Por Claudia Jaramillo
En La Semana Nacional de La Migración nuestra Editora Adjunta en la capital española relata los sucesos y sus significantes desde que decidió cambiar Medellín por Madrid. La presunta neutralidad del término “migrante” se usa a modo de evitar el vilipendio político y cultural de parte de aquellos que aún buscan lucrarse del miedo y la paranoia en Europa, Norte América y muchos otros sitios
Llegué a España huyendo de un país en llamas. Tenía veintitrés años y me negaba a creer que la vida consistía en arder y dejarse consumir. No tenía un plan, salí con un billete de avión, una maleta a la que le sobraba espacio y un permiso de trabajo, sabía que el viaje sería largo y tal vez una huida para siempre. Atravesé cuatro aeropuertos y en cada uno me iba quitando peso que algún día sería remplazado por otro peso. Le dije adiós a mi familia en el José María Córdova, lloré en el instante de no retorno en Bogotá y a medida que avanzaba en el viaje, me fui dando cuenta de que me estaba deshaciendo y supe, como se sabe lo inevitable, que a algunas personas ya no las volvería a ver y, poco a poco, se esfumaron sus cuerpos convertidos en recuerdo.
Aterricé en París después de 10 horas y 20 minutos de vuelo y en el Charles de Gaulle, en la zona de tránsito, un funcionario puso un sello en mi pasaporte y me señaló el camino a las conexiones internacionales, eso fue todo, sin bienvenidas, sin fuegos artificiales. Era la primera vez que pisaba suelo europeo. Era la primera vez que estaba tan lejos y me di cuenta de que yo no solo estaba en tránsito de un lugar a otro, sino también dentro de mi misma.
Eran las 2 de la tarde del 15 de mayo de 2001, me recogieron dos personas de la oficina donde iba a trabajar y me preguntaron varias veces si yo era yo porque estaban esperando una colombiana y yo no les parecía colombiana. En aquella época, los colombianos que salían en la tele eran jugadores de fútbol de élite. Tal vez por eso yo sonaba como un canal mal sintonizado. No encajo en un canon de hombres bien formados, atléticos, esbeltos y famosos. Los estereotipos viajan más rápido que nosotros. Les dije que sí, que yo era yo y me llevaron a la dirección que les entregué apuntada en un papelito.
En el trayecto, iba pegada a la ventanilla con el cristal bajado, dejando que el viento me despeinara. Medellín, al ser un valle, uno puede recorrer la dimensión de su desorden con la mirada, de inicio a fin. En cambio, Madrid es un cúmulo de edificios altos que se roba el paisaje. Ese día, la ciudad estaba tranquila, era festivo, hacía un sol radiante, tal como suele ser Madrid, lleno de días radiantes. Me alojaba en una pensión que en realidad era una casa mal dividida y, como quedaba cerca de un hospital, alquilaban por piezas sin declarar a familiares de enfermos.
Yo no estaba enferma, tenía un nudo en el estómago, el corazón chiquito, las lágrimas fáciles, pero lo mío no era algo de médicos.
Recuerdo los primeros días casi aturdida en una ciudad sin GPS y como no me dirigía para ninguna parte, podía detenerme con el ritmo propio de los que no tienen nada que hacer. Vi el sol de las 7 de la tarde, el de las 8, el de las 9, nunca había visto hacerse de noche tan tarde y de repente, en una esquina del Paseo del Prado, me topé con una escultura de Botero, como cuando vas por el centro de Medellín y no era la única, en esa época, Madrid estaba plagada de ‘gordas’ de Botero, esculturas que yo había visto desde siempre y, aunque Fernando Botero es un artista reconocido internacionalmente, no fue él quien puso a Medellín en el mapa, no fue su peculiar punto de vista ni la ironía de sus cuadros ni la particular belleza de sus formas, fue Pablo Escobar y la explosión de violencia de la guerra entre carteles los que hicieron que otros habitantes del planeta, en otras ciudades más grandes o más pequeñas o con más o menos importancia que Medellín supieran de la existencia de esa ciudad en la que todo el mundo se mataba por la cocaína. Y me tocó a la fuerza aprender a vivir con eso, como Sísifo y su piedra.
Al salir de Medellín, no investigué nada de este otro mundo, tenía la convicción de que cualquier cosa que diga una guía turística no refleja una ciudad verdadera para quienes planifican quedarse, solo estereotipos para personas que la visitan, hacen fotos y se van. Vine con una maleta y en ella estaba todo; atrás quedaron los libros, atrás quedaron los amigos con el peso de los recuerdos, atrás quedó el primer beso, el primer amor. Fue como emprender un viaje interior y conquistar un territorio virgen en el que tendría que aprender otra vez a besar, a calmar la sed, a comer, a tomar contacto con los nativos y arrastrarlo a la cama.
