Por Marcos Lizenberg
¿Qué recóndita narrativa se revela en las cosas que deshechamos? ¿Qué futuros truncados o nostalgias olvidadas se observan en lo que fue nuestro pero decidimos que ya no lo sería? Imaginemos por un momento gente encargada de recolectar lo más personal de nuestra basura. ¿Cómo reaccionaríamos a ese encuentro? Segunda entrega de una trilogía que nos llega desde el Midwest yanqui
Vi al hombre una mañana de sol, rebuscando entre las bolsas de basura. Su cara me sonaba de algún lado. De hecho, había creído verla una tarde de invierno, a los veintitrés o veinticuatro años, mientras corría alrededor de un lago en Oaxaca -un rostro pequeño, pálido entre los árboles-, y también a los dieciséis, una noche en que volvía de una fiesta, bajo un farol helado de Buenos Aires. De una manera u otra, su fisonomía me había acompañado toda la vida, un poco como esas sensaciones de la niñez que nos sorprenden de tanto en tanto. Esa tarde decidí seguirlo. Estaba paranoico: mi esposa me engañaba con un hombre al que yo había decidido enfrentar, pero hacía unos días ese hombre, más fuerte y peligroso que yo, había jurado matarme. Por eso, cuando desde la ventana de mi cocina descubrí a ese tipo flaco, con sombrero de fieltro y nariz de batuta, husmeando entre las bolsas de basura arrumbadas junto al poste de luz, pensé que era algún tipo de detective contratado por ellos. Decidí esperar a que se alejara calle abajo, y entonces salí de mi casa. Me cuidaba de mantener cierta distancia de sus pasos. El hombre no parecía tener apuro. Caminaba un poco como los niños, sin énfasis. En una esquina, descargué una mano sobre su hombro y lo agarré de las solapas, sin darle tiempo a escapar. Pero él no quería escapar. Dio un suspiro pesado, se arrancó la nariz y se sacó el sombrero al que venía pegada la peluca.
– Bueno… Algún día tenía que pasar -dijo.
Le dije que lo había visto inspeccionando mis desechos y pregunté quién lo había mandado. Él asintió. Después me pidió que lo acompañara unas cuadras, que su casa estaba acá nomás, dijo. No supe cómo reaccionar. Él se desenganchó de mis manos y, con mayor indolencia aún, continuó en la misma dirección. Yo iba detrás suyo. Caminamos unas tres cuadras. La verdad es que tampoco tenía nada muy importante que hacer. Oí unos ladridos lejanos y me puse a mirar a los costados, como si alguien o algo fuera a sorprenderme por un flanco desprotegido. Pero no había nadie en la calle. Los vecinos estaban en sus casas, con sus familias; las sartenes crepitaban y los niños miraban la televisión. Yo era el único desgraciado que vivía solo en aquel barrio residencial americano.
– Es ahí -dijo el hombre. Señaló una casa decrépita en la vereda de enfrente. Al bajar del cordón para cruzar la calle, hundí mi zapato en un charco. Ahora, a cada paso, mi media escurría un líquido sucio como una esponja.
En la puerta de la casa, el hombre me pidió que le sostuviera una bolsa blanca mientras forcejeaba con la cerradura. Espié lo que había adentro: una manzana mordida, algunas fotos viejas, onduladas por la humedad o el tiempo, un cepillo de dientes con las cerdas endurecidas.
Entramos. El olor a cal fresca -que siempre me resultó repulsivo y excitante, como el olor a sexo- venía de las paredes. Las raíces de un árbol ausente habían levantado el parquét. Un enjambre de moscas se disputaba un tender con poca ropa.
Cruzamos la sala y salimos a un jardín desmalezado.
– ¿Fuma?
Le dije que hacía años había dejado.
– Lo siento mucho -respondió, con el tono de quien le da el pésame al pariente de un muerto. Después me miró, esperando a que le festejara el chiste.
– ¿Quién es usted y qué hacemos acá? -dije.
El hombre acabó de prender el cigarrillo y señaló la gran carpa-gacebo que ocupaba la mitad del parque.
– Véalo usted mismo -dijo.
Había visto otras carpas como esas en los jardines del vecindario: se usaban como invernadero, como taller de herramientas e, incluso, como garage plegable -tenían compartimentos y estanterías internas, así que eran ideales para clasificar cosas.
