Por Isabel F. Bussy
Desde Buenos Aires nos llega esta media docena de poemas cuya autora está por graduarse de médica y quien en su tiempo libre se ha convertido en una de nuestras colaboradoras más allegadas. Estos son poemas íntimos, personales y silvestres como las flores amarillas que los inspiraron
Más furia que polvo
Lo que busco ya estaba,
o estuvo, o está.
Anduve por caminos,
de dios en dios,
de Yo en Yo.
Pero me equivoqué:
el mundo iba de luz en luz,
de segundos a panfletos,
de la rabia al vacío,
de la sonrisa a la venganza.
Y lo que busco todavía permanece.
Si no, ¿cómo podría negarme
al no haber en mí
algo más que Yo?

Flores amarillas
Puyehue, Patagonia Chilena
Bailamos con la macchina
sobre esta tierra,
el auto bordea flores cansadas,
ramas de acecho, árboles jadeando
en un cenicero, así, marmolados,
ásperos mármoles de humo,
conejo blanco con cadena
bajo el sol negro.
Los árboles, quietos,
arden en paisaje de mugre,
fin y derrumbe, ruinas
de un extraño imperio
ya desaparecido.
En este bosque petrificado,
amor, vi un solo árbol coronado
con flores amarillas,
peludas hasta el torso.
Esas flores prometieron quedarse
hasta que el viento cambiara mi olor,
hasta que mi ángel volviera a inclinarse
sobre la ceniza de este bosque marino.
Sólo el temblor de un pensamiento
que se sabe fuera del centro.
El auto acelera.
Después, amarilla,
te veo en el cielo.
Capaz debí sentir más luna
Capaz debí sentir más luna. Capaz debí sentir más crepúsculo acostándome en tu recuerdo. Capaz debí dejar de tirar las piedras de desechos íntimos. Capaz debí de recoger más piedras para construir mi quietud. Pero así creció una flor imperdonable y única; patria mía contra las mansas bestias del olvido. Porque el mundo nació así, con dos o muchas tristezas y mangos sin raíz. Porque hay alguien desarraigado al mando sembrando dos o muchas tristezas en el mundo. Y el pueblo solo aprueba la belleza. Y la tierra solo aprueba el sol. Capaz por eso te pensé por dos o muchos segundos Porque si algo queda que no sea el nombre, son los restos de la luz en el polvo.
Fenélon y mi destino
A veces me descubro tanteando el aire.
No por curiosidad.
Por miedo.
Es el gesto de quien palpa una pared invisible en la penumbra.
No busco luz: busco la mano que detenga la caída.
Sospecho —con esa desconfianza que sólo deja la vida mal digerida— que nadie está, nunca, para atajarme.
Todos probamos en secreto quién está, quién no.
El que lo niega, miente.
Los pocos que me prometieron lealtad lo hicieron con el delirio turbio del querer.
Esa embriaguez que confunde piedad con amor.
Creyeron salvarme porque creyeron amarme.
Y cuando dejé de ser el amor de su vida, juraron morir por mi ausencia.
Uno lo intentó.
Con una creatividad digna de un premio oscuro.
¿Dónde están ahora?
Cuando de mí apenas queda un eco, gastado, sin orillas.
Prometieron quedarse hasta que el viento cambiara mi olor.
Hasta que mi ángel volviera a inclinarse sobre los restos tibios de la tierra.
Ayer fui —al menos— ascética.
Un dedo de Dios extendido sobre el mundo.
Hoy consumo.
Purgo.
Vuelvo a consumir.
O sólo purgo.
Pero ya no soy el dedo de nadie.
Ni de Dios.
Ni siquiera de la idea de lo divino.
Porque no hay circunferencia con dirección.
Fenelon tenía razón: la verdadera sencillez, lejos de ser necedad, roza lo sublime.
Yo quedo en el margen.
Ni sencilla.
Ni sublime.
Sólo el temblor de un pensamiento que se sabe fuera del centro.
Cuántos años
Cuantos años me pasé acá
repitiendo
partes del cuerpo del cadáver
ese edificio
que no termina de arder
y sin embargo
lo único que junté
en los años
fue tabaco
y grietas rojas
abrazándome la pupila
años quietos
como una planta penosa
peor
que un borracho
muriendo en su propia calle.
Muerte a cucharaditas
Hay un acechador al que nunca he nombrado,
acurrucado en la cripta de mi estómago-
una reliquia del silencio,
un animal negro,
resbaladizo.
Me alimenta de muerte a cucharaditas,
esta quietud.
Y aquí estoy, encerrada en casa,
y él conmigo,
hasta que aúlla para abrirse-
un gancho clavado bien profundo
en la médula de mi silencio.
Quizás lo note de nuevo
cuando esté lo suficientemente vacía
como para escucharlo tomarse el silencio
de mis costillas,
como una cortina cerrada de golpe.
Después de todo,
yo soy su guardián.
Y este dolor que elige su hueso
siempre regresa,
enroscado en la cripta
de mi estómago.
Isabel F Bussy es una joven escritora argentina, traductora y estudiante de medicina que hasta hace poco residía en Florida y ahora está afincada en Buenos Aires. La terquedad de su generosidad la ha convertido en una colaborada esencial y multifaceta de nuestra revista. Esta es su quinta entrega original para Perro Negro sin contar sus transcripciones y traducciones de ensayos y notas filosóficas de Alfonso Reyes y Estanislao Zuleta.
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