Por Bertrand Russell
De la misma manera en que le adscribimos al sufrimiento y al dolor un mayor valor estético que a la alegría o la felicidad, persistimos en la ilusión que el campesino pobre, el oprimido o el trabajador explotado poseen una virtud más elevada que la nuestra. Es un falso romanticismo que, tanto para los oprimidos como para los opresores y para nosotros mismos, está ligado al abuso de poder
Una de las persistentes ilusiones de la humanidad es de que ciertos sectores de la especie humana son moralmente mejores o peores que otros. Esta creencia asume formas diferentes pero ninguna cuenta con una base racional. Es natural tener una buena opinión de nosotros mismos, y a partir de ello, si nuestros procesos mentales son básicos, también tenerlas de nuestro sexo, clase social, nación y hasta de nuestra época. No así, entre los escritores, particularmente los moralistas, es común tener una expresión menos firme de la autoestima. Ellos tienden a pensar mal de sus vecinos y conocidos, y, por ende, pensar bien del grupo de la humanidad al que pertenecen. Laotsé admiraba a “los hombres puros de la antigüedad” que vivieron antes del advenimiento de la sofisticación confuciana. Tácito y Madame de Staël admiraron a los alemanes porque no tenían emperador. Locke tenía buena opinión del “norteamericano inteligente” que no se había descarriado por las sofisterías cartesianas.
Una forma harto curiosa de esta admiración hacia grupos a los cuales no pertenece el admirador es la creencia en la superior virtud de los oprimidos: los países sometidos, los pobres, las mujeres y los niños. En el siglo XVIII, mientras a los indios se les arrebataba América, se reducía al campesinado a la condición de trabajadores pauperizados y se introducían las crueldades del industrialismo primitivo, simultanemente se contemplaban esos arranques sentimentales del “noble salvaje” y de las “historias sencillas de los pobres”. La virtud, se afirmaba, no se encontraba en las cortes; pero las damas de las cortes casi que podían lograrla si se disfrazaban de pastoras. Y en lo referente al sexo masculino:
Feliz el hombre cuyos deseos y cuidados
unas cuantas hectáreas paternas ciñen.
Sin embargo, para él mismo, Pope prefería Londres y su casa de campo de Twickenham.
En la Revolución Francesa, la superior virtud de los pobres se convirtió en un asunto de partido, y lo ha seguido siendo desde entonces. Para los reaccionarios, los pobres fueron “la plebe” o “la chusma”. Los ricos descubrieron, con sorpresa, que algunas personas eran tan pobres que no poseían siquiera “unas cuantas hectáreas paternas”. No obstante, los liberales continuaban idealizando a los pobres en las áreas rurales, en tanto que los intelectuales, socialistas y comunistas hacían lo propio con el proletariado urbano, costumbre a la que regresaré más adelante ya que sólo tomó importancia en el siglo XX.
El nacionalismo, en el siglo XIX, sustituyó la noción del noble salvaje por la del patriota de una nación oprimida. Los griegos hasta que consiguieron liberarse de los turcos, los húngaros hasta el Ausgleich de 1867, los italianos hasta 1870 y los polacos hasta después de la guerra de 1914-1918 fueron todos considerados, de manera romántic, talentosas razas poéticas, demasiado idealistas para triunfar en este mundo perverso. Los irlandeses fueron considerados por los ingleses como poseedores de un encanto especial y un discernimiento místico, y eso hasta 1921, en que se descubrió que los gastos que exigía el seguir oprimiéndolos iban a ser prohibitivos. Todas estas naciones, una tras otra, consiguieron su independencia y se descubrió entonces que ellos eran como todos los otros países. No obstante, la experiencia de los ya liberados no eliminó la ilusión con respecto a los que todavía continuaban luchando. Las ancianas inglesas siguen hablando con sentimiento de la “sabiduría de Oriente” y los intelectuales norteamericanos acerca de “la conciencia de la tierra” de los negros.
“…si la virtud es la mayor bondad y el sometimiento hace virtuosa a la gente, es entonces un acto de bondad el negarles el poder pues este les destruiría la virtud.”
