Por Pablo Manzano y Svetlana Aleksievich
El fin del homo sovieticus es un libro de la escritora e historiadora oral y Premio Nobel de Literatura bielorrusa Svetlana Aleksievich que retrata el colapso de la Union Sovietica a través de las voces y recuerdos de la gente común. Este libro elegíaco ha sido puesto a una especie de destilación editorial por parte de nuestro colaborador afincado en la capital austriaca
TRACK I
Curación
- Elegimos una vida hermosa. Nadie quería ya una muerte hermosa.
- Nos tocó aprender a vestirnos, a preparar platos sabrosos, a desayunar zumos y yogur.
- Aprendí mucho de mí mismo. Lo primero, que carezco de gusto.
- El mercadillo se convirtió en nuestra universidad.
- Empezamos a visitar mercados y tiendas como si fuéramos a exposiciones. No se me ocurriría decir que éramos víctimas del consumismo. Estábamos en un proceso de curación, eso es todo.
- Porque antes era todo gris y feo.
Literatura
- Las palabras ya no significaban nada. No solo vendíamos los libros porque necesitábamos dinero, lo hacíamos porque los libros nos habían decepcionado. No hablaban del nuevo paisaje, no enseñaban a tener éxito en la vida.
- La palabra escritor empezó a sonar como el diagnóstico de una enfermedad.

Generaciones
- «No quiero que mi hijo muera ni tampoco quiero que mate», me dijo una mujer. Entonces no había muchas personas como ella. El estado ya no era dueño de su alma.
- Para los padres, la libertad es la ausencia de miedo. Para los hijos, viajar y tener dinero.
- Los platos sabrosos, la ropa de moda, los viajes a destinos exóticos… Los jóvenes rusos quieren ver palmeras y desiertos. Ver camellos.
Cocinas
- Los disidentes de cocina éramos más que los manifestantes. No había conversación que no fuera interrumpida de repente cuando alguien miraba una lámpara para preguntar: «¿Me escucha bien, camarada oficial?»
- No hubo héroes en las cocinas. Mi marido se mofaba de mí: «Los disidentes sois muy capaces de encender los corazones, pero ¿qué vendrá después de vosotros». Esa fue la causa de nuestro divorcio. Al final resultó que él tenía razón.
Humor
- Había una pregunta. «¿Cómo consiguieron llegar hasta Berlín los soldados del Ejército Rojo?» Y la respuesta: «Es que les daba más miedo volver a Rusia».
- Hoy está de moda bromear sobre lo que sea. Todo es motivo para un chascarrillo.
- Había otro chiste, el más corto de la historia de este país: «Democracia».
Emprendimientos
- El comunismo es como la ley seca: una buena idea que no funciona.
- Así que me convertí en un hombre de negocios. Vendía tarros de colillas. Mis suegros, ambos profesores universitarios, se dedicaban a recogerlas por las calles y yo me ocupaba de la venta… La gente las compraba. Se las fumaban. Yo también me las fumaba.
Nuevos mercados
- La desaparición de la URSS se debió a la escasez de botas de mujer.
- ¡No se gana una guerra nuclear con tejanos y sostenes estampados!
- La fábrica dejó de producir cohetes, comenzó a fabricar lavadoras y aspiradoras.
- ¡Qué asco! Nunca hubo comerciantes en mi familia.
Capitalismo
- Esquilmar, apoderarse de algo, adelantarse a los demás.
- Un ejército de fortachones en chándal ocupó las calles. Cada mañana aparecía un cadáver tiroteado junto al bloque.
Herencia
- No quiero repetir lo que es una verdad de Perogrullo, pero Gengis Kan nos estropeó los genes.
Amistad
- Mis amigos y yo nos las hemos arreglado bien, cada cual tiene su empresa. A veces nos reunimos, ¿y sabe qué sucede? Que aparecemos con vinos caros, pero solo bebemos vodka. Y acabamos echando de menos a Stalin. Y eso que, como le he dicho, nos ha ido bien. ¿Qué nos pasa entonces?
El pasado
- Ojalá nunca tengas que vivir tiempos interesantes. Porque son pocos los que consiguen permanecer leales.
- Había un hombre que fue encarcelado debido a su parecido físico con Stalin. Y, la verdad, se le parecía mucho.
- Lo interrogó una mujer, una instructora. «¡Se la veía tan hermosa cuando me torturaban! ¡Tan bella!», me confesó.
- No nos gusta revolver el pasado, ¿sabe? El pasado es tabú.
- ¿Quiere que le diga por qué nunca juzgamos a nadie? Porque juzgar a alguien implicaba juzgar también a nuestras familias, a nuestros seres más próximos. El mal no era solo Stalin y los suyos, el mal eran también personas como la hermosa Olia.
Felicidad
- Yo soy un hombre sencillo y Stalin dejaba en paz a la gente sencilla.
- «¿Crees que Stalin soy yo? Pues ¡claro que no! Stalin es él», les decía a sus hijos, y señalaba con el dedo su propio retrato colgado en la pared.
- «Con puño de hierro conduciremos a la humanidad a la felicidad».
- Estoy releyendo a Chejov, su zapatero vende el alma al diablo a cambio de la felicidad.
- Nosotros hablamos poco de las alegrías. De hecho, concebimos la felicidad como un mundo distante y asombroso. Un mundo hecho de rincones, de ventanas y de puertas para las que no tenemos las llaves.
Vida
- Tengo que aprender a vivir, a divertirme. Tengo que amar a alguien.
- Yo creo que ya he vivido demasiado. No hay que vivir tanto. Resulta peligroso. Mi tiempo se terminó, mucho antes de que acabara mi vida.
TRACK II
Revoluciones
- Habernos perdido la Revolución nos producía un dolor tan intenso que casi nos arrancaba las lágrimas. No haber estado allí.
