Por Gustavo Garcia

Otra excelente nota sobre literatura clásica y cultura popular donde se nos recuerda cómo -desde hace un poco más de dos mil ochocientos años- la fidelidad se ha presentado siempre como una cualidad a exaltar en la mujer pero no necesariamente en el hombre. Pero, ¿qué ha cambiado desde Homero y Ovidio hasta nuestros días?


En el canto XXIV de La Odisea de Homero, el fantasma del rey Agamenón compara a su propia esposa infiel con Penélope, ejemplo de la fidelidad femenina. Es en el inframundo donde Agamenón alaba la ‘gran virtud’ de la mujer de Ulises y lo bien que «conservó el recuerdo de [este], su primer esposo». Agamenón acierta al garantizar que «por eso su fama jamás perecerá» pues su fama de esposa fiel ha durado unos 2,800 años, lo cual se debe a que luego de haber luchado durante diez años en la Guerra de Troya, Ulises se demora otros diez en regresar a Ítaca para reunirse con ella quien lo espera con fidelidad absoluta. La Penélope de Homero es el ejemplo de la buena esposa con un comportamiento correcto según los valores de la época. 

Claro está que debido al trecho inmenso entre nosotros y Homero hay que hacer conjeturas sobre los valores de aquel entonces; no obstante, existe una abundancia de pistas que nos permiten sacar conclusiones. Sabemos, por ejemplo, que eran sociedades patriarcales donde la mujer ocupaba un puesto inferior al hombre: después de Homero, en el tercer siglo a. de C. Aristóteles afirma en lo que hoy se conoce como La Historia de los Animales que las mujeres son a la vez opuestas e inferiores a los hombres, lo cual podríamos calificar de ideología sexista ya que este era más investigador científico que filósofo y según el clasicista británico Paul Cartledge «ninguna cantidad de instrumentación científica o exploración hubiesen podido probar estas ‘leyes de la naturaleza’». Su contemporáneo, Xenofón, elogia a Panthea destacando la belleza de su alma y dejando claro que esto se debe a su fidelidad absoluta e inquebrantable para con su esposo, inclusive después de enviudar cuando esta decide suicidarse. Además existen dos textos – también del tercer siglo a. de C. que defienden la castidad femenina como virtud, donde la cualidad más importante es «evitar escarceos amorosos con hombres de otras familias» pues «el máximo honor para una mujer libre es … el parecido de sus hijos y su marido» como testimonio de su fidelidad. Estos textos se atribuyen a una filósofa pitagórica llamada Fintis aunque muchos sostienen que en realidad eran textos retóricos escritos por hombres. Siendo así, nos vamos dando cuenta que el papel de la mujer siempre fue como nos lo explicó la filósofa existencialista francesa Simone de Beauvoir en 1949, “Le Deuxième Sexe” o el segundo sexo. 

¿Cómo rescatar la perspectiva femenina de la antigüedad? Lo que se sabe de ellas está basado casi exclusivamente en fuentes escritas por hombres. La imagen unidimensional de Penélope como mujer fiel es una fantasía masculina hipócrita que ignora las aventuras amorosas de Ulises durante su odisea; recordemos que durante sus diez años de regreso a Ítaca estuvo un año entero con Circe, diosa encantadora y amante de una belleza devastadora, y otros siete años con Calipso, la ninfa hermosísima que se enamora de él. Es decir, el ochenta por ciento de esta odisea consta de relaciones extramatrimoniales con mujeres bellas. ¿Qué habrá sentido Penélope en la intimidad de sus pensamientos? La Penélope de Homero es tan astuta como es fiel pero carece de facetas; no es un personaje muy elaborado. 

Mucho después, en el primer siglo a. de C. el poeta romano Ovidio le da voz a Penélope en sus Heroidas y es aquí donde por fin observamos a una Penélope un poco más real, más humana, con sentimientos e inquietudes. La Penélope de Ovidio es indudablemente más interesante que la de Homero pues tiene la osadía de cuestionar el honor de su marido errante y no vacila en recalcar lo que ella también ha sufrido, «yo ignoro, cuál de tu detención es el motivo; ni me es dado saber por qué o en dónde, con férreo corazón te has escondido». A diferencia de las audiencias de Homero, los lectores de Ovidio fueron deleitados con una serie de personajes femeninos de la mitología grecorromana expresándose con voz propia; al lector moderno se le perdona pensar que Ovidio empatizaba con la causa femenina, quizá ignorando que en otras obras muestra indicios claros de misoginia. En el primer canto de El Arte de Amar, por ejemplo, justifica la violación de las Sabinas aterrorizadas dejando claro que «el temor multiplicó en muchas los naturales encantos» antes de dirigirse a Rómulo directamente (rey de los raptores) para deshumanizarlas más, «tú fuiste el único que supiste premiar a tus soldados; si me concedes el mismo galardón, me alisto en tu milicia». Debido a esto, hace falta una interpretación más auténticamente femenina de Penélope.  

