Por Jennifer Smith
Segunda entrega sobre el trabajo de una fotógrafa cuyas imágenes han contribuido a la formación de una identidad no solo argentina sino también continental. Sara Facio fotografió la inocencia del fervor y la ilusión que generó la tercera y última etapa de la carrera política de Juan Domingo Perón tras su regreso a la Argentina, en 1973, después de casi dos décadas de ausencia
El 20 de junio de 1973 Juan Domingo Perón regresó a Argentina tras 18 años de exilio en España donde fue protegido por el único lider fascista que sobrevivió la Segunda Guerra Mundial. El Generalísimo pudo retribuirle el favor del envio de carne argentina durante los primeros años del franquismo cuando España sufría un embargo de petróleo de los Estados Unidos y a su país aún no se le había permitido ser miembro de las Naciones Unidas. De hecho en Madrid existe la Avenida del General Perón. Recordemos que en España, como en mucho otros países hispanohablantes, no se escriben biografías pero sí se le otorgan nombres de famosos a calles, avenidas y pueblos; un poco como los estadounidenses hacen con sus aeropuertos.

Ese 20 de junio de 1973 era un miércoles frío y hasta anodino a no ser porque unas tres y medio millones de personas -“las masas peronistas”- fueron a recibir a su caudillo en el Aeropuerto de Ezeiza. Lo singular de Perón como lider político fue que durante sus últimos años de exilio en la capital española estableció alianzas con representantes de la izquierda peronista, como el nuevo presidente Héctor Cámpora que acaba de ganar las elecciones presidenciales un mes antes, así como de la extrema derecha con José López Rega, un expolicía que acompañó a Franco durante parte de su exilio en España y luego sería el fundador de la Triple AAA (Alianza Anticomunista Argentina) que durante los años de 1973 y 1976 fue responsable por la desaparición de más de mil personas.
Ese día Perón llegó acompañado de Héctor Cámpora pero en la plataforma erigida para que el caudillo se dirigiera a su “masa” de seguidores Rega ya había colocado francotiradores que más tarde dispararían contra las Juventudes Peronistas y Los Montoneros. Ese día marcó el fin de la alianza entre las facciones peronistas de izquierda y derecha así como también la muerte oficial de trece personas más heridas y lesiones a otras 365. Como es de sospechar, el diaro El Clarín afirmaría que los muetos y heridos fueron muchos más. Fue una tarde que ha pasado a ser conocida como “La masacre de Ezeiza.” Poco tiempo después Cámpora sería obligado a renunciar por no otro que el mismo Perón.
Todo movimiento populista requiere un culto a la personalidad. Eso es válido tanto para el castrochavismo como para el trumpismo o el régimen norcoreano. Y es que la historia argentina está salpicada tanto de descalabros financieros como de íconos cuyo culto es la comunión de lo visceral con lo cuasireligioso. Es un país politicamente disfuncional cuyo lento y progresivo empobrecimiento los ha vuelto más latinoamericanos. No así, sus íconos tienen una proyección no solo continental sino global. Ídolos musicales, literarios, futbolísticos y políticos: Gardel, Borges, Maradona, Messi y por supuesto los más influyentes de todos, socialmente hablando, Che Guevara, Evita y Juan Domingo Perón.
A finales del 2018, el Malba de Buenos Aires organizó una exposición titulada simplemente Perón, exactamente como el monumental título con el que se publicó el libro que celebró la muestra. En él Facio incluyó más de 200 fotos; la exposición del Malba estuvo compuesta de 115 imágenes. Tras su publicación Facio tan solo objetó que su nombre hubiese aparecido en la portada tan grande como el de Perón.

La exposición del Malba sería la última celebración pública de la la obra de Facio. El peronismo que Facio vivió y retrató abarca la última fase de Perón desde su regreso a la Argentina hasta su muerte poco después en julio de 1974. Y como todas las cosas que tienden a trascender a su tiempo y entorno, la petición para que Facio empezara a retratar el fervor peronista que la rodeaba se dio por casualidad. Cristina Uribe era una periodista trabajando para una agencia francesa y estaba escribiendo sobre esa “región caliente”que era Suramérica a comienzos de la década de los 70. Muy pronto Uribe se percató que cubrir las distancias entre Santiago de Chile y Buenos Aires era algo considerable. Ella conocía a Sara Facio por medio del “biográfo semi-oficial” de Perón, Tomás Eloy Martínez cuyos libros La novela de Perón y Santa Evita son, hoy por hoy, los retratos narrativos definitivos de ese movimiento fantasmagórico social argentino. Esto debería importarnos dado que sus secuelas siguen sintiéndose en Argentina y, en gran medida, también en el resto del continente.








Facio siempre se definió a sí misma como una persona que militaba con la fotografía y tal vez deberíamos añadir que ella fue más que nada una fotógrafa militante de la calle. Esto incluyendo sus retratos de escritores famosos pues también los inmortalizó cuando ellos deambulaban un tanto “aburridos” y desprevenidos en la Plaza Vicente López, a donde Facio se los llevaba a pasear antes de meterlos a su estudio para retratarlos a su antojo. Las imágenes peronistas que nos ha legado corresponden en gran parte al frenesí de una multitud esperanzada y aglutinada. Y es que la esperanza y el miedo son las dos monedas que todo populista usa para sobornar y chantajear a un electorado no siempre ignorante pero sí invariablemente desilusionado y al borde del cinismo. Eran tiempos aciagos que fueron sucedidos por realidades aún peores. El Plan Cóndor, auspiciado y financiado por Nixon y su nefario Secretario de Estado, Henry Kissinger, se encargó de promover las dictaduras militares en el Cono Sur comenzando por la de Pinochet. El fin de esa época fue La Guerra de Las Malvinas. Perón fue un especie de curandero pusilánime, contradictorio y transparante pues en más de una forma nunca se supo cuál era su verdadera afiliación política. Yo, sin ser argentina, confieso que creo que él era más de derecha que de izquierda. El caso es que desató unas fuerzas que ni él mismo hubiese podido controlar de haber vivido unos años más. Perón, quien terminó escudándose tras sus dos esposas, le dejó a Isabel Perón un problema insoluble cuyo desenlace final fue su derrocamiento. Se estableció así el callado horror de la represión sistemática en las que 30 mil de personas fueron desaparecidas, torturadas y muertas incluyendo el joven que aparece en el centro de la primera foto de la selección de fotos aquí arriba.

Quizá no sea del todo coincidencia el que haya sido una mujer del talento de Sara Facio la encargada de preservar el entusiasmo -y el implícito desengaño ulterior- de los últimos días de Perón y la tercera resurreción de un movimiento que aún hoy en día se nutre, para bien y para mal, de un espectro político. Todo movimiento populista desemboca inexorablemente en una especie de vampirismo histórico. Al examinar estas fotos el sentimiento que en mí prevalece es el de congoja y desilusión. Es por ello que debemos ser los suficientemente cautos, modestos e inteligentes para entender que la obra de Sara Facio es a la vez un regalo y una advertencia. Un regalo porque ella siempre quizo difundir lo que hizo y una advertencia para no dejarnos seducir por el facilismo del populismo y por ello no tener que acabar con la venganza fascistoide y neoliberal in extremis que es el caso de ese otro demagogo chabacano: Javier Milei.
Jennifer Smith es poeta, traductora y también colaboradora habitual de nuestra revista. Su primer artículo sobre Sara Facio, títulado El obturador del Boom puede leerse aquí. Jennifer vive en Yorkshire con sus dos gatos y su esposo, en ese orden según ella misma.
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