- La verdadera revolución fue la de los deseos, la de los placeres. Podías ser corredor de bolsa, sicario, gay. Comprarte un filete de elefante.
Dos palabras
- Lamentaba haber nacido chica, porque nunca me llamarían para la guerra.
- Mientras a algunos los torturaban, a mí me masajeaban el dedo índice de la mano derecha, porque sobre él recae la mayor parte del esfuerzo cuando se aprieta el gatillo.
- Guerra y cárcel: las palabras angulares de nuestra lengua.
- «¿En qué circunstancias te hicieron prisionero?», le preguntaron a papá. «Los finlandeses me sacaron del lago», explicó él. «¡Entonces eres un traidor! ¡Preferiste salvar tu pellejo!» Papá durmió seis años con la cabeza apoyada en un tronco, pero no alimentaba rencores. Habían vencido a Hitler.
Victoria
- Los nazis llegaron a nuestra aldea en primavera y ya al día siguiente comenzaron a sembrar flores.
- No hubo ni una mujer alemana a la que no nos folláramos. Así que todos los que nacieron en Alemania en 1946 son hijos del pueblo ruso.

Humanismo
- Usted es una ingeniera del alma humana. ¿Ha venido a consolarme?
- Las personas con formación humanística no eran aceptadas en el Partido. El Partido se nutría de profesiones relacionadas con las máquinas, la carne o el trigo. No con los seres humanos.
Mujeres y hombres
- Tras la guerra se quedó solo, y ya se sabe que un hombre solo no tiene otra cosa que hacer en la vida que beber e irse a dormir, beber e irse a dormir…
- Ahora los solitarios son personas de éxito, no como antes, que la soledad era patrimonio de los débiles y fracasados.
- Ninguna mujer rusa ha podido vivir jamás junto a un hombre normal.
- Un buen día anunciaron que estaba permitido llevárselos a casa. Las mujeres corrimos a buscarlos, pero pronto los devolvimos. ¡Pruebe usted amar a un hombre mutilado! Están llenos de mala leche y de rabia.
- Se que nunca podría enamorarme de un hombre pobre. Siempre me han gustado los hombres de éxito. Me inspira el léxico que manejan: offshore, garantía, licitación, marketing online, enfoque creativo…
Occidente
- En contra de lo que sostenía Marx, construimos el capitalismo tras salir del socialismo.
- No quiero ningún tipo de capitalismo, ni el estadounidense ni el sueco.
- Gorbachov profesaba un tierno amor por su mujer, un amor que no tenía nada de soviético.
- La CIA… Lo planearon así. Convertiremos a los rusos en gente cínica, vulgar y amiga del cosmopolitismo. Eso es lo que haremos.
- ¡Estáis jodidos, judíos!
- El planeta entero había enfermado de «gorbimanía» ¡Por fin nos habían tomado cariño! El tipo tenía tantas ganas de enamorar a Occidente, de que los hippies franceses llevaran camisetas con su retrato…Yeltsin, en cambio, pedía por la mañana que le subieran un vodka y unos pepinillos. Es lo que hacemos los rusos.
Cambios
- Stalin se encontró un país lleno de arados y lo dejó armado con la bomba atómica.
- Las fábricas producían más armas que reproductores de vídeo, que costaban lo mismo que un helicóptero.
- ¿Queréis ir a la guerra? ¡Pues yo no!, les dijo Gorbi a los militares. Es como si el César se hubiera propuesto destruir el Imperio Romano.
- Nos hemos hartado de la grandeza. Ahora anhelamos cosas comunes, normales. Cosas ordinarias.
- ¡Oiga, soñar con un Mercedes-Benz no es soñar!
- El problema no fue Gorbachov, ni Yeltsin, como ahora tampoco lo es Putin. El problema es que tenemos mentalidad de esclavos.
Demasiado
- Aquí la gente ya ha sufrido de sobra. Ya no quedan fuerzas, ni ánimos para más locuras.
- No dejaban marchar a nadie. Ni siquiera a los guardias, cuyo servicio se había limitado a escoltar a los prisioneros hasta la zona.
- Al regresar de la zona, desdentado y con el hígado hipertrofiado, mi padre fue a trabajar a la misma oficina de antes. Y en la mesa de enfrente tenía sentado al camarada que lo había denunciado. Él lo sabía, todos lo sabían. Pero mi padre y su delator siguieron compartiendo oficina, botellas de vodka y charlas animadas a favor de las políticas del Partido. Así somos los rusos.
- ¡Bueno, basta ya! ¡Basta, es demasiado!
Conclusión
¿Y qué sucedió en realidad? Pues que todo lo que fue escrito llegó a las librerías y todo lo que se rumió en secreto apareció publicado en la prensa. ¿Sirvió de algo? ¿Sirvió?
Mire, después de todo lo que sé sobre el ser humano, tengo miedo, ¿entiende? Miedo de mí. Soy solo un hombre del montón. Un hombre débil.
Pablo Manzano es cuentista y escritor argentino quien reside actualmente en Viena. Es autor de los siguientes libros de ficción: Celebración (Equidistancias, Londres-Buenos Aires, 2022), El rencor de los bufones, El puente de la jirafa (Barataria,. España, 2006 y 2008), El asesino de canciones (Tandaia, España, 2017). En 2008 tradujo cuentos de O’Henry, publicados con el rótulo de Esto no es un cuento y otros cuentos (Barataria). En 2009 participó en la antología argentina La erótica del relato (Adriana Hidalgo Editora). Ha colabroado con diversas publicaciones literarias, como Quimera, Hermano Cerdo y Boca de sapo, e igual y más recientemente en la publicación digital Revista Polvo
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