Por Mabel Toledo Cuéllar
En 41 de los 50 Estados de la Unión Americana existen ya prohibiciones al aborto, un tema que durante siglos ha sido discutido como campo de batalla ideológico entre la autonomía femenina y la moral religiosa. Sin embargo, esta nota -que nos llega desde Texas- arguye que ambos extremos fallan porque se niegan a asumir la complejidad social que implica decidir quién debe nacer y en qué condiciones
La política y la sociología —esta última convertida muchas veces en ciencia al servicio de discursos populistas más que en herramienta crítica— tienden a desarrollarse dentro de marcos extremistas donde las opiniones, los apoyos y las polémicas se exageran deliberadamente. Los debates terminan reducidos a luchas de poder que responden a necesidades conceptuales impuestas por intereses partidistas e institucionales. El resultado es una tendencia sistemática a simplificar lo complejo: los problemas reales se borran y lo que debería ser un análisis profundo se convierte en bandera de ocasión. Bajo este mecanismo ganan las estructuras de poder y los sectores desfavorecidos, la realidad social y las necesidades de clase permanecen invisibles.
En ese contexto, el aborto constituye uno de los ejemplos más claros de distorsión. Durante décadas, la discusión sobre su ilegalidad o permisividad se ha dirigido casi exclusivamente hacia la madre y el concepto de “autonomía femenina” frente al Estado o la religión. El discurso oscila entre la soberanía del cuerpo femenino y la defensa del derecho a la vida. La madre alega que tiene derecho a decidir sobre su cuerpo; el mundo replica que no lo tiene, que concebir es su obligación porque la criatura gestada no tiene culpa de su embarazo. Y en medio de este debate de extremos, cargado de razones moralistas, se ignora lo más evidente: nacer conlleva, inevitablemente, la consecuencia de vivir.
Cuando la interrupción temprana del embarazo se reduce a la batalla entre feministas y políticos de izquierda contra la moral religiosa y los conservadores de derecha, se entra en un terreno de conciencias hipócritas, más interesadas en posicionarse sobre la libertad del individuo que en analizar las condiciones objetivas de quienes serían forzados a nacer. La realidad detrás de los discursos de tribuna se materializa en niños que crecen en orfanatos sin perspectivas de adopción, infancias marcadas por la pobreza y la violencia intrafamiliar, madres que transmiten rechazo desde la gestación. El debate sobre el aborto no debería centrarse únicamente en quién decide, sino en qué ocurre con aquellos que nunca tuvieron la posibilidad de elegir.
Este trabajo se posiciona, por tanto, desde una tesis distinta: la legalización del aborto no puede ser entendida como triunfo de una ideología sobre otra, sino como medida de responsabilidad social. No se defiende aquí el aborto como método anticonceptivo ni como bandera política, sino como opción necesaria para evitar que vidas humanas lleguen al mundo condenadas de antemano a una realidad que el sistema no asume, pero sobre la cual penaliza cualquier tentativa de detener el sufrimiento antes del nacimiento. La diferencia con los discursos feministas radicales y con los movimientos autodenominados “pro-vida” es clara: unos omiten la existencia del ser en nombre de la autonomía, los otros lo reducen a objeto sagrado sin considerar su desarrollo ni su futuro social. Este ensayo busca romper esa dicotomía, afirmando que la verdadera protección infantil comienza antes del nacimiento, en la decisión consciente de permitirlo.
El debate sobre el aborto no surgió como una confrontación moderna entre feministas y conservadores, sino como un problema histórico manipulado por estructuras de poder. En las colonias anglosajonas y en la Europa medieval, interrumpir un embarazo antes del “quickening” —los primeros movimientos fetales perceptibles— no era considerado asesinato. Se entendía como un procedimiento vinculado a la restitución del ciclo menstrual, más cercano a la salud de la mujer que a la protección del feto. La criminalización sistemática llegó después, cuando las iglesias y los Estados consolidaron el dogma de que la vida comenzaba en la concepción.
En América Latina, la impronta católica determinó el marco moral y legal: desde el siglo XIX, las legislaciones adoptaron la doctrina más estricta de la Iglesia romana, para la cual todo aborto constituía un asesinato y una ofensa divina. No se trataba de proteger infancias, sino de reproducir el control sobre la sexualidad femenina, imponer una maternidad obligatoria y asegurar la continuidad del orden patriarcal. La religión definió el problema en términos de pecado, mientras el Estado lo convirtió en delito.
