Por Pablo Manzano
El género, la raza y las familias en que nacemos son tres azares del destino y la génetica. Pero ¿qué si pudieramos ser alguien más, habitar otros nombres, portar otros rostros o ufanarnos de herencias menos prosaicas y deslucidas que las nuestras? Este relato de Pablo Manzano nos habla de coincidencias y de posibilidades e implicitamente de esa quinta Raza cósmica que José Vasconcelos vislumbró
Es la primera vez que me llamo Pablo Manzano. Antes he sido Lucio, Félix, Nadine, Facundo, Nafra, León… También Paul Paul Pianista, Hugo Emmerson, Mario Casas, Martín Alonso y otros sin nombre ni apellido. Ventrílocuo cobarde de versiones extremas de mí mismo que nunca me atreví a encarnar, que tampoco quiero ser. Es la primera vez que me llamo Pablo Manzano y no será por mucho tiempo. Porque volveré a cambiar de nombre, esta vez para ser Kauz (se pronuncia Kauts). Mis razones le resultarán a Kauz tan desconcertantes y ajenas como todo lo humano (demasiado humano). Porque Kauz es un marciano. Pero sé que comprenderá, o al menos aceptará.
No hay ningún Pablo Kauz, no al menos en el Buscador.
Pablo Manzano 1: primer estadounidense muerto en la invasión de Irak: Operación Nuevo Amanecer. Rasgos de Pine Ridge o de alguna otra reserva del norte (aunque también podría tener familia hondureña). El birrete le calza como un guante. Como fondo de la foto, el paño de estrellas y franjas rojiblancas de su patria. Pablo Manzano tenía 19 años.
Pablo Manzano 2: ex concursante de El gran hermano de España. Tiene ojos turquesa y pómulos bruñidos. Se presenta con vaqueros y el torso desnudo: pectorales como adoquines espejados y abdominales en aceite de oliva para la tapa de una revista homo. El mordisco sensual que le da a una manzana bien roja fue tal vez idea de la producción del shooting, o de quien entonces estuviera exprimiendo su creatividad para instalar la marca Pablo Manzano en los grandes medios.
Pablo Manzano 3: locutor profesional. Importantes marcas han contratado su voz. En su página web se define como una persona especial y en su demo habla de ser «mejores líderes, mejores padres, mejores: más fuertes y decididos».
Pablo Manzano 4: gafas y rizos de cantor protesta. Probablemente habita en el desierto, o al menos muy lejos del barbero o el peluquero más próximo. Es experto en ecosistemas y ganadería, adalid del pastoreo y la trashumancia. El problema no es el ganado, sino los fósiles. ¿Vamos a pedirle a África que deje de consumir carne? Escribe para El País. Es sin duda el Pablo Manzano que vale la pena leer.
En este texto que están leyendo no habrá decapitaciones, canibalismo, torturas, lapidaciones ni sacrificios para obtener protección y amparo divino. Todo eso y mucho más podría estar sucediendo en alguna parte en este preciso instante. Por no hablar de lo que podría estar ocurriendo ahora mismo en eso que llamamos mundo civilizado. Pero, como este texto trata de Kauz y de mí (sobre todo de mí), no pasará gran cosa. Lamento no poder estar a la altura del entretenimiento narrativo. Estoy demasiado ocupado en dejar de ser (o al menos de llamarme) Pablo Manzano.
Kauz el esloveno (tres generaciones antes del marciano) se casó con la señora Rumpelnick y le dio el apellido a toda su progenie. La señora Rumpelnick había tenido cinco hijas, cada una de un hombre diferente. Los cinco padres muertos en la Primera Guerra. Un padre por año, un muerto por año. La señora Rumpelnick era una mujer alegre. Una de sus hijas, Maria Kauz, fue la criada de un terrateniente llamado Leopold Schein (Leopoldo Apariencia), que disponía de su cuerpo a discreción, sin ninguna discreción. Schein además era propietario de un aserradero y un hombre influyente en la Cámara de Comercio y la política regional de Estiria. Al hijo de Maria Kauz y Leopold Schein lo llamaremos Franz Kauz, o simplemente Kauz Padre.
–¿Y qué hay de Kauz Madre? ¿Quién fue antes de llamarse Kauz?
–Prezler, Annemarie. Los Prezler emigraron a Holanda. Luego empezó la Segunda Guerra y los obligaron a regresar. Volvieron a Estiria.
–Pero Prezler Abuelo nunca combatió.
