Por Juan Toledo
Queda por ver si esta es la imagen ya mítica que consagrará a Trump como “el luchador que gracias a “una intervención divina” sobrevivió un atentado contra su vida para poder engrandecer de nuevo a su idea de país. No así, es una foto que captura la violencia intrínsica de la sociedad estadounidense y de su historia política dentro y fuera de sus fronteras
Susan Sontag anotó que “Las sociedades industriales convierten a sus ciudadanos en adictos a las imágenes” y “es la forma más irresistible de contaminación mental” añadió. Contaminación es le mot juste en todo lo que tiene que ver con Donald Trump. Estaba en la cama convalenciendo una variante de covid -mi tercera- cuando vi la foto en la aplicación del New York Times de mi teléfono. Y como muchas otras personas, incluyendo varios amigos y, un par de días depués, Jonathan Jones, el crítico de arte de The Guardian; mi primera evaluación fue de que esa imagen capturada momentos después del atentado iba a ser una de las herramientas más útiles para la victoria de Trump y su plan proto-fascistoide y regresivo. De ahí que a nadie extraña que cinco días más tarde la convención del Partido Republicano yanqui usara de manera prominente esa foto durante la coronación de Trump como candidato irremplazable de una afiliación política ya abyecta y degradada y, en palabras de Noam Chomsky, “unas de las organizaciones más peligrosas del mundo”.
Pero ¿qué nos dice esta foto aparte de ser, literalmente, teatro político in extremis? En una palabra: nos habla de violencia. La violencia necesaria para construir y mantener el imperio militar y corporativo que son los Estados Unidos -el más extenso jamás construido con 800 bases militares en más de 70 países- e igualmente de una plétora de todo tipo violencia: racial, religiosa, ecológica, política y anti-científica, anti-ecológica, anti-intelectual y anti-liberal. Violencias que existen todas de manera grotesca y conspicua en “la tierra del libre y el hogar del valiente.”

Las ironías más dolorosas son justamente las de caracter histórico. Durante ese primer gran enfrentamiento de ideologías políticas -no religiosas porque Dios ya estaba muerto- que fue La Guerra Civil Española; el puño enarbolado fue el icóno de resistencia antifascista más efectivo de todos. Primero lo pintó Joan Miro pero se simplificó y popularizó globalmente. Un símbolo repetido medio siglo más tarde, -con la ayuda de dos guantes de cuero prestados del holandes que compartió el podio con ellos- por los atletas afro-americanos Tommy Smith y John Carlos durante los juegos olimpícos de México en 1968.
Ahora ese símbolo de resistencia anti-fascista ha sido apropiado no solo por la extrema derecha sino por una de los figuras políticas más divisorias, autoritarias y corruptas de las últimas décadas. Un político que es mucho más síntoma que causa de un proceso iniciado a comienzo de la década de los 80 con Ronald Reagan y sus ataques contra el papel regulador del Estado y la incursión del mundo de las finanzas en los procesos politicos y electorales. Procesos estos que con la ayuda de los voceros de los monopolios y mercaderes de la violencia como el autraliano Rupert Murdoch o el Vizconde Rothermere han persuadido a gran parte de la clase trabajadora peor remunerada que la solución está en elegir a sus propios verdugos.
¿Habrá que recordar que los imperios de todo tipo -mediáticos, militares, políticos- no se hacen a fuerza de buena voluntad o se forjan con obras de caridad? Su génesis y, más importante aún, su preservación y longevidad requieren de una violencia sostenida y cada vez más estratégica y sofisticada dependiendo de que tipo de sociedad o grupo social está siendo subyugado. Sofisticación implica pensamiento crítico y la carencia de sofisticación es precisamente lo que Murdoch, Rothermere, Boris Johnson, Trump y otros han explotado abiertamente como un símbolo de clase entre sus seguidores. Esa carencia se hizo evidente cuando Trump, con su rostro todavía sangrante alzó de manera instinctiva su puño y gritó “fight, fight, fight“. Quizás él no solo “olió sangre” -toda forma de populismo es vitriólica- sino que hasta saboreó la suya propia e instinctivamente reaccionó de manera tribal. Acto seguido sus futuros electores comenzaron a aullar “USA, USA, USA“.
¿Contra quién se debe luchar según el llamado de Trump? Y ¿cuál es la patria que sus seguidores evocan gritando “USA, USA, USA”? Ni esos enemigos imaginados ni esa útopia de país existen. El llamado belicoso de Trump es contra todo aquel que no acepte su visión de regresar a un pasado inexistente. Inmigrantes, derechos laborales, libertades reproductivas de las mujeres, millones de afro-americanos marginalizados y todo aquel llamado “liberal” es contra quienes hay que luchar según el Plan 2025 que Trump y sus asesores han mapeado. Es un plan de exclusión, no de inclusión.
Y si de deconstruir imágenes y su símbolismo se trata, hay que contrastar la violencia explicita en la foto del atentado de Trump con la de Tommy Smith y John Carlos en México 1968. La nobleza del gesto es el de una callada indignación. El puño levantado y la cabeza baja mientras sonaba el himno de los Estados Unidos. La segregación racial había terminado en 1964 pero continuaba de manera cultural y laboral. Hoy, casi seis décadas más tarde, lo que Trump propone es un retroceso a esos días. Ese es su llamado a luchar: negar que el mundo sí ha cambiado y, en general, para bien.