El siglo XX abrió un escenario distinto en Estados Unidos. La decisión de Roe v. Wade (1973) reconoció el aborto como un derecho constitucional ligado a la privacidad de la mujer, desplazando el eje del debate hacia la autonomía individual. Sin embargo, la polarización política terminó por desvirtuar la complejidad del problema: la derecha religiosa transformó el aborto en sinónimo de asesinato institucionalizado, mientras el progresismo lo convirtió en bandera feminista. El resultado fue un callejón sin salida en el que la figura del niño volvió a desaparecer, sepultada bajo discursos que hablaban en nombre de “la vida” o “la libertad”, pero nunca de la realidad social concreta en que ese infante debería vivir.

Los movimientos feministas tuvieron un papel decisivo en reposicionar el aborto como derecho de la mujer, especialmente en América Latina durante las últimas dos décadas. La llamada “marea verde” logró conquistas importantes en Argentina, México y Colombia, pero su discurso, centrado casi exclusivamente en la autonomía del cuerpo, repite la misma omisión: el niño sigue sin existir en la argumentación, salvo como símbolo de opresión patriarcal. Si la religión había reducido al feto a un dogma sagrado, el feminismo radical lo redujo a obstáculo. En ambos casos se negó su condición de sujeto social potencial.
Las consecuencias de esta reducción son visibles: mientras la Iglesia y el Estado utilizaron el aborto para disciplinar la sexualidad y asegurar la obediencia, el feminismo radical lo instrumentalizó como bandera política. El resultado es una historia de omisiones. En lugar de analizar las condiciones materiales de la infancia —abandono, orfandad, explotación, pobreza estructural— el debate quedó atrapado entre la moral y la autonomía. El niño, convertido en excusa o en enemigo, desapareció como realidad concreta.
En América Latina, el escenario se reconoce contradictorio. Países como Argentina (2020), Colombia (2022) y México (2021), a través de la Suprema Corte han reconocido el aborto como un derecho dentro de plazos regulados, fundamentándolo en principios de salud pública y justicia social. Estas decisiones marcan un quiebre en la hegemonía católica y muestran un viraje hacia legislaciones más pragmáticas. Sin embargo, en el mismo continente, naciones como El Salvador, Honduras y República Dominicana mantienen prohibiciones absolutas: cualquier interrupción del embarazo se considera delito, incluso cuando la vida de la mujer corre peligro. La penalización se extiende al personal médico y produce un clima de persecución donde los hospitales actúan más como agentes judiciales que como instituciones de salud.
Estas divergencias legales generan una paradoja difícil de sostener: en un país, una mujer puede interrumpir un embarazo no deseado como acto legítimo de cuidado; en otro, a pocos kilómetros de distancia, la misma acción la convierte en criminal. La criatura, que en teoría es el centro del debate, queda atrapada en un sistema de valores arbitrario donde su derecho a existir dignamente depende del marco jurídico que regule su gestación.
El contraste desnuda la inconsistencia del discurso político. Los Estados que prohíben el aborto suelen ser los mismos que exhiben altas tasas de pobreza infantil, baja cobertura de salud y sistemas de adopción ineficaces. La defensa de la “vida desde la concepción” convive con la indiferencia hacia los niños reales que mueren de desnutrición, crecen en orfanatos o son víctimas de explotación. Por otro lado, las legislaciones permisivas, aunque más realistas, tampoco garantizan automáticamente que el infante no deseado deje de existir en condiciones precarias. La legalización abre la puerta a la elección, pero no resuelve la desigualdad estructural que convierte la maternidad en condena para miles de mujeres y la infancia en un destino de sufrimiento.
En suma, el marco legal actual expone la hipocresía de un debate que se presenta como defensa de principios absolutos. La religión convirtió el aborto en pecado, la política en arma electoral, y los tribunales en territorio de disputa ideológica. Pero ni las prohibiciones férreas ni las conquistas parciales resuelven el problema de fondo: la vida del niño que nacerá sin que nadie garantice su futuro.
La ilegalidad del aborto no impide su práctica: lo traslada a la clandestinidad y, más grave aún, condena a nacer a quienes nunca fueron deseados. Allí donde la interrupción del embarazo es un delito, la infancia se convierte en receptora directa de las consecuencias. El niño no llega al mundo como sujeto protegido, sino como producto de una obligación impuesta. Desde ese origen, su destino suele estar marcado por el abandono, la violencia intrafamiliar o la reproducción de ciclos de pobreza de los que difícilmente podrá escapar.