–No le hizo falta. Fumaba como un loco. Era músico.
–Y Prezler Abuela, ya viuda, tuvo que deshacerse de sus hijas, incluida tu madre.
–Muchas familias lo hacían. A mi madre la enviaron a trabajar con 12 años. A esa edad mandaban a los niños a otro sitio donde los alojaban, los alimentaban y les enseñaban un oficio. Una granja, un Wirthaus…
–Y nunca más volvió a ver a su madre ni a sus hermanas.
–Tuvo su propia familia. Era bastante joven cuando conoció a Franz Kauz.
Lo que precede a la señora Rumpelnick es pura oscuridad genealógica en la que nada puede rastrearse, sin embargo puede decirse (si le creemos a My Heritage) que Kauz el marciano (hija de Franz Kauz, nieta de Maria Kauz, bisnieta de Rumpelnick) es un ser con ascendencia vagamente comprobable en Islandia y Escandinavia. En el sur de Europa y en el Cono Sur, yo mismo lo veía, la belleza groenlándica de Kauz, no diré que deslumbraba o hipnotizaba, pero sí predisponía a la amabilidad, al menos entre cierta gente con estudios. No por esto dejaban de considerarle allí una criatura fría. Apática, me han llegado a decir. En España se le ha reprochado incluso alguna vez su limitada participación en la locuacidad incontinente de esas latitudes. Pero las personas educadas del sur, por muy poco que Kauz hablara, percibían en sus risueños ojos de esquimal una inteligencia intuitiva, no declarativa, aunque su desapasionamiento, también hay que decirlo, inquietaba y descolocaba (sobre todo entre gente apasionada de la pasión que apasionadamente se apasiona predicando el apasionamiento como máxima virtud de una vida apasionante). Lo que yo, por mi parte, veía y veo en Kauz, es la elegancia de quien no persigue la inteligencia. Lo que veo en Kauz es una calma ataráxica, un estoicismo ajeno a la desquiciada actitud romántica ante la vida que domina mi cultura meridional. Veo en Kauz a un marciano que no espera nada de la vida. Es por eso, entre otras cosas, que ya no quiero ser Pablo Manzano. Quiero ser Pablo Kauz.
–Kauz Padre tampoco llegó a combatir, ¿verdad?
–Un año más de guerra y le habría tocado. Los llamaban cada vez más jóvenes. Él ya estaba en las juventudes, aprendiendo canciones sobre los judíos.
–Pero le tocó la posguerra.
–Sí, eso después se notaba, porque cuando pillaba un fuet se lo devoraba a mordiscos en pocos segundos.
–¿Cuánto tardaron Kauz Padre y Kauz Madre en construir la casa?
–Diez años. Sólo tenían tiempo los fines de semana. Ellos dos y un albañil. Franz Kauz hizo toda la instalación eléctrica.
–Elektriker Franz Kauz. Nunca olvidaré cuando lo leí en el certificado de boda.
–Los títulos, ya sabes. En Austria son importantes.
–Y mientras tanto vivíais en un apartamento pequeño.
–Los seis, sí. Yo compartía habitación con las gemelas, diez años mayores que yo, y con mi hermano menor. Era un apartamento sin lavabo. Compartíamos el lavabo con otras tres familias de la misma planta. Había días y horarios para bañarse.
–Y no teníais calefacción.
–No. Yo calentaba la cama con el secador de pelo de mi madre.
–Con que Kauz Madre podía permitirse un secador de pelo, ¿eh? No me harás llorar. La vendedora de cerillas de Andersen lo pasó mucho peor. Dime, ¿cuántos años tenías tú cuando os mudasteis a la casa?
–Catorce. En la casa cada uno tenía su propia habitación. Nos encerrábamos y ya no salíamos.
–O sea que en Argentina yo pasé una pre pubertad más cómoda que la tuya. Los Manzano teníamos tres baños, ¿sabes? Y hasta servicio doméstico. Eso sí, durante la hiperinflación del 89 no había para la ropa y la comida se racionaba. Éramos pobres de clase media con mucama. En una provincia de un país siempre roto.
Cosas sin las cuales Kauz el marciano puede vivir: hijos, amistad, sexo, vida social, vacaciones, casa propia, opinar, opinión, admirar, admiración, éxito, coquetería política (espiritual, etc.), coquetería en general, victimismo de género, noticias calientes, nostalgia retro, música, física cuántica, arte, poetas, fetiches en general… Objetivo: ejercitar mi desapego, limitar al mínimo mis necesidades en mi tránsito hacia Kauz.
