Por Juan Toledo
Existe la tendencia a creer que los suicidas raramente han conocido la dicha y que son o han sido seres carentes de humor. Preferimos ignorar que la dicha y la felicidad son tan pasajeros como la angustia y el desespero. La idea del humor de los suicidas es particularmente evidente en contados escritores. Esta nota habla de la brillante y trágicamente recordada pero también salerosa Sylvia Plath
Empecemos por decir que una nota bajo un título como este excluye de inmediato a escritores como Hemingway, Leopoldo Lugones, o Walter Benjamin, pero —y aunque mucha gente no lo crea— no a Sylvia Plath. Pero antes, un breve resumen biográfico. Plath vivió una vida corta, 30 años. Era una bostoniana que se casó a la edad de 24 años con uno de los poetas más renombrados de Inglaterra, Ted Hughes. Inicialmente, vivieron en Estados Unidos y luego en España para finalmente afincarse en Inglaterra. Tuvieron dos hijos juntos y los celos de ella, exacerbados por su fragilidad mental y por la infidelidad de él, concluyó en una separación irreconciliable. En vida publicó dos libros, el poemario Colossus and Other Poems en 1960 y la novela autobiográfica The Bell Jar un mes antes de su muerte en febrero de 1963. Después de su muerte salió su segundo poemario, Ariel, con versos mucho más íntimos, confesionales y psicológicos. El primer editor de Ariel fue Ted Hughes, su ex-esposo. Hughes decidió cambiar el orden en que los poemas fueron escritos, excluyó algunos e incluyó otros. En 2004 una nueva edición de Ariel apareció con todos los poemas originalmente escritos y en el orden en que Plath los había planeado. En 1982, homenaje póstumo, se le otorgó el prestigioso Premio Pulitzer de Poesía, el más importante a las letras estadounidenses. Sus restos yacen en el cementerio de la iglesia de Heptonstall, un pequeño pueblo de Yorkshire.

Aquellos pocos interesados en la poesía en lengua inglesa y castellana, podrán encontrar un marcado paralelo entre Sylvia Plath y otra de las poetas ineludibles del siglo XX, Alejandra Pizarnik. De ambas se sabe que fueron escritoras suicidas, que tenían buen sentido del humor y que ese humor no se encuentra en sus poemas sino en sus escritos en prosa. En el caso de Plath en The Bell Jar y con Pizarnik lo encontramos en sus diarios. Es un hecho que quizá merezca una mayor atención literaria. ¿Hay algo interesante que decir sobre la diferencia entre la prosa y la poesía de autores que han escrito en ambos géneros? En lengua castellana pensamos en Borges, por supuesto, pero también en los mexicanos Octavio Paz y José Emilio Pacheco. En lengua inglesa tenemos a Dylan Thomas y a T.S. Eliot.
No así, hablando de humor y tras mencionar a Plath y Pizarnik en una misma frase, es necesario advertir que no nos referimos a libros humorísticos en sí, sino que es un humor producto de la destilación de sus lecturas. Es una expresión del ingenio de sus autoras y una herramienta crítica de la sociedad en situaciones que describen.
The Bell Jar es un clásico de la literatura contemporánea, pero es un texto percibido por muchos como deprimente y hasta desolador. Existe, naturalmente, el tinte trágico asociado al suicidio de Plath. Indudablemente, la historia de Esther Greenwood, la protagonista, está hecha de premisas tristes y penosas, pues tienen que ver no únicamente con la salud mental de Esther sino también con la época que le tocó vivir. La novela abre con la frase «Era un verano extraño y caluroso, el verano en que electrocutaron a los Rosenbergs y yo no sabía qué estaba haciendo en Nueva York. Soy una tonta en cuanto a ejecuciones. La idea de ser electrocutado me enferma y eso era todo lo que había que leer en los periódicos[…] No tenía nada que ver conmigo, pero no podía dejar de pensar cómo sería ser quemada con los nervios vivos.» Es un comienzo cargado de ironía, humor y patetismo. Era 1953 y el senador republicano Joseph McCarthy había creado una paranoia política que provenía menos de las maquinaciones geopolíticas de Stalin, quien murió ese mismo año, y más de fantasmagórica amenaza comunista de los supuestos enemigos dentro de los mismos Estados Unidos. Esther es una joven de tan solo 20 años tratando de abrirse paso en un mundo esencialmente patriarcal y condescendiente con las mujeres. Lo irónico era que el tratamiento que Esther recibiría más adelante para sus malestares mentales sería precisamente las descargas eléctricas, que era un tratamiento psiquiátrico común en esos días.
Esther es “premiada” con la oportunidad de un aprendizaje en una revista de moda de Nueva York. «Supuestamente, estaba teniendo el tiempo de mi vida» afirma en un pasaje de la novela, pero la verdad es que The Bell Jar es una letanía de desencuentros como su fin de semana con Buddy Willard, un joven casi perfecto: atlético, guapo, que va a misa, quiere a sus padres, le va bien en el cole y quiere ser doctor. Esther pasa un par de días con Buddy y se percata de la actitud hipócrita de él con respecto a la virginidad. El momento en que Buddy convence a Esther de que lo mire desnudo, Plath nos ofrece una analogía llena de sarcasmo; «parecía» dice «el cuello de un pavo» y a continuación Esther le responde que ella ya no tiene ganas de regresarle «el favor».
En otro aparte, y durante una de las numerosas fiestas de cócteles a las que Esther y las otras jóvenes aprendices son invitadas, ella sufre una intoxicación al mezclar carne de cangrejo con caviar y aguacate. Y cuando ella empieza a vomitar al lado de otra joven a quien la comida también le ha sentado mal, Esther declara: «No hay nada como vomitar junto a otra persona para convertirla en una vieja amistad.»
The Bell Jar fue la única novela que Plath escribió. Fue publicada bajo el seudónimo de Victoria Lucas un mes antes de su suicidio en un pequeño piso de Clapham en el suroeste de Londres. Es un libro que merece ser celebrado no por las premoniciones fatídicas de su autora —en la novela Esther trata de cometer suicidio— sino por su humor negro y las observaciones cortantes de una sociedad ebria con la prosperidad de la posguerra y avocada sin escrúpulo alguno a la búsqueda de la felicidad del individuo.
Tal vez sea posible leer a un autor sin seguir un orden cronológico, en el que por ejemplo, se debe leer a James Joyce y su descenso —si así se le puede llamar— a la ilegibilidad de su prosa o leer anticronológicamente a Borges empezando por su El libro de arena y su poesía antes de embarcarse en El Aleph y Ficciones. Con Pizarnik posiblemente se deba leer su poesía antes de abrir sus diarios. En el caso de Plath quizá el orden para hacerlo sea The Bell Jar, Colussos y concluir con su póstumo Ariel que no es una lectura fácil. No obstante, también se podría hacer lo opuesto y de esa manera concluir con The Bell Jar y la idea de que la vida de esta joven poeta fue, a pesar de su brevedad, intensa y logró dejarnos un legado poético y narrativo que todavía seguimos celebrando y comentando más de cincuenta años después.
Juan Toledo vive en el sur de Londres con su familia. Prepara un libro de cuentos y ha publicado el poemario Ocurrencias y recurrencias
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