Cómo crear una editorial de la nada

Por Isabel del Río

Entre todas las labores quijotescas asociadas con la literatura -que por cierto son casi todas- la de crear una casa editorial a fuerza, a puño y con unos cuantos pesos, euros o libras esterlinas es sin lugar a dudas la más descabellada de todas. Isabel del Río lo ha hecho y aquí nos da quince razones para imitarla o para evitarlo. Depende del valor que cada uno le otorguemos a la promoción de la nuevas ideas y a la nueva literatura  

 

1.

Quizá se te ocurrió la idea en una librería cerca de casa.  O puede que fuera durante una tarde de lluvia persistente cuando leías largas parrafadas de Ishiguro.  O más probablemente, y por razones sentimentales, te motivó algo que sucedió en el pasado, como una manera de revivirlo.  Quién sabe de dónde vienen las ideas, y cómo es que aparecen de pronto y sin avisar.  Y así fue.  Aquel día se presentaba gris; tuviste un altercado con alguien sobre lo que es literario y lo que no; y como no conseguiste llegar al fondo de nada en tu análisis de lo ocurrido, te exasperaste.   Y entonces lo dijiste casi a gritos en un vagón del metro a rebosar de gente que iba únicamente a lo suyo:  voy a crear mi propia editorial 

2.

Te da la gran gana de hacerlo.  Y por qué no, quién se atrevería a negarte ese derecho.  Te acuerdas entonces del viejo dicho de que, si la montaña no viene hacia ti, entonces tendrás tú que ir hacia la montaña.  Sí, escucharás lamentaciones como has perdido la cabezavaya enredos en los que te metes… y luego nos pedirás a los demás que te saquemos del atolladero.  Pero esta vez será diferente, les explicas a todos ellos para acallar sus quejas.  Tendrás tu propia editorial y harás lo que te plazca: elegir a los autores, publicar los textos que te parezca, entrar en los círculos literarios, romper las barreras del arte e impulsar la literatura.  Lo hice a mi manera, podrás decir al final de tus días.  

3.

Sola ante el peligro, te dispones a hacer algo que te había estado vedado hasta ahora.  Vas a irrumpir en el venerable mundo del editor de libros.  Sí, ese editor que había sido la muralla que te separaba de tus reales o potenciales lectores.  Y para irrumpir en ese mundo tendrás que crear una editorial básicamente de la nada −mejor dicho, a partir de todas esas experiencias adquiridas a lo largo de una vida dedicada por entero a las palabras, o al menos así crees que la has vivido.  En cierto modo, vas a contrapelo.  Es decir, la nueva editorial será una realidad basada en la pasión que sientes incondicionalmente por el lenguaje, pero para nada promovida por el ánimo de lucro, que es como suele medirse hoy casi todo.  Incluso, varios de los que tienes a tu alrededor te hacen preguntas de ese estilo: ¿y cuánto vas a ganar con todo esto?

4.

Y ese voy a crear mi propia editorial te pilla de sorpresa porque la escritora en ti no quiere más que escribir sus ilusorias narraciones y contemplar el mundo de soslayo.   Pero hay algo, allá a lo lejos, que te dice que sigas adelante.  Sí, tu naturaleza será la del poeta, sensible e impresionable, pero de vez en cuando se aprecian en ti cierta dosis de prudencia y una menor dosis de coherencia que te permiten valerte en el mundo, para mejor o para peor.  Quizás esas cualidades sean útiles para la labor de editora, piensas.  Podré hacerlo, concluyes.  Es una intentona, sabes.

5.

Se trata de una decisión que contradice lo que has venido defendiendo hasta ahora.  Siempre habías sostenido que, entre ser escritor y ser editor, te quedabas con el primero.  Ser escritor es destino; ser editor, algo tal vez fortuito.   Para el escritor todo es motivo de análisis y digno de ser contado en términos poéticos, o al menos elocuentes y significativos.  Entretanto, el editor será el cronista −sin que luego pueda publicar ninguna de sus crónicas− de las muchas y, en ocasiones, penosas circunstancias en que le sumirá el escritor, con su profusión de palabras y sus ansias desmedidas de que se lea su obra.  No, la profesión de editor tampoco es envidiable.