Los datos revelan una constante. En los países donde el aborto es prohibido en todas sus formas, las tasas de mortalidad infantil y de abandono son más altas, y el sistema de adopciones es ineficaz frente al volumen de niños institucionalizados. La consigna “tenlo y dalo en adopción” resulta un placebo moral: las estadísticas muestran que los hogares de acogida están saturados y que la mayoría de esos niños jamás encuentra familia permanente. Los infantes crecen en orfanatos o transitan de institución en institución, convertidos en números de un sistema incapaz de garantizar estabilidad afectiva. La retórica pro-vida termina, en la práctica, produciendo vidas desechables.
A ello se suma la explotación: en regiones con alta pobreza estructural, muchos de esos niños se convierten en mano de obra infantil, en víctimas de trata sexual o en jóvenes absorbidos por economías delictivas. La sobrepoblación, lejos de ser un argumento demográfico abstracto, se traduce en una competencia brutal por recursos escasos: escuelas insuficientes, sistemas de salud colapsados, mercados laborales precarizados. El niño que no eligió nacer se convierte en adulto marginalizado, señalado por la misma sociedad que lo obligó a existir.
El aborto legal no elimina todos estos problemas, pero su prohibición los amplifica. Cuando las mujeres carecen de acceso a interrupciones seguras, los nacimientos forzados multiplican la reproducción de la miseria. La ecuación es simple y brutal: negar el aborto en contextos de vulnerabilidad es garantizar generaciones enteras de infancia maltratada, violencia intrafamiliar e infanticidio encubierto. El precio de esa hipocresía no lo pagan ni la Iglesia ni el Estado ni los movimientos feministas: lo pagan los niños que nunca tuvieron opción.
En definitiva, la ilegalidad del aborto no protege la vida; perpetúa su degradación. Al obligar a existir en entornos donde la dignidad es imposible, convierte a la infancia en la víctima silenciosa de un debate adulto que jamás se preocupa por ella.
Uno de los nudos centrales del debate sobre el aborto radica en la definición de “vida”. La medicina reconoce etapas claras en el desarrollo fetal: la actividad cardiaca aparece alrededor de la sexta semana, la percepción del dolor se desarrolla mucho más tarde, y la viabilidad fuera del útero solo se alcanza después del segundo trimestre. El derecho, en cambio, oscila: en algunos países se fija el inicio de la personalidad jurídica desde el nacimiento, mientras en otros la concepción es suficiente para reconocer al embrión como sujeto de derechos. La religión, por su parte, ha dictado dogmas más estrictos: la Iglesia católica sostiene que la vida comienza en el instante de la concepción, un absolutismo que no admite matices. Tres miradas distintas sobre un mismo proceso biológico muestran que la definición de “vida” no es un dato neutral, sino una construcción cultural e ideológica.
El problema ético surge cuando la existencia biológica se coloca por encima de la calidad de vida. Defender que todo feto debe llegar al parto sin importar el contexto equivale a reducir la vida a un hecho fisiológico: respirar, latir, ocupar un lugar en el mundo. Pero vivir es más que eso. Una infancia marcada por el hambre, el maltrato o la orfandad no puede considerarse una vida digna, aunque técnicamente cumpla con los parámetros biológicos de “existencia”. La ética que defiende solo el acto de nacer es una ética mutilada, incapaz de hacerse cargo del sufrimiento que viene después.
Por otro lado, reducir el aborto a un método anticonceptivo banaliza su complejidad. No se trata de un mecanismo de conveniencia, ni de una práctica a utilizar por falta de responsabilidad sexual. Se trata de un recurso extremo, muchas veces doloroso, que aparece en contextos donde la maternidad obligada sería una condena tanto para la mujer como para el niño. En esos casos, el aborto se convierte en un acto de responsabilidad social: elegir no traer al mundo una vida destinada a la miseria o al maltrato puede ser más ético que imponerle la supervivencia a cualquier costo. Desde esta óptica, la legalización del aborto se comprende como una política pública preventiva, comparable a las estrategias de salud pública que buscan reducir riesgos colectivos. Estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS -2020) demuestran que en países con aborto legal y acompañado de sistemas de protección social, las tasas de mortalidad materna y abandono infantil son significativamente menores.
El discurso que absolutiza la biología sin considerar la realidad social se revela insuficiente. El verdadero dilema no es si el feto late o respira, sino si la sociedad puede garantizar que, una vez nacido, ese ser humano tendrá un destino distinto al sufrimiento. El aborto, lejos de ser una mera cuestión de derechos individuales o dogmas religiosos, debe entenderse como parte de una ética social más amplia: no toda vida posible equivale a una vida digna.
