Por Gabriela Mayer

Celebramos la publicación de un relato inédito y reciente de una de nuestras cuentistas favoritas a ambos lados del Atlántico. Esta es una narración donde la nostalgia, lo mundano y lo metafísico convergen de manera íntima y magistral


Punta Mogotes es un barrio tranquilo. Cada noche, antes de dormir, Sandrini ronronea un momento y luego se acomoda a mis pies. A veces escucho el ruido del viento, soplando desde la costa, que mece hojas y ramas del ceibo que planté hace añares en la vereda. 

Hasta ahora, mi vida transcurría de manera rutinaria, previsible. Pero, hace unos días, empezó la cuestión de los álbumes de fotos. En los últimos años nunca se me había dado por mirarlos. Pero una tarde en que recién arrancaba el vendaval, no podía salir a hacer las compras y la tele me aburría, agarré las fotos del viejo baiut. Después de abrir la primera caja, no pude dominar el entusiasmo. Seguí revisando, una tras otra. 

Cada caja, prolijamente rotulada con bolígrafo azul, contenía un álbum. La luna de miel de mis padres. Mi nacimiento. Mi comunión. La graduación como maestra normal. Viajes. La Falda, 1954. Los Cocos, 1959. Rosario, 1965. Buenos Aires, 1971. Cataratas del Iguazú, 1979. En las cajas también había montones de fotos sueltas. 

En algún momento debería ordenarlas, pensé. Si no, van a terminar estropeándose y sería una pena. Antes de cenar, acomodé las fotos sueltas en montoncitos sobre los álbumes y las cajas en el mueble. No me di cuenta de que, en una punta alejada de la mesa, había quedado sin guardar la foto del tío Roberto. Lavé los platos, subí y me fui a dormir con la radio AM de fondo, como siempre.

Y esa misma noche me despertó ese vozarrón inconfundible, que resonaba por la escalera hasta mi dormitorio. La voz del tío Roberto, la misma que usaba en sus inicios como canillita, hasta que logró comprarse el kiosco de diarios sobre la peatonal San Martín.

Apagué la radio para escuchar mejor. Tuve un poco de miedo. Y eso que yo al tío Roberto lo quería muchísimo. Me quedé petrificada en la cama, con Sandrini hecho una bolita al lado mío. Se lo escuchaba contento al tío Roberto. Durante casi una hora habló animadamente con una mujer, pero no identifiqué con quién. A medida que empezó a clarear, su voz se fue apagando. Sentí en brazos y piernas el peso que anticipa el sueño. 


* * *

A eso de las siete bajé a desayunar. La foto en blanco y negro del tío con su prima Mimí seguía en el mismo lugar. Volví a mirarla. Roberto sonríe, mostrando sin pudor la barriga, mientras Mimí hace una pose coqueta con sus pantalones nuevos. Detrás de la foto, alguien –tal vez mamá- había garabateado en lápiz “1937”.

Devolví la foto al mueble. Seguramente había sido un sueño. Roberto era mi tío preferido. Me encantaba cuando se ponía a silbar con su bocota. O me llevaba a pasear, parada con mis pies chiquitos sobre sus zapatones enormes, mientras me tomaba de las manos para que no me cayera.

Por la ventana se filtraba un mínimo reflejo de sol. La tormenta parecía querer aflojar. Aproveché para viajar en el autobús que sale temprano al centro de Mar del Plata. Fui al banco a cobrar la pensión y me tomé, como siempre, un cafecito con medialunas en la Boston. 

Volví en el autobús de pleno mediodía, cansada. La tarde se me pasó volando. Empezó a llover de nuevo. No tenía ganas de mirar más fotos, porque me agarra esa nostalgia que, al principio, pensás que es hermosa, aunque después te aprieta un poco el pecho también. 

Esa noche me tomé una copita de tinto con soda durante la cena. Prendí la tele y enganché la última parte de Los isleros por canal Volver. Tita Merello siempre fue una de mis actrices preferidas y de mamá, también. Cuando terminó, la melancolía se había ido y no pude resistirme. Así que dejé sobre la mesa la foto de Mariángeles, mi prima de La Falda. La que murió joven, de un ACV, dejando dos nenes chiquitos. Subí a acostarme. Incluso sin la radio, concilié rápidamente el sueño.