–Así que en la familia Kauz a nadie se le había ocurrido ir a la universidad.
–A las gemelas les tocó otra época. Empezaron en la fábrica muy jóvenes, y allí siguen.
–Así que Kauz Padre y Madre no daban crédito cuando les dijiste que querías estudiar.
–No se lo esperaban, pero pude hacerlo gracias a una beca. Después mi hermano menor también fue a la universidad.
–Pero supongo que a él le habrá sabido a poco, ¿no? Le habría gustado ser fellow de Harvard, por lo menos. O Chevening, o Excellence Eiffel convocado por el Council of the World para alguna conferencia sobre algo. ¿Tu hermano no es el pijo de la familia?
–Se avergüenza un poco de sus orígenes. Ya no se llama Kauz.
–Porque adoptó el apellido de su mujer. Lo entiendo perfectamente. Además, yo también soy el pijo de mi familia.
–Tú no tienes un duro.
–Quiero decir que soy el pedante de mi familia. Oye, por cierto, ¿qué dirías si me cambio de nombre?
«El cambio de nombre es una cuestión íntima y política, como lo es elegir qué posibilidades de agencia tenemos frente a la construcción de identidad. Los nombres propios funcionan a modo de performativos, no sólo describen la identidad: también la producen. En este sentido, ejercen un papel regulador y legitimador en la producción de cuerpos a través de una fuerte normativa. En este proceso interviene la memoria, a modo de posproducción, que es narrada por un sujeto que se constituye como tal en esa memoria en torno a un nombre propio. Pero, si me cambio de nombre, si me llamo de otra forma, ¿sigo siendo la misma persona? La respuesta es no. Desde un enfoque antiesencialista, el cambio de nombre muestra la inestabilidad, rearticulación y heterogeneidad de las identidades. Supone para cada unx de nostroxs una oportunidad para renarrarnos».
Pablo Manzano 5, militante LGBT+, género fluido.
En el idioma de Kauz, komischer Kauz significa bicho raro. En el Cono Sur, yo mismo lo oía, su pelo corto ceniza inspiraba algún que otro bisbiseo entre las féminas: allá pocas heterosexuales autorizan tijeras por encima de los hombros, y lo de dejarse las canas ya es (en efecto) muy de bicho raro. Pero lo que más le costaba a cierta gente, yo mismo lo observaba, era asociar el nivel educativo de Kauz, su sobrio cosmopolitismo y sobre todo su cutis eurolívido a un origen plebeyo, a generaciones de bastardos y bastardas, a un padre nacido de una violación, a carencias y sacrificios, a dos hermanas proletas que llevan toda su vida en la cadena de montaje de una fábrica. Como si tales experiencias y devenires sólo pudieran concebirse en un territorio vulnerable periférico, en pieles de otro espectro cromático. Como si lo popular sólo existiera para ser reivindicado y consumido, pero no para ser vivido, no al menos por alguien de tu mismo corte social. En el Cono Sur también podía pasar, yo lo he visto y oído, que alguien altamente nutrido de indoamericanismo intentara que Kauz se sintiera culpable por tanta blancura, que le recordara que la civilización europea solo fue posible gracias a la inundación de metales preciosos que debían considerarse cómo préstamos de la América indígena para el desarrollo de Europa. Aunque algo parecido también podía ocurrirle a Kauz en el sur de Europa, con algún marroquí o senegalés, que, frustrados tras comprobar que sus sonrientes insinuaciones iniciales no estaban dando los resultados esperados con ese níveo y extraño ser, hacían responsable a Kauz de todo el proceso histórico de colonización en África. Ha sucedido incluso, yo mismo lo he presenciado, que algún anticapitalista protervo (en Barcelona siempre hay), muy ebrio y consciente desde el principio de que no tenía ninguna posibilidad con ese bello bicho raro, le reprochara a Kauz que no incorporara más activismo y lucha social a su privilegiada condición nordeuropea (aunque Österreich esté más bien en el este) y hasta le terminara echando en cara el Tercer Reich. Pero Kauz el marciano, de todo esto que yo ahora (le) les cuento, no recuerda absolutamente nada. Y si vuelven a leer leerán que yo mismo lo oía, yo mismo lo veía, yo mismo lo notaba. Yo mismo: siempre con la eterna mente elucubradora (agitadora) de Pablo Manzano.
