Por Erna Von Der Walde
Para que la Academia Sueca le haya otorgado el Nobel de Literatura a la surcoreana Han Kang los encargados de la selección la leyeron casi inevitablemente en inglés en la versión de Deborah Smith. Una traducción, se ha dicho, poco fiel y más feminista que el original. En castellano ya había una traducción precedente más fidedigna hecha por una surcoreana radicada en Argentina desde niña. Esta nota, aguda y personal, de la ensayista e investigadora colombiana discute el poder hegemónico del inglés y la función vital que cumplen los traductores en diseminar y dar a conocer culturas no dominantes
Hoy le otorgaron el Nobel a Han Kan, escritora coreana. Y me encontré un interesante comentario escrito por Tae Yang Kwak, un profesor de historia coreana en un college de Estados Unidos. Para beneficio de los no angloparlantes, lo traduzco y espero que no se le note mucho el mugre, aunque a veces pienso que todo traductor debería dejar un rastro, para que se confíen de a mucho. Las Amish en Pensilvania hacen las colchas de retazos más hermosas del mundo y son de un grado de perfección alucinante. Pero siempre introducen un “error”, un retazo del color “equivocado”, porque solo Dios es perfecto.
«¿Intraducible?
For non-Western language authors to win the Nobel Prize, it’s not good enough to be good enough in their own language, they must have a “good” Western translation, which is simultaneously “universal” and exotic, Occidental and Oriental. There was a lot of controversy when Han Kang won the 2016 International Booker Prize for her novel 채식주의자 (2007; “The Vegetarian,” 2015), explicitly because Deborah Smith’s English translation was “bad,” “unfaithful,” made more “feminist” than the original, and riddled with “mistakes” and “mistranslations.” Translation is a complex endeavor, and no matter the author’s intent, it can be driven by gain, nationalism, and official cultural promotion. But one thing is as clear as it is unmentioned: it is Smith’s translation that the Swedish committee reviewed and awarded the Nobel, and outside of Korea, it is Smith’s translation that will receive the significant Nobel bump in sales.

Cuando una escritora que escribe en una lengua no europea gana el Premio Nobel, no basta con que sea bastante buena en su propia lengua. Tiene que tener una “buena” traducción a las lenguas europeas, una traducción que sea a la vez “universal” y exótica, occidental y oriental. En 2016, Han Kang obtuvo el Booker Prize Internacional por su novela 채식주의자 (2007; The Vegetarian, 2015; La vegetariana, 2012 al español), y se desató una polémica porque la traducción al inglés de Deborah Smith era “mala”, “poco fiel” y “más feminista” que el original, además de estar llena de “errores” y “vocablos mal traducidos”. La traducción es una tarea compleja, y más allá de la intención de la autora, puede estar motivada por intereses económicos, nacionalismo y la promoción de la cultura oficial. Pero hay algo tan evidente como silenciado: es la traducción de Smith la que tuvo en cuenta el comité sueco y la que recibió el Nobel, y es la que, por fuera de Corea, se va a favorecer del importante aumento en ventas que representa el Nobel.»
El comentario, de todos modos, es bien anglo-céntrico. Parece que hay una muy buena traducción de esa obra al español, realizada por Sunme Yoon, coreana radicada en la Argentina desde los cinco años. Será cosa de recomendarle a los señores de la Academia sueca que sería buena idea ver lo que está pasando en el mundo hispanohablante. Es solo una idea.
Tras publicar este comentario, una amiga respondió:
Me pregunto desde mi esquina ignorante del tema de la traducción, si el asunto radica en dónde se para la traductora de la nueva Nobel: ¿en el lugar de la coreana que conoce el español y traduce respetando la cultura de la escritora, pero haciendo legible el texto a una cultura en español? ¿O desde la cultura de la inglesa que domina la lengua coreana y busca hacer accesible una obra para le gente de la cultura inglesa? ¿Dónde debe situarse la traductora?
Esa es la pregunta del millón. El comentario del profesor apunta hacia algo que me parece sintomático del mundo anglo y que está penetrando ya en el mundo hispano: un narcisismo en la lectura, que entiendo como esa tendencia a “identificarse” y “verse reflejada”. En ese comentario del profesor coreano señalan que la traductora al inglés ha sido criticada por hacer la novela “más feminista”. Aquí entramos en el terreno en el que una traducción tiene efectos políticos. Pueden parecer menores cuando se trata de literatura (en comparación con los efectos que puede tener un contrato o un acuerdo internacional mal traducido), pero son de larga duración y difíciles de reparar.
