Por Juan Toledo
En una semana asistimos a dos conciertos de escenarios y estilos musicales muy diversos. Presenciamos una de las cinco noches en las que el legendario David Gilmour se presentó en esa catedral de la música que es el Royal Albert Hall. Cinco días después estabamos en un espacio mucho más íntimo y modesto en Tuffnel Park disfrutando de un rock latino híbrido y con mucho mensaje a manos de Doctor Krápula
El casi octagenario David Gilmour luce, actua y hasta interpreta la guitarra con aire de patriarca benevolente. Una benevolencia que proviene de un público que asistió a las presentaciónes de su último albúm, Luck and Strange en el majestuoso Royal Albert Hall, más que nada a pagar tributo a uno de los guitarristas más famosos del rock. Todas las canciones están orquestradas alrededor de sus solos de guitarra; algo muy similar sucedia con Jimmy Page en Led Zeppelin. Ambas bandas dejaron su sello indeleble en los 70 cuando la guitarra eléctrica era suprema en la escena musical global.
Gilmour no decepcionó ni un solo momento. Los conocidos acordes y punteos de su Black Fender Stratoscaster se escuharon con la misma claridad y nitidez de un acetato en el tocadiscos en la sala de la casa con auriculares puestos y tomando té. Al igual que sus más famosos vástagos musicales, Radiohead, la improvisación de Gilmour, al igual que lo fue con Pink Floyd, siempre ha estado consignada a la grabación en el estudio y no a la interpretación sobre la tarima. No así, hay breves instantes en que sus solos se extienden un poco más allá de sus versiones en vinilo.
Gilmour ofreció un concierto de casi tres horas en dos mitades con un intervalo de media hora. Nada mal para un músico de 78 años. En su primera parte interpretó temas de Dark Side of the Moon. La seductora y lúgubre Breathe se escuchó frente a una cortina de humo hecha de haces perpendiculares de luz laser. La repetitiva cadencia de Time estuvo acompañada de una animación de relojes projectados sobre una gran pantalla circular. Una animación que bien pudo haber sido diseñada por Walt Disney influenciado un tanto por Salvador Dali. Dos momentos cumbres de esa primera mitad fueron High Hopes de The Division Bell con las imágenes del vídeo oficial proyectadas y grandes globos blancos arrojados sobre la audiencia. El otro fue Sorrow del ya casi olvidado A Momentary Lapse of Reason, el primer larga duración que los Floyd sacaron en 1987 tras la partida de Roger Waters, con una sección rítmica y un prolongado solo que son a la vez emotivos, reverberantes y, de manera extraña, también reconfortantes.
En la segunda mitad el orgullo paterno -otro ejemplo de esa benevolencia- se evidenció con la presencia de su hija Romany Gilmour primero tocando el arpa y cantando Between Two Points, uno de los temas de Luck and Strange, y unos instantes más tarde participando en una maravillosa versión de The Great Gig In The Sky. El original e impresionante canto sin palabra alguna de Clare Torry en Dark Side of the Moon fue remplazado por cuatro voces femeninas incluyendo la de la teclista Louise Marshall y dos cantantes más. Fue el momento más íntimo de la noche con Marshall al teclado, Romany y las otras dos cantates emulando el poder vocal de Torry alrededor de un piano iluminado con velas.
No deja de ser diciente la elección musical hecha por Gilmour para este concierto. Del vasto repertorio de Pink Floyd y también personal, el guitarrista optó por varios temas de su último trabajo, era inevitable, pero lo que escogió de sus días con Waters fue casi exclusivamente de Dark Side of the Moon, nada de Echoes o Animals y por supuesto solo un tema de The Wall. Quizá por que estos dos últimos álbumes siguen representando el momento en que Waters se adueñó del proceso creativo de la banda.
Hubiese sido imperdonable no concluir con Comfortably Numb. Una canción que fue no solo el ápice de la noche sino que lo sigue siendo de la carrera musical del propio Gilmour. Ese solo, poco a poco, ha pasado a remplazar a Stairway to Heaven como “el mejor” de la historia del rock. No es difícil inferir el por qué. En el concierto es presentada de manera apoteósica. Tras el primer acorde el público ruge inmediatamente y las luces laser crean verdaderos lagos y nubes de colores sobre el escenario y toda la audiencia comulga con el punteo mientras la hija baila el solo de su padre como si fuese una pieza de heavy metal. Al final todos los presentes están de pie ovacionando y con la convicción innata que Gilmour no puede superar ese momento y por eso la velada ha concluido.
La energía y la vitalidad tanto de Waters como de Gilmour tal vez se alimenten de la animosidad que aún existe entre los dos. Es discutible si eso eso es deseable de alguna manera o no pero tras una noche escuchando su sublime guitarra, es posible que nosotros sigamos siendo los verdaderos beneficiados de esa prolongada disputa.
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Cinco días más tarde la banda colombiana Doctor Krápula se presentaba por primera vez en Londres. The Dome es un auditorio modesto y alternativo ubicado en Tuffnel Park, al norte de la ciudad. Había un puñado de personas, no más de sesenta o setenta y afuera junto a la fila una mujer trataba de vender empanadas. Esto último tal vez le significó a ella y a su joven acompañante un pequeño error empresarial pues entre quienes haciamos la fila -jóvenes rockeros bogotanos, algunos españoles y un contado número de ingleses- ninguno mostró el apetito o la inclinación de probar comida “autoctona” sudamericana en ese lugar y a esa hora.
