Por Enrique Zattara
El futuro tiene un pasado y en él abundan imágenes de mundos arrasados, hábitats denigrados y sociedades colapsadas. Es parte de esa tradición literaria -y quizá heredada de la metafísica religiosa- de estar continuamente imaginándonos el fin del mundo. No así, la distopía es también Karl Marx profetizando la acumulación excesiva e innecesaria de capital
Se echó al monte la utopía,
perseguida por lebreles que se criaron en sus rodillas,
y que al no poder seguir su paso la traicionaron.
Y hoy funcionarios
del negociado de sueños “dentro de un orden”,
son partidarios
de capar al cochino para que engorde.
Joan Manuel Serrat, Utopía
Ahora que está de moda escribir “distopías”, no se le cae de la boca a nadie (incluyendo a los que no la leyeron y probablemente se han enterado de su contenido por Facebook) la célebre y abusada 1984, donde el inglés George Orwell pintaba un mundo regido por el Gran Hermano (“Big Brother is watching you”) una omnipresente figura –virtual– que controlaba y regía un orden del que nadie podía sustraerse. La archimencionada novela –publicada en el año 1949, poco después de la Segunda Guerra– anticipa sin duda mucho del escenario del mundo actual, aunque no estaría de más recordar que Orwell la escribió con toda la intención de criticar más bien el modelo comunista (stalinista) que regía en la Unión Soviética. Los ridículamente llamados “libertarios” del presente, no han tenido todavía la inteligencia de apropiársela para su terreno: después de todo, 1984 de lo que más se ocupa es de predecir la dictadura autoritaria del Estado, un argumento que los “anarcoliberales” suscribirían por completo.
Ni Orwell ni todas sus algo equívocas “distopías” son –eran– una novedad en la literatura. Y basta con una muestra: la estremecedora El talón de hierro, escrita por el norteamericano Jack London, donde la “distopía” pasa por una denuncia menos sesgada: un mundo progresivamente regido por el corporativismo, que luego se denominó fascismo. Digo “luego”, porque la novela de London se publicó en el año 1908, cuarenta años antes, y con dos Guerras Mundiales menos. Con esto quiero decir que escribir “distopías” profetizando un futuro catastrófico para la especie humana –sea profetizando el modelo 1984, el modelo Un mundo feliz o el modelo Blade Runner– es mucho más fácil que intentar explicar los motivos, las derivas y las consecuencias de un modelo económico y social vigente todos los días (el capitalismo, por ejemplo), cosa que otros intentaron (y sí que ha sido profético, pero no con el misticismo de Jeremías o el esoterismo de Nostradamus, sino con demostraciones argumentales) en particular por parte de un señor llamado Karl Marx. Que, les recuerdo, nunca “profetizó” el comunismo como algunos creen, sino que describió las tendencias del capitalismo y previó su trayectoria (y en todo caso, propuso la lucha por un modelo alternativo).
No se equivocó Marx en lo básico (y cada día está más claro), incluso mostrando la incidencia del desarrollo tecnológico: no podemos pedirle a un hombre de mediados del siglo XIX que previera la cibernética o la IA, pero la concentración del capital en pocas manos ya está perfectamente predicha en sus textos.
El lugar que no puede existir
A diferencia de la “distopía”, que pretende profetizar un futuro siempre negativo pero en principio posible, el concepto de “atopía” –más clásico– remite a su literalidad: un lugar que no existe, que no tiene ubicación posible. ¿Y por qué sería imposible imaginar un mundo (una sociedad, una situación) que no tenga localización espacial? De hecho, toda ficción crea mundos imaginarios (incluso en el más estricto realismo), pero a los que podría asignarse una posibilidad de existencia real.