A eso de las tres o cuatro de la madrugada, sentí la voz aguda de Mariángeles desde la planta baja. La distinguí con claridad, mientras sus palabras subían por la escalera, hasta mi dormitorio. Primero mi prima tarareó un tango. Gracias al estribillo, identifiqué su preferido, Por una cabeza. Después habló con alguien. No pude entender más que alguna palabra. Ni idea con quién conversaba o, mejor dicho, discutía. Yo me llevaba bien, pero tenía carácter fuerte Mariángeles. 

Cuando la luz comenzó a filtrarse por las hendijas de la persiana, su voz se fue desvaneciendo, como había sucedido la noche anterior con el tío Roberto. A diferencia de la primera noche, ya no pude conciliar el sueño. Sandrini sí, dormía extendido a mis pies. 

* * *

Después de darle vueltas al asunto, me levanté a tomar unos mates. Seguía lloviendo. El temporal castigaba con fuerza Punta Mogotes y más allá. Típico de esta época invernal.

Mamá. Pensé en sacar la foto de mamá, en su casamiento con papá. Pero no estaba lista todavía. Mejor, antes, alguna foto de Jorge. A mi hermano menor también lo quise muchísimo. 

Me llevó un rato encontrar las fotos de la primera comunión de Jorgito. Estaban en un álbum que reunía fotos familiares de los años 50 a 60. En la portada, aparece  de pie, con un rosario en la mano. El traje cruzado, que le queda grande. Porque mi hermano fue flaco toda la vida, hasta que se lo llevó el cáncer, antes de los cincuenta.

Al desprender la foto de los esquineros, se dobló apenas. La apoyé con cuidado sobre el mantel, en la misma punta de la mesa donde había colocado la foto del tío Roberto. Por la tarde vi una telenovela turca, pero no terminó de gustarme, aunque la dueña de la mercería de la vuelta me la había recomendado. Tenían nombres raros, no lograba memorizarlos y me confundía los personajes. Me hice unos sándwiches de salame y queso.

Subí, me acosté y ni prendí la radio. Tenía unas horitas nomás, hasta la madrugada. 

Contra mis pronósticos, me quedé dormida y me despertó el sonido de una pelota que rebotaba contra las paredes blancas del living. Goool, gritó Jorgito. Hubiera querido bajar. Tantos años sin verlo. Darle un abrazo. Pero tenía que pensarlo bien. Era probable que no me reconociera y terminara asustándolo.

Me levanté de la cama. Caminé hasta el descanso de la escalera. Abajo reinaba la oscuridad, tal como había dispuesto antes de irme a dormir. Algo en mí pedía bajar, pero todavía no me animaba. 

Sandrini siguió durmiendo pese al ruido que hacía la pelota. Tampoco lo inquietaron los truenos a lo lejos.

De golpe apareció una voz llamando a Jorgito, o más bien retándolo, y la casa volvió a quedar en silencio. Pasé la mano por el lomo del gato y cerré los ojos. Me esforcé por recordar las tardes familiares en Playa Serena, cuando éramos tan jóvenes que la muerte parecía cosa de otros. Y nos metíamos dentro de los pozos de arena que nos llevaba horas cavar. Tronó más cerca. Un relámpago iluminó la habitación por un momento. Concilié el sueño más rápido de lo que pensaba.

* * *


Me desperté antes de que sonara el despertador. Sí, pensé mientras ponía a calentar el agua en la pava. Después del tío Roberto, Mariángeles y Jorgito, era hora de mamá. 

Elegí una foto suya que siempre me encantó. Mamá sonríe, ya mayor, en medio de un jardín. Está apenas recostada en una reposera, con las piernas cruzadas. Lleva puesta una blusa beige con botones hasta el cuello y una pollera tableada al tono.  Tiene el pelo canoso, con un remolino en la frente. Y unos lentes de sol grandes, de marco marrón. Sus manos, algo arrugadas, descansan cruzadas sobre el regazo. 

Presa de la ansiedad, el día pasaba lento. En un momento en que la lluvia amainó, caminé hasta la verdulería primero y a la carnicería después. Cociné pastel de papas con la receta que mamá dejó anotada en su cuaderno. Lo degusté bocado a bocado, mientras miraba el noticiero del mediodía. Cuando terminé de comer, apagué y subí a tirarme un rato, algo que no suelo hacer prácticamente nunca. El tamborileo de las gotas sobre la chapa del aire acondicionado me adormeció por un rato.