6.

Sabes más que de sobra que a los trances de escribir hay que sumar los muchos escollos para publicar, y te pones a pensar en las dificultades que tú misma has tenido para que te acepten como escritora, al igual que cualquier otro que aspire a la profesión literaria.  Sirvan como ejemplo algunos de los incidentes que te tocó vivir:  el agente literario que finalmente accedió a verte, pero saliste de su oficina sintiéndote más vacía aún que al llegar; la editorial que prometió publicarte pero que no quería esos brevísimos textos abstractos a los que eres tan dada sino una novela a secas; otra editorial que sólo tenía interés en que emularas al ganador del último premio X, en lugar de exigirte que escribieras como Cervantes.  Y tú entretanto, casi como el inefable maestro, seguías encerrada en la celda de tu mente, convencida de que acababas de llegar de una larga batalla naval en la que se perdió de todo.  Sí, es evidente que no puedes evitar la conjetura dramática en todo momento; para algo eres escritora nata, como dicen. 

7.

Así que pasas a la acción.  Para constituir una editorial se necesitarán requerimientos y formalidades, pero tú te empeñas en que bastan las palabras escritas con propiedad y, sobre todo, con soltura y lucidez.  Quieres que esas palabras sugieran más que digan.  Lo que buscas es suscitar la duda y, por qué no, la provocación.  Pretendes alentar en lugar de convencer, lanzar una reflexión antes que invitar a la inmersión en el más puro escapismo.  Es decir, tienes la idea de lo que debe ser una editorial, pero no de cómo hacerlo.

8.

Está claro que no podrás planificar hasta el último detalle –te surgirán mil imprevistos y habrá situaciones que te quedarán grandes.  Con todo, continúas con el proyecto, convencida de que, si un libro se escribe escribiéndolo, un libro se publicará publicándolo.  Por supuesto, se requieren preparativos antes de proceder a la acción, pero tampoco son garantía de que todo saldrá como tú quieres.  Incluso es posible que cierto grado de espontaneidad te sea útil en preparación para el gran proyecto de editar libros.  Al fin y al cabo, también la escritura se beneficia de las dos diosas de siempre:  la reflexión y la improvisación.

9.

Y al ir llegándote propuestas de diversos autores, procedes a una criba.  En algunos casos, el rechazo no tiene que ver tanto con la falta de calidad de la obra como con otras inesperadas consideraciones:  los que se asustan ante el formalismo de los contratos y las condiciones convenidas de la edición;  los que consideran que, si publican en tu pequeña editorial, no se hará justicia a su admirable texto;  otros más que envían poemarios reducidos a un instrumento personal de autosanación de ciertas condiciones: el miedo, la perplejidad, la vacilación;  los que en su escritura se sirven de emblemas e idearios de regímenes autocráticos;  el varón que, escribiendo por boca de una mujer, habla de la sexualidad femenina al servicio de la del hombre;  los que piensan que publicar es apenas apretar un botón; los convencidos de que escribir es un juego o una apuesta;  y los que sólo escriben porque tienen papel y lápiz. 

10.

Y si después de haber hablado de los fracasos, ahora hablas de los éxitos es porque quieres resaltar aún más lo bueno.  Que la excelencia sea el corolario de cuanto aquí se dice.  Sí, hay momentos exquisitos en la vida del editor: el descubrimiento de un autor esplendoroso o un ilustrador brillante.  Ése será justamente el objeto de esta gran operación de editar libros y el fruto de tan compleja labor emocional, intelectual, material.

11.

