Por Rafael Tsao
Nuestro colaborador en Shanghai nos envía una nota personal e íntima evocando la memoria de sus antepasados que emigraron hace un siglo desde la península de Jiaodong hasta la gran metrópolis asiática. De paso nos revela su gusto por la poesía en castellano y nos instruye sobre la relación fonética entre ciertas palabras del mandarín y la etimología de places como Taiwan
“Tu, de quem o sol é sombra,
De quem cadáver o mundo,
Meus passos guia, aqui na sombra
O sentir-te, ermo e profundo”
“Nunca ver el mar de verdad
te castigará”
El primer pasaje pertenece a la letra de un cantante portugués y habla del río materno de los portugueses: El Duero. El segundo es un verso que escribí cuando tenía dieciséis años.
¿Por qué ‘te castigará’? Tanto mi bisabuelo como mi abuelo nacieron junto al mar. Hace un siglo emigraron a Shanghái, que literalmente significa «encima del mar». Estuvieron encima del mar pero desembarcaron. En Shanghái no hay mar: solo un río, el Huangpu. Madre-río, Padre-mar.
Soñé que la «isla» de Taiwán era arrastrada por las corrientes hasta quedar frente a la península de Jiaodong. La isla de Taiwán es una «isla remota», una isla del Sur —«nan» 南, sur, y «nan» ,男, hombre, son homófonos en chino—, mientras que la península de Jiaodong es la tierra natal de la familia de mi abuelo. Aunque Jiaodong sea solo una media «isla» —«península», 半岛,ban dao, significa literalmente «media isla» en chino—, también cuenta como «isla». En el cristianismo, el barco sirve una imagen antiquísima y sagrada: es un barco de verdad una «isla» en el mar. Por supuesto, la geografía me enseña que toda tierra es en efecto una isla.
Era el decimosexto día del mes lunar: mareas vivas, vendaval y lluvia torrencial. Todos los barcos pesqueros estaban retenidos en el puerto. Recordé una época en que soñaba a menudo con escenas de olas monstruosas, azotando los arrecifes de la costa bajo la tempestad; no había ni un solo ser humano en todo mi campo de visión. Pensé que estas imágenes oníricas se debían a que había leído algunos poemas de Neruda. También recordé una de mis rarezas: cuanto más arrecia el temporal en la calle, más impaciente me vuelvo por salir. En una ciudad abandonada por una humanidad temerosa de morir, avanzo solo contra el viento y la lluvia y así se despiertan todas mis fantasías infantiles de omnipotencia: si nadie viene a desafiarme, entonces todo este lugar me pertenece.
Recordé que…No, de hecho vi a un viejo pescando en solitario sobre el rompeolas del puerto. No dijo nada, ni siquiera volvió la cabeza para mirarme; y, sin embargo, hizo resonar en mi mente innumerables voces. La que al final se abrió paso entre todas fue la del capítulo 5 del Evangelio según san Lucas:
Lleva la barca mar adentro, desde ahora serás pescador de hombres
También yo subí al rompeolas. La última vez que había olido el olor que desprende el agua del mar al golpear las cadenas oxidadas del dique fue hacía casi treinta años, cuando acompañé a mi abuelo al Bund para mirar las ondas del Huangpu. Nos metimos hasta el nivel más bajo del rompeolas, donde el río golpeaba sin fuerza la única cadena de hierro. El agua del río de Shanghái vale más dinero, pero el mar de Jiaodong tiene más hombría.
Siempre imagino qué excelente marinero sería hoy si el destino me hubiera llevado a ingresar en 2010 en la escuela marítima, en vez de en la Universidad de Estudios Internacionales de Shanghái. Al menos, me habría ahorrado la perdición de hacerme un intelectual. Yo desprecio profundamente a los intelectuales, tanto como desprecio a los campesinos y a los obreros. Y ahora me he convertido precisamente en aquello que más desprecio. Algo tuvo que salir mal.
