Por Isabel F Bussy
Con los llamados “mandatarios” de hoy día, es posible que colectivamente estemos padeciendo de un tedio cívico-existencialista. Y si las noticias nos deprimen al verlas o leerlas, imaginemos que en ellas está la inversión emocional adicional de enterarnos de que un hermano nuestro es parte del conflicto
Fue uno de esos días en los que sentí que Dios no tenía nada para nosotros—nada más que todo aquello que olvidó decir. Suelo despertarme más o menos a la misma hora, como si al sol le pareciera agradable estirar mis ojos antes de ocuparse de cualquier otra cosa. Abrí la ventana y el cielo estaba emboscado de un gris pálido y el vaivén del viento se había comido alguna de mis lavandas. Salí al balcón a regar, siempre en orden, desde la planta que menos me gusta hasta la que nunca olvidaría. Prendí las noticias. Lanzamiento de misil contra el aeropuerto de Dubái. Llamé a mi madre y colgué al segundo timbrazo para que le quedara una llamada perdida. “A tu hermano lo van a sacar hoy. Es una extracción militar” me dijo mi vieja cuando me devolvió el llamado. “Se lo llevan a otro país, cambian de avión, y se lo llevan a otro país. No te puedo contar mucho por acá. Nos están escuchando”. No se lo discutí porque mi madre sufre de paranoias y quedamos en llamarnos cuando Juan esté en el segundo o tercer país. A pesar de ser paranoide, se olvida de detalles numéricos como nuestros cumpleaños y tiene una necesidad compulsiva de escribir para evitar el olvido. Por eso encontré dos bandejas de pechugas de pollo, una cebolla y cilantro apuntado dentro de los Upanishads. Las noticias seguían rodando como un eco plano atrás mío. Bombardeo mortal de una escuela primaria en Irán.
Pasó la tarde larga, esas con la tibieza sorda de un verano tardío. Pasó la tarde y para distraerme vi por primera vez Rashomon de Kurosawa, pero lo único que podía pensar era que mi hermano estaba en la guerra. Estaba en esos desiertos atemporales con tinte a bagre, con gritos y pólvora y piel seca de algún lagarto inmutado. Pero los que declararon guerra no estaban ahí. Terminé de ver la película junto a mi perro negro y me di cuenta de que tenía aliento a naufragio. Lo único que me pareció notable de Rashomon fue el bigote y la devoción, además de eso no entendí mucho así que puse las noticias. Israel bombardea puestos de control del Basij en Teherán. Empecé a sumar tabacos hasta llegar al primer número par de dos dígitos y me levanté. Llamó mi madre, pero esperé hasta el segundo timbrazo porque no me gustan los números impares. “Se lo llevaron en plena noche. El avión está oscuro por dentro y por fuera. Tienen armas.” Mi vieja es fatalista y artista visual. Pero entiendo más su fatalismo desde que me explico lo que vivió en el proceso militar. Los que declararon guerra no estaban ahí, no estaban donde sea que está Juan. ¿Entonces dónde estaban? ¿Dónde se despertaban una mañana cualquiera en medio de la historia? Me pregunto si sabían, los niños, las flores, y los lagartos inmutados que estaban a puertas de la muerte. Me pregunto si se lo preguntan los que declararon la guerra.
El viento suspiró devorándose mi lavanda y me quedé pensando en el período Heian en Japón. Pasó la tarde y brilló la luna como si la noche se arrancara las plumas. Llamé a mi madre y colgué al segundo timbrazo para que le quedara una llamada perdida. Pero no me devolvió el llamado y ahora no sé dónde está Juan.
Isabel F Bussy es una joven escritora argentina, traductora y estudiante de medicina que hasta hace poco residía en Florida y ahora está afincada en Buenos Aires. La terquedad de su generosidad la ha convertido en una colaborada esencial y multifaceta de nuestra revista. Esta es su último poema en prosa inédito y exclusivo para Perro Negro. A ella le debemos, poemas, transcripciones y traducciones de ensayos y notas filosóficas de Alfonso Reyes y Estanislao Zuleta.
No Comment! Be the first one.