Y por lo tanto emprendes un camino que no sabes muy bien dónde va a llevarte.  Lo que pensaste que sería toda una hazaña se ha convertido, en algunos momentos, en una lucha por la supervivencia, y se debe a que el trabajo requerido para ser editor será duro y, a veces, agrio.  Al menos en el proceso de editar libros desarrollarás la fortaleza y la paciencia que, en general, pueden venir bien para la vida diaria (también desarrollarás la desesperación y la angustia, igualmente útiles pero sólo si uno se dedica a escribir lúgubres y oscuras narraciones).

12.

Sí, reconoces que como escritora tiendes a la hipérbole, y en consecuencia tenderás a lo mismo como editora.  Lo verás todo como tragedia o comedia, analizarás las páginas de un libro hasta desollarlas y tratarás de recomponerlas en tu búsqueda de esa perfección que te elude a diario.  Así son los que escriben, no pueden evitarlo: es un temperamento sin arreglo.  Y al final, tras tus incontables esfuerzos, los libros que publicas aparecen casi como regalos.  Al verlos impresos, ya como objetos tangibles y verdaderos, no puedes evitar sentirte como el explorador que descubre, en mitad de un desierto desolado y silencioso, un oasis de palabras.

13.

Pero la pregunta que se plantea es si un escritor es asimismo capaz de ser editor.  O más correctamente:  puede un editor ser también escritor.  Al contrario de lo que algunos se piensan, las dos profesiones no son las dos caras de la misma moneda y, por eso, la coexistencia es complicada.  Pueden tolerarse la una a la otra, pero sólo si es de cuando en cuando y, además, en condiciones de gran cortesía y deferencia.  Y si los que quieren ejercer las dos profesiones te piden consejo −¿es posible ser escritor y editor al mismo tiempo, o son estas dos profesiones mutuamente excluyentes?− responderás que no tienes nada que decir al respecto.  Cada cual hace lo que hace, y justifica su vida lo mejor que puede.  La procesión, como se decía antiguamente, va por dentro.

14.

De lo que sí podrías hablar es de la experiencia adquirida.  En cuestión de experiencias el trabajo de editor está pareciéndote, al menos, interesante.  Poco a poco empieza a convertirse en una responsabilidad de la que cuesta despegarse, pese al mucho trabajo, la ganancia material nula y la cuenta bancaria con números de un molesto color rojo.  Ahora bien, el compromiso con la literatura, que ha de tener todo ser que se precie de amar las palabras, y por tanto los libros, es irrevocable.  Al menos en teoría.   Y es porque el proceso de editar libros nos eleva a otro plano: ese facilitar la lectura de unos por parte de otros; ese comunicar un mensaje que, de lo contrario, quedaría silenciado para siempre; esa fe poética que tan venturosamente nos lleva de lo personal a lo universal; ese estar al frente de lo poco que se salva de nuestra civilización:  las ideas y, como sus más firmes aliadas, las palabras.

15.

Poco hay tan magnánimo como dar voz a quien no la tiene.  Editar libros consiste, en último término, en divulgar contenidos que dicen lo que el lector querría decir sin saber cómo decirlo.  Somos bien conscientes de que llegará un día en que las cosas se queden en nada −polvo y paja− pero hasta entonces el editor seguirá abriendo zanjas con dedicación y legitimidad por estos ásperos caminos.  En tan largo trayecto, sin embargo, no hay que olvidarse de aplicar también el ingenio −y hasta la ironía− en preparación para las sorpresas que nos deparará la aventura de editar libros, los personajes que se conocerán −tanto los literarios como los reales− y las complejas situaciones que irán surgiendo y que poco tendrán de ficticias.  Y es que aquello de inmolarse en el altar de las palabras no es completamente ilusorio.

***

Isabel del Río es escritora y lingüista.  Nacida en Madrid, ha vivida casi toda su vida en Londres.  Ha publicado narrativa y poesía en inglés y castellano, y es la cofundadora de la editorial independiente Friends of Alice Publishing.

www.isabeldelrio.com    www.friendsofalice.com