–¿No te gusta Pablo? Es un nombre bonito.
–Pablo está bien. Significa «pequeño». Expresa con acierto el lugar que este mundo me ha asignado. ¿Pero qué te parece Pablo Kauz?
Conocer a Kauz me permitió empezar de nuevo. Con Kauz en mi vida se cerraron las heridas del pasado y se borraron las marcas del desamparo. No más resentimiento. Olvidé el fracaso, los rechazos, los ninguneos, el escarnio, la indiferencia, las intimidaciones físicas: la necesidad de saldar cuentas con el mundo. Empecé a estar en paz con la gente, a relacionarme sanamente. Conocer a Kauz fue mi redención. No, qué va, ¿os lo habéis creído?
–¿Sabes qué es lo único que a la gente le gusta de mí? Tú.
–No exageres. En cualquier caso, ¿crees que serás otro por cambiarte de nombre?
–Sería lindo pero cándido, lo sé. No hay lobby de minorías ni sigla de consonantes mayúsculas que pueda ayudarme con esta disforia de vida. Siempre he vivido atrapado en un primer día remoto de mi existencia de donde no consigo escapar. El día equivocado.
–Fatalista.
–No, al menos quiero intentarlo, fabular que acabo conmigo. Como otra fantasía de suicidio.
–¿No cambias siempre de nombre cuando escribes?
–Sí, para atreverme a ser peor de lo que ya soy. Para transformarme en versiones extremas de Pablo Manzano. Esta vez se trata de otro tipo de transformación.
–¿Cómo se llamaba aquel escritor que teníamos de vecino en Barcelona? Uno que también se había cambiado el nombre.
–Francisco Casavella. Antes se llamaba García Hortelano, como otro novelista.
–Me acuerdo que tenías varios libros de él, y que le dejaste tu primer libro en el buzón.
–Porque yo era un cobarde y no me atrevía a hablarle. Además de ser un gran escritor, Casavella medía dos metros. ¿Sabes lo que pasó después de que murió Casavella? Que me encontré a su madre en el supermercado y a ella sí me atreví a hablarle. Le hablé de su hijo, del fantástico escritor que era. Y la hice llorar. ¿Comprendes lo que te digo? Pablo Kauz es mi oportunidad para deshacerme del puto guionista.
Ya en mi primera visita a la casa que los Kauz habían construido con sus propias manos a lo largo de diez años en un agujero de mal tiempo situado en los bosques montañosos de Estiria, reparé en el tapiz. En realidad, era un cuadro bordado en punto de cruz, colgado en el salón. Un pastor y una pastora. Era exactamente el mismo cuadro que llevaba toda la vida colgado en el living de mis padres, al otro lado del Atlántico, sólo que el de mi casa familiar estaba pintado (ignoro la técnica). La construcción mental epifánica en el cerebro de Pablo Manzano fue instantánea, aunque dicha epifanía no produjo, como se espera, ninguna transformación significante en este personaje de ficción.
–Crees que tu vida está escrita por un guionista que se burla de ti, comprendo. Y estás harto de ser Pablo Manzano. Pero, ¿por qué quieres llamarte Kauz?
–Quiero ser un Kauz. Quiero ser un marciano. Quiero ser como tú.
Probablemente Benjamin y Adorno coincidirían en que ambos cuadros son un peligro para la cultura, una producción a la medida del populacho que la acepta pasivamente. Pero lo cierto es que la estampa pastoril en el salón calentado a leña de la casa Kauz, quizá por lo artesanal y por su colorido, no me afligía como el cuadro en la casa de mis padres, al menos no ofrecía una imagen opaca, cubierta de grasa y polvo, no era un cuadro en un living frío, lúgubre y sucio y los ojos de sus personajes no habían sido troquelados por un niño travieso que los temía y detestaba. Ambos hogares familiares, el mío y el de Kauz, son sin duda templos de lo kitsch. En la casa Kauz, sin embargo, no se ha interpretado tanta ópera, no se han derramado tantas lágrimas ni deglutido tantos antidepresivos de calibre grueso. Kauz Madre, incluso tras la muerte de Kauz Padre, es la matrona amable y contenta de una familia sobriamente contenta que se reúne ocasionalmente. Una mujer fuerte y sonriente que lleva medio siglo sin salir de su pueblo, en comunión genuina con sus flores, su huerto y sus frutales. Y Kauz tiene lo mejor de ella (sólo espero que de mayor no se vuelva tan ancha y bajita).