Hace unas semanas, Mario Jursich comentaba que había escuchado a una promotora de lectura decir que “Ana Karenina” no era recomendable, porque el amor de Ana con Bronsky era “demasiado tóxico”. Con ese criterio, no podemos realmente leer nada. Ni podemos confrontar la complejidad de lo humano. Sigo sin entender cómo es que se perdió esa dimensión en la que la literatura nos permitía enamorarnos tóxicamente de Bronsky para luego procesar que mejor no nos enamorábamos de un Bronsky y a pesar de todo nos enamorábamos de uno que otro Bronsky. Y sabíamos que era mala idea, pero a diferencia de Ana, no nos arrojábamos bajo las ruedas de un tren, sino que sobrevivíamos muchos Bronskys. Y qué carajos. Claro, en Colombia no tenemos muchos chances, todavía, de morir como Ana. Igualmente, podríamos decir que no se debería leer, porque una novela tan llena de estaciones de tren y desplazamientos por el espacio en tren no se corresponde con nuestra realidad y le sería muy difícil al público colombiano imaginar lo que es un país con trenes.

Concretamente, lo que me hace pensar el comentario del profesor coreano es que, más allá del aspecto lingüístico, la traducción siempre conlleva una serie de decisiones políticas. Y que en ese punto el traductor también tiene un compromiso ético con el texto. Toda traducción es una interpretación de la obra. Además, con el tiempo, ha cambiado lo que se considera que sería la responsabilidad de fidelidad con respecto al original que debe respetar una traducción. En el siglo XIX y bien entrado el siglo XX era perfectamente aceptable cambiar la obra, alterar el orden de los capítulos, suprimir pasajes que pudieran resultarles incómodos al público para el cual se traducía . La traducción al inglés de “María” de Jorge Isaacs (Rollo Ogden, 1890) suprime todos los momentos de erotismo y todas las críticas a la esclavitud que aparecen en la obra. La traducción al alemán de La vorágine (Georg Helmut Neuendorff, 1934) suprime elementos como la carta de Cova que aparece al comienzo, la divide en cuatro partes y cada parte en unos pocos capítulos, cambia la voz de Cova y básicamente la convierte en una novela de aventuras.
Estas traducciones, más que “brindar retratos fieles de nuestras costumbres”, como pretendía uno de los críticos de La vorágine, nos sirven hoy en día para leer cómo nos retrataban en los países en los que se leían esas traducciones, las visiones de mundo que determinaban esos cambios. En Estados Unidos no se iba a publicar una novela que criticaba la esclavitud. ¿Cuántas lecturas de María se han visto afectadas por esa “lectura” que impone la traducción al inglés? En la Alemania de entre-guerras, ese mundo selvático debía corresponder a un imaginario colonial, como es apenas obvio y natural. Una obra escrita desde la subjetividad de un suramericano era incomprensible. La traducción elimina esa subjetividad y narra la aventura. ¿Cómo es que nos siguen presentando la novela de Rivera como una tragedia enmarcada por la lucha del hombre contra la naturaleza, un lugar común de la visión colonizadora, la que ve el mundo en términos de territorios civilizados y territorios salvajes?
Pienso que la traducción realiza un trabajo de intermediación cultural. Si todo debe parecerse y reflejar la cultura a la que se traduce, sin perturbarla, pues mejor que se ahorren la traducción, salvo que lo que se busque sea pretender que todas las culturas son idénticas, o que las diferencias no deberían incomodarnos, o que lo que nos incomoda se elimina. Yo creo que de la incomodidad no se tiene que saltar directamente a la intolerancia, sino hacia la complejidad. Como cuando una se enamora de un Bronsky.
Erna Von Der Walde es ensayista, traductora, crítica e investigadora independiente de la cultura, literatura y política de Latinoamérica y Colombia. Erna recientemente fue una de las dos personas encargadas de preparar y presentar la nueva edición para Penguin Clásicos de La vorágine, de José Eustasio Rivera con motivo del primer centenario de su publicación.
Excelente!!!
Gracias Carmiña. Es una especie de callado regocijo saber que tenemos lectoras como tú. Eso nos justifica.