Por Isabel F Bussy
Es un vocablo griego acuñado por Anaximandro sobre la estética del origen. Aquí nuestra joven colaboradora lo emplea para especular qué pasaría si dos pensadores clásicos helénicos como Heráclito (flujo) y Parménides (inmovilidad) no tuviesen ninguno la razón o —más intrigante aún— la tuvieran
Supongamos que Heráclito tenía razón. Hoy volví a pisar en mi río de siempre o, mejor dicho, mi río de nunca que ni siquiera es mi río.
Supongamos que Parménides no tenía razón y que el cambio es imperturbable y se mantiene, aunque se disfrace de una piedra empantanada en su quietud.
Por lo tanto, sería sensato decir que hay algo que nunca se reforma. Que lo único que hay es flujo y si este se detiene ya no se puede llamar flujo.
Pero solo puedo conocer Algo si, y solo sí, ese Algo tiene al menos un matiz que no habita en la fugacidad.
¿Cómo puedo decirte que conozco mi casa si en cada instante el polvo está bailando de la mano de otro polvo y la luz manosea la madera sin canto ni composición?
¿Cómo puedo decirte que me conozco si mi silencio teje nuevos mitos y mi soledad está fermentando miedos ajenos?
Pero hasta lo que relato en estos momentos es pura ficción.
Un instante es tiempo detenido y eso se extinguió desde que Dios nos desertó con su reloj de arena y fuego.
“Mí: Yo”. Esta es una batalla perdida.
Supongamos que Platón estaba cerca de la verdad. ¡Todo muta, pero el conocimiento sí existe! Entonces debe haber aquel que es más necio que el tiempo, es un intérprete de la muerte e insiste en quedarse.
¿Pero dónde está eso que subsiste? ¿Está en la cosa en sí?
Platón dirá que no. Pero ahí hurgamos cuestiones problemáticas como regresiones al infinito y la existencia de almas.
(Porque si la rojedad de la manzana es roja en sí misma, entonces es roja gracias a otra rojedad, y así hasta la supuesta esencia última…)
¿Y esto dónde nos deja?
«Supongamos que Platón estaba cerca de la verdad… Entonces debe haber aquel que es más necio que el tiempo, es un intérprete de la muerte e insiste en quedarse.»
Yo puedo decirte que conozco mi casa, aunque en cada instante el polvo esté bailando de la mano de otro polvo y la luz manosee la madera sin canto ni composición.
Yo puedo decirte que me conozco, aunque mi silencio teja nuevos mitos y mi soledad esté fermentando miedos ajenos.
¿Y esto dónde nos deja?
Isabel F Bussy es una joven escritora y traductora argentina residente en Florida, Estados Unidos. En este momento disfruta de un año sabático y desde hace unos meses se ha convertido en una colaborada habitual de Perro Negro con traducciones de filósofos latinoamericanos y notas o reflexiones propias.
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