En la fecha exacta en que se conmemoran los 80 años de la bomba átomica en Nagasaki, repasamos la historia del fallido intento del gobierno de Juan Domingo Perón de producir energía nuclear barata empleando físicos nazis y la posibilidad de hacerse con la bomba átomica. Es la historia de una farsa nuclear
El 25 de marzo de 1951 el diario La Razón de Buenos Aires publicó en primera página “Tenemos la átomica.” La nota periodística se refería a la rueda de prensa que el científico argentino de origen austriaco, Ronald Richter, había dado en Buenos Aires declarando que Argentina había encontrado el método de producir energía átomica barata. El día anterior. el general Juan Domingo Perón reveló a la prensa que la Argentina estaba llevando a cabo exitosas investigaciones atómicas. “El verdadero autor y creador de esta experiencia es el profesor Ronald Richter, ciudadano argentino”.
-“¿Hubo explosión?” inquirió uno de los periodistas presentes en al rueda de prensa de Richter
-“Sí. Por ejemplo en una pila de uranio las condiciones tienden también a la explosión, pero controlada y disminuida en intensidad para establecer un equilibrio dinámico”, respondió Richter de manera críptica.
-“¿Hubo un ruido grande?”, insistió el periodista
-“Sí, hubo un ruido inmenso”, contestó Richter
-¿”Se pudo oir fuera de la isla?” (La isla en cuestion era Huemul, en la Patagonía argentina, donde Richter había construido su laboratorio y reactores).
-“Eso depende de si hay tormenta”, conjeturó el físico nuclear.
En realidad el ruido que Richter y su mecenas científico-financiero, Juan Domingo Perón, estaban propagando era más de índole periodístico y de chamanismo físicoátomico que de energía nuclear.

La asociación de Richter con el gobierno de Perón se remontaba a los finales de la Segunda Guerra Mundial y a una diáspora de científicos y técnicos que trabajaron para el Third Reich y que después de la guerra querían salir de Alemania. Entre 1935 y 1943 Richter laboró en varios proyectos técnicos con los nazis. A raíz de la expulsión de científicos judíos personajes como Richter se beneficiaron de las oportunidades que el pupulismo de la doctrina nazi le presentaba a individuos como él. Richter emigró de un populismo a otro.
Tras el final de la guerra, Richter, junto con otros cientos de científicos y técnicos que participaron en la cosntrucción de la maquinaria bélica de Hitler, estaban desempleados y la nueva democrática, ocupada y pacifista Alemania les ofrecia pocas oportunidades de trabajo. Los más descatados científicos ya habían sido “evacuados” a Estados Unidos y el Reino Unido. Ya se ha documentado como el inicio del programa de la NASA fue influenciado por ex-cientifícos nazis. Aquellos que aún permanecian en Alemania eran de segundo orden. Richter estableció relación con un importante ingeniero aeronáutico con nombre de villano de tira cómica: Kurt Tank. Tank alcanzó a diseñar aviones de combate para la Luftwaffe y en su primer encuentro con Richter, en Londres, escuchó cómo este le presentaba la no poco descabellada idea de propulsar aviones con energía nuclear.
En 1947 en un dosier preparado por la embajada española en Buenos Aires, se enlistaron los nombres de ingenieros aeronáuticos alemanes que deseaban salir del país. Argentina era de los pocos países que por esa entonces aún mantenía relaciones diplomáticas con el régimen de Franco. Entre ellos estaba Kurt Tank. El gobierno de Perón deseoso de reclutar científicos y técnicos alemanes les ofreció pasaportes falsos a casi dos centenares, entre ellos a Tank y a uno de los generales de la aviación alemana más famosos y condecorados, Adold Galland. Ellos dos y otros tantos más terminaron en Argentina donde muy poco después se nacionalizaron. Se estima que un total de 184 ingenieros y científicos emigraron a la Argentina entre 1947 y 1949.
Tank no había olvidado la conversación en Londres con Richter y lo recomendó directamente a Perón. El mundo ya conocía no solo el poder destructivo de la bomba átomica sino también su utilidad de proveer energía en un mundo cada vez mas ávido de ella. Perón quería ser parte de ese club ultra-exclusivo y cuando Richter le habló con certeza de curandero que él mismo podría generar energía átomica si el caudillo le garantizaba los recursos y los materiales, Perón no lo dudó y decidió ofercerle toda la ayuda y los recursos necesarios.
En 1949 el único país que poseía la bomba átomica era los Estados Unidos pero naciones como Reino Unido y Rusia ya estaban en camino de producir sus propios arsenales nucleares. Hemos de recordar que los cinco países miembros del Consejo Permanente de Seguridad de la ONU son justamente los primeros cinco países que lograron proveerse de la bomba átomica: Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, China y Francia.
Lo que Richter declaró haber logrado con éxito a finales de marzo de 1951 es el equivalente a la fusión fría, uno de las fantasias científicas más deseadas en el mundo de la física nuclear. Es el equivalente al sueño alquímico de transmutar los metales en oro. Incidentalmente un proceso que teoricamente es hoy posible mediante reacciones nucleares pero en la práctica no es rentable. La fusión nuclear para la producción de energía implica principalmente la fusión de isótopos de hidrógeno, concretamente deuterio y tritio. Estos isótopos se fusionan bajo condiciones extremas de calor y presión para formar helio, liberando una enorme cantidad de energía en el proceso. Hasta ahora no se ha podido corroborar la posibilidad de tener una fusión a temperatura ambiente. Richter fue, historicamente, el primer estafador científico que habló de esa posibilidad.

