Por Juan Toledo
La tradición literaria latinoamericana está siendo renovada, y de manera substancial, por mujeres. Mientras se comentan y leen insípidos autores como Juan Gabriel Vásquez, Arturo Pérez Reverte y otros más, desde las esquinas literarias de la América hispana, dos autoras han publicado libros de una robustez y una originalidad sin precedentes de la literatura en cualquier idioma. Esta nota es sobre dos novelas para leer
Quizá no se haya dicho antes y por ello habrá que decirlo: la obra de García Márquez, en su totalidad, puede leerse como una crítica sostenida al patriarcalismo, inclusive en una novela como El amor en los tiempos del cólera. De ahí que no nos debe extrañar que como resultado de esa crítica él hubiese creado personajes femeninos tan indelebles como Ursula Iguarán, Ángela Vicario o Fermina Daza. Y en su caso es el patriarcalismo visto desde la tradición sensual del catolicismo que tiene sus propias manifestaciones culturales y politicas comparado, verbigracia, con los patriarcalismos, tal vez más insidiosos, del protestantismo, el judaísmo y el islamismo.
Márquez es precisamente el punto de referencial indirecta y directa de dos novelas singulares publicadas en Argentina y México en 2013 y 2017 respectivamente: Ladrilleros y Temporada de huracanes. En Ladrilleros de Selva Almada, la idea central es la “de una muerte anunciada”, la inevitabilidad de una tragedia enmaracada en un odio atávico mientras que Fernanda Melchor ha usado El otoño del patriarca como módelo narrativo para su inmisericorde e impactante Temporada de huracanes. Ambos libros representan una verdadera renovación temática y lingüística de la literatura en castellano de nuestros días. Son lecturas desencantantadas, feroces y violentas verbal, sexual y físicamente pero no carentes de momentos de ternura, cariño e instrospección. En ellas estamos lo más alejados posible de esos escritores que como decía Cortázar “se ponen la corbata para escribir”. Son dos novelas sobre provincias pero en ninguna medida provincianas.
Es díficil afirmar con seguridad si Ladrilleros publicada cuatro años antes fue o no el módelo predecesor para lo que Fernanda Melchor escribiría después al otro lado de la América Latina. Ambas novelas tienen más de una similitud en los temas y en cómo son abordados. Esas similitudes son un erotismo turbio, una violencia incesante y la marginalidad asfixiante de la carencia y la precariedad, todo recreado con un lenguaje lírico, genuinamente coloquial y agresivo. Es como si los cuentos criollos de Borges o los relatos bucólicos de Rulfo hubiesen sido re-escritos con humo de clorhidrato de cocaína en los pulmones y no narrados sino que casi que escupidos en un lenguaje preciso y procaz.
Selva Amada se valió de un hecho real reportado en un periódico local para recrear los deseos y vicisitudes de todo un vecindario en una provincia del litoral argentino donde la violencia es la manera en que los hombres responden a sus propia pobreza y limitaciones. Aquí la violencia es cuasi shakepereana a lo Romeo y Julieta pues en vez de los Montesco y los Capuleto tenemos a los Miranda y los Tamai. Linajes de dos familias empobrecidas y marginadas (como dice el viejo adagio: “cuesta mucho ser pobre”) cuyos hijos veintiañeros han heredado y aceptado el odio de sus progenitores a pesar de haber sido compañeros de juego en la infancia. A esa enemistad heredada y de tragedia canónica se le suma una relación homosexual, no entre ellos, a manera de apretar por completo ese nudo burdo y sucio que es el machismo. Al igual que Crónica de una muerte anunciada, la novela comienza con el final en un parque de diversiones donde Pájaro Tamai y Marciano Miranda yacen agonizando por las heridas recibidas en un duelo a puñal. El resto del libro es un retroceso al inicio de la rivalidad entre las dos familias, que comenzó con sus padres por el robo de un perro y que con el paso del tiempo se cementó y acentuó con varias otras nimiedades. Ladrilleros está escrita en una prosa precisa y feroz poseedora de una música vernacular: “De adolescente, se juntaba con los compinches en alguna esquina a fumar, tomar cerveza y pavear con las changas que siempre andaban de a dos o tres, haciéndoles la pasada. Todos en short, en cueros y en patas, exhibiendo sus cuerpos fibrosos, los pectorales y bíceps incipientes, que empezaban a sacar a fuerza del trabajo bruto.“
A pesar de esa sordidez fielmente retratada, su lectura es placentera. Es una novela con una trama ceñida y sin ningún tipo de incoherencias. Es eso también puede ser otra copia de Crónica de una muerte anunciada en cuanto a lo bien tramada que está.


Si Crónica de una muerte anunciada es un referente indirecto en el libro de Selva Almada, El otoño del patriarca es indudablemente el módelo narrativo que Melchor adoptó para contar una historia con un brío y una energía sin igual en la literatura moderna. Al igual que Ladrilleros, Temporada de huracanes comienza con el desenlace. Una muchachada descubre un cuerpo flotando en la aguas sucias de un canal de riego aledaño a un poblado apropiadamente llamado La Matosa, supuestamente en el Estado de Veracruz. El cadaver es el de una mujer apodada La Bruja, un personaje tan sigular como temido en una zona rural acosada por la pobreza y el olvido. Melchor desmenuza la sordidez de relaciones que desde un comienzo están truncadas por la carencia, la drogradicción y su subsecuente violencia. Es un libro de un erotismo oscuro y visceral cuyos habitantes están sometidos a la agresión, la adicción y el barbarismo de su ignominiosa cotidianidad. Es una novela que nos convierte en morbidos espectadores de un mundo atroz, crudo y desgarrador. Aquí la pobreza y sus consecuencias no son romantizadas sino todo lo contrario. Es una crítica descarnada, sin eufemismos, sobre una sociedad que, como la mexicana y otras más, ha normalizado la barbarie de varias formas.
Temporada de huracanes ha sido traducida a casi 30 idiomas y ya existe una versión fílmica hecha por la realizadora mexicana Elisa Miller. Tras leer el libro, Miller buscó los derechos y junto con Daniela Gómez escribió el guion. El film fue estrenado en el Festival Internacional de Cine de Morelia en 2023 y estuvo en cartelera unas pocas semanas (léase: no tuvo éxito comercial) y desde noviembre de ese año puede verse en Netflix que co-financió el rodaje.
Según Melchor, la escritura de esta novela constituyó un exorcismo personal pues la autora estaba en un estado de angustia y casi de depresión. Al igual que El otoño del patriarca -un libro escrito con rabia, como lo declaró García Márquez, por la consolidación de Pinochet en el poder tras el gople de 1973- es una lectura densa pero galopante donde cada punto aparte es un nuevo capítulo.
Estas dos novelas representan lo que podríamos denominar un criollismo crudo. Son radiografías de pueblos y comunidades enjauladas en sus propias carencias y limitaciones. Son retratos sin nigún tipo de atenuantes. Ambos pueblos son sitios ficticios, Macondos macabros que en más de una forma nos ayuda a entrever los origenes del salvajismo y la crueldad inherentes en toda pobreza. Realidades nunca demasiado distantes que preferimos ignorar para no agriar el café que tomamos en la mañana. Son libros escritos con mucha valentia; la misma valentia que se necesita para leerlas y apreciarlas. Su lectura, lo garantizo, dejará una marca indeleble en la memoria de quienes las lean.
Ladrilleros, Selva Almada, Argentina (2013), Random House y Temporada de huracanes, Fernanda Melchor. México (2017), Random House.
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