¿Qué diferencia hay entre un caminante, un vagabundo, un linyera, un sin techo o un flâneur? Más fácil quizá sea encontrar las similitudes entre todos ellos. Los andantes sin destino prefijado son figuras romantizadas por poetas como Charles Baudelaire y Antonio Machado. Pero, ¿no son nuestras vidas un andar entre ese laberinto de nuestras propias obsesiones y deseos, desconociendo casi siempre un destino final?
Alguien dijo que la vida es una colección de citas. Adaptándolo a las actuales tecnologías que nos ayudan y nos condenan, diría que es una cadena de hiperlinks. Y como todos los hiperlinks, a veces nos conducen a sitios inesperados (o a desvíos de los que luego cuesta una vida -caso de intentarlo- volver al sendero inicial).
Por eso, yo sigo creyendo en el azar (y resulta que la física cuántica, a fin y al cabo, me da la razón). Todo esto viene a cuento de una relectura reciente -en estos días- del escritor inglés (nacido en Alemania) W. G. Sebald, a quien no aprecié del todo -debo confesarlo- hasta leerlo de nuevo. La errática travesía del autor por la comarca de Suffolk me llevó, no sé bien por qué, a ciertas novelas de dos españoles contemporáneos, Enrique Vila-Matas y Agustín Fernández Mallo, que desempolvé rápidamente de mi Kindle. Casi al mismo tiempo y de manera incidental, se cruzó por mis lecturas un libro de Edgardo Scott, donde se investigan categorías como viajero, caminante, transeúnte, paseante, flâneur o vagabundo, y se especifica que el “vagabundo” se diferencia de los demás porque su andadura no tiene ni un itinerario ni una intencionalidad manifiesta.
En la Argentina, al menos para una tradición que todavía llega hasta mi generación, existían términos variados que también suelen confundirse, como por ejemplo el linyera y el croto, abundantes en la literatura popular y el tango. El croto es un indigente equivalente al que la costumbre anglosajona denomina “homeless” (sin hogar), término sin duda mucho menos hipócrita que el reciente “persona en condición de calle” que la “corrección política” obliga a usar (al menos en la Argentina) casi bajo pena de muerte. El linyera, en cambio, es alguien que -como suele decirse también por allí- “tiene hormigas en el culo”, y además ser pobre y caminante sin rumbo fijo ni destino de llegada, lo es en buena medida por elección. Se trata de aquel personaje tan canónicamente graficado que anda por el arcén de las carreteras con un palo al hombro, del que cuelga un hatillo atado como un pañuelo.
Mi padre -universalmente conocido por su sobrenombre Chechi- cada vez que salíamos de viaje en coche y veía a uno de estos personajes, asomaba su cabeza por la ventanilla y saludaba “¡Chau, Chechi!”. Siempre pensé que lo hacía como una mera broma de dudoso gusto -mi padre era un bromista serial-, pero con el tiempo empecé a pensar si en realidad, no habría en el fondo de su corazón una identificación, un deseo inconsciente de vivir como aquellos hombres: sin obsesiones ni demandas sociales, laborales, familiares.
El linyera, en suma, no es ni un mero indigente, ni un mero viajero, es un vagabundo hecho y derecho: vagabundear sin meta, cargando con lo mínimo indispensable para estar vivo, es su filosofía de vida. Más hiperlikns: ¿cómo no acordarse automáticamente de la canción de Serrat “entre el cielo y el mar / vagabundear”, y trascartón de Antonio Machado “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”?