¿Toda ficción? Aquí es donde aparece el punto de fuga que puede permitirnos –quizás– ahondar en este término ciertamente poco utilizado, ya sea en la literatura como en la propia reflexión filosófica. Ciertamente, podemos pensar en un mundo ficcional cuya lógica interna difiera con la de la realidad conocida, pero a la que no obstante pudiese adjudicársele un espacio (imaginario). Sin embargo, podríamos también citar ejemplos literarios que niegan esa posibilidad. ¿Dónde ubicaríamos el mundo ficcional de Pedro Páramo, por ejemplo, donde los muertos conviven con los vivos? ¿O el mundo de Tlön, que termina imponiéndose e invadiendo el propio mundo real, pero que mientras tanto –y el cuento de Borges solo conjetura esa posibilidad sin llegar a concretarla– permanece sin más lugar físico que unas páginas insertadas falazmente en una enciclopedia? Ni qué hablar de la trilogía beckettiana (Molloy, Malone muere, El innombrable). Me atrevería a incluir El proceso en estos mundos atópicos. ¿Y por qué no el de la Divina Comedia, por mucho que Dante tenga bien claros –y bien distribuidos– los espacios del Infierno, el Purgatorio y el Cielo?
No conozco y sería muy difícil, creo, que fuera del pensamiento filosófico (y de la literatura como espacio preferido, como hemos visto) alguna ciencia –sea exacta o sociológica– haya creado atopías, lo que sin duda funcionaría en esos contextos como un auténtico oxímoron. A esta profusión de “topías”, Michel Foucault agrega, en una célebre conferencia de 1967, el curioso espacio de las “heterotopías”, que define como espacios que realmente existen, pero en donde su funcionalidad es opuesta o desviada de los espacios reales: por ejemplo, el cementerio (o el manicomio), que reúne lo que la sociedad excluye (la muerte o la locura).
Nos queda la utopía
La utopía, tópico más consolidado en el imaginario general, es un término cuya significación se opone al mismo tiempo a las atopías y a las distopías. A diferencia de estas últimas, se ocupa de construir un mundo conjetural, pero donde en lugar de las negatividades lo que se ha potenciado son los lados positivos de la condición humana y como consecuencia, mundos imaginarios deseables. Pero también en oposición a las atopías, no hay nada en esos mundos ficticios que esté impedido de funcionar y tener una localización física real. Es un mundo ideal, pero no un mundo imposible. Al menos, en teoría. O sea: en abstracto.
El término se utiliza, como ya sabemos, desde la precursora Utopía, el libro de Tomás Moro, que imaginó en el siglo XVI un mundo sin guerras, sin injusticias, sin ambiciones desmedidas, en buena medida todo lo contrario de lo que practicaba su empleador, el rey de Inglaterra Enrique VIII Tudor: aunque la cabeza del pobre utópico rodó en el patíbulo no por atreverse a soñar ese mundo, sino por oponerse al divorcio de su jefe con su primera mujer Catalina de Aragón. Le siguieron innumerables utopías literarias y ensayísticas, entre las que destaca la protoecologista Walden de H.D. Thoreau.
No hay muchas utopías literarias, a decir verdad, en el panorama actual. El idealismo no cabe y no vende: a la sociedad le atrae más el género catástrofe, de cuya savia beben desde el precursor en los ‘60 Arthur Hailey, hasta la última profecía de Margaret Atwood. Sin contar con algunas de las discutidas –pero para mí claramente paródicas– novelas de Michel Houellebecq.
¿Es —encima— la utopía todavía terreno abonable fuera de la ficción? Janis Varoufakis es probablemente uno de los principales teóricos del marxismo contemporáneo. Su concepto del tecnofeudalismo o “feudalismo de la nube” como etapa superior del capitalismo productivo y el financiero globalizados, es a mi juicio un oportuno análisis de la actualidad que presenta un escenario coherente con la deriva de la sociedad contemporánea. No soy economista y no puedo, desde luego, entrar en un debate profundo en ese terreno; pero no tengo empacho en decir que me ha parecido revelador y lleno de aciertos indudables en el diagnóstico de la situación. El economista griego había publicado algunos años antes una ficción en la que presentaba el despliegue de un mundo alternativo, “sin bancos, sin mercado, sin gigantes tecnológicos ni billonarios”. Varoufakis intenta demostrar que desde el punto de vista funcional, no hay ningún motivo por el que dicho modelo “utópico” no pudiese funcionar. A mi juicio lo consigue.
