Por Sergio Sotelo

Todo viaje es una desplazamiento físico, mental y emocional. Tal vez sea nuestro fútil intento de escapar de la perenne tiranía del aquí y el ahora. En este texto, nuestro Editor Asociado en Estados Unidos nos alerta que cuando nos aventuramos fuera nuestras emociones también terminan siendo cautivas de la intemperie


Rara vez los viajes son literales, lo que supongo tiene que ver con el hecho de que suelen empezar antes de que te cargues la mochila a la espalda o te subas al avión. De que terminan bastante después de bajarte de un alvia en la estación de Campo Grande o Chamartín, o de que vacíes el neceser para guardar en el armario esmerilado del baño de casa la maquinilla eléctrica y el hilo dental. Esta excursión por etapas rumbo a Fisterra comenzó hace cinco o seis años. Puede que más. Mentiría si dijera que el paisaje que atravesaré los próximos cuatro días me resulta familiar, aunque tampoco es cierto que me sea totalmente extraño. A mi manera lo conozco, pues se trata de una geografía que he jugado a imaginarme infinidad de veces, aunque haya sido a través de sketches impresionistas calcados de otros lugares. Varias rutas de senderismo por el litoral agreste de Cape Cod, por ejemplo. O algunas caminatas en los alrededores de la Selva de Irati, en los valles navarros de Aezkoa y Salazar. Al mirar ahora hacia un horizonte donde se alternan los eucaliptos y los castaños, caigo en la cuenta de que nunca en mis fabricaciones puse cuidado en dibujar con detalle la vegetación local. Hago un alto para atarme los cordones de la bota izquierda, que aprovecho para enmendar esta negligencia venial. Durante varios minutos, con morosidad esforzada, contemplo los troncos esbeltos y las copas orgullosas de los árboles: empeñado, al mismo tiempo, en codificar las emociones intensas que me provoca casi todo lo que observo desde que regresé a Santiago a finales de septiembre. Ésta es mi cuarta visita a Galicia, pero solo yo sé —con mis razones torcidas, imposibles de justificar— que su propósito la hace muy distinta de las anteriores. De repente, me sube por el estómago un nerviosismo difuso que no se me ocurre cómo justificar. Es una ansiedad blanda que pronto deriva hacia el azoramiento, el cual me hace pensar en mi adolescencia. Ahí reparo que lo que estoy sintiendo no es sino una vergüenza indisimulada, muy parecida a la que daba consistencia a mi vida en aquellos años. Hacía tiempo que no pensaba en esa época tan confusa, tan improbable de evocar con justicia. Aunque hacerlo hoy precisamente quizá encierre su pequeña lógica. Cuando menos, metereológica. Conozco demasiado bien este cielo plomizo y opaco. Desde que eché a andar hace un par de horas, me acompaña un sirimiri tenaz, que en mi cerebro le da carrete a la memoria de aquel chaval que creció en San Sebastián. Escribo estas notas debajo del impermeable, repartiéndolas entre la app del iPhone y una libreta color burdeos de tamaño pasaporte, cuyas páginas intento economizar con mi caligrafía menuda. Me he acostumbrado tanto a escribir estos diarios tipeando con los pulgares  en el móvil, que hacerlo en papel me cuesta cada día más. No obstante, me obligo; a pesar de la frustración de no ser capaz de seguir, con la tinta del pilot, el ritmo de mis cavilaciones.  Me pasa lo de siempre. Cuanto más me aplico a mi escritura agarrapateada, más ilegibles se vuelven estas notas. Supongo que tampoco importa demasiado. Camino sin cruzarme con un alma, forzando el ritmo más de lo necesario, probablemente también porque no me resigno a irles a la zaga a mis tribulaciones. Para mis adentros, simulando un diálogo con la compañía fantasma que me invento en mis salidas solitarias al monte, procuro reflexionar sobre lo que decía arriba. Aquello de que los viajes contienen algo de tiempo anticipado y diferido. Como soy incapaz de elaborar nada con un mínimo de articulación, me abandono a la deriva caprichosa de los pensamientos dispares que hacen nido en mi cabeza. Es un ejercicio de meditación pero a la inversa: una meditación en la que honro cualquier cosa que se me ocurre sin entregarle, siquiera, unos pocos segundos de atención. Es pura pulsión. Pienso en los cambios de humor de R. Pienso en las marcas, pintadas en blanco, que balizan los trails en las White Mountains. Pienso en el protagonista de Nocturno hindú, una novela de Antonio Tabucchi que quisiera ver convertida en película. Pienso en una distinción que se me escapa, entre funciones y fórmulas, del tutorial online de Excel que sigo en Coursera. Pienso en unos versos de Kirmen Uribe que memoricé en un viaje por Terranova y Labrador: 

“Escribid mi nombre también en el agua, / que en nuestra tierra es la lluvia / quien define la silueta de los hombres”. 

Antes de entrar en Mazaricos, anticipando mentalmente el puente de piedra que la guía del peregrino de Eroski identifica como una referencia visual, improviso un aforismo un poco de andar por casa. Me pregunto si esconderá alguna cifra, algún mensaje. Por si acaso, lo anoto. “Si el mar te arroja a una playa conocida, lo tuyo no es un naufragio…”.


Sergio Sotelo es Editor Asociado de Perro Negro. Ha tenido varias ocupaciones en la equívoca industria de los contenidos periodísticos, pero lo que de verdad le apasiona es hacer preguntas y hacérselas.