Antes de entrar, un hedor me perforó la nariz. Lo que había adentro, supuse, era del orden escatológico. No me equivocaba. Primero identifiqué un colgante diminuto, que reposaba sobre un almohadoncito en una columna. Tenía la forma de una tabla de surf. Se me llenó la boca del sabor amargo del agua de mar: un primo me había regalado ese colgante cuando teníamos diez años, durante unas vacaciones en la Costa Atlántica. Mi mano levantó el dije. Era una de esas baratijas que se conseguían en cualquier tienda de souvenirs. Al lado del almohadoncito había una etiqueta que decía: 11/03/1998.
Avancé por el pasillo estrecho. Había objetos de distintos tamaños y volúmenes, cada uno rotulado con su propia etiqueta, como las piezas de una exhibición arqueológica. Me cautivó un atado de Lucky Strike, todo estrujado, por el que asomaban dos cigarrillos jaspeados de moho. Vi un disco de frisbee color naranja, con una raja en el centro. En una campana de vidrio había pedazos de un texto escrito por un niño.
– Su primera carta de amor -dijo una voz detrás de mí. El hombre había ingresado al gazebo.
Me di vuelta.
– ¿Qué es esto?
– Depende -dijo el hombre. – Para mí, es una especie de museo. Pero supongo que para alguien ajeno son solo desechos.
– Son mis desechos -lo corregí.
– Bueno, no son tan distintos a los de cualquiera.
Así que eso era. Organizada, fechada, meticulosamente dispuesta, allí estaba la basura de mi vida. El hombre se sentó en una silla.
– ¿Usted me persiguió durante toda mi vida?
– Prácticamente.
Una congoja me cerró la garganta. Con un gesto de la mano, le pedí un cigarrillo. Negó con la cabeza:
– Acá adentro no se fuma.
Lo miré con reprobación y levantó los hombros en señal de inocencia.
– ¿Y yo nunca me di cuenta?
– Sí que se dio cuenta -Sonrió. – ¿No se acuerda?
Según el hombre, hacía unos veinte años lo había agarrado in fraganti. En esa época yo era un preadolescente. Con mi madre vivíamos en el segundo piso de un edificio en el barrio madrileño de Tetuán. Al parecer, una tarde me asomé a la ventana del baño y lo descubrí en la vereda de enfrente, detrás de un árbol, observándome. Y, tras comprobar que no bajaba la mirada, le pregunté a los gritos qué carajo quería.
– Cuando escuché su vozarrón, me asusté -dijo el hombre. – Es increíble la voz de macho que puede tener un nene cuando se asusta.
Me contó que esa tarde se había apostado frente a casa a la espera de que mamá sacara la basura en el horario habitual. Pero, por algún motivo, eso no había sucedido, y para entonces llevaba horas aguardando por su botín.
– Lo peor del espionaje es cuando hay que esperar. Ahí es cuando uno se distrae -dijo el hombre con una mueca de hastío.
– Si estaba disfrazado igual que hoy, no era difícil advertir su presencia.
– No. En esa época creo que me vestía de mujer. Pero no le quiero mentir, fue hace mucho. No me acuerdo.
Avancé unos pasos más, doblé en una esquina donde se alzaban unas largas figuras africanas.
– ¿Quién lo manda a hacer esto? -pregunté. Recordaba muy bien haber arrojado todas las estatuillas juntas al tacho, hacía unos días. Fue la mañana en que me desperté y el silencio de la casa confirmó que mi esposa se había ido.
– Nadie me manda -dijo el hombre.
Reparé en unos mechones de pelo rubio, acaracolados sobre un plato. Eran de un rubio tan brillante que parecía quemado.
– ¿Esto qué es?
– Cabello rubio.
– Ya sé -contesté, irritado. – Pero yo nunca fui rubio.
– Sé perfectamente que usted nunca fue rubio. ¿Usted cree que la gente se deshace solo de cosas que son suyas?
Con fastidio, el hombre curvó los labios y dejó salir un cono de humo.
– A ver, es su basura, ¿por qué yo tendría que saber? Qué sé yo… -dijo, y entrecerró los párpados para echarle un vistazo al cabello, como si le diera asco. – Supongo que se lo habrá arrancado a su hermanita en alguna pelea, con las agarronas que tenían. O quizás se lo cortó a alguna noviecita, de adolescente. Ni idea. A mí su vida no me interesa, yo solo soy un recolector.
Por un momento, creí recordar. ¿No era un mechón de pelo de mi abuela, uno que mi madre me había regalado después de su muerte?