Richter pronto recibió un laboratorio en las instalaciones de Tank en Córdoba, pero a principios de 1949 un incendio destruyó parte del equipo. Richter alegó que se trataba de un sabotaje y exigió un lugar más protegido, libre de espías. Al no recibir apoyo de inmediato, Richter emprendió una gira, visitando Canadá y quizás también Estados Unidos y Europa. Un año después, Lise Meitner recordó haber conocido a «un extraño austriaco con visa argentina» en Viena, donde le mostró un dispositivo que, según él, era un sistema termonuclear, pero que Meitner posteriormente descartó como un efecto químico.
Ante la negativa de Estados Unidos a apoyar el programa, Richter recurrió a otros países para obtener equipos. En abril, el príncipe Bernardo de los Países Bajos visitó a Perón y le ofreció ayuda técnica de Philips para el proyecto. Se organizó la visita de Cornelis Bakker, quien posteriormente sería director del CERN, y se sugirieron un sincrotrón y un generador Cockcroft-Walton como posibles productos de interés. Perón escribió a Richter para concertar la visita, durante la cual Richter se negó a mostrarle a Bakker ninguno de los reactores. A pesar de ello, Perón ofreció financiar la compra de un generador Cockcroft-Walton y un sincrotrón a la empresa.

Diez meses antes de la rueda de prensa de Richter, Perón había creado la Comisión Nacional de Energía Átomica con la misión de desarrollar y controlar el uso de la energía nuclear con fines pacíficos en el país. Tenía entre sus objetivos brindar apoyo al proyecto Huemul pero ellos mismos consultaron a los expertos que tenían a la mano sobre la idoneidad de Richter y la veracidad de sus afirmaciones. En septiembre de 1952 la isla Huemul fue visitada por una comisión fiscalizadora integrada por dos reconocidos físicos e ingenieros argentinos: José Antonio Balseiro y Mario Báncora. La particpación de Balseiro fue fortuita. Él estaba trabajando en Manchester pero fue invitado a participar y esa participación, junto con la de Báncora, fue determinante en concluir que “no existe un fundamento científico serio en las afirmaciones del Dr. Richter de haber logrado una reacción termonuclear controlada, lamentando profundamente el haber tenido que llegar a esta conclusión.”
Profesor Richter abandonó inceremoniosamente Huemul a comienzos de 1953 y se instaló en un poblado a unos 30 kilometros al sur de Buenos Aires llamado Monte Grande. Allí le gustaba pasearse en su Cadillac descapotable por el pueblo y despotricar de Perón mientras se negaba a hablar en castellano, “ese es un idioma de indios. Yo solo hablo en inglés o alemán.” Richter nunca reconoció publicamente su error. Se quejaba de “la ingratitud de la nación argentina.” Ese error nuclear le costó a la Perón y su gobierno 15 millones de dólares en aquella entonces. Richter jamás fue juzgado. En 1955 fue detenido por unos cuentos díás en una celda del Congreso de Nación por “desacato a la autoridad.” De las últimas cosas que se supo de él fueron sus insultos en The New York Times alegando que iba devolver la medalla que el mismo Perón le había dado por su contribución a la ciencia en el país austral. Ese estafa termonuclear fue objeto de una ópera, un libro, varios artículos y cartas en revistas científicas.
A manera de postcriptum se debe añadir que Argentina, junto con Brasil y México son los tres países latinoamericanos que han construido reactores nucleares. Ninguno de ellos se ha embarcado en la aventura nacionalista de construir una bomba átomica como sí lo han hecho naciones como Corea del Norte, India y Pakistan. Israel, por ejemplo, se sospecha desde hace tiempo que tiene arsenal átomico y recientemente bombardeó Iran para que no pueda hacerse a la bomba. En la geopolítical actual, cualquier país poseedor de la bomba átomica es garantía de que ni los Estados Unidos ni ningún otro país lo bombardeará. El hecho de que Latinoamérica use la energía átomica con fines netamente pácificos es, sin lugar a dudas, testimonio fehaciente de un humanismo político progresista que no se ve en otras regiones del mundo.
Imagen principal: vista de uno de los reactores sin techo (se construyeron en total tres) que aún se pueden ver en la isla Huemul en Bariloche, Patagonia Argentina.
La supuesta “fusión fría” fue una de las mayores estafas al Estado argentino. La información del artículo es correcta, al menos hasta donde sé. Más allá de los hechos y la posible ingenuidad en ese sentido del propio Perón, la realidad es que en la geopolítica mundial estaba claro que los países que poseyeran el monopolio atómico bélico adquirían un cierto espacio de seguridad (por eso, lo primero que hicieron los EEUU fue imponer por la fuerza diplomática un Tratado de No-Proliferación cuyo objetivo era asegurarse que no hubiera más países que la produjeran). Todos los países (empezando, y de modo muy destacado, por los Estados Unidos), “importaron” científicos nazis para desarrollar su industria bélica. Argentina nunca aceptó firmar el Tratado, y resistió durante décadas la imposición yanqui, hasta que fue firmado por la dictadura de Videla. Argentina tiene un gran desarrollo en la producción nuclear pacífica (energía y medicina), pero se enfrenta desde hace décadas al problema de sus residuos atómicos. Recuerdo haber publicado una investigación sobre ese tema en una revista de Buenos Aires allá por los años 80. Basándose en ese secreto (el de la isla Huemul) que pocos conocían, el director Carlos Sorín filmó un “documental” sobre un científico alemán oculto enuna clínica argentina (en los ’60) que, en lugar de la bomba, había prometido fabricar “el elixir de la juventud”. Si quieren reírse a lo despatarrado, y al mismo tiempo ver cómo los medios pueden fabricar un realidad falsa, no se lo pierdam: https://www.youtube.com/watch?v=o8021dauFSI&ab_channel=Gast%C3%B3nEscudero