El asunto me toca de cerca, porque caminar es una de mis ocupaciones preferidas -lo fue siempre, pero quizás lo es más todavía ahora que me hago viejo. ¿En qué categoría entran mis andaduras? Cuando salgo a caminar, habitualmente por los variados laberintos urbanos o los interminables espacios verdes de Londres o su campiña cercana, solo elijo el punto de partida. Después me dejo llevar por la improvisación. Hay una meta, sobre todo porque en algún momento debo volver a mi casa, pero mi recorrido se va armando paso a paso, atravesando este inesperado mew, desviándome hasta aquel campanario que sobresale más allá, intuyendo qué sendero me llevará hasta el lago artificial o el arroyo natural. No son pocas las veces en que, a la hora de volver, encuentro que no tengo idea de dónde he ido a parar, aunque por suerte, hoy en día el gps del Googlemap de mi teléfono me reubica rápidamente: ¿quién dice que no dependemos de la tecnología? Podría mencionar otro célebre dicho que asegura que lo que importa no es el destino, sino el camino; pero en realidad, el disfrute está en la sorpresa, en el descubrimiento, y para ello es imprescindible que ni siquiera ese camino esté predeterminado: hay que dejarse llevar por la intuición, por la decisión imprevista, por las sugerencias del camino mismo.
¿Es una casualidad que esta cadena de pensamientos haya sido el resultado de aquella errática cadena de lecturas que mencioné al principio? No lo sé, pero lo que sin duda ya no es casual -aunque sí tal vez errático- es que todo esto me hiciera pensar en mi relación con la literatura, la principal de las pasiones de mi vida.
Desde que me inicié en la lectura establecí con ella una relación tan estrecha que excede-aunque incorpora- incluso el deseo de ser escritor. Sin embargo, cuando me tocó ese momento un tanto absurdo y ridículamente precoz en que hay que elegir el futuro profesional, empecé en dos oportunidades la carrera universitaria de Letras y las dos veces la abandoné. Mi explicación -la sigo sosteniendo- es que nunca me gustó la enseñanza sistemática. No quiero pasarme un año leyendo a Moliere porque al titular de la cátedra se le ocurrió que solo eso es la literatura francesa. Ni siguiendo un estricto itinerario de lecturas porque son las que demanda el examen o la monografía que tendré que aprobar para seguir adelante. Terminé, finalmente y sobre los sesenta años, la Universidad, pero fue un poco por amor propio y fue en Filosofía en la que, convengamos, lo sistémico está tan presente como en cualquier otra carrera, pero disimula mejor que en Literatura.

Me considero -me consideré siempre- un lector ávido, casi diría que compulsivo. Pero mirando hacia atrás, mi itinerario de lecturas ha sido siempre como el que me dio la inspiración para esta nota: tan luego me propongo leer de una sola vez todo Sebald, como de pronto una referencia de alguno de los libros me hace ir imperiosamente a otro autor, incluso si para ello es preciso interrumpir al primero, al que volveré pronto o -tal vez- el camino se enmarañe tanto que quedará allí por quién sabe cuánto tiempo, esperando que algo -quizás una nueva referencia en otro libro- me devuelva a la lectura original.
Aquí introduciré una digresión que creo justificable: la compra de libros en formato digital, que resulta más barata que tomarse una cerveza, contribuye hoy enormemente a esta forma de leer: algo más a favor de la tecnología.
No me propongo una meta o quizás simplemente soy consciente de antemano que no llegaré en línea recta. No me propongo tampoco el camino: voy a lo que vaya saliendo. Igual que cuando salgo a caminar. Improvisación, asistematismo, decisiones espontáneas e imprevisibles, hacen que después de bastante más de medio siglo siga encontrando en la literatura el deslumbramiento, la sorpresa, la epifanía. Y diré también: hay libros de los que ya no me acuerdo el argumento, pero tengo claro que en algo me han marcado para siempre. Como el linyera, solo me llevo de ellos lo esencial para la vida.
Llegado a este punto, creo que podría adjudicarme una categoría que propongo compartir con todos aquellos que se sientan identificados: soy un linyera de la literatura. Así sea.
Enrique Zattara es poeta, novelista, promotor cultural y Co-Director de la Ediciones Equidistancias y El Ojo de la Cultura. Ha publicado cuatro novelas: Sinfonía de la Patria, Lazos de tinta, Dos cuervos en la rama y El callejón del gato. Dos de sus poemarios han sido ya reseñados en nuestra revista bajo el título La persistencia de la melancolía.
Gracias, me encantó las diferencias entre croto, linyera, vagabundo y ciruja.