En 2018 se publica La Penelopiada de Margaret Atwood, poeta y novelista canadiense; al igual que Ovidio, Atwood también le arrebata el control de autor a Ulises entregándoselo a Penélope pero su intención es innegablemente feminista. La Penélope de Atwood se lamenta el haberse convertido en una «leyenda edificante» y en «una vara usada para flagelar a otras mujeres». Para eliminar cualquier duda, aclara explícitamente lo que quiere gritarle al oído de la lectora, «¡No sigas mi ejemplo!» Sin embargo, quizá lo más interesante de esta novela es la constitución del coro; en el teatro de la Grecia clásica el coro era un grupo de unos quince a cincuenta individuos – no actores profesionales – que agregaban al espectáculo ofreciendo antecedentes e información adicional para facilitar el entendimiento del argumento pero también proveían tiempo para el cambio de trajes y escenas. Para Nietzsche – filósofo alemán del siglo diecinueve – los bailes rítmicos y los cánticos desde el espacio entre la audiencia y los actores provocaban la experiencia visual que era la esencia pura de la tragedia pero en La Penelopiada, Atwood emplea el coro para otros fines, concretamente para propugnar unas ideas bastante feministas.

El coro de La Penelopiada está compuesto por las criadas que Ulises mata a sangre fría por culparlas de haber tenido relaciones con los pretendientes de Penélope quienes buscan usurparle el trono durante su ausencia. La posición secundaria de la mujer en el mundo clásico y su corolario, la deshumanización de estas mismas, nos ayudan a entender por qué Ulises y su hijo las matan tan vilmente: luego de ponerlas a limpiar la sangre y a ordenar los cadáveres de sus antiguos amantes, el hijo de Ulises y Penélope «ató el cable … a una larga columna … tensándolo hacia arriba … de forma que ninguna llegara al suelo con los pies … en torno a sus cuellos había lazos —, para que murieran de la forma más lamentable. Estuvieron agitando los pies entre convulsiones un rato…» Cuando Ulises se pronuncia autor intelectual de las muertes de estas mujeres – léase ‘esclavas’ – pide que les arranquen a todas la vida «para que se olviden de Afrodita, a la que poseían debajo de los pretendientes, con quienes se unían en secreto». Quizá el oyente de la antigüedad no hubiese equivalido este yerro cometido bajo el hechizo de Afrodita con las aventuras de Ulises cometidas bajo los encantos de Circe y Calipso; lo que sí sabemos es que en el siglo veintiuno, Atwood rescata esa voz perdida de unos personajes olvidados y además bastante secundarios de La Odisea y les da un papel prominente en La Penelopiada. El coro le canta a Ulises, «hicimos mucho menos de lo que usted hizo … nos juzgaste mal». La mirada feminista de Atwood nos permite ver no solo la soledad de Penélope sino tambien la desigualdad entre su vida privilegiada con la de sus esclavas, «y nosotras, las doce quienes [Ulises] mató … no éramos monarcas reales, sino una colección mezclada y variopinta; compradas, negociadas, capturadas [y] secuestradas». Indudablemente, con el paso de los años, la voz femenina va aumentando y el personaje de Penélope se vuelve cada vez más polifacético. 

La cultura popular también evoluciona; antiguamente, en las sociedades preliterarias como la de Homero existían aedos quienes cantaban epopeyas acompañándose de instrumentos de cuerdas. Luego, en la época de Ovidio – preliterarias y pre-imprenta de Gutenberg – había recitaciones públicas: ahora tenemos libros, películas, canciones y más. Dos ejemplos del último medio siglo que le han seguido el hilo a Homero podrían ser las canciones Penélope de Joan Manuel Serrat y El muelle de San Blas de Maná, grupo mexicano de rock en español. La primera salió al mercado en 1969 y trata de una mujer, Penélope, cuyo enamorado parte mientras ella se queda esperándolo con fidelidad en un «banco de pino verde», lo cual es reminiscente del lecho construido por Ulises usando el tronco de un árbol. Cuando Serrat canta que «un caminante paró su reloj una tarde de primavera» evoca la vida del personaje homérico para quien el tiempo se le detiene durante veinte años en la primavera de su vida. La Penélope de Serrat también se asemeja a la de Ovidio quien acosa infructuosamente a cualquiera que llega a Ítaca con preguntas incesantes sobre el posible paradero de su esposo ausente, mientras que la de Serrat está pendiente inútilmente de todo aquel quien regresa, «uno tras otro los ve pasar, mira sus caras, les oye hablar», pero lastimosamente «para ella son muñecos» pues ninguno es quien ella espera. El tema universal de la mujer fiel y ejemplar esperando a su media naranja ha perdurado en nuestro arte y por ende, en nuestra consciencia colectiva. Pero ¿qué tan común es esta fidelidad absoluta en la vida real?

