Por José Juan Martínez

En su libro Confesiones de una máscara Yukio Mishima aseguró acordarse del momento en que nació. Fue el autor más famoso del «nuevo» Japón de los años 60. No así, en 1970 decidió suicidarse publicamente insatisfecho por la occidentalización de la sociedad nipona. Una de sus quejas, antes de cometer seppuku o harakiri, fue que el Emperador Hirohito -tras dos bombas atómicas- había renunciado a su divinidad derrotado por los Estados Unidos antes de dejar democratizar su país


Hablar de Mishima siempre es hablar de dos seres; el personaje y la persona (aunque ninguna de estas dos perspectivas del mismo hombre sea más verdadera que la otra, y tratar de definir bajo estas lógicas sería necio y carente de sentido). En su libro El sol y el acero, el cual resulta en un largo ensayo autobiográfico asistimos al nacimiento del “personaje” de Mishima; aquel que está imbuido de una sonoridad refleja en sus músculos, en aquello que el autor nombra como “el acero”.

            Esta corporeidad que Yukio Mishima trabajó a lo largo de su vida como un reflejo más terrenal de la pureza de alma japonesa, frente a lo irrisible del cuerpo occidental, que él consideraba poco heroico, tiene un dejo de solemnidad que refleja en la muerte que el autor se da a sí mismo. Esta aura mítica de fortaleza férrea languidece cuando, se analiza el valor que el mismo Mishima se da a sí mismo, como aquel que sabe “en dónde estará el puño antes de darlo”, y que a manera burlona Shintaro Ishihara dibuja en un cuadrilátero de box e incapaz de dar un solo golpe.  

            Sin embargo, la nula capacidad pugilista del autor no es en realidad un reflejo concreto de nada, es más bien, una silueta de un estudiante (Shintaro) desencantado del maestro (Mishima), cuya principal queja base es el no dedicarse de lleno al desarrollo artístico de su literatura. Es un reproche constante que pueden tener los escritores pertenecientes a un campo específico, como diría Bourdieu, el de la alta cultura ante el escritor más prolífico de la lengua japonesa del siglo XX; cuyo único pecado es el no dedicarse a ese único campo, el de la formación puramente estética.

            Mishima se propone a sí mismo como el mejor escritor de todo el Japón, a expensas de Kawabata, y como aquel que guiará al pueblo llano a la grandeza que le espera como la guía del sol naciente. Yukio Mishima comprendió la vida como una gesta heroica que termina, pero, que no debe simplemente hundirse a la nada como los barcos mongoles que intentaron invadir la isla (barcos que fueron hundidos por lo que los nipones llamarían kamikaze o viento sagrado). Son sus trabajos, un ejemplo paradigmático de las dos dimensiones en las que puede desarrollarse un artista, el aspecto social-político-ideológico, o el aspecto puramente estético.

En las páginas de su ensayo de El sol y el acero vamos comprendiendo el aspecto más humanista de todas aquellas ideas que acompañaron al autor nipón y lo guiaron por el camino que llevaría a su muerte ideológica y total. Unas ideas que podemos ver también a profundidad en su cuento patriotismo; las cuales son una afrenta a la occidentalización de su país, derrotado y sin un ápice de la gloria colonial que se sostuvo materialmente durante los siglos XIX y XX.

En este ensayo autobiográfico, concibe los simbolismos de lo material, el acero, y lo espiritual, el sol, que no se separan de forma tajante como en la idiosincrasia occidental; uno templa al otro de manera poética acompañada de las grandes experiencias vitales que le toca a cada sujeto a travesar a lo largo de su vida.

Cabe resaltar que la forma en que Mishima al referirse como “el acero” a sus aspectos corporales, y no como lo diría Malaparte: “la piel”, sirven como una conexión simbólica con la voluntad filosófica de alcanzar la nada, de ser ese frío cortante de un sable que rompe con las maneras de hacer armas de toda época anterior; es la belleza y la fuerza en una sola silueta, el cuerpo. En este texto se da una búsqueda compleja por desaparecer de sí mismo, una concordancia con las tradiciones de pensamiento budistas y taoístas de oriente. En estas tradiciones existe un fin último de llegar a la nada, un complejo absoluto que contiene todo, a su vez que es la nada misma. Un trasfondo completo en la totalidad del universo.

            Existe un esfuerzo en regresar a descubrir el fondo poético en el cielo azul que le guía a una estética complejizada por la fuerza, la belleza en sí misma como un reflejo del sol y el cuerpo. Una sinergia incandescente. Resulta en una declaración de intenciones en la que se busca definir una identidad que será, no sin razón, un centro de controversia para los coetáneos de Mishima; quienes tratan de encasillarlo como un comediante de sí mismo, representados por Shintaro.