Unos minutos después, menos las empanadas mas con cerveza en mano, escuchabamos de su lider, el “Subcantante” Mario Muñoz, la no poca coincidencia que ese mismo día la banda cumplía un cuarto de siglo de existencia. No así, ninguno de sus miembros parece tener más de 40 años lo que significa que debieron de comenzar a tocar juntos desde una adolescencia temprana. La mayoria de agrupaciones con más de dos décadas de existencia ya tienen por lo menos un calvo en sus filas, ese no es el caso con los Krápula. Y veinticinco años de historia han dejado ya el legado de una obra tan variada musical como temáticamente. Ellos son sucesores de un vasto fenómeno de hibridización que ha existido en el rock latinoamericano en las últimas tres décadas pero particularmente en México y Colombia. En este último país es casi imposible evitar esa hibridización con la presencia de ritmos de salsa y caribeños, los boleros cubanos y por supuesto de la cumbia; ese rítmo afro-colombiano que ya ha sido exportado y asimilado en el resto del continente.
Y si los ritmos que interpretan los Krápula subvierten y fusionan diferentes géneros musicales, sus letras abogan por cambios sociales, politicos y por el advenimiento de una mayor conciencia ecológica tal y como lo escuchamos en temas como Exigimos, una de los primeras canciones de la noche.
Fue una presentación memorable. La energía de Muñoz es contagiosa y la audiencia saltó y cantó con no poco abandono. Lo de ellos es un rock esencialmente bailable con mezclas de ska, reggae y punk todos incorporados a veces en una misma canción. Se nota una verdadera camaradería entre ellos, cada integrante tiene su sobrenombre como si aún estuviesen en la escuela secundaria. Kassius o Germán Martínez, su guitarrista, pasa de lo mélodico a lo lírico o rítmico con sorprendente facilidad. Es un músico muy versátil y posiblemente el responsable del sonido tan ecléctico del quinteto. El teclista Sergio Acosta, alias Checho, es una mezcla de Brian Eno con pelo negro rizado y un aire de Rick Wakeman caribeño.
Uno de los temas que mejor visualiza la idea central del Doctor Krápula es Arte es resistencia. Es una composición energética y lúdica dándonos un mensaje sin la más mínima ambigüedad. Es una canción relativamente nueva, al parecer gestada durante los fuertes disturbios populares en Colombia que concluyeron en el paro nacional general de 2019 y que de cierta forma ayudaron a cementar el camino a la presidencia del actual mandatario Gustavo Petro. Es un manifiesto con vestigios de Red Hot Chilli Peppers y al comienzo hasta de U2 en sus casi tres minutos de duración. Y el verso “No somos terroristas, somos artistas” tristemente no es, hoy día, superfluo o innecesario ni en Colombia ni en muchos otros países del mundo.
Lo soprendente es que la calidad de Doctor Krápula no se haya traducido aún en un mayor reconocimiento y popularidad. Una posible explicación es la cantidad y la calidad musical que se ha estado cocinado últimamente en toda Latinoamérica. Al menos en ese sentido, la agrupación bogotana parece ser a la vez producto y víctima de ese fenómeno. Por fortuna, una vez uno los ha visto en vivo, los Krápula se convierten es un grupo cuyo vigorosa indignación y joie de vivre son motivo, no sin ironía, de celebración y hasta regocijo. Según ellos, van a regresar pronto. Esperemos que así sea.
Gracias a Sebastián Montes y Gustavo García, ambos colaboradores de la revista, por facilitar en más de una manera esta nota.
Muy buen artículo de verdad, los felicito ya que pensé alguna vez: simplones los Krápulas pero ahora pienso diferente.
Gracias Jorge por tu comentario y por leernos. Sí, los Krápula son más que roqueros de barrio pues ya tienen una trayectoria bien marcada de activismo ambiental y también político.
Hola Juan! Gracias por tus crónicas. Es increíble como David y Roger se parecen en su puestas en escena. En verdad parece que compiten. Yo he visto a Roger aquí en mi natal Bogotá, en las tres ocasiones que nos ha deleitado con sus puestas en escena y es lo más alucinante que he vivido. Incomparables experiencias multisentidos. Lo mejor! A David solo lo veo en vídeos ya que no visita estos lares, supongo que por la desagradable experiencia que tuvo cuando Chucho Merchan lo invitó a Cali, junto a otros grandes y en dónde paso de todo, y lo peor, el sonido de tarima de bazar y la poca asistencia al evento, para vergüenza nacional. Que lástima no poder disfrutar a David en esta latitudes, Pero están esos vídeos y las crónicas como la tuya, que te transmiten la grandeza de su arte y te dejan boquiabierto y con el alma llena por un buen tiempo. Con respecto a los krápula, también son de mis afectos. No importa que no vayan a tocar en el Royal Albert Hall, porque ya trascendieron fronteras, almas y me encanta su revolución.
Gracias Adriana por leernos y por tu comentario. Ignoraba por completo que David había estado en suelo colombiano. Sí, tienes razón, ambos se parecen bastante en su propuesta musical. Creo que sus diferencias son más políticas y de cómo lidear una banda de rock que otras cosas. Lo otro que quizá sea prudente mencionar es que tanto Gilmour como Waters a pesar de haber ambos producido un par de álbumes pos-Pink Floyd el material que usan para la mayoría de sus conciertos se basa bastante en lo que grabaron en los 70. Y en cuanto a Krápula, son realmente muy versátiles y producto de esa gran hibridización que se sigue dando en el rock latinoamericano.