–Aquí el único marciano eres tú. Y mi familia te deprime tanto como la tuya.
–No es verdad, siempre paso la Navidad en Casa Kauz. Me quedo 24 horas.
–Y no paras de decir que allí cada hora dura un día, y cada día un año. Te aburres como loco.
–Porque habláis en ese dialecto austrochino. Si lo entendiera mejor, yo también me reiría con vosotras.
–A ti te habría gustado tener una familia esnob, progre, culta…
–Puede ser. Cualquier otra familia habría estado bien. De adolescente solía huir de la mía para pasar días enteros con las familias de mis amigos, hasta que sus padres me echaban.
–En cualquier caso, sigo sin entender. Supongo que hay más gente en el mundo que se llama como tú, Pablo Manzano, y que no son como tú.
–Vale. ¿Sabes qué? No insistiré. Si no quieres que me llame Kauz…
–Yo no he dicho eso. Por mí…
–¿Por mí? ¿Por mí? ¿Te estás oyendo? Siempre esa apatía, esa frialdad. Yo quiero llevar tu apellido y tú sólo dices “por mí”. ¡Cuánto desapasionamiento! ¿Por mí? Es que no es normal. Es que no te enteras. Háztelo mirar.
Cosas que nunca le he oído decir a Kauz (o: Gilipolleces autocomplacientes que dice la gente): Háztelo mirar / ¿Te estás oyendo? / Es que no te enteras / Es que no es normal / Yo soy una persona que… / Yo no soy de los que… / ¿Qué parte de … no has entendido? / Pero qué me estás contando / No me vengas con chorradas / Yo por ahí no paso…
Sé muy bien que yo quiero a Kauz y que Kauz sólo se deja querer. Lo que no sé muy bien es si veinticinco años de monogamia todavía es algo legal, o si ya está tan mal visto como el incesto. Todavía tenemos incesto de vez en cuando. Aunque cada vez menos. Como los ancianos prematuros que somos, solemos hablar de:
–¿Tú qué crees, quién morirá primero?
–No sé, pero probablemente llamarán por la noche para avisar. Tipo tres, cuatro de la mañana.
–Espero que seas tú quien reciba la llamada. Yo no podría seguir sin ti.
–Si te llaman a ti, tendrás que firmar un montón de papeles.
–Firmaré como Kauz. Al menos me habré quedado con algo de ti.
Supongamos que muero yo primero. A manos de la Ndrangueta, la policía, un fanático o una fanática, una turba enardecida que ha tomado mis libros (los éxitos de venta de Pablo Kauz) como una ofensa. Supongamos que movimientos, agrupaciones, colectivos y sectores con similar sesgo ideológico se acercan a Kauz para ofrecerle su apoyo, para decirle que lo que le pasó a Pablo Kauz merece justicia. Supongamos que le proponen presidir escraches y manifestaciones, protagonizar un show emocional. Supongamos que le prometen encargarse de camisetas, pancartas, banderas y panfletos con la cara del mártir: para que no haya más pablos / ¿cuántos pablos más tiene que haber? / todos somos pablo kauz: que se haga justicia… Supongamos que Kauz les dice, sin decirles, les viene a decir: no cuenten conmigo. O: cuando se muere una persona a la que realmente amas es tal el dolor que no te quedan ganas de indignarte. O: la justicia no me devolverá al hombre que he amado. Supongamos que Kauz viste de negro durante el tiempo estrictamente necesario (ni un día más), y que luego vuelve a vestirse con sus bonitos colores.
–Supongamos que yo soy inmortal, que tú eres inmortal.
–Hombre, la vida en sí no tiene ningún sentido. Mucho menos lo tendría no morirse. Además, en ese caso nos separaríamos.
–Yo soy un sentimental. A mí me gustaría vivir para siempre.
–Pues cuidado con lo que deseas. Imagina que te lo conceden. Que viene un enviado, un encargado, quien sea, y te dice tú, Pablo Manzano, seguirás siendo Pablo Manzano y nunca, nunca morirás.
–Bueno, eso sería maléfico. Sería casi como ir al anciano de al lado, el que tiene el cuerpo doblado por la cintura a noventa grados y camina casi besando el suelo, y decirle: ¡Tú, así te quedas, para siempre, inmortal!
–Si en cambio le concedieran la inmortalidad a alguien con mucho poder, junto con la eterna juventud, entonces ya no tendría ni un solo motivo para no ser un cabrón.