Después de la siesta se me dio por limpiar. Empecé por la cocina; con este tiempo horrible quién sabe cuándo volvería la chica de Camet que me ayuda por horas. Seguí por el baño principal y ya tuve que dejar, porque me sentía muy cansada.
Tomé unos mates e intenté unos crucigramas, sin avanzar. Por fin anocheció.
No pude concentrarme en ningún programa de televisión durante la cena. Comí la media porción de pastel de papas que quedaba. Lavé los platos del almuerzo y de la cena (al final, me había pasado el día comiendo) y subí. 

* * *

Me propongo quedarme despierta. Ansío escuchar la voz pausada de mamá, después de tantos años de extrañarla cada día. Me puse el camisón más lindo que tengo. Y me peiné antes de acostarme. Ahora espero. Como durante todo el día, el tiempo, más que transcurrir con lentitud, parece arrastrarse de a milímetros.

Sandrini sigue extendido a mis pies. El mar debe estar picado, porque las ráfagas hacen temblar la persiana del dormitorio y también el cristal de la ventana. La lluvia cae, con la misma intensidad de los últimos días. 

A eso de las dos y pico, llega el primer sonido desde la planta baja. Imposible no reconocer su voz. Mi corazón late descontrolado. Intento descifrar sus palabras, pero no las entiendo; se confunden unas con otras. La escucho triste, preocupada.

Me levanto, me calzo las chancletas. Me ato el deshabillé con doble nudo, por las dudas. No importa que el piso cruja apenas mientras camino. 

Con mis movimientos, Sandrini se despierta. Junto al rellano de la escalera, las palabras de mamá se escuchan mejor, pero tampoco se entienden.

El corazón me palpita a más no poder. Bajo los escalones despacio, con mucho cuidado. Hago una pausa en cada peldaño. Aunque después de tantos años conozca la escalera de memoria, no vaya a ser que me tropiece justo ahora.

Sigo tratando de entender sus palabras. Por lógica, a medida que me acerco, debería ser más fácil. Pero no. 

Respiro profundo; encaro el segundo tramo de la escalera. Su voz parece diluirse con cada una de mis pisadas. Me sobresalto cuando Sandrini pasa corriendo y en pocos segundos alcanza la planta baja. Para él, es una noche como cualquier otra. Lo escucho devorar el alimento de su plato en la cocina. Eso que suele escaparse de cualquier persona que no conoce.

Sigo bajando. La luz del living está apagada, tal como la dejé. No resuena palabra alguna. El silencio envuelve la casa. Solo se oyen las ráfagas de viento, retumbando en persianas y cristales. 

Apenas cuatro escalones. Tres. Dos. Uno. El piso de cerámica, bajo mis chancletas.

Diviso a mamá en la oscuridad. Corro a su encuentro lo más rápido que puedo, con los brazos abiertos. Me ve y sonríe. Se la nota triste, pero igual sonríe y se levanta de la reposera. Quisiera preguntarle qué le preocupa. Pero ya sus manos me revuelven el pelo y su pecho se funde con el mío, en un abrazo enredado y larguísimo. 

El abrazo nos deja frente a frente. Estamos las dos encorvadas, medimos prácticamente lo mismo. Tengo el pelo tan canoso como ella. La fragancia de la colonia 4711 en su cuello me trae un llanto de la infancia.

Abro la puerta de calle. Agarradas del brazo, salimos a la noche invernal y lluviosa. 
—Te extrañé tanto todos estos años —digo.
—Quise retrasarlo lo más posible —responde.


* * *


Ni bien llegamos a la playa, nos descalzamos. Dejamos mis chinelas junto a sus mocasines con hebilla. Nuestros brazos siguen entrelazados. Caminamos y la arena se nos mete entre los dedos de los pies. El rugido del mar nos hace olvidar la lluvia. Y nos trae tantos recuerdos, como fotos sueltas.


Gabriela Mayer es periodista y colabora en medios como Infobae. También trabaja en el área de comunicación para el Goethe-Institut de Buenos Aires y ha publicado cuatro volúmenes de cuentos: Sueños como cuchillos (2022)El pasado sabe esperar (2018), Todas las persianas bajas, menos una (2007) y Los signos transparentes (2003).