Sin embargo —y aunque parece ser perfectamente consciente de ello— elude deliberadamente un aspecto de la cuestión: bien, una economía y una sociedad basadas en esos parámetros podría perfectamente funcionar; ahora, ¿cómo se llega a construir un sistema de esas características, cuando el poder —y eso justamente es lo que se deriva de todo el diagnóstico que el propio autor antepone— está concentrado en las manos de esos billonarios, dueños de los gigantes tecnológicos y de los bancos, dueños de los medios de manipulación del mercado y de la opinión pública? El poder no es un concepto teórico ni abstracto: significa que esos capitalistas muy concretos tienen en sus manos el dinero suficiente como para poner a su servicio no solo las armas y los ejércitos, sino el salario de los políticos y los jueces, e incluso la formación de la subjetividad del ciudadano. Los señores feudales de ese “capitalismo de la nube” que Varoufakis denuncia, ¿van a cedernos generosamente la toma de decisiones a la “plebe” que conformamos la inmensa mayoría de los habitantes de este mundo?
Es la misma carencia en la que caen otros bienintencionados críticos del capitalismo (y que, dicho sea de paso, han sido buenos abonadores del ilusorio campo socialdemócrata) como el último heredero de la Escuela de Frankfurt, Jürgen Habermas, quien ha propuesto en las últimas décadas de su trabajo la prometedora noción de “democracia comunicacional”, que señala que la legitimidad democrática debe surgir del “diálogo racional entre ciudadanos libres e iguales”, donde las normas se construyen a través de “un debate público libre de coerciones”. Claro que eso sería ideal, pero ¿y eso qué es en la práctica? ¿Cómo se construye ese maravilloso consenso en una sociedad hegemonizada por el discurso de la jerarquía del dinero? Solo una especie de hipotético modelo matemático, con el agravante de que ni siquiera responde al rigor de la matemática.
Mientras quienes creemos que un mundo mejor y más justo es necesario no logremos encontrar el camino para su realización, mientras no aceptemos el fracaso de las estrategias ensayadas hasta el presente, mientras no seamos capaces de volver a generar la esperanza, nos seguirán llamando “utópicos” (cuando no suicidas, que dadas muchas de las experiencias pasadas no deja de tener su punto de cruel realidad). Pero si aceptamos la idea de que la utopía es simplemente un consuelo para las “buenas conciencias”, si aprobamos el pensamiento hegemónico de que solo es un idealismo imposible de llevar a la práctica, lo que estaremos haciendo es dejar que el poder siga avanzando sobre nuestras conciencias y disponiendo de nosotros como marionetas productivas a sus intereses.
¿Hay que construir la dictadura del proletariado (caso de que el proletariado todavía exista)? ¿Hay que acudir a las “microrresistencias” con que se entusiasman los nuevos filósofos? ¿Hay que embanderarse tras las minorías que luchan por reivindicaciones específicas (caso de que alguna no esté ya reciclada por el sistema)? ¿Hay que hacerle boicot al consumo de Coca Cola y Starbucks? La verdad, no tengo nada nuevo, por desgracia, para decir.
Pero si abandonamos la utopía, que es el objetivo aunque nada vaya a ser nunca tan perfecto como lo soñamos, nos estamos condenando al “fin de la historia”, como le gusta teorizar a la derecha. O sea: ya ni siquiera conseguiremos que la sociedad sea, al menos, un poco mejor que antes.
Confío en que seguirá habiendo subversivos: aunque la palabra tenga muy mala prensa. Y eso, a pesar de que no me queda menos que admitir que, vista la actualidad, la cosa no da para el optimismo.
Enrique Zattara es poeta, novelista, promotor cultural y Co-Director de la Ediciones Equidistancias y El Ojo de la Cultura. Ha publicado cuatro novelas: Sinfonía de la Patria, Lazos de tinta, Dos cuervos en la rama y El callejón del gato. Dos de sus poemarios han sido ya reseñados en nuestra revista bajo el título La persistencia de la melancolía.
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