–¿Tú conoces la leyenda de Alejandro Magno en India?
–Claro que la conozco, tío, yo te la conté.
–¿La de Alejandro con el pájaro sagrado que le ofrece ser inmortal y él dice no?
–La leyenda explica que era magno, pero no idiota. Sabía que por muy magno que fuera él también debía morir.
–Hay una teoría que dice que el fin de la vida es el fin de la conciencia, que el yo no sobrevive, que mueren las neuronas y todo lo que somos muere con ellas.
–No me entristece. Me basta saber que lo que quede de mí será el humus del que crecerá una calabaza.
–No sé yo… A mí no me importaría ser Pablo Manzano y vivir para siempre, si sólo pudiera olvidar.
–¿Olvidar qué?
–Todo. De los últimos 30, 40, 45 años, todo. Todo menos tu cara.
Mi nombre es Pablo Kauz, eso pone en mi nuevo documento, y este es el primer día de mi vida. Es un día soleado y damos un paseo por el Lainzer Tiergarten. No se ve a nadie más, todo el bosque inmenso sólo para Kauz y para mí. Andamos despacio y ya tengo planes. Porque es mi primer día y ya espero cosas de la vida. Pero los deseos de Pablo Kauz no serán tan caros. Me conformo con sentarme un rato en aquel banco, en aquel pequeño claro. Nada más. ¿Ven qué vista tan bonita? Te sientas allí y puedes contemplar la ciudad de Viena. Es el único banco para sentarse en esta zona del mirador, y tiene ese cobertizo, por suerte. Y digo por suerte porque de pronto empieza a llover sin nublarse, como en un chiste, como en Viena, tanta lluvia y tanto sol, cuando estamos apenas a unos veinte metros del codiciado banco cubierto y su preciosa vista. Kauz no apura el paso, pero yo sí. Pero no soy el único. Porque ya no estamos solos. De frente veo venir a una pareja, un hombre y una mujer, y él también apura el paso en dirección al banco. Debemos de estar casi a la misma distancia del banco. En nuestra marcha, cada vez más acelerada, el otro hombre y yo parecemos ancianas haciendo sportive walking, y aunque a lo lejos todavía no podemos vernos bien las caras nuestras miradas no se sueltan, como pactando un fair play que no admite el ridículo de echar a correr, ni siquiera bajo la lluvia. Cuando sus zancadas finalmente me sacan la ventaja definitiva, no es a él a quien maldigo, sino al guionista, porque no he conseguido engañarlo, ni siquiera cambiándome de nombre. El otro hombre se estira más de lo necesario para ocupar todo el espacio ya conquistado: con el trasero y las piernas, con ambos brazos sobre el respaldo. Tiene la decencia o el disimulo de ignorarme, como si mostrara cierta compasión por mi derrota. Yo, qué remedio, también disimulo. Paso por delante del banco fingiendo que también disfruto de la preciosa vista, que no soy tan cobarde como para necesitar refugiarme de la lluvia bajo un cobertizo. Entonces lo miro allí sentado, con la intención de no mirarlo más de un segundo. Pero allí se quedan enganchadas mis retinas: en la cara de ese otro hombre cuya familiaridad me estremece y me espanta. Se oye una voz de mujer. ¡Pablo, espérame! ¡Pablo! No hay muchos Pablos en esta ciudad, y Kauz no es de andar gritando que la espere. De hecho, Kauz no dice nada, sólo me apoya una mano en el hombro y cuando me doy vuelta me sonríe. Me pasa el brazo por la cintura y seguimos andando bajo el sol y la lluvia. Un día, no sé cuándo, voy a comentarle esto que acaba de pasar, y Kauz el marciano no tendrá la menor idea de qué le estoy hablando.
Pablo Manzano es cuentista y escritor argentino quien reside actualmente en Viena. Es autor de los siguientes libros de ficción: Celebración (Equidistancias, Londres-Buenos Aires, 2022), El rencor de los bufones, El puente de la jirafa (Barataria,. España, 2006 y 2008), El asesino de canciones (Tandaia, España, 2017). En 2008 tradujo cuentos de O’Henry, publicados con el rótulo de Esto no es un cuento y otros cuentos (Barataria). En 2009 participó en la antología argentina La erótica del relato (Adriana Hidalgo Editora). Ha colabroado con diversas publicaciones literarias, como Quimera, Hermano Cerdo y Boca de sapo, e igual y más recientemente en la publicación digital Revista Polvo
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