Creo que mi tristeza es la tristeza de quien vive de prestado, lejos de casa. Un famoso, Confucio, dijo una vez: «Mi camino se ha vuelto hacia el Sur» —wú dao «nan» (南, sur / 男, hombre) yǐ—: ¿cuánto Sur hace falta para ser hombre? Cuando estudiaba español oí una anécdota: un día en la década de 1960, el Che Guevara visitó Shanghái. Al pasar por el Bund, vio cómo el río Suzhou desembocaba en el Huangpu, que fluía hacia la desembocadura de Wusong y acababa en el mar de China Oriental. De pronto pensó en Buenos Aires, otra ciudad fundada alrededor de la estuario de un gran río y profundamente marcada por la influencia francesa. Pero si Guevara hubiera mirado hacia la orilla norte del Suzhou, habría visto Hongkou, barrio de inmigrantes. Allí hubo antaño uno de los mayores mataderos del Lejano Oriente. A menos de diez minutos a pie del matadero había un muelle de excrementos. Entre ambos se alzaban muchas casas de tres plantas, mitad chinas y mitad occidentales. Si uno vivía mucho tiempo en una de ellas, podía llegar a creer que habitaba dentro de un barco: la estructura de aquellos edificios hacía que el dormitorio, ya estrecho de por sí, pareciera un camarote; por la angosta ventana abierta sobre la cabeza entraban los silbidos de los barcos que iban y venían por el Huangpu, junto al muelle de excrementos y al este de este.
Cuando mi abuelo se instaló por primera vez en aquel camarote, seguramente pensó en la vieja casa de un pueblo pesquero que hoy pertenece administrativamente a Yantai, un importante puerto de Jiaodong ban dao (Península de Jiaodong), donde cada noche se oía el rumor de las olas.
Ya no había regreso posible: después de estar encima del mar《Shanghái》descubrió que el barco no podía salir al mar desde Hongkou. Pero en Yantai hay una calle llamada Hongkou, y su extremo desemboca en el mar.
Ayer por la mañana, al fin, regresé a la aldea donde nacieron y crecieron mi bisabuelo y mi abuelo hace casi un siglo. Allí no queda literalmente nada ni nadie que resulte conocido, salvo un árbol de 420 años que quizá fue testigo de la vida de mis antepasados, de quienes tan poco sé.
Me recuerdan a estos versos de Juan L. Ortiz:
“¿Era yo el que regresaba?
En la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.”
Los chinos decimos que, al acercarnos a nuestra tierra natal, nos abruma una timidez temerosa. También nos gusta llamar a nuestro baserri — el «hogar antiguo», “lao jia” literalmente, «la casa de antaño». A diferencia del pueblo vasco, no adoptamos como apellido el topónimo descriptivo de nuestro ‘lao jia‘. Sin hablar de mi apellido —o, mejor dicho, de mi «Nombre-del-Padre», si soportas la jerga de Lacan— que fue usurpado.
Por primera vez en mi vida he sentido que yo también podía emplear la expresión «hogar antiguo», lao jia. Ay… ¡Cuánta amargura se esconde detrás de estas palabras! Los precios en lao jia son altísimos, el agua del mar huele un poco mal y, en general, las mujeres no son muy atractivas: como una abuela anciana incapaz de despertar en mí el menor deseo sexual.
En la película Urga, de Mijaílkov, hay una escena en la que la esposa de Gombo, un pastor mongol, se niega a tener más hijos con él. Sin saber qué hacer, él no tiene más remedio que ir a la ciudad a comprar preservativos. Después sueña que Gengis Kan y su esposa lo reprenden por ser un inútil, indigno de llamarse mongol.
En mi lao jia tengo fantasías parecidas: ¿cómo me hubiese visto mi lao jia, a mí, un bisnieto extraño, débil, de poco apetito y rendido a lo extranjero? No sé beber; ni navegar. ¿Merezco todavía ser descendiente de mi bisabuelo? Aunque nací y crecí en el Sur —nan (南)—, ¿merezco aún ser un hombre —nan (男) de su estirpe?
¡No olvidemos nunca que venimos de un barco!
Rafael Tsao is a Shanghainese young poet, cinema critic as well as a translator. He is Perro Negro’s exclusive correspondent in Shanghai and a writer commenting on the myriad intersects between art and culture. Presently he is working on a translation of Que viva la música de Andrés Caicedo.
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