Por Viviana Dávila
Es el nombre de un pueblo en el Departmento de Sucre, al norte de Colombia, zona de ese rimto musical que supuestamente alimentó la obra de García Márquez: el vallenato. Es el relato de una aparición cuasi divina en un lugar donde, hasta ahora, nunca ha pasado nada que no sea la violencia
Salvo la guerra, en este pueblo nunca ha pasado nada que valga la pena recordar. Y antes de la guerra, la vida en este pueblo era una perpetua sucesión de lo mismo: las misas del domingo, la cosecha, los chismes de las viejas y un calor como el del infierno. Los años transcurrían todos iguales, irrelevantes. Pasaban sin detenerse, pero no se sentía su paso. El progreso no llegaba y si llegaba no cambiaba nada, por lo menos para nosotros.
Pero una tarde, cuando yo tenía nueve años recién cumplidos, llegué a pensar que este pueblo era el lugar elegido, el centro del mundo, y llegué a creer que mis amigos y yo habíamos sido ungidos entre todos los niños del universo, urbi et orbi, para ser testigos de un evento que se consignaría en todos los libros de historia, que haría que millones de personas peregrinaran afanosas por las calles polvorientas de mi pueblo abandonado, un acontecimiento que partiría el curso del mundo en dos, como ningún otro antes.
Ese sábado no había catequesis. El Padre Fermín llevaba toda la semana en Cartagena en una audiencia con el obispo, pero debía llegar por la tarde. Los que íbamos a hacer la Primera Comunión, nos pusimos a jugar en el atrio. Era la hora de la siesta, los negocios cerraron y la gente se escondió en las casas para escapar del bochorno del mediodía. Las niñas saltaban lazo y nosotros jugábamos con la pelota. Emiro cobró un tiro libre y lo pateó desviado. Como yo estaba tapando, tuve que ir a buscar el balón hasta el arroyo que pasa por detrás de la iglesia.
El balón había caído al agua. Corrí lo más rápido que pude hasta que alcancé a ver que estaba enredado en unas ramas, cerca de la curva de las piedras lisas. Lo agarré, lo sequé en el pasto y, cuando ya me iba a devolver, lo vi a Él.
Ahí estaba, de rodillas, inclinado sobre el arroyo, recogiendo agua con ambas manos para beber y para mojarse la cabeza. Claro que yo lo conocía, cómo no. Hablaba con él todas las noches antes de dormir, pero nunca lo había visto. Mejor dicho, si lo había visto, lo miraba todos los días en la sala de mi casa, en el salón de la escuela, pero nunca lo había visto así, de frente. Me quedé de pie, con la boca abierta, sin parpadear siquiera. El levantó la cabeza y me vio. Me sonrió y me miró con esos ojos azules como un par de mares. Después dijo algo, pero yo no le entendí. El corazón me latía a mil, sentía un hueco en el estómago, una emoción, unas ganas de llorar. Él me miraba y sonreía, me hablaba con dulzura, pero yo no le entendía nada. De pronto me entró el impulso de “comunicar la buena nueva”. Le dije que ya venía, que me esperara, y corrí tan rápido como pude, con los ojos llenos de lágrimas.
Cuando llegué al atrio, los muchachos me recibieron con reclamos por mi tardanza. Que por qué me había demorado, que qué me había quedado haciendo por allá detrás de la iglesia, que pensaron que me había volado. Les dije que vinieran conmigo, que el que tenga ojos que vea… Claro, se burlaron de mí. Yo les dije que no se rieran, que vinieran, que ya iban a ver por qué estaba yo hablando así de raro. Aceptaron y yo me devolví a llamar a las niñas. Ellas no querían seguirme, tuve que insistir mucho para convencerlas. Empecé a caminar arroyo abajo y todos me siguieron. No van a creer quién vino a visitarnos, les dije. Empezaron a decir que seguro era Gardel o un pirata que se había perdido. Yo hubiera querido contarles, pero no me salían las palabras, no sabía cómo expresar lo que acababa de ver. En cuanto más nos acercábamos, los ojos se me encharcaban y la garganta se me cerraba. Llegamos a las piedras y allí estaba Él, anudándose las sandalias y acomodándose la túnica. Levantó la mirada y nos sonrió con bondad, con dulzura. Mis amigos no podían hablar: Todos estaban pálidos, tiesos. Todos con los ojos como platos.
