Por Leo Castillo
No es un desproposito afirmar que las personas que exhiben un excesivo amor por sus animales, quizá esconden tras de sí una rancia misantrópia. Esa misma que experimentó Gulliver al final de sus viajes en la tierra de los Houyhnhnms, esos virtuosos y racionales equinos muy superiores, según Jonathan Swift, a cualquier humano. Pero, felizmente, esta nota es también una breve testimonio de esa complicidad nocturna y felina que existe entre gatos y escritores
Desconfío de ésas que nos apabullan con tan empalagoso y promulgado amor por los animales. Algo en mí sarcásticamente detona una atronadora carcajada para decirme que no hay tal, que las jodidas amas de casa que lloran a moco tendido por la pérdida de su mascota melodramatizan, sobreactúan en esto como en lo atinente a su falsa fidelidad por sus esposos, ¡como si no supiera yo que lo que en el matrimonio se cocina entre las cuatro paredes de su presidio convencional no es sino la viabilidad de una empresa! Eso es un hogar, y no me lo callo: una microempresa. Y la mujer lleva el libro de cuentas. De manera que tú, Juan de los Palotes, deja ya de echar tantas cábalas y de moler suspicacias. El asunto es esencialmente económico, y si no eres rentable, pues no quedan sino dos opciones a tu yugo: sostener cachos, o ver subastado al mejor postor el destino de tus sueños. Pero como de cachones revienta el mundo, espero que no te habrás de sentir particularmente señalado por el infortunio, ni resbalar en ninguna vulgar y poco viril susceptibilidad. Acepta que tu mujer se vaya con otro mientras tú, con tus desmirriados recursos, tratas de pegar con la primera que te muerda el anzuelo. Cualquiera, te digo, no peques de pretencioso, que el que mucho escoge se queda con nada por remiso. Pero quizá lo mejor que te cuadre sea desandar el camino y hacer caso al precavido San Pablo, que en su elevada sabiduría prescribe a los suyos el estricto celibato. Pues fíjate cuánto les rinde su celibato a sacerdotes, cardenales y papas. Mira nada más la vida de regalo que se gastan. Ni trabajan, para que veas, ni le aguantan monsergas a mortal ninguna. Sacrifícate también tú como ese padre del cristianismo en aras de la salvación del mundo o de cualquier otra ventolera que te sople.
Pero no es esta otra perogrullada lo que me quita aquí mi codiciado ocio. Lo que deseo desenmascarar es la hipócrita presunción de amor a las mascotas, como ya dije. Nada de cierto hay en esas cartas de lectores tan frecuentes en nuestros diarios, ni en las jeremiadas que atiborran nuestros correos con gazmoñerías acerca de los ciertamente indefensos animalitos sometidos a una absurda existencia en el ámbito de esa desdichada institución burguesa, la familia. En sus envíos las verracas se duelen hasta el exasperante berrido del famoso abandono de perritos y gatitos. ¡Hipócritas! Digo que non otra cosa que farsantes, y para demostrarlo, te contaré una historia.
“…lo que en el matrimonio se cocina entre las cuatro paredes de su presidio convencional no es sino la viabilidad de una empresa! Eso es un hogar, y no me lo callo: una microempresa.”
Vivo en uno de estos mal llamados apartaestudios que rentan en los barrios estrato 3 de nuestras ciudades tercermundistas (estrato 3 acá es el equivalente, ya sabes, a zonas deprimidas en los países desarrollados.) Durante la noche, mi alma se resquebraja ante la misma escena. Un bello gato blanco como la luna se aposta ante mi puerta, tratando de entrar a mi desvelado recogimiento. Esto sucede entre las 21 y las 5 horas locales (ya habrás advertido que debo ser escritor, si no algo peor, un maldito ocioso que, sin oficio probo en nuestras sociedades consumistas, desperdicia horas, días, semanas enteras, meses, años, como quema cigarrillos baratos, fuma marihuana o bebe licores de fabricación y venta ilícita, aunque no más deshonestos que los inalcanzables elíxires que los putos especuladores promocionan en sus ostentosos estancos, como si una pea fuera menos respetable que otra por el solo sello de rentas del trago. ¡Bah!)
Decía que se me rompe el corazón cada que ese dulce ejemplar felino se aposta allí, ante mi puerta, la que comunica con el patio, y con su fino hociquillo da en hozar, tratando de removerlo, el anjeo que me protege de esas otras mal queridas mascotas, inseparables del pobre, a las que nadie adopta ni profesa el menor cariño ni manifiesta alguna empatía: los zancudos. ¿Por qué desea entrar este gato a mi habitación, y de quién coños es? Lo ignoro. Más hay algo de lo que sí estoy positivamente seguro. Su dueña duerme… ¡Oh!, claro, tal vez deba decir dueño. Pero esto es indiferente, y puesto que los hombres no lloramos habitualmente más por mascotas que las mujeres, se me excusará la precisión de género.