Al parecer, Oscar Wilde acertó en su ensayo de 1889, La decadencia de la mentira, cuando afirmó que «la vida imita al arte mucho más que el arte imita a la vida» pero esta no fue una idea original del escritor irlandés del siglo diecinueve: el filólogo griego del tercer siglo a. de C. Aristófanes de Bizancio, ya había meditado sobre las comedias escritas por Menandro: «¡Oh, Menandro y la vida! ¿Quién de ustedes tomó al otro como modelo?» En 1997 se lanza al mercado una canción que también parece basarse, en líneas generales, en la historia de Penélope sino que – a diferencia de la de Serrat – está basada completamente en hechos reales. Cuando dos integrantes de la banda mexicana Maná conocen a Rebeca Méndez Jiménez, su historia los inspira a componer El muelle de San Blas, éxito inmediato que permanece en la lista Billboard estadounidense durante seis semanas. En 1971, en el muelle de San Blas, Rebeca se despide de su prometido quien sale mar adentro causando que la joven lo espere fielmente en la orilla del mar, vistiendo su traje de bodas, durante 41 años hasta su fallecimiento en 2012. A diferencia de Ulises, parece que el novio muere durante el huracán Priscila pero al igual que el novio de la Penelope de Serrat – «adiós amor mío, no me llores, volveré» – el de Maná «juró que volvería»; pero mientras que el primero sí vuelve, el de Maná no. Y no vale considerar el primero un final feliz solo porque vuelve ya que después de tantos años la Penélope de Serrat no lo reconoce, «no era así su cara ni su piel, tú no eres quien yo espero» le dice y sigue sentada. Serrat se inspira en Homero cuya Penélope tampoco reconoce a Ulises debido a los cambios que padecemos todos con el paso del tiempo; la Penélope de Ovidio reconoce que ese cambio que ella verá en él, él también verá en ella, «si era joven cuando te vi partir, será preciso… que a tu vuelta, aunque pronta, ya me encuentres – tal vez – cual una anciana». Estas son inseguridades humanas, entendibles y universales. 

Si bien es cierto que la fidelidad de Penélope imita a la de Rebeca Méndez Jiménez – ¿o vice-versa? – el interrogante que nos queda es tratar de entender por qué ha perdurado esta noción de la fidelidad femenina como un ejemplo laudable durante más de 2,800 años. Quizá la popularidad, tanto de la canción de Maná como del mito de Penélope, se deba a la inseguridad masculina y a esa noción reconfortante de la mujer pura y eternamente fiel. Debido a la historia patriarcal de la humanidad, hemos heredado ideas masculinas, por no decir machistas y misóginas; no es casualidad que las doce esclavas vilmente asesinadas por Ulises y su hijo – por una falta no tan diferente a la de Ulises – permanecieron durante tantos años como personajes secundarios, sin voz ni voto, mero daño colateral en la realización del feliz desenlace del héroe masculino de la trama. No obstante, los tiempos van cambiando y la voz auténtica femenina se va rescatando gracias a escritoras como Emily Wilson, la primera traductora al inglés de La Odisea, quien para traducir ‘esclava-doméstica’ evita eufemismos como ‘criada’ lo cual disimula la realidad y opta por ‘esclava’ para destacar lo que a ella, como mujer, le parece más relevante. Además, la perspectiva feminista de Atwood también ayuda a renovar interés en un mito antiguo; esto es precisamente lo que hacían los grandes dramaturgos de antaño al reinterpretar los mitos en las fiestas dionisíacas. Es más, en la más reciente edición de Granta, presentan a los 25 autores jóvenes más interesantes del momento e incluyen 11 mujeres, ecuatoguineanos, afrocaribeños e indoamericanos; cada vez más se publica una pluralidad de visiones que nos ayudan a reinterpretar las nociones heredadas acerca de lo que significa ser – entre otras cosas – buen compañero sentimental y a no idealizar ciertos comportamientos de género, por muy románticos que nos parezcan.  


Gustavo García reside en Londres, es profesor de lenguas y jefe de departamento. Es licenciado en Civilizaciones Clásicas de la Universidad de Leeds, con una Maestría en Educación. Actualmente está traduciendo al inglés al filósofo colombiano Estanislao Zuleta. Es padre y, al igual que Eduardo Galeano, un futbolista frustrado.

La imagen es Ulises después de regresar a su palacio y matar a los pretendientes de Penélope, ordena a las mujeres que retriren los cuerpos. Nicolas André Monsiau, 1791.