, pero en realidad el puma te devora de un bocado y no sales de la hipnosis.
Cae la noche en San José, comienzan a abrir las cantinas y discotecas, se ven puestos de comida nocturna como en cualquier ciudad con noches de rumba. Comemos un perro caliente mucho más sabroso de lo que prometía. Los casinos nunca cerraron, entonces tampoco abren. Nos vamos a descansar; mañana será otro día para ver las maravillas de personas que, entre piedras y cuevas, nunca les importó ser solo uno más en esta esfera rocosa y con 13 mil años menos.

Nicolás Sánchez no es jugador argentino de rugby, es un ingeniero químico de profesión quienes en sus ratos libres se dedica a la lectura y a la música. Reside en Bogotá y esta es su tercera colaboración para Perro Negro.
Todas las fotos, excepto son cortesía de Nicolás Sánchez
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