            A su vez, el texto, se transforma poco a poco en una declaración de guerra que el autor declara a lo que él denomina como “el enemigo”; este enemigo es un Mishima que se atreve a dudar, no llega a una relación instintiva con el mundo, sólo se dedica a imaginar y a hacer, más bien, poco. Esta parte que sigue siendo esencial para definir a Mishima, este otro enemigo es, en primer lugar, Kimitake Hiraoka, nombre de nacimiento del autor. El personaje que devora a la persona. El sol y el acero funciona como una declaración de homicidio-suicidio.

            En este libro, el autor, no nos incita a nada en realidad; tal vez sólo a vivir con coraje, no queda nada más ni habría que hacer algo más; “dejen de imaginar y empiecen a hacer” son las frases que grita Mishima en la cima de aquel cuartel general que le dio muerte. Toma el sable y corta todos los pensamientos que te dejan estático, inmóvil, o en última instancia date una muerte fatal y transgresora, insiste Mishima en su discurso. Si eres un estudiante que no encuentra trabajo por no estar titulado porque no tienes la tesis hecha, deja de pensar que tienes que hacerla y ponte a escribir; siéntate, prepárate un café y trabaja, me digo a mí mismo tras leer a este autor.

            Sin embargo, como dije al principio, en Mishima existen dos seres; dichas percepciones de la existencia diaria son un reflejo en sus novelas que varios escritores y expertos que conocieron directamente al autor japonés afirman que sus oraciones más trascendentes no llegaban a cubrir más que una falsedad y una actuación somera, panfletaria de un héroe. También afirman que, las potencialidades explicativas que tiene este escritor, a la fecha de hoy, pueden ser tomadas como extremismos injustificados desde lo social e inclusive desde lo ideológico.

La obra completa de Mishima me recuerda, como una consternación a estas críticas de sus coetáneos, que el escribir desde lo puramente estético tiene un valor incalculable, pero hay momentos en los que dicha escritura debe ponerse en la guerra simbólica de las ideas pues; no hay nada más sencillo que escribir el simple verbo de “hacer”, lo complicado es hacer de verdad.

De igual manera, las consideraciones que pueden tenerse del escritor en sus dos momentos, el escritor puramente estético y el escritor ideológico, no tienen porque estar enfrentados en una lucha encarnizada que no llega a ningún lado. No es menester volver a esa lucha que se ha dado entre generaciones de artistas y que como ejemplo pueden servir los modernos, por un lado, y los revolucionarios mexicanos, por el otro. Ambas posiciones frente al arte pueden alcanzar un diálogo constructivo.

            Considero que las propuestas de Mishima ideológico son valiosas en tanto como capacitadoras, e incitadoras de coraje y fortaleza; si nos permitimos buscar en esta poética del amplio cielo que reflejan nuestros ojos, podremos encontrar un sol que arde en nuestro interior y es capaz de forjar cualquier acero.  Las afirmaciones categóricas pueden ser llevadas, fácilmente, a nuestro contexto y así resulta imperativo el generar una agenda más de acuerdo con nuestra época, para poder generar un diálogo Intercultural e Inter temporal.

            Por el otro lado, considero que las propuestas del autor puramente estético nos ayudan a embellecer el mundo en el que estamos de forma totalmente obligatoria; la poética y la visión de un artista fomentan el desarrollo de unas posibilidades de perspectivas necesarias para continuar por la vida. De esta forma, un trabajo que aplique y proponga ambos niveles en la vida total del autor, nos permite seguir hablando de él hasta el día de hoy y seguir leyéndolo como un recordatorio constante de que las ideas no mueren, aunque a su autor se le haya cortado la cabeza, se le haya fusilado o se le haya abandonado a su suerte en un manicomio.

            Al final, no por nada, la obra completa de Mishima es una exploración identitaria que puede ser una guía de coraje para todos aquellos que se encuentran perdidos, asustados y cegados por esa venda azul a la que hemos llamado tristeza o desesperanza. Aquel que está perdido de sí mismo, por más caminos que recorra jamás llegará a su destino y el final del camino es igual para todos, la muerte. Sigamos el ejemplo de este escritor, dejemos de buscarnos y empecemos por construirnos a nosotros mismos.


Curiosamente no sabemos mucho de José Juan Martínez Guerrero parte del hecho de que os envió esta nota y no se ha vuelto a comunicar con nosotros.