A regañadientes, el hombre se puso a explicar un poco sobre él. Ahora que lo habían descubierto, tenía que empezar de cero con la basura de otra persona. Conmigo había trabajado -esa fue la palabra que usó- un poco más de 28 años. Y tenía que confesarme que, últimamente, se había empezado a aburrir.
No sé por qué, ese comentario me ofendió, pero no dije nada. En una esquina con poca luz, reconocí mi viejo caballo de madera. Había sido un regalo de mi tío carpintero. No pude evitar correr hacia él.
– Qué hermoso… -susurré sin darme cuenta, mientras acariciaba el suave pino barnizado.
– Al fin algo que le gusta.
Me agarré de las orejas del caballito con las dos manos, como hacía cuando era chico. Entonces noté que la crin roja estaba quebrada: de la grieta salía una pelusa blancuzca y rígida. Recordé que yo la había roto, a los siete, ocho años. Y se me disparó un pensamiento: que la misma energía incontrolable era la que una década después me había arrojado al pozo del Atenix 400, y un par de años más tarde al accidente en la Interestatal 41.
– Entonces, ¿qué opina? Todavía no me dijo lo que piensa.
Miré al hombre. Su mueca era vagamente expectante, como cuando un vecino le pregunta al otro cómo pasó el día. Me sorprendió que la pregunta no fuera irónica, que tuviera alguna expectativa sobre mi capacidad de reacción.
– No sé. Es terrible.
– ¿Eh? -dijo frunciendo la cara, como si yo hubiera hablado en un idioma imposible.
– Es como si nada hubiera podido ser de otra manera.
– ¡Al contrario! Mire todo lo que descartó, todas las vidas que no fueron -y abrió los brazos, como si las evidencias estuvieran a la vista.
De pronto parecía ofendido. Y yo supe que no quería ofenderlo. Estuve a punto de pedirle disculpas, pero él señaló un estante.
– Mire lo que hay ahí.
Era mi Nikon. Mi amada cámara de fotos con su lente original.
– ¡Ey, esto estaba en mi casa! -grité. – ¡En la baulera!
Levanté ese tesoro y lo prendí. Todavía funcionaba, aunque la batería debía estar fundida en la caseta.
– No -aseveró el hombre, y se cruzó de brazos. – La tiró hace unos… cinco, seis años.
– No puede ser.
– Sí-sí -dijo el hombre, elevando la voz. – La tiró en una de esas limpiezas salvajes que hace cada tanto, cuando tira cosas que después se arrepiente. Como pasó con la caña de pescar de su papá.
Cuando destapé el lente, la euforia se convirtió en alegría. Esa había sido mi primera cámara, la cámara con la que había fotografiado mis viajes por el mundo. Con la que había soñado convertirme en fotógrafo callejero, también. Un sueño que estalló por los aires con el nacimiento de Damián.
Por jugar, apunté hacia el hombre y gatillé el obturador. Él se paró de un salto y se abalanzó sobre mí. Bajó la cámara de un manotazo.
– ¿Usted está loco? -vociferó.
– Ni siquiera está prendida -mentí. El hombre bajó la vista, intentando recuperar el eje. Reflexioné. – ¿Por qué no quiere que le saque una foto?
El hombre se acomodó la chaqueta y regresó, con aplomo, a la silla. Pero no se sentó. Se quedó parado, a un lado. Y por toda respuesta, bamboleó la cabeza, como si yo fuera un necio o un tonto.
Miré la cámara. Esas ganas locas de limpiarle el polvo, sacarle brillo y exhibirla como un trofeo en la biblioteca del comedor se habían extinguido de golpe. Ahora la veía como un objeto antiguo, pasado de moda. Con cuidado, volví a depositarla donde estaba.
– ¿Y la ropa? -preguntó el hombre. Cabeceó en dirección a un perchero del que colgaban algunas prendas. – Mire la ropa. Si hay algo de lo puedo jactarme es de no haber usado nunca una prenda de usted, ni una sola vez. Muchos colegas lo hacen, solo por joder.
Pero yo no podía más. El sólo hecho de posar la vista sobre las ondulaciones retenidas por esas telas -moldes de otros cuerpos míos- me transmitía una ternura insoportable, me trasladaba con una fuerza sobrecogedora a épocas remotas y precisas, épocas tan completas en sí mismas que parecían vidas dentro de una vida. Esas regresiones eran demasiado para una persona, demasiado para un cuerpo. Además, la resaca del día anterior todavía apretaba mi nuca como una pinza caliente y sabía muy bien que entregarme a una emoción era entregarme a todas.