El asunto es que su dueña, plácidamente, sueña a pierna suelta al lado de su desgraciado esposo. La maldita está soñando con otro, con un destino al lado de un hombre con más agallas que el fracasado que le ha tocado en suerte. Y su gato la trae sin el menor cuidado. Esto es problema mío, que seré escritor o algo por el estilo, y tengo el deber de preocuparme por lo que a mis semejantes les importa un pito.
Así que todas las noches la huérfana maravilla blanca viene y se echa allí mientras tecleo. Tú y yo sabemos que el gato es un animal de hábitos nocturnos, como los puñeteros escritores. Pero la dueña, maldita la noción que de esto tiene, nada en absoluto se le da que el animalito se precipite en esta profunda soledad cósmica para la que no ha venido al mundo. Porque, a diferencia de los escritores, el felino es un ser al que le gustan los animales humanos, amén de sus propios semejantes. Vive a placer con nosotros, y casi nunca nos abandona, actitud que no comparte con nuestras esposas. Es apenas justo que la dueña de este ejemplar, como las de tantos miles, tantos millones (solamente en Nueva York hay doce millones cuatrocientos setenta mil doscientos doce gatos, uno y medio por cada gringo en esta ciudad, según el resumen semanal en español del N. Y. York Times), es apenas justo que las amas de casa sacrifiquen cada noche unas cuantas horas de sueño a fin de no desamparar en el insomnio tenaz de esta especie a sus solas mascotas durante la larga noche del abandono familiar. A estas señoras descaradas que no trabajan (por algo soportan un marido), ¿qué tanto les puede costar este piadoso “sacrificio”? Pero no. No señor. La soledad de estas criaturas, según ellas, no está presupuestada en los guarismos de la economía doméstica, así que es deber suyo.
De manera que la buena señora duerme, ya dije, a pierna suelta, mientras yo guerreo con las ineptas palabras intentando hacer entender a mis semejantes que no son, ni en sueños, tan delicados ni atentos como fingen serlo en esas hipócritas reuniones en que se jactan de su amor por las mascotas.
“¡Gatito!”, llamo a la maravilla blanca detrás del anjeo. “¡Miau!”, me responde. A veces fantaseo que es al revés. Que “¡miau!”, le digo, y que “¡gatito!”, me responde.
Esta es la primera colaboración de Leo Castillo. Autor de los poemarios El otro huésped, De la acera y sus aceros; los volúmenes de cuentos Historia de un hombrecito que vendía palabras y Convite. También ha escrito una novela, Labor de taracea y es traductor del francés. Es colaborador en diarios de Colombia y revistas de distintos países. Reside en el Caribe colombiano
Teo siempre sorprendes con tus literarias pilatunas cuya traduccion literal seria: “Travesura, acción propia de niños que, en busca de diversión, ocasiona molestia”… A proposito de gatos, llevo un par de semanas sufriendo los desmanes de uno de estos felinos que ha decidido marcar territorio en propiedad ajena, echandose sus fetidas meadas en un rincon de la entrada de mi puerta. Mi vecina de la planta baja, ama y señora de 3 mascotas gatunas, ha negado que este acto de incultura y desfachates hays sido cometido por sus felinos, ya que no son felinos sino felinas, hembras de la especie que precisamente no se caracterizan por marcar territorio meandose en rincones ajenos… Que ese fetido acto probalmente ha sido cometido por el gato vecino, y claro esta elevo la queja al siguiente sospechoso, pero recibo la misma respuesta, del vecino de la segunda casa, el cual bajo juramento declara tampoco tener especies machos, sino una hembra que ya no tiene energias ni para cazar cucarachitas, de modo que la conclusion es que los orines del rincon de mi puerta son de origen desconocido y que hay que denominar al culpable como felino NN. Feliz dia mi amigo Escritor La Paz sea contigo y gracias por compartir tan amena historia.
Gracias por tu generoso comentario José Luis. En caso de que Perro Negro sea un nombre relativamente nuevo en tu quehacer de lecturas, te comentamos que en nuestras páginas ya han habido sabuesos negros, obviamente, un conejo blanco con una exposición de arte chino en Sydney y ahora el gato blanco de una vecina en el Caribe colombiano. Y, esto es primicia, muy pronto algunos poemas sobre ofidios por aquello del Nuevo Año chino. Ah… y le hemos pedido a Leo Castillo que te conteste directamente en esta página.
Pues, José Luis, nada te extrañe si el gato de mi “pilatuna” sea el que se mea en tu casa. Este gato es fantástico, y no sufre límites, vayas, fronteras de predios, de nacionalidad, etc. Cordial, Leo Castillo