Maye fue la única que atinó a hacer algo: Salió corriendo como una tromba, y a los pocos minutos volvió trayendo en las manos un cuadro que estaba colgado en el comedor de su casa. Detrás venía Misiá Adela con la correa en la mano, gritando y amenazando a la niña, que parecía no escuchar. Maye se detuvo frente a Él. Levanto el cuadro y exclamó: ¡Ajá, sí es Él! Misiá Adela cayó de rodillas y empezó a clamar al cielo entre lágrimas. Gritaba en latín “¡Et íterum venturus est cum gloria!”. Él la ayudó a levantarse y le dijo algo. Maye preguntó, abuela, qué le dijo, y misiá Adela contestó, no se entiende, Él habla en lenguas.
Ya iban siendo las tres de la tarde y yo tenía que llegar a ayudar a abrir la tienda. Yo no quería irme, no quería alejarme de su lado. Misiá Adela, que siempre fue bien chismosa, me dijo que me quedara, que dados los recientes acontecimientos era seguro que los negocios del pueblo no abrirían esa tarde, que ella iba a “comunicar la buena nueva”. A los pocos minutos, el pueblo entero empezó a llegar en romería hasta la curva de las piedras lisas, todos traían crucifijos, cirios, imágenes de santos, escapularios, misales, biblias y cuadros de la virgen y del Sagrado Corazón. Los enfermos y los tullidos venían para ser curados y las prostitutas venían con frascos de pachulí para ungirle los pies, los del coro cantaban todas las canciones de misa y el alcalde propuso construir otra iglesia en el preciso lugar de la aparición.
Él se veía cada vez más contrariado. Empezó a manotear y a vociferar en lenguas. Claro, la ira santa, pensé. Con tantos borrachos, vagabundas, chismosas, políticos y ladrones que viven en este pueblo, era apenas obvio que se enfureciera. Trató de irse, pero el alcalde lo detuvo. Le prometió construir una catedral, un templete, una basílica, lo que fuera. Misiá Chechi le brindó algo de comer y el turco sacó del almacén una botella de vino de consagrar, porque claro, hay que dar de comer al hambriento y hay que dar de beber al sediento. Todos esperábamos que multipicara el chivo o que bendijera el vino, pero no: Él sólo trataba de decir algo, hacía gestos, trataba de explicarse con mímica, y nadie le entendía.
A las cinco en punto, sonaron las campanas de la iglesia. Tenía que ser que el cura ya había vuelto, porque Julio, el sacristán, estaba con nosotros desde que oyó los alaridos de misiá Adela. Como Él me había elegido para que yo lo viera primero, entendí que era mi deber informar al padre Fermín sobre la presencia del visitante. Me fui para la iglesia y, desde la puerta, grité con todas mis fuerzas “¡Et íterum venturus est cum gloria! ¡Et íterum venturus est cum gloria!”. ¡Ajá! ¿Y tú te enloqueciste, Juan de Dios?, me dijo el cura, y yo le contesté muy serio, no, su excelencia, vengo a anunciar la “buena nueva”: Cristo vive, Cristo viene, Cristo está en Ovejas. El cura me reprendió, con eso no se juega, Juan de Dios, eso es falta de respeto, eso es pecado. Y yo le dije, hombre de poca fe, y salí por la puerta con los brazos hacia el cielo, gritando: ¡El que tenga ojos que vea!
Ya a estas alturas el cura estaba intrigado, y decidió seguirme mientras yo me abría paso entre la multitud que se había apostado alrededor del visitante. Le hice una seña a Maye para que me prestara el cuadro y me detuve junto a Él. ¿Si ve, padre? Es Él. Es Él que ha venido con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos. ¡Que viva Cristo Rey! Y el pueblo entero respondió fervoroso: ¡Qué viva Cristo Rey!