Dije lo primero que se me vino a la mente:
– ¿Qué va a hacer con todo esto?
– Como le dije, es suyo -dijo el hombre, mientras se desperezaba. – Abra la bolsa.
Señaló la bolsa blanca que yo había apoyado en el piso ni bien entré al gazebo. La había olvidado por completo. La levanté. Saqué la manzana y, apuntando hacia el jardín, la arrojé a la tierra. Agarré las fotos. Quería mirarlas por última vez. Pero me dio pudor hacerlo ante el hombre, así que también las tiré al jardín.
Quedaba el cepillo de dientes. Había luchado con la idea de tirarlo durante por lo menos un año. Me decía que sólo podía descartarlo una vez que comprara uno nuevo, pero, en realidad, era una excusa para no deshacerme de él. El fin de semana anterior, al fin, había conseguido tirarlo. Pero no había comprado ningún cepillo de dientes nuevo en su lugar.
– Le deseo suerte -dijo el hombre.
Apoyé el cepillo en una repisa y me pregunté, como en un juego, quién le adosaría la etiqueta correspondiente. Para el hombre, la cosa era muy fácil de ahora en más. Yo era quien heredaba ese amasijo de cadáveres tristes, ese archivo monstruoso e inofensivo. Quería preguntarle si no le daba vergüenza trabajar de rata humana. Porque ese era su oficio, bien visto: rebuscar en la inmundicia como una rata humana. Pero no me salió confrontarlo. Había algo en su rostro, en sus facciones de judío extenuado, que me daba pena. En realidad, parecía un tipo respetable. Un hombre que había cumplido con su trabajo de forma más o menos digna, y que ahora quería retirarse en paz.
Le estiré la mano. Pero él se negó a dármela.
– Tengo las manos sucias -se disculpó. Después se tocó el sombrero, dio media vuelta y se alejó hacia el interior de la casa. Me arrepentí de no haber propuesto alguna clase de saludo alternativo para cerrar el encuentro. Pero cuando reuní la voluntad, ya era tarde.
¿Eso era todo? Qué rápido pasaban las cosas. Ahí estaba yo de nuevo, parado y con una bolsa vacía. Vagué un rato por la casa, que era grande y gélida. Cuando salí a la calle, no me orientaba respecto al camino de regreso. Aunque tampoco es que tuviera muchas ganas de volver. En ese pueblo nunca pasaban autos. Así que me puse a caminar por el medio de la calle. A lo lejos se oía una especie de sirena de emergencia. A veces pasaba que las alarmas de incendio de las fábricas se dispararan por error. Un perro cruzó en diagonal, de esquina a esquina. A lo lejos, una mujer revoleó una silla hacia un volquete de escombros. Entonces pensé: esa mujer debe ser feliz. Fue una asunción estúpida, pero me llenó de una rara paz. Cuando pasaba junto al volquete, me asomé a su interior. No había muchas cosas: dos bolsas de nylon negro, chorreantes de un líquido verde, una caja de pizza doblada a la mitad, y la silla. La silla era de mimbre y el asiento estaba desfondado. ¿Para qué sirve una silla si uno no puede sentarse en ella? Sin embargo, la agarré. Pensé que tal vez podía arreglarla, aunque no sabía arreglar cosas. No tenía mucho espacio en casa, pero podía dejarla en el patio trasero. Me la puse al hombro. Era triste que esa mujer se hubiera deshecho de esa silla. La silla no estaba tan rota, después de todo. Imaginé los motivos por los que la había tirado, en vez de intentar repararla. No podía pensar en ninguno que valiera la pena. Unas horas más tarde, ese mismo volquete me daría la respuesta.
Segundo cuento que publicamos de Marcos Lizenberg. Ha sido periodista en Buenos Aires, editor en Copenhagen y ahora reside en un remoto pueblo yanqui del Midwest. En sus propias palabras: «Mi deriva por los países del primer mundo me concientizó sobre las contradicciones de haber nacido en una colonia, y hace unos años empecé a escribir desde ese lugar de perplejidad.». Anhelamos que siga compartiendo esa perplejidad cpn nosotros por mucho tiempo más. Su primer relato Nace un secreto, lo publicamos en mayo de este año.
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