Por Mario Jursich
De Barranquilla a Birmingham, y más allá, ya no se homenajean próceres, generales o cosmonautas sino heroínas y héroes de la cultura popular. Lo lamentable no es la puerilidad en eregir estatuas de cantantes, actrices o futbolistas sino el monumental mal gusto con que están hechas y la imposición de la fealdad en el espacio público
Cuando Galaor Carbonell inauguró, en 1988, el conjunto escultórico Las edades de Bogotá, escribí una de esas ya anticuadas cartas de los lectores en un periódico de la capital. No llegué al punto de comenzar con la frase emblemática de esos recados —«¡Cuál no sería mi sorpresa…!»—, pero reconozco que me puse bastante pesado y majadero. Sugerí que los amantes del arte deberíamos alquilar un jeep Willys, enlazar y derribar el monumento para después arrastrarlo por las calles del centro, como hace Aquiles con el cadáver de Héctor en la Ilíada. Mi carta concluía señalando en tono triunfal que así escarmentarían los futuros escultores que quisieran atentar, como había hecho el artista cubano, contra el espacio público en Bogotá.
La gente hizo algo más sabio: rebautizó esas esculturas como «Los coprológicos», y desde entonces se las conoce con ese nombre (no estoy seguro de que las nuevas generaciones, más piadosas pero también más desmemoriadas, sigan utilizando ese justiciero apodo).
A pesar de mi posterior arrepentimiento, sigo lamentando que mi advertencia no haya surtido efecto. De haberlo hecho, habría sido más difícil que en los años siguientes se emplazaran esculturas como las de Diomedes Díaz en Valledupar, Shakira en Barranquilla o Falcao en Santa Marta.
No es este el lugar para reabrir la querella entre los espíritus sensibles y las masas filisteas y ávidas de dopamina, ni mucho menos para exhumar a Theodor Adorno y revivir su vieja tesis de que el kitsch es el producto por excelencia de lo que él llamaba «industria cultural» (una situación en la que el arte está controlado por las necesidades del mercado y se ofrece a un público pasivo que lo acepta sin reparos). Pero sí podría serlo para formular una pregunta que rara vez se plantea: ¿quién o quiénes deciden en Colombia qué obras de arte deben instalarse en el espacio público?






Con todos los matices que requiere esa discusión, está claro que las esculturas no sólo decoran, sino que también moldean la memoria colectiva, los imaginarios urbanos y el sentido estético de la ciudadanía, tres dimensiones complejas a las que debería prestarse atención antes de poner algo ante los ojos del respetable público.
“Sugerí que los amantes del arte deberíamos alquilar un jeep Willys, enlazar y derribar el monumento para después arrastrarlo por las calles del centro, como hace Aquiles con el cadáver de Héctor en la Ilíada“
Porque si uno se fija —además de las esculturas ya mencionadas— en el busto consagrado a Jorge Eliécer Gaitán en la intersección de la Avenida de las Américas con la Calle 26, en Bogotá; en el Cristo de treinta y siete metros de altura situado sobre el cerro de la vereda Helechales, en Floridablanca; o en la absolutamente demoníaca escultura de Sofía Vergara inaugurada ayer en Barranquilla, no podrá evitar preguntarse: si así son los homenajes, ¿cómo carajos serán las venganzas?
Mario Jurisch es periodista cultural, poeta, escritor y traductor colombiano. Es director y miembro fundador de la revista El Malpensante de Bogotá y también ha sido presentador de televisión.
Imágenes: la imagen principal corresponde a la recientemente eregida estatua de la actriz colombiana Sofia Vergara en Barranquilla, su ciudad natal. En el mosaico dentro del artículo y en el sentido de las manecillas del reloj: estatua de Shakira, también en Barranquilla; Ozzy Osbourne frente al estadio de Villa Park en Birminghan, Inglaterra; el Pibe Valderrama en Santa Marta, Colombia; el cantante Diomedes Díaz en Valledupar, Colombia; Yuiri Gagharin en Moscú y Cristiano Ronaldo en Funchal, Madeira, Portugal.
Un auténtico catálogo del horror. No les basta con el museo de Madame Tousaud.
Total. Son espeluznantemente feas e imposibles de ignorar. No obstante, me pregunto si Madame Tousaud le haría una figura de cera a Shakira o Ronaldo. Sea cómo sea no hay derecho en gastar dineros públicos en algo tan horroroso.