Ya estuvo bien, dijo el padre Fermín, y nos hizo callar a todos. Se acercó a Él, y, asombrados, vimos cómo lo abordó sin ninguna consideración: Caballero, buenas tardes, le dijo. Él le contestó en lenguas y el cura empezó entonces a hablar también en lenguas. Nos quedamos de una pieza: no sabíamos que el cura hablara en lenguas. No me quise quedar con la duda, aún sabiendo que no debía interrumpir ese sagrado momento, y después de un buen rato me atreví a preguntar, Padre Fermín, su excelencia en dónde aprendió a hablar en lenguas, y el cura me contestó, Juan de Dios, aprendí en Lovaina cuando estudié Teología. No estamos hablando en lenguas, estamos hablando en francés.
¿Entonces Nuestro Señor habla francés? Preguntó Maye, mientras sostenía con las dos manos el cuadro del Sagrado Corazón que había descolgado del comedor de la casa de su abuela. ¿Y qué tiene que ver Nuestro Señor en todo esto, María Bernarda?, replicó el cura, y Maye le dijo, Padre, mírelo, es Él, los ojos azules, el pelo largo, la túnica, el manto, las sandalias, habla en lenguas, la ira santa, todo, ¿quién más va a ser?
El Padre Fermín estaba aterrado con el lío que se había armado durante su ausencia. Trató de explicarnos que ese joven que había llegado al pueblo se había perdido, que venía atravesando América haciendo autostop desde Montreal, que se llamaba Ciryl y que había estudiado tres años de Antropología en la Universidad de Quebec. Que su plan era llegar hasta la Patagonia pero que se había desviado para ir a buscar a unos compañeros que lo esperaban en Venezuela. Que no hablaba ni jota de español, que se vestía tan raro porque así se visten los Hippies y que, por si las dudas, Ciryl era ateo.
Se hizo de noche y la gente empezó a dispersarse. Las muchachas de la taberna se soltaron el pelo, se destaparon los hombros y rodearon al pobre Cyril, venga mi amor nos bendice, le decían, y él no tuvo más remedio que irse a pasar la noche con ellas en la zona de tolerancia. Maye recogió su cuadro y yo tomé mi balón. Dejamos el arroyo, bordeamos la plaza y caminamos hasta el barrio en silencio, con los ojos clavados en el suelo. Quise decirle algo cuando llegamos a la puerta de su casa, pero ella me dijo, Juan de Dios, mejor no digas nada, mañana hablamos después de misa. Le pregunté si de todas maneras iba a ir a misa y me dijo que sí, que la fe es creer en lo que no se ve porque Dios lo ha revelado y yo no podía creer que Maye siguiera repitiendo el catecismo después del chasco de esa tarde.
El 27 de julio de 1968 pudo haber sido el día más importante de la historia de mi pueblo y del mundo: el día del establecimiento de un nuevo centro de la cristiandad, de un nuevo Vaticano en América. Alcanzamos a soñar con que en agosto Pablo Sexto vendría a establecerse en la sacristía y que la Maye, Emiro y este servidor, Juan de Dios Paternina, todos de nueve años, destronaríamos finalmente a Jacinta, Francisco y Lucía, los pastorcitos de Fátima. Pero no. Nada de eso pasó. Jesucristo no vino a Ovejas, y ya nadie en el pueblo quiere recordar ese día. En este pueblo, salvo la guerra, nunca ha pasado nada que valga la pena recordar.
Viviana Dávila es docente, filósofa y escritora. Es magistral en Estudios Latinoamericanos y tiene una Maestria en Escritura Creativa. Es así mismo Ganadora del 1er Premio de Novela Corta Rafael Chaparro Madiedo con Hilar tu sombra (2024).
Vivi: que cuento tan lindo!!! felicitaciones, te queremos mucho!!!