Por Claudia Jaramillo
Nuestra editora adjunta en Madrid regresa con una nota sobre lo "maleducada" que fue su generación en materia de la intimidad y sus conscecuancias. Una realidad que, tristemente, aún persiste en muchas culturas y geografías del mundo
Ni abejitas ni semillitas. Nosotras veníamos de la nada, del silencio. Los adultos de nuestro alrededor se hacían los locos y no respondían nuestras preguntas. Los padres no hablan de sexo. Al menos los míos. Mis padres no hablaban de eso ni entre ellos mismo, mucho menos con sus hijos. La palabra sexo no existía en mi casa, aunque mi madre sabía que mi hermana mayor llevaba años con un novio y hacía como que solo se agarraban de la mano y salían por las tardes a comer helado. Es decir, mi madre era muy buena haciendo como que no sabía nada. A lo mejor, es un trabajo de todas las madres, las de mi barrio, las de mi tiempo.
El porno era nuestra manera de estudiar la práctica, en la escuela nos enseñaban educación sexual y nos hablaban de condones, de penes, de vaginas, nos mostraban gráficos y estadísticas de embarazos juveniles, pero jamás nos enseñaron la práctica. En nuestra educación sexual veíamos películas porque era lo que hacían todos.
Una vez lo hicieron en mi casa un fin de semana que no estaban mis papás. Llegaron los amigos de mi hermanito disimulando mal, no pasa nada dijeron, no estamos haciendo nada dijeron, no vamos a ver ninguna película dijeron y se escondieron en la habitación con el televisor y el VHS. Yo ya sabía; unos años antes yo había tenido mi ritual, alguien buscó una casa sin padres, un hermano mayor con acceso a las películas de Ginger, y también dijimos que no íbamos a hacer nada. La hermana de mi amiga nos pilló y en lugar de hacer cómo que no sabía nada e irse a comer helado, se unió a nosotros en silencio, una presencia que yo sentí incómoda porque ese era nuestro plan secreto, nos había costado mucho reunirnos, esconder el televisor, cerrar con cuidado la puerta para ver como una chica que hacía de sirvienta se dejaba seducir por su jefe.
Miedo al sexo
En paralelo, mi hermana mayor funcionaba sin saberlo de promotora de la castidad, ella hacía unas prácticas en el centro de salud del barrio y a cada rato llegaba con la noticia de una mujer malherida por un aborto casero. Porque no se podía abortar, ese era un derecho de los hijos de otros. Cuando una de mis compañeras de colegio se quedaba preñada a los quince años o antes de cumplir sus sueños, la casaban, como si eso fuera a enmendar el error de no hablar de sexo con los hijos.
Una a una fueron cayendo todas mis compañeras, las niñas del barrio que iban a colegios de monjas, todas, o casi todas. Mi hermana y yo no. Ella tal vez porque ya sabía hacía a dónde iban los hijos de aquella generación de la Medellín consumida por el narco y no quería ninguno. Y yo no tenía ni siquiera un futuro para mí. Mi hermana no repartía condones como medida de prevención, repartía historias de terror basadas en la vida real. Para algunos las pesadillas venían de Freddy Krueger, para una de mis amigas eran los tiburones después de ver la película de Spielberg, pero mi propia pesadilla dormía en la cama de arriba. Mi método de planificación familiar barato era el miedo que difundía mi hermana mayor, ella contaba cómo llegaban a urgencias los que se intentaban quitar los hijos no deseados: ganchos de ropa o alambres o ramas de perejil, con venenos, líquidos corrosivos, pastillas, agujas de tejer. Mi hermana era una máquina de mantenerme alejada de los penes sin condón.
La clandestinidad pone en peligro la vida de las mujeres. Pero vino el primer aborto. Una amiga y su novio no se habían cuidado porque llegaron borrachos de una fiesta, y no pensaron muy bien las cosas y no se imaginaron ser padres antes de terminar la universidad y ellos querían ser arquitectos, no papás. El aborto no fue clandestino, fue en una clínica para los ricos y con ese aborto una tristeza profunda de la que ella ya no pudo salir. Los hijos de los ricos no se meten agujas contaminadas en la vagina y sus hijas ricas no les da una infección que les quita o la vida o las ganas de ser madres.
Dueñas de las palabras
Fuimos hijas del silencio y ahora nos tomamos la palabra. Aprendimos educación sexual a las bravas, con películas, entre amigos. No teníamos derecho a pronunciar la palabra sexo, deseo, eyaculación, orgasmo. Perdimos la vergüenza y ganamos nuestra propia voz. Nos ganamos el derecho a vivir nuestro deseo, a andar desnudas si queremos, y podemos meter la palabra masturbación en conversaciones, porque no somos sordas como nuestras abuelas. Nos ganamos el derecho a hablar y por eso ahora estamos contando las veces que nos violaron, las veces que nos besaron sin quererlo, las veces que nos encerraron en un cuarto oscuro y nos hicieron todas esas cosas que no queríamos. Ahora tenemos la palabra, el derecho a quejarnos y nos lo ganamos con mucho dolor y sufrimiento y ya no nos vamos a callar la boca como señoritas de un cuadro colgado en la pared.
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Claudia Jaramillo es cofundadora y Editora Adjunta de Revista Perro Negro en Madrid. No sabemos si ella esté de acuerdo con su descripción, de madre, poeta, cronista y diseñadora. Y en ese orden. Sus poemarios Todo lo que cabe en un puño y Al margen de las cosas pueden adquirirse ya en formato digital en nuestra tienda o en Google Books
Fantástico tu artículo, real , duro y con la carga justa de tristeza
Gracias por enviármelo y enhorabuena por esta nueva criatura en forma de revista