“Los estereotipos viajan más rápido que nosotros. Les dije que sí, que yo era yo y me llevaron a la dirección que les entregué apuntada en un papelito. “
En estos años he aprendido que no hay ningún lugar seguro cuando se huye de sí mismo. Colombia es un país de cuerpos descuartizados y tirados a un río para que los arrastre el olvido, es un país de cuerpos mutilados repletos de cicatrices, aunque no los haya atravesado una bala, es un país de desaparecidos, de secuestros, de escombreras, de silencios. Lo primero que tenía que hacer era aprender a vivir sin miedo, miedo a que una bala me atravesara en mitad de la noche, miedo a desaparecer, miedo al embarazo adolescente, miedo a perderlo todo aunque no tuviera nada, y se puede vivir sin esos miedos, pero aparecen otros, como el miedo a perder el trabajo y quedarse atado a la ruleta de la precariedad.
Abandoné todo lo que conocía, pero al menos tenía mi lengua. «Tenemos –sabemos– un idioma común que nos separa» dice Caparrós en su capítulo sobre Bogotá en Ñamérica. Recuerdo por ejemplo entrar a un bar y pedir agua de la canilla, cosa que nadie entendió, acá la canilla no es el grifo y el camarero no entendía yo por qué quería agua de su pierna, que amañar no es quedarse tranquilo, que trotar solo lo usan para los caballos y no para las personas, que evitan decir correr en cualquiera de sus formas como evitamos los colombianos la palabra poner.
Los primeros días son la toma del contacto, la exploración, los trámites, encontrar casa, hacer una cola tras otra para aferrarse a un papel y no quedar reducido a alguien que no tiene derechos. Tener trabajo ayuda a transitar de una vida a la otra. Cuando por fin me incorporé a la oficina, mis compañeros estaban muy interesados en mi historia, me preguntaron que si había televisores en Colombia, que si existían los teléfonos móviles, que cómo eran las calles, los descolocó el color de mis ojos, el color de mi pelo, me descuartizaron queriendo saber si tenía familia alemana o sueca o noruega o de cualquier lugar del norte, dieron muchas vueltas sobre lo mismo, llegué a sentirme un Frankenstein multicultural. Mi familia materna llegó a Colombia huyendo de las guerras napoleónicas. Mi familia paterna llegó a Colombia obligados a dejarlo todo por su origen sefardí. Mis antepasados huyeron de una vida de miseria a un país que lo prometía todo. Yo terminé en España, la madre patria, sin pensarlo mucho.
Estaba bien, tenía trabajo y papeles. Pero el sueño no duró para siempre. Empecé a rodar. Trabajé como lavaplatos, pero solo duré un par de fines de semana; hice de camarera en un restaurante de moda y las jornadas eran interminables, el peor momento era la hora de los cafés, en Colombia hay al menos dos opciones, café solo, al que le decimos tinto y café con leche que tiene un par de variaciones: mucha o poca, pero aquí el café es un sin fin de gustos personalizados. El café solo puede ser sin cafeína, largo o corto de agua o tan espeso que parece concentrado, con hielo en vaso, con azúcar refinada, morena, panela o sacarina. Algo más complicado son las opciones con leche, que además de ser caliente, fría o templada, entera, semi o desnatada, se suman las versiones sin lactosa y vegetales.
Trabajé en una fábrica en turnos rotativos porque las máquinas no descansan y se me partió el sueño y a veces no sabía en qué día de la semana estaba. Repartí publicidad y sonreía a todas las personas, fingiendo que me caían bien y que no envidiaba sus vidas cómodas. Hasta que me cansé y dije que quería lo mismo, que yo también quería mi trabajo de oficina al que odiar con orgullo y dignidad.
No es fácil dejar de correr en el interior de la rueda de la precariedad como una cobaya y dar el salto definitivo.
Cuando llegué a Madrid, la ciudad era muy distinta, antes no estaba vendida al turismo masivo. Cuando llegué todo cerraba en agosto, la ciudad se quedaba casi vacía y solo pululaban unos cuantos en las calles. Cuando llegué, las tiendas no abrían los sábados por la tarde y para comprar alguna cosa los domingos había que ir a las tiendas de los chinos que no conocían la hora de descanso. Cuando llegué, la ciudad tenía más árboles y todavía no habían sucedido los atentados.
Aquella mañana, ese 11M, me despertó el teléfono, era mi mamá preguntando si yo estaba bien porque todo el mundo quería saber de mí, y sí, yo estaba bien. En un televisor viejo que había en el apartamento vi las bombas, los muertos, los heridos, las historias detrás de cada persona. Eran las 7:36 de la mañana del jueves 11 de marzo del 2004 cuando 10 explosiones en cuatro trenes nos marcaron esa fecha en la memoria.
“Emigrar es dividirse, partirse en más pedazos que tal vez nunca vuelvan a juntarse y después del viaje hay que reconstruirse lo mejor que se pueda.”