Las protestas de los atletas afro-americanos, en el país que nos enseñó el lucro del deporte como espectáculo multimillonario, se han metamorfoseado; es decir: han encontrado otras metáforas visuales ahora que el puño de resistencia se ha transformado en el puño opresor. Sucedió durante el primer año de la administración de Trump. En 2016, el atacante de los San Francisco 49ers, Colin Kaepernick, se arrodilló durante el obligatorio himno nacional en protesta contra la brutalidad policiaca. Críticos tildaron de “antipatriotas” -pecado cardinal en la tierra de la Biblia y las armas- a Colin y a los 200 y más jugadores que luego se unieron a la protesta. Trump no tardó en solicitar que los equipos despidieran a esos jugadores lo cual no sucedió porque muchos de ellos eran las estrellas en el campo de juego. Cuatro años después George Floyd era asesinado en Minneapolis por un policía blanco y sería el comienzo de violentos y sostendios disturbios en muchos de los Estados de la Unión así como de protestas globales. Fue el comienzo del movimiento #BlackLivesMatter y resultó en la primer encarcelamienrto y condena de un policía blanco en la historia de ese país.
“La producción de imágenes también proporciona una ideología dominante. El cambio social es remplazado por un cambio de imágenes.”
Una par de semanas es toda una vida en términos políticos. Y así como la foto en cuestión el pabellon yanqui se ve al reves, también es posible que su fortuna electoral haya dado ya un vuelco con la candidatura de Kamala Harris. Prefiero permanecer optimista y contemplar una posible derrota final de Trump el martes 5 de noviembre. De hecho, si prestamos un poco de atención, la importancia de esa foto ha pasado ya a un segundo plano con el cambio de nominación a la vicepresidenta. Ojalá que lo sucedido en Pennsylvania no haya sido la resurrección política tal y como lo vaticinó Jonathan Jones.

Algo que muy probablemente desmitifique, y abarate esa imagen para que no se convierta en un ícono del proselitismo trumpista es la irrepresible naturaleza cachivachera y mercantilista de bazar de barrio de Trump. Él ya ha empezado a usar su imagen del atentado en ediciones numeradas de zapatillas -las hay en blanco y negro- con el emblema Fight Fight Fight impresas en la parte inferior. Cada par se vende ya por el módico precio de U$299.
Y su tercer libro desde que dejó la presidencia, a publicarse el 3 de septiembre y titulado Save America, usará también la foto del atentado. Cada tomo costará U$99 y ejemplares firmados por Trump se venderán por U$499. Trump, intuitivamente como todo en él, cree poder explotar ese dicto marxista de que “en el capitalismo no hay nada sacro pues todo tiene su precio”. En el caso de Trump ese precio es casi siempre un dólar menos del centenar más cercano.
He de concluir esta nota con otra cita más extensa y sobria de Susan Sontag sobre la función de las imágenes que creo resuena con esta imagen de Trump del pasado 13 de julio. “Una sociedad capitalista requiere de una cultura basada en imágenes. Necesita proporcionar grandes cantidades de entretenimiento para estimular las compras y anestasiar las heridas de clase, raza y sexo. Y necesita reunir cantidades ilimitadas de información para explotar mejor los recursos naturales, aumentar la productividad, mantener el orden, hacer la guerra y dar empleo a los burócratas. Las capacidades gemelas de la cámara, de subjetivizar la realidad y objetivarla, sirven idealmente a estas necesidades para fortalecerlas. Las cámaras definen la realidad de dos maneras esenciales para el funcionamiento de una sociedad industrial avanzada: como espectáculo (para las masas) y como objeto de vigilancia (para los gobernantes). La producción de imágenes también proporciona una ideología dominante. El cambio social es remplazado por un cambio de imágenes. La libertad de consumir una pluralidad de imágenes y bienes se equipara a la libertad misma. La reducción de la libre elección política al libre consumo económico requiere la producción y el consumo ilimitados de imágenes”
Aquellos que deseen leer el artículo de Jonathan Jones, concebido pero no escrito al mismo tiempo que este, pueden hacerlo aquí. Y también un enlace a una nota en The Guardian donde Evan Vucci explica cómo tomó la foto.
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