Por Gunter Silva
Toda acto migratorio obliga una reinvención y esta renovación es más notoria en el mundo de las artes. En esta entrega navideña de nuestro preciado colaborador se habla de la evidente afinidad entre migración y creatividad
La creatividad parece tener pasaporte. Las cifras en un artículo del Wall Street Journal, titulado The secret of immigrant genius, lo sugieren: en Estados Unidos, los inmigrantes son apenas el trece por ciento de la población y, sin embargo, generan cerca de un tercio de las patentes y un cuarto de los premios Nobel. No es una anomalía estadística, sino el rastro de un fenómeno más hondo: vivir lejos de casa pule la mirada, desplaza el ángulo, desata vínculos mentales que antes dormían. El estudio de Maddux y Galinsky, “Cultural Borders and Mental Barriers: The Relationship Between Living Abroad and Creativity”, confirma de forma experimental lo que la intuición cultural ha repetido por siglos; que la experiencia extranjera — la vivida con cierta entrega, no su versión de postal de turista — ensancha los caminos por donde se cuelan las ideas nuevas.
Los ejemplos forman un pequeño atlas de exilios creativos. W. H. Auden, cuyos versos en Nueva York adquirieron una música imposible en la Birmingham de su infancia. Nabokov encontrando en América el tono con que escribir Lolita. Joyce transitando Trieste, Zúrich y París hasta que ese peregrinaje interior se volvió Ulysses. Beckett afinando su voz en un francés que le regaló distintas posibilidades de libertad y ritmo. Y en otros territorios del arte: Gauguin quebrando su propia paleta en Tahití, Handel componiendo The Messiah entre los vientos londinenses, Stravinsky convirtiéndose en ciudadano de ningún lugar para ser más auténtico, Pablo Picasso, trasladándose a París, donde su españolidad se mezcló con la vanguardia europea y el arte africano para dar forma al cubismo. En fin, la lista es enorme, y podría seguirse indefinidamente. El estudio de Maddux y Galinsky lo formula sin rodeos: cuanto más prolongada la estancia en un país ajeno, mayor la creatividad demostrada en tareas de asociación, resolución y negociación. La adaptación — ese lento aprendizaje de leer los gestos, los matices y los silencios de otro lugar — es, al final, el laboratorio en que la mente se expande.
“…en el campo de la literatura latinoamericana, el talento no parece depender por completo del desplazamiento físico. Muchos escritores emigran y encuentran fuera el aire necesario para escribir obras decisivas; otros permanecen y, aun así, ejercen una imaginación tan amplia como cualquier frontera. Porque un escritor, en el fondo, viaja desde el momento en que abre un libro.”
Estas ideas resuenan con especial claridad en un tiempo que a menudo olvida que la creación no brota del confort, sino del desplazamiento. Las sociedades que acogen migrantes reciben algo más que estudiantes o profesionales; reciben nuevas sintaxis del pensamiento. La evidencia sugiere que la creatividad se enciende cuando uno acepta la extrañeza, cuando la vida obliga a reinterpretar ritmos, gestos y significados. La creatividad, esa rebeldía discreta, florece precisamente ahí, en el instante en que el mundo vuelve a ser nuevo.
Coincido con Maddux y Galinsky en que vivir en otro país abre puertas mentales que quizá nunca habrían sido tocadas desde la familiaridad. Los datos son claros y la experiencia de tantos creadores lo confirma. Pero también es cierto que, al menos en el campo de la literatura latinoamericana, el talento no parece depender por completo del desplazamiento físico. Muchos escritores emigran y encuentran fuera el aire necesario para escribir obras decisivas; otros permanecen y, aun así, ejercen una imaginación tan amplia como cualquier frontera. Porque un escritor, en el fondo, viaja desde el momento en que abre un libro: cada lectura es ya un cruce cultural, una entrada a mundos que no le pertenecen y que, sin embargo, lo transforman. Emigrar ayuda, sin duda, pero la sensibilidad literaria sabe moverse incluso desde la mesa más quieta. La creatividad, en estos casos, no necesita un aeropuerto: basta con la disposición a mirar más allá de uno mismo.
Gunter Silva, autor de la colección de cuentos Crónicas de Londres (Lima. 2012) y Pasos Pesados (Lima, 2016) y mucho más recientemente de El baile de los vencidos (2022) y Neutrino (2024). Este último un íntimo diario personal de resistencia y sobrevivencia muy bien recibido por la crítica y los lectores. Estudió en la facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Santa María La Católica. Además, obtuvo un BA en Artes y Humanidades y también un MA en Literatura y Creatividad Literaria de la University of Westminster. Ha aparecido en varias antologías de cuentos peruanos y asimismo colaborado en diversas revistas literarias y culturales.
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