De ese día recuerdo el silencio de un Madrid en el que nadie quería mirarse a los ojos. En Madrid vi nevar por primera vez y supe que 1800 metros sobre el nivel del mar es alto, muy alto, acá me pillaron los atentados del 11 de septiembre y como casi todo el mundo, vi caerse las torres por televisión, pero yo ya conocía la tristeza que queda en el aire después de una masacre. En Madrid celebré el acuerdo de paz de Colombia y acá lloré como allá lo rompían unos señores de corbata. Acá monté por primera vez en tren y viajé en el vagón de fumadores y odié a los fumadores y odié fumar ese día y terminé de pie en el vagón restaurante mirando por la ventana como me alejaba de un punto; acá vi como acá y allá y por todas partes se pueden casar personas del mismo sexo, y a veces me confundo en que parte de acá y de allá estoy, porque habito dos partes del mismo mundo. Pero ¿y qué mundo, qué parte? «Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte» dijo una vez Vicente Huidobro, intercambiando los valores que nos han impuesto y añadiéndole un toque de absurdo que es en realidad lo que tiene la división del mundo, con sus fronteras arbitrarias.
Entonces nació mi hija y sufrí un nuevo tránsito a otra vida y no importa en qué país esté porque me sé extranjera, visitante en mi propia casa, tal vez porque el que se va una vez pierde algo para siempre. Mi hija es mi nuevo hogar, el lar, el punto cardinal definitivo. Su ser en el mundo cambia mi relato porque se convierte en ancla.
En veinte años pude hacerme una idea de lo que es de aquí o de allá, pero no me siento de ninguna parte a pesar de mis pasaportes. Me ocupo de lo más inmediato. En la pregunta por la identidad soy una colección de noes: no sé bailar flamenco, no me gustan los toros, no cocino paella, no me gusta el aguardiente, ni el reguetón ni el vallenato, no canto el himno nacional cuando aterrizo en Medellín, no tengo la menor idea de qué significa ser colombiano.
“Abandoné todo lo que conocía, pero al menos tenía mi lengua. «Tenemos –sabemos– un idioma común que nos separa» dice Caparrós en su capítulo sobre Bogotá en Ñamérica.”
En cada viaje aprendí algo. En cada mudanza he perdido algo: un paquete con fotos, una caja con ropa, mi aparato dental, algún amigo. Uno va dejando algo en cada casa, como migas de pan a un recuerdo. En cada lugar se pierde y se gana.
¿A qué vine realmente? Emigrar es dividirse, partirse en más pedazos que tal vez nunca vuelvan a juntarse y después del viaje hay que reconstruirse lo mejor que se pueda. Shakira, doña Rosa que ejerce la prostitución en la Plaza Jacinto Benavente y yo somos colombianas y, somos al mismo tiempo, tres realidades distintas de la migración. Vinimos como todos los demás refugiados, asilados, apátridas, huidos, fugados. Migrar es trazar una línea inseparable con lo que se queda; migra el que está incompleto, o el que, como yo, siente el peligro del mundo que tiene alrededor, migra el que se siente abandonado por el mundo y sale a buscarlo, por la miseria, por el hambre, por el derecho a la educación, por el derecho a amar, para tener derechos, porque ha sufrido maltrato, porque necesita plata, porque está aburrido de su mundo y quiere ver qué hay más allá, porque lo persiguen, porque lo van a matar, porque quiere tener un futuro para soñar.
Cada uno con un objetivo, el cual a veces se parece mucho: cumplir un sueño.
Ahora mismo, conozco la ciudad que no sale en los catálogos, lugares en los que entraría un turista que no se tenga mucho amor propio. Sé cosas que solo saben los nativos. Era inevitable. Me perdía porque no controlaba el tamaño de las cosas y cuando me perdía encontraba lugares a los que no llegaría queriendo y conocí el templo de la noche y los adoradores el dios de la fiesta y dejé de caminar sola para ir de la mano de alguien a ver a alguien y tejí una red propia. Con paciencia tracé las coordenadas de mi mapa. ¿A qué vine realmente? A ser, existir, vivir. A lo largo de estos años sufrí varias metamorfosis que solo es posible vivirlas cuando te despojas de lo más mínimo. Volví al amor, a la soledad, volví a perder y a ganar. Tuve días interminables en los que no pasó nada, ni el más tímido rasguño, viví sin miedo, me reconcilié con mi cuerpo.
Tenía la batalla perdida antes de empezar, pero vencer no era mi guerra.
Claudia Jaramillo es cofundadora y Editora Adjunta de Revista Perro Negro en Madrid. No sabemos si ella esté de acuerdo con su descripción, de madre, poeta, cronista y diseñadora. Y en ese orden. Sus poemarios Todo lo que cabe en un puño y Al margen de las cosas pueden adquirirse ya en formato digital en nuestra tienda o en Google Books
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