Por Sara Caba
Segundo cuento que publicamos de esta escritora británico-costarricense afincada ahora en Nueva York luego de más de una década en Londres donde se convirtió en una importante promotora cultural fundando y expandiendo Battersea Spanish
Cuando mi abuelita se murió me topé con mi papá en un centro comercial. Nunca me topaba con él; y sin embargo, ese día estaba ahí, en la Plaza del Sol, viendo escaparates del otro lado del pasillo en el que estaba yo. Cuando se dio la vuelta y me vio, hizo como que yo no existía, y siguió.
Mi abuelita se llamaba Dorila, y había sido una maestra de niños en Penonomé. “Niña Gorila, Niña Gorila” me contaba que le decían sus alumnos de la escuela mientras rascaba de a poquitos mi cabeza, que yo reposaba en su regazo. Así pasábamos las horas las dos. “Abuelita, haceme más piojito”, le decía y le tomaba la mano, que ella reposaba de nuevo sobre mi cabeza, y a contarme lo del gorila otra vez.
Mi abuelita siempre llevaba su pelo muy corto y arreglado, y usaba productos Fanciful. El tono de su pelo era gris y azul. Tenía además una panza misteriosa, dura y redonda, un perfecto embarazo de la tercera edad. “Abuelita, ¿estás embarazada o qué?”, le decía y le pinchaba su panza dura con el dedo. Se reía con esa risilla que seguro le copió a todos los pequeños de su escuela de Penonomé.
Mi abuelita tomaba el té. Té Lipton con leche, azúcar y galletas soda, a eso de las tres. Nadie más en la familia tomaba té a eso de las tres. Alguna extraña costumbre heredada de alguna lejana aristocracia, o aspiraciones nada más. Nos sentábamos las dos en la mesa del comedor, y ella me dejaba meter la galleta soda untada de mantequilla en el té. Le daba un poquito de asco, yo sé, pero me guiñaba un ojo y movía la cabeza de un lado al otro mientras soltaba una risilla.
Mi abuelita me enseñó a tomar jugo de naranja con zanahoria. Como el té, era ella la única con esa costumbre. Y me enseñó a tomar atol de naranja caliente, que nunca nadie más volvió a preparar.
La almohada de mi abuelita, toda ella, en verdad, olía a un olor que reproduzco en una almohada que me regaló en mi infancia, y que no lavo para conservar el aroma. “Huele a mí”, le digo a mi esposo, que me ve con cierta reprobación cuando se la muestro. A veces le quiero contar lo de mi abuelita y la historia del gorila, pero no habla mi idioma, y termino dándome por vencida, cansada tan solo de pensar en las posibles rutas de traducción. Entonces huelo mi almohada profundo, y solo a veces, adormecida y vulnerable, le vuelvo a decir: “Esta almohada, huele a mí”.
La última vez que hablé con mi papá me había citado en un café. Tenía más de quince años de no verlo, y lo primero que pensé mientras se acercaba a la mesa donde esperaba por él fue: ¿Fumo, o no? Prendí un cigarro, y le extendí una mejilla muy a lo francés. Estábamos, de hecho, en un sitio llamado el Café Francés. Era extraño el encuentro; no como una cita, pero tampoco como un café con un papá. Habló de muchas cosas, sobre todo de esa revolución perdida en nombre de la cual nos abandonó. El humo de mis cigarrillos iba trazando nexos entre los balbuceos que salían de la boca de mi papá. Al llegar la cuenta se ofreció a pagar. Sonreí por primera vez, y luego me tragué el esfuerzo. Tarjeta declinada, tuve que pagar yo.
Salimos del establecimiento, que estaba dentro de un centro comercial, y al despedirnos supe que muy probablemente nunca nos volveríamos a ver.
El día del funeral de mi abuelita, cuando lo vi darse la vuelta y supe que me había visto con esos ojos almendrados que heredé de él, quise cruzar el pasillo de la Plaza del Sol y decirle, “Ey pa, ¿nos tomamos un café?”
Quizás, si nos hubiéramos visto otras veces después de aquella ocasión, y nos hubiéramos sentado a tomar ese café el día del funeral, le habría podido decir, llegado el momento: “Ey Pá, ¿sabés que tengo una almohada que huele a mí?”, y él hubiera podido decir, con una chispa en sus ojos almendrados: “Claro, hija, claro que lo sé”.
Sara Caba es una escritora britanica-costarricense quien fue una destacada emprendedora cultural en Londres por más de una década. Fue la fundadora del todavía existente centro cultural Battersea Spanish. Tras cruzar el Atlántico cursó la Maestría de Escritura Creativa en Español en New York University, ciudad donde ahora enseña castellano. Este es el segundo cuento suyo publicado en Perro Negro
No Comment! Be the first one.