Las mujeres, puesto que son objeto de las más fuertes emociones, han sido vistas más irracionalmente aún que los pobres o las naciones sometidas. No pienso en lo que dicen los poetas, sino en las opiniones mesuradas de hombres que se consideran racionales. La Iglesia tenía dos actitudes opuestas: por un lado, la mujer era la tentadora, que conducía a monjes y otras personas al pecado. Por el otro, era capaz de una santidad en un grado casi mayor a la del hombre. Teológicamente, los dos tipos estuvieron representados por Eva y la Virgen. En el siglo XIX la tentadora pasó a segunda fila; había, claro está, mujeres “malvadas”, pero los Victorianos meritorios, a diferencia de San Agustín y sus sucesores, no admitieron que tales pecadoras pudieran tentarles, y no les agradaba aceptar su existencia. Se creó una especie de combinación de Madonna y Dama de la Caballería, como un ideal para la mujer común y casada. Ella era delicada y refinada, tenía una frescura que sería borrada por el contacto con el áspero mundo, poseía ideales que podían ser mancillados por el contacto con la maldad; igual que los celtas, los eslavos y el noble salvaje, pero en grado aún mayor, gozaba de una naturaleza espiritual que la tornaba superior al hombre pero la hacía inadecuada para los negocios, la política o el manejo de su propia fortuna. Este punto de vista no se ha extinguido del todo. No hace mucho, en respuesta a una disertación que hice en favor de un igual salario por un trabajo igual, un maestro inglés me envió un folleto publicado por una asociación de maestros, en el que se establecía la posición opuesta, que respaldaba con curiosos argumentos. Dice de la mujer: “Gustosamente la ponemos en primer lugar como fuerza espiritual; la reconocemos y la reverenciamos como “la parte angelical de la humanidad”. Le concedemos una superioridad en todas las gracias y refinamientos de que somos capaces como seres humanos; queremos que conserve todas sus atractivos y costumbres femeninas”. “Esta solicitud”, la de que las mujeres se conformen con salarios inferiores, “la hacemos”, se nos afirma, “sin ningún espíritu de egoísmo, sino, al contrario, por respeto y devoción a nuestras madres, esposas, hermanas e hijas. Nuestro propósito es sagrado, una verdadera cruzada espiritual”.
“El nacionalismo, en el siglo XIX, sustituyó la noción del noble salvaje por la del patriota de una nación oprimida. Los griegos hasta que consiguieron liberarse de los turcos, los húngaros hasta el Ausgleich de 1867, los italianos hasta 1870 y los polacos hasta después de la guerra de 1914-1918 fueron todos considerados, y de manera romántica, talentosas razas poéticas, demasiado idealistas para triunfar en este mundo perverso.”
Hace cincuenta o sesenta años semejante lenguaje no habría despertado comentario alguno a no ser por parte de un puñado de feministas; ahora, desde que las mujeres han conquistado el voto, ha llegado a parecer un anacronismo. La creencia en su superioridad “espiritual” formaba parte de la decisión de mantenerlas en una categoría inferior, económica y políticamente. Cuando los hombres fueron derrotados en esa batalla, se vieron obligados a respetar a las mujeres, y, por lo tanto, dejaron de ofrecerles “reverencia” como consuelo a su inferioridad.
Un proceso relativamente similar se ha visto en los adultos con respecto a los niños. Los niños, como las mujeres, eran teológicamente malvados, en especial para los evangelistas. Eran miembros de Satán, eran impíos. Como dijo, tan admirablemente, el doctor Watts:
Un golpe de Su todopoderosa vara
puede enviar rápidamente al Infierno
a los jóvenes pecadores.
Era necesario que se les “salvase”. En la escuela de Wesley “se llevó a cabo durante una oportunidad una conversión general… Sólo se exceptuó a un pobre niño, que tristemente se resistió a la influencia del Espíritu Santo, tras lo cual fue severamente azotado…”. Pero durante el siglo XIX, cuando la autoridad paterna, la de los reyes, los sacerdotes y los esposos se sentía amenazada, se pusieron de moda métodos más sutiles de aplastar la insubordinación. Los niños eran “inocentes”; como las buenas mujeres, tenían una “frescura”, debían ser protegidos del conocimiento del mal, no fuese que perdieran su frescura. Más aún: poseían un tipo especial de sabiduría. Wordsworth popularizó este punto de vista entre la gente de habla inglesa. Primeramente puso de moda reconocer en los niños:
Altos instintos ante los que nuestra mortal
naturaleza
se estremeció como una cosa culpable
sorprendida.
Nadie, en el siglo XVIII podría haber dicho a su hijita, a menos que estuviese muerta:
Yaces en el seno de Abraham durante
todo el año
y rindes culto en el altar interior del templo.
Pero en el siglo XIX este punto de vista se hizo sumamente común; y los respetables feligréses de la Iglesia Episcopal —e incluso de la Católica— ignoraron de manera insolente el Pecado Original para regodearse con la herejía de moda que decía
… arrastrando nubes de gloria venimos
de Dios, que es nuestro hogar:
el Cielo nos rodea en nuestra infancia.
