Por Marcos Lizenberg
Desde “un remoto pueblo yanqui” del Midwest nos llega esta primera entrega de una trilogía de cuentos enviados desde el país donde más nos leen. Esta narración combina lo mundado y lo etéreo como si Edgar Allan Poe le hubiese editado un cuento a Raymond Carver
Hoy es día de embalaje. En unas horas, la familia abandonará el piso donde vivió durante quince años para trasladarse a una casa en los suburbios, dos pisos, jardín de bienvenida y parque trasero, piscina, barbecue, dos perritos y dos gatitos, el canto de los pájaros endulzando la madrugada. Mientras llenan cajas a toda máquina, los tres luchan, cada uno a su modo, contra una melancolía eufórica. Se niegan a aceptarlo, les da pudor decirlo en voz alta, nunca se atreverían a decirlo frente a otros, pero son una familia feliz.
Hay una ley de las mudanzas que desafía nuestra concepción elemental del espacio: cuanto más se embala, más queda sin embalar. A la tarde, las cajas se apilan en un tetris monumental, que eclipsa la luz del sol. Y, sin embargo, el comedor es todavía el punto de confluencia de ríos de objetos y papeles, montañas de ropa vieja y dispositivos inútiles, cables cuya utilidad resulta ambigua como un espejismo. El padre resopla, se seca el sudor del cuello. Mira alrededor. Nota que la cantidad de cajas ya cerradas y rotuladas es casi igual a los bolsones de basura. Incrédulo, las cuenta. Y concluye: están aferrándose a demasiado. Se lo comenta a la esposa, en tono jocoso. Ella, que siempre fue una mujer pragmática, pide la atención de la hija y le hace ver que tienen que ser más estrictos, incluso impiadosos, a la hora de decidir qué preservar y qué descartar.
Llega la noche. La adolescente sale a fumar un cigarrillo, los padres se sirven una copa de vino. Una pausa breve, dicen. Pero lo que empieza como una charla desganada en la barra de la cocina se convierte, antes de que puedan detenerla, en una catarata de anécdotas, de personajes, de memorias edificantes. A regañadientes, los tres regresan a sus puestos, pero ya es tarde. Lo que era una mudanza en desarrollo se ha transformado en un campamento arqueológico, donde cada explorador desentierra sus reliquias y se abre una discusión sobre los orígenes posibles.
Es entonces cuando el padre encuentra la estatuilla. La levanta para apreciarla mejor a la luz del plafón. Observa sus volúmenes, la gira en todas direcciones. Si tuviera que describirla, diría que se parece a dos ramas espinosas entrelazadas. Lo sorprende que ningún recuerdo impacte en su memoria. No cree haber visto aquella cosa en su vida.
Llama a la hija. Ella observa la estatuilla de muy de cerca, como si le buscara un error de fabricación. Después la sopesa en una mano, en la otra. Se trata de un objeto ridículamente pesado para su tamaño. La madre también se acerca, intrigada. Elige dejar la estatuilla sobre la mesa y examinarla a distancia, como si dotarla de un escenario ayudara a su identificación.
Los tres forman un semicírculo frente a la cosa.
– ¿Qué… qué es eso? -pregunta la hija.
Gira la cabeza para mirar a sus padres, porque la asalta el temor de que, por primera vez, le mientan en la cara.
La madre murmura:
– No tengo idea. – Está siendo honesta, pero, por algún motivo que no entiende, siente un sofocón de vergüenza. Para salir del centro de atención, mira a su marido.
Él traga con esfuerzo. Le transpiran las manos. No es miedo lo que siento, razona. Es culpa: está mal que el hombre de la casa no sepa lo que hay en la casa. Simplemente está mal.
La familia vuelve a observar la estatuilla y se sorprende un poco de que siga ahí. Ninguno dice las palabras obvias: que al fin y al cabo es solo un adorno. Feo, trivial, inservible.
A la madrugada, el camión de mudanzas toca la bocina. Desde la ventana, tres manos se levantan, tres manos que bailan como pañuelitos.
Un mes después, la familia está plácidamente instalada en la casa de los suburbios. Es un sábado hermoso, a primera hora de la tarde. El padre se sirve un gin-tonic y pone música suave en el tocadiscos. Se sienta en el sillón de terciopelo, de cara a la vista del parque. Parece que la mudanza hubiera pasado hace siglos. Quizás, porque todo aquel trajín surtió el efecto contrario al que esperaba: le renovó la energía, lo vigorizó. Ninguno de los tres echa de menos ese apartamento asfixiante. Lo necesario, lo personal, lo trajeron con ellos. Lo demás fue arrojado al ácido del olvido.
Solamente, algunas noches, cuando el padre se acuesta, piensa en esa cosa. Aunque el día del desembarco tuvo el descaro de preguntar en voz alta si alguien recordaba el contenido de la única caja sin rótulo, y, tras un silencio ominoso, avisó que entonces subiría a dejarla en la buhardilla -él sabía perfectamente lo que llevaba adentro. Una vez a solas, allá arriba, incluso se dio el lujo de ponerse a silbar, de putear por la iluminación deficiente, de dejar caer la caja con desgano, como si no supiera que, por el peso, el objeto podía atravesar el cartón y raspar el revestimiento de madera. Durante el resto del día, por suerte, nadie mencionó el asunto. Mientras la cena se doraba en el horno, eso sí, su esposa dijo que subiría a averiguar cuál era el problema con la lámpara del ático. Su hija, directamente, no habló. A medianoche, tras apoyar las gafas de lectura sobre las mesas de luz y apagar delicadamente los veladores gemelos, la pareja fingió no oír esos pasitos -los mismos que oían en esa otra casa, cuando la nena volvía de alguna fiesta trasnochada- subiendo la escalerita plegable.
Este es el primer cuento que publicamos de Marcos Lizenberg. Ha sido periodista en Buenos Aires, editor en Copenhagen y ahora reside en un remoto pueblo yanqui del Midwest. En sus propias palabras: “Mi deriva por los países del primer mundo me concientizó sobre las contradicciones de haber nacido en una colonia, y hace unos años empecé a escribir desde ese lugar de perplejidad.”. Anhelamos que siga compartiendo esa perplejidad con nosotros por mucho tiempo más.
Imagen principal: La diosa del agua Chalchiuhtlicue, originaria de la cultura azteca.
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