El feminismo ha sido decisivo para visibilizar el aborto como problema de salud pública y de derechos. Su aporte principal ha sido desplazar la discusión del terreno religioso al jurídico, defendiendo la autonomía del cuerpo femenino frente al control estatal y eclesiástico. La llamada marea verde en América Latina demostró que la movilización social puede traducirse en reformas legales, y logró poner sobre la mesa la necesidad de garantizar condiciones médicas seguras para millones de mujeres. Este mérito es innegable.
Sin embargo, el feminismo radical incurre en una omisión que debilita su propio discurso: reduce el feto a un obstáculo para la libertad de la mujer, como si su única función fuera perpetuar la opresión patriarcal. En este esquema, la criatura no existe más que como un argumento en contra del derecho de la madre. Esa invisibilización resulta problemática, porque sustituye un dogma por otro: si la Iglesia lo sacraliza hasta el absurdo, ciertos sectores feministas lo borran de la ecuación. En ambos casos, lo que desaparece es la pregunta por su destino real como sujeto social.
Del otro lado, los movimientos “pro-vida” construyen una contradicción aún más flagrante. Defienden la vida desde la concepción como principio absoluto, pero sus sociedades exhiben las tasas más altas de pobreza, abandono infantil y violencia intrafamiliar. La consigna se convierte en un instrumento de control moral que se agota en el momento del parto: una vez nacido, el niño deja de ser “vida sagrada” para convertirse en estadística de marginación. La defensa incondicional del nacimiento convive, en la práctica, con la indiferencia hacia la supervivencia.
El ensayo que aquí se presenta se distancia de ambos polos. No comparte la postura feminista que omite la existencia del infante en nombre de la autonomía, ni la visión pro-vida que lo sacraliza mientras ignora su futuro. La tesis defendida parte de un principio más sobrio: la protección de la infancia comienza antes del nacimiento, no porque la biología lo exija, sino porque la sociedad tiene la responsabilidad de decidir si está en condiciones de garantizar una vida digna. El aborto, en este sentido, no es una bandera ideológica sino una medida de contención frente a la hipocresía de quienes obligan a nacer sin asumir las consecuencias.
El aborto ha sido discutido durante siglos como un campo de batalla ideológico, atrapado entre la autonomía femenina y la moral religiosa. Sin embargo, lo que permanece en silencio es lo que debería estar en el centro: la infancia que resulta de esas decisiones. La ilegalidad no protege la vida; produce abandono, infanticidio, orfandad y pobreza heredada. La permisividad absoluta tampoco ofrece respuesta si reduce el problema a un asunto exclusivo de derechos individuales. Ambos extremos fallan porque se niegan a asumir la complejidad social que implica decidir quién debe nacer y en qué condiciones.
La responsabilidad de una sociedad no puede limitarse a imponer nacimientos ni a garantizar interrupciones. Debe reconocer que cada vida que comienza implica una trayectoria social que trasciende el parto. Obligar a existir en un mundo incapaz de ofrecer dignidad es una forma de violencia tan grave como la negación del derecho a decidir. No se trata de banalizar la práctica ni de sacralizarla, sino de entender que el aborto, lejos de ser una consigna, es un mecanismo de contención frente a realidades donde traer un hijo al mundo equivale a condenarlo.
La protección de la infancia comienza antes del nacimiento, no en el dogma religioso ni en la autonomía absoluta, sino en la decisión consciente de permitirla. Legalizar el aborto no es una victoria ideológica: es un acto de responsabilidad social que reconoce que no toda vida posible equivale a una vida digna. Allí radica la diferencia con los discursos establecidos. Mientras unos ocultan al niño bajo la bandera del derecho y otros lo convierten en fetiche moral, aquí se afirma lo evidente: ningún debate sobre el aborto será honesto si no mira de frente al destino de quienes nunca eligieron nacer.
Mabel Toledo Cuéllar es ciudadana cubana, resident en Houston, Texas. Cursó estudios parciales de Literatura Española en la Universidad de Matanzas. Actual estudia Sociología en el Lone Star College System y es alumna de la Escuela de Escritores de Madrid. Ha sido galardonada con premiaciones en certámenes de poesía y ensayo. En agosto de este año publicó “Fidel para Yemayá” en la revista Naguiri. Esta es su primera colaboración para Perro Negro
Los símbolos usados tanto en la imagen principal como dentro del artículo son símbolos celtas que corresponden a la maternidad.
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