Esto conllevó a que empezara a parecer poco correcto atizar golpes a una criatura que yacía en el seno de Abraham, o usar la vara antes que “los altos instintos” para hacerla “temblar como una cosa culpable y sorprendida”. Y así los padres y los maestros descubrieron que los placeres que habían encontrado aplicando castigos eran disminuidos y surgió una teoría de la educación que hacía necesario considerar el bienestar del niño y no sólo la conveniencia y el sentido de poder del adulto.

El único consuelo que los adultos pudieron permitirse fue la invención de una nueva psicología infantil. Los niños, luego de ser agentes de Satán en la teología tradicional y los ángeles místicamente iluminados en las mentes de los reformadores de la pedagogía, se han convertido en pequeños demonios: no los demonios teológicos inspirados por el Maligno, sino abominaciones científicas freudianas inspiradas por el Inconsciente. Son, hay que decirlo, mucho más malvados de lo que eran en las diatribas de los monjes. Exhiben, en los manuales modernos, un ingenio y una persistencia para inventar pecados que en el pasado no tuvieron parangón, salvo en San Antonio. ¿Es todo esto, por fin, la verdad objetiva? ¿O es simplemente una compensación imaginada por adultos ahora que no les está ya permitido azotar a las pequeñas plagas? Que respondan los freudianos y cada uno por los otros.
Lo que se hace evidente en los distintos ejemplos que hemos visto, es la etapa en que la virtud superior atribuida a los oprimidos es transitoria e inestable. Comienza sólo cuando los opresores llegan a tener remordimientos de conciencia, y ello ocurre únicamente cuando su poder ya no está asegurado. La idealización de la víctima resulta útil durante un tiempo: si la virtud es la mayor bondad y el sometimiento hace virtuosa a la gente, es entonces un acto de bondad el negarles el poder pues este les destruiría la virtud.
Si a un hombre rico le es difícil entrar en el reino de los cielos, entonces es un acto noble de su parte conservar su riqueza y así arriesgar su bienaventuranza eterna en beneficio de sus hermanos más pobres. El aliviar a las mujeres del trabajo sucio de la política era un glorioso acto de abnegación de parte de los hombres. Y así sucesivamente. Pero tarde o temprano la clase oprimida argüiría que su superior virtud es una razón a su favor para disfrutar del poder y los opresores se encontrarán con que sus propias armas se han vuelto contra ellos. Cuando por fin el poder se ha igualado, se descubre que toda la palabrería acerca de una virtud superior era una pamplinada, totalmente innecesaria como base para la exigencia de igualdad.
En lo que respecta a los italianos, los húngaros, las mujeres y los niños, hemos recorrido todo el ciclo. Pero todavía nos encontramos en mitad de él en el caso que tiene la mayor importancia en la época actual: a saber, el del proletariado. La admiración por el proletariado es extremadamente moderna. En el siglo XVIII, cuando se alababa a “los pobres”, se pensaba siempre en los empobrecidos en las zonas rurales. La democracia de Jefferson se detuvo antes de llegar a la plebe urbana. Él deseaba que Estados Unidos siguiese siendo un país de agricultores. La admiración por el proletariado, como la que se muestra hacia las represas, las centrales eléctricas o los aviones, es parte de la ideología de la era mecánica. Considerada en términos humanos, tiene tan poco en su favor como la creencia en la magia céltica, el alma eslava, la intuición femenina y la inocencia infantil. Si fuese verdaderamente cierto que la mala alimentación, la falta de aire y sol, los alojamientos insalubres y el exceso de trabajo producen mejores personas que las producidas por una buena alimentación, aire sano, educación, vivienda adecuadas y una razonable proporción de descanso, entonces se derrumbaría toda la argumentación en favor de la reconstrucción económica y podríamos regocijarnos de que tan gran porcentaje de la población goce de las condiciones que producen virtud. Pero, a pesar de lo evidente de tal argumento, muchos de los intelectuales comunistas y socialistas consideran de rigueur pretender que encuentran a los proletarios más afables que a otras personas, en tanto que profesan un deseo de abolir las condiciones que, según ellos, son las únicas que producen buenos seres humanos. Los niños fueron idealizados por Wordsworth y desidealizados por Freud. Marx fue el Wordsworth del proletariado; su Freud áun está por llegar.
Extracto del libro Unpopular Essays, Bertrand Russell